CAPITULO VIII.-
-¡Un mes! ¡Oh dioses! Solamente treinta y un días. Es un mes desde que salí de viaje-exclamó Hyoga, mientras bajaba su cabeza y la sepultaba en los almohadones del diván, estremeciéndose compulsivamente. No lloró. Aunque las lágrimas de vergüenza e ira, pugnaban por salir.
-Se suponía que hoy debía partir para Grecia y encontrarme con Camus-suspiro hondamente-¡¡Debí haberle hecho caso!!-exclamó mientras se sentaba molesto en el diván-¡¡Si me hubiera ido con él y con Milo, nunca habría pasado por este infierno!!
El rubio en verdad quería llorar, pero no le daría al desgraciado de su captor esa satisfacción. Su orgullo estaba en las últimas, pero todavía existía. Recordaba pausadamente los días y noches de rebelión angustiosa, el choque constante de voluntades en la que generalmente perdía, la obediencia forzada en que había transcurrido este mes de horrores. Por primera vez en su vida tuvo que obedecer. Por primera vez se dio cuenta de lo débil que podía ser. La actitud especial que mantenía con respecto a Camus y todos los que lo conocían, no era tolerada aquí, donde a cada momento tenia que sentir agudamente que era una débil víctima, obligado a someterse al capricho de su captor, obligado a soportar todo lo que él quería mandarle; un juguete sexual, un esclavo de sus deseos, que debía soportar sus placeres y sus disgustos. Tales humillaciones destruían su corazón orgulloso. Su captor no tenía piedad y lo trataba a él, un joven de cuna noble y libre, como un esclavo que no importaba si tenía sentimientos, al que tomaba para su placer, y lo guardaba para distraerse en sus momentos de descanso.
Antes de que Hyoga saliera de viaje, la vida de las personas que vivían en tribus, era una visión borrosa. Se los imaginaba salvajes, tratando de sobrevivir y mantener una cultura por demás añeja. Ocupándose de cazar con armas simples y rudimentarias, atendiendo pequeñísimos cultivos, criando algunos animales para su supervivencia y descansando la mayor parte del día. Sin conocer nada de la época moderna.
Por lo que no estaba preparado para la actividad extrema del hombre de quien era prisionero. Su vida era ruda, tenaz y constantemente en actividad. Pasaba los días, parte con los magníficos caballos que criaba, parte administrando la obtención de los valiosos minerales y piedras preciosas que albergaba ese desértico territorio y parte en los negocios que mantenía de seguro con el mundo exterior, que le obligaba a ausentarse de la aldea muchas horas. En una o dos ocasiones pasó la noche entera fuera, regresando al amanecer con todas las señales de haber andado mucho a caballo. Algunos días salía a pasear con Hyoga, a caballo también, pero, cuando no tenía tiempo o no quería, el criado Shyru salía con él. Un hermoso caballo tordo, de pura raza, llamado "Jango", fue destinado para su uso y cabalgando en él algunas veces, Hyoga podía olvidar. Sólo por las noches cuando Shyru se retiraba y los dejaba solos, el pavor reaparecía. Según su humor, Ikki lo atendía o no le hacia el menor caso. Quería obediencia ciega a su menor deseo, usando de la inconciente tiranía del que ha estado siempre habituado al mando. Gobernaba a sus súbditos despóticamente y era evidente que, tanto como le amaban le temían. La única persona cuya presencia parecía no variar nunca, era el del criado chino Shyru. La completa indiferencia del Fénix a todo y su egoísmo era lo que más le atormentaba. Recibía sus suplicas e insultos con un solemne desprecio. Los ataques de furor rabioso que periódicamente sufría Hyoga, no le hicieron jamás impresión. A lo sumo merecían un gesto de aburrimiento, hasta que se le terminaba la paciencia y entonces, con uno de sus rápidos y bruscos movimientos que Hyoga nunca podía evitar, sus manos lo tomaban y apretaban, mirándolo fijamente. Sólo esto y bajo la impresión de sus dedos fuertes y bajo la mirada de sus ojos azules y fieros, los ojos del pobre rubio se humillaban y las palabras frenéticas morían en sus labios. Le temía físicamente, le aborrecía, y le complacía que le inspirara miedo. Y era su miedo bien fundado, pues la fuerza de aquel hombre era extraordinaria y además su poder y despotismo le permitían dar rienda suelta a sus impulsos salvajes.
Una mano posada en su hombro, le hizo levantar dando un grito. Siempre controlaba sus nervios, pero es que el Fénix, tenia la costumbre de entrar con pasos sigilosos, y siempre lo sorprendía.
Se mordió los labios y vio como Ikki se echaba en el diván que minutos antes ocupara, y encendía el imprescindible cigarrillo que fumaba continuamente cuando no montaba a caballo. Hyoga lo miro con disimulo.
-Kiki tiene muy poco cuidado. Tienes que insistir en que retire tus zapatos y no deje tus ropas por el suelo. Hoy había una serpiente en el baño-dijo tranquilamente, estirando sus largas piernas.
Hyoga se sonrojo como siempre, cuando Ikki se refería a la intimidad de su vida. Era su naturalidad y franqueza lo que le asustaba, la poca importancia que concedía al hecho de vivir juntos que le llenaba de vergüenza. Su actitud le hacia sentir una terrible desesperación. El estaba tan seguro de sí mismo como de poseerle.
