CAPITULO VI.-
-Tontito-le dijo con una profunda sonrisa-¿Quien te ha deseado como te deseo Yo?
Esas palabras lo despertaron del trance en el que se encontraba.
-¡Maldito desgraciado! ¡Infeliz! ¡Mal nacido!-grito, hasta que Ikki lo beso apasionadamente, y lo hizo callar, invadiendo su boca y reconociéndola como su propiedad exclusiva.
Hyoga perdió no solo el aliento, sino que por un momento, también la noción de lo que estaba sucediendo, tan solo podía sentir esos brazos de acero apretándolo fuertemente y esos labios que lo quemaban.
Ikki sin perder tiempo, comenzó a acariciarlo con lujuria, metiendo sus manos bajo las ropas, mientras lo besaba profundamente, haciéndole casi imposible respirar. Cuando se separo, Hyoga aspiro una bocanada de aire, sintiéndose completamente mareado.
Ikki al ver la momentánea tranquilidad del rubio, lo llevo a la cama y comenzó a deshacerse de sus ropas, tirando las prendas por todas partes; y es que desde que lo vio vestido para la cena de esa forma tan sexy, había querido desvestirlo como lo hacia ahora. Una a una, las ropas fueron abandonando el cuerpo del rubio, hasta que lo tuvo completamente desnudo. Lo observo durante unos segundos, felicitándose interiormente de ser el dueño de esa criatura hermosa, que le recordaba a un delicado cisne.
Hyoga se recupero del mareo y se sonrojo al darse cuenta de su desnudez, y más aun de la mirada llena de deseo de parte de la persona que estaba delante de él. Se quedo petrificado, al comprobar que otra vez seria violado; que otra vez le pertenecería a ese hombre.
El miedo cobro mas fuerza sobre todo su cuerpo. Quería gritar, y mas que todo quería huir de allí. Pero solo podía observar como su captor, se iba quitando sus ropas, una a una, hasta quedar en iguales condiciones que el rubio.
Luego de eso, Ikki se subió a la cama y comenzó a acercarse de manera lenta y peligrosa, sus movimientos y su mirada, eran como los de un animal salvaje a punto de saltar sobre su presa; poniéndose justo encima del rubio, quien lo miraba con el terror pintado en el rostro.
Sin perder tiempo y con gran destreza, comenzó a explorar el blanco cuello, para ir bajando a ese divino pecho, ocupándose de morder y succionar las tetillas.
Las lágrimas volvieron a aparecer en los ojos de Hyoga, sintiéndose impotente, por no poder detenerle, y más aun por comenzar a sentir esas confusas sensaciones en su cuerpo. Hyoga empezó a respirar agitadamente, ante las caricias bruscas, pero relativamente más suaves que el día anterior.
La boca de Ikki hacia estragos en las zonas erógenas que había descubierto en el rubio, y este se mordía los labios, tratando de no dejar salir los gemidos cada vez más fuertes.
Ikki comenzó a presionar su sexo contra el de Hyoga, moviéndose cada vez más rápido, mientras que Hyoga sin poder evitarlo comenzó a seguirle el ritmo al peliazul, su mente estaba completamente nublada, y lo único que sabía era que su cuerpo comenzaba a pedir más.
El Fénix sonrió con malignidad al ver las reacciones del rubio, y reclamo un furioso y apasionado beso de los labios de Hyoga, al tiempo que subía la velocidad de la fricción entre sus hombrías. Un momento después, Ikki y Hyoga gritaban al mismo tiempo, a causa del orgasmo. El rubio espero que Ikki cayera satisfecho sobre su pecho, pero como no sucedía nada, se aventuro a abrir los ojos y vio como este terminaba de recuperar la respiración y al notar que era observado le mostraba una sonrisa cruel.
Hyoga tembló visiblemente al comprender el significado de esa sonrisa: Aun no había terminado. Ikki se acerco a su oído y volvió a pronunciar esas palabras que Hyoga llevaba grabadas dolorosamente en su mente.
-Me perteneces-dijo ardientemente y volvió a besarlo furiosamente, mientras que con una de sus manos acariciaba ambos miembros, ahora húmedos debido a la explosión de pasión momentos antes ocurrida. Y con esa misma humedad comenzó a bajar en busca de esa preciosa cavidad, de la que quería apropiarse una vez más.
Con un lento recorrido, llego a los esculpidos muslos y los acaricio con lujuria, le separó las piernas poniendo una a cada lado de sí, mientras que con la mano húmeda comenzó a tantear el trasero del rubio, hasta encontrar el orificio que había estado buscando, introduciendo sin delicadeza alguna un dedo.
Hyoga, a causa de la experiencia del día anterior, supo lo que vendría, y se dejo invadir por el pánico. Comenzó a forcejear, a patalear, a tratar de huir de algo que muy dentro de si, sabia era inevitable.
Ikki arrugo el entrecejo con gesto de molestia, sujeto las muñecas del rubio, mientras este sollozaba histéricamente, tratando de liberarse.
-¡Suélteme! ¡Por favor, suélteme!-suplicaba entre lágrimas el rubio-¡Me va a doler!
¿Así que de eso se trataba? ¡Hyoga tenia miedo a sentir dolor!. Ikki nunca había considerado los sentimientos de ninguna persona, y mucho menos se había preocupado de nadie, con algunas excepciones, que no fuera él mismo y sus caprichos, pero algo dentro de si, le decía que debía enseñarle a ese bello rubio, que el Gran Fénix podía llevarlo a la cumbre del placer. Por ello mirándolo de manera salvaje a los ojos le regaló una sonrisa cargada de lujuria y pasión y la promesa de algo inentendible para Hyoga.
Así que Ikki se las arreglo para sujetar ambas muñecas de Hyoga, quien seguía sollozando, en una de sus manos, mientras la otra volvió a su entrepierna.
Con suavidad comenzó a acariciar esa apetecible hombría, aumentando la fuerza de esas caricias atrevidas, viendo satisfecho como el rubio rebajaba el tono de sus lamentos y empezaba a reaccionar. Se decidió entonces, a cerrar toda su mano alrededor de ese sexo, y con maestría hizo movimientos exquisitos que pronto le dejaron descubrir su dureza.
Ikki en ningún momento dejo de observar a Hyoga, quien había olvidado sus sollozos y los había reemplazado por gemidos, tratando desesperadamente de sujetarse de algo, lo cual no podía hacer por la prisión de sus muñecas en otra mano.
Ikki lo libero con cautela, viendo complacido como Hyoga se sujetaba fuertemente de las sabanas, en busca de algún soporte para todas las sensaciones que estaba sintiendo.
El rubio no podía creer todo lo que sentía, su cuerpo se movía por voluntad propia ante las insistentes caricias de las manos del Fénix, los gemidos salían de su garganta entrecortadamente, obligando a su cuerpo a agitarse, a sus manos a pedir más al sujetarse fuertemente de las sabanas.
Ikki lo libero de esa deliciosa tortura unos segundos, solo para tomar ambas piernas abiertas y ponerlas en sus hombros. Con ayuda de sus manos se dio paso entre esas preciosas nalgas y acercó sus labios hasta aquel orificio, el cual comenzó a lamer con urgencia, introduciendo alguna que otra vez su lengua dentro, al tiempo que Hyoga se arqueaba de placer y gemía más fuerte.
Ese espectáculo, era por demás excitante. Así que mientras preparaba al rubio, Ikki uso una de sus manos para masturbarse a sí mismo, tratando de sentir algo de alivio ante aquella situación.
Retiro su lengua de ese delicioso orificio, solo para reemplazarlos por sus dedos, los cuales se abrieron paso en su interior con más facilidad que antes, incitando al rubio a moverse con ellos dentro, en busca de ese placer que poco a poco descubría.
Después de comprobar que estaba listo saco sus dedos, ante un gruñido de protesta del rubio, lo cual hizo reír a Ikki. Se acomodo entre sus piernas y comenzó a entrar con cuidado en su cuerpo. Al principio, cuando sintió la estrechez del rubio, deseo sentir todo aquello de una vez; hundiéndose así de una sola embestida, pero había decidido que ese rubio aprendería que solo con el Fénix, seria capaz de llegar al mundo del placer.
Disfrutando un momento de ese primer instante, siguió entrando de manera lenta, en esa estrechez que lo volvía loco y suspiro de placer al sentirse dentro de aquella calidez una vez más. Mientras Hyoga recibía esa palpitante hombría con un grito ahogado, las lágrimas no tardaron en volver a aparecer y las sensaciones divididas entre el dolor y el placer.
Ikki se dio cuenta. A pesar de que intento ser suave, el rubio sentía dolor. Con un abrazo posesivo, atrajo ese cuerpo tembloroso, mientras disfrutaba del hecho de encontrarse dentro suyo, una vez más.
-El dolor pasara y sentirás el mayor placer de tu vida-le dijo a su oído.
Sin esperar respuesta, comenzó a moverse, incitando a Hyoga a seguir el mismo ritmo que él, ritmo que aumento progresivamente.
Ikki embestía fuertemente, tal como era su costumbre, buscando tocar el punto interior que mayor placer le diera al rubio y la verdad parecía estarlo logrando, ya que este gemía y lloraba de puro placer.
De pronto sintió como esa cavidad lo apretaba y vio como Hyoga terminaba entre sus abdómenes. Y sin resistirlo más, Ikki termino en su interior. Lo abrazo una vez más posesivamente, mientras trataba de recuperar la respiración, al igual que el cansado rubio, quien estaba apoyado en su pecho.
-¿Te gustó lo que hicimos verdad?-pregunto con cinismo el peliazul, obteniendo como respuesta un profundo sonrojo en el rostro del rubio. Ikki se echo a reír. Ahora si estaba seguro, su precioso cisne, lo había disfrutado, tal y como había querido.
-Que no se te olvide que me perteneces. Solo yo, puedo hacerte sentir placer-le dijo con posesividad.
El rubio no contesto, solo contuvo la respiración, cuando el peliazul salio de su interior. Y se echo a su lado, en la amplia cama, dándole la espalda, para que no le viera el rostro.
Hyoga se sentía humillado. Otra vez le había pertenecido a ese hombre, pero lo peor de todo es que esta vez lo había disfrutado. Se sintió asqueado de si mismo. ¿Como era posible que haya disfrutado ese acto infame y vil? Sintió las lágrimas aparecer una vez más en sus preciosos ojos azules, pero esta vez eran de pura rabia, contra su captor y contra si mismo.
-Tengo que escapar de aquí-se dijo, y comenzó a pensar en todo tipo de planes, para salir de esa maldita isla, hasta que el cansancio y el sueño lo vencieron.