Después de un rato se levantó y salio fuera de la casa, ya que sus hombres lo estaban llamando, dejándole completamente solo. Hyoga miró alrededor de la habitación con una expresión investigadora. Parecía no haber escapatoria posible para salir de esta situación, que no podía soportar más.
Siempre buscaba un medio de escape, con la esperanza de encontrarlo. Pero Ikki también lo tenía previsto y tomaba precauciones. Un día pareció que al fin su deseo se realizaría. Solo vaciló un momento, mientras alargaba su mano para tomar la pistola que estaba a su alcance, sobre una mesita, pero antes de que pudiera siquiera tocar el arma, una mano musculosa se cerró sobre la suya.
El Fénix había entrado con su acostumbrado paso silencioso y se hallaba junto a él, sin que se hubiera dado cuenta. Con su mano libre, el peliazul levantó el arma, manteniendo sus ojos clavados en el tembloroso rubio, mostrándole el arma abierta, haciéndole ver que estaba descargada.
-¿Crees que soy tan estupido?-le preguntó sin la menor alteración en su voz
Desde entonces estuvo bajo una vigilancia constante que no le dejaba ninguna ocasión para llevar a cabo su intento. Hyoga cubrió la cara entre sus brazos.
-¡¡Oh, dioses!! ¿Cuando terminará todo esto?-se lamentó con abatimiento y una profunda desolación
La soledad le pareció de repente horrible. Cualquier cosa era mejor que el silencio de la gran casa. Un rumor exterior lo atrajo y se dirigió a la puerta, quedándose en la entrada.
Cerca de él, Ikki, Shyru y Saga miraban a un potro a quien sujetaban con dificultad dos o tres hombres que se colgaban a él tenazmente, a pesar de sus esfuerzos por liberarse, y más allá se veía un pelotón de hombres en semicírculo, algunos montados y otros a pie, dejando un espacio holgado y libre entre ellos y la casa. Todos ellos, intensamente excitados, hablaban y hacían gestos. Hyoga se apoyó en el marco de la puerta y contempló la escena con creciente interés.
Después de un momento, el Fénix levantó la mano y un hombre, al que había conocido como Aldebarán, se separo de la muchedumbre y se acercó a él saludándole con una inclinación y luego se acercó al grupo del centro del círculo.
Hyoga se enderezó, con vivísimo interés. El furioso potro iba a ser domado. Estaba ensillado. Algunos hombres corrieron hacia él y entre todos mantuvieron al caballo quieto, solo un momento, lo suficiente par que el hombre saltara encima como un rayo. Los otros se echaron hacia atrás huyendo rápidamente. Estupefacto un instante por el repentino peso, al que no estaba acostumbrado, el potro se puso a hacer movimientos bruscos, y por un momento fue casi imposible seguir sus movimientos mientras luchaba por despedir al hombre que lo montaba. Al final Aldebarán voló por encima de la cabeza del animal y cayó pesadamente quedando inmóvil, mientras Mu y otros corrían para ayudarlo. Hyoga se asustó, pensó por un momento que había muerto, pero para alivio suyo, vio como este se levantaba todavía algo tambaleante, siendo Mu, quien lo ayudara a caminar. Luego de esto se escucharon los aplausos y algunas risas aliviadas de los habitantes de la aldea dirigidos a Aldebarán.
Ikki también se rió y volviéndose hacia Saga puso la mano sobre su hombro y señalo al potro. Hyoga respiro con fuerza, él sabia que el teniente montaba bien como todos los del séquito de Ikki, pero este potro era más salvaje que cualquier otro que hubiese visto antes, sin embargo esta prueba no parecía desagradar a Saga.
Contestando con una sonrisa se lanzó a la arena, donde los hombres le saludaron aclamándole. Se repitieron los mismos preparativos de antes y Saga saltó ligeramente a la silla de montar. Ahora, el potro volvió a sus antiguas tácticas, con una excesiva rapidez. Saga se mantuvo pegado a la silla más tiempo que Aldebarán, pero igualmente salió volando al suelo. Rápidamente Cristal, junto a otros dos castaños, a quienes escucho que los llamaban Aioria y Aioros, fueron a auxiliarlo. El resto de los hombres aplaudieron al peliazul, mientras se retiraba con ayuda de los tres hombres.
Hyoga miró de nuevo al Fénix y apretó los dientes. Se había parado para encender un cigarrillo con un fósforo que Shyru sostenía, y luego ambos se acercaron al potro. El animal parecía ahora completamente enloquecido, y se iba haciendo difícil retenerle. Fueron hasta los hombres que luchaban gritando, tratando de sostener a la bestia, y después de un minuto, Hyoga vio a Shyru sentado con firmeza en la silla de montar.
Shyru montaba muy bien y resistió más tiempo que los otros, pero al final salió volando por encima de la cabeza del potro. Cayó ligeramente sobre sus manos y rodillas y se puso de pie, en medio de exclamaciones y risas. El mismo se rió y acercándose a su jefe, encogió los hombros con las manos extendidas. Luego de intercambiar un par de palabras, en tono muy bajo, Ikki se dirigió otra vez al centro del círculo.
La respiración de Hyoga se aceleró, adivino su intención antes de que llegara al potro, y saliendo completamente de la casa, se acercó a Shyru, que se envolvía una mano herida con un pañuelo.
-¿Lo intentará?-preguntó casi sin aliento
-¿Intentar?-repitió sabiendo que se refería a su jefe-Si, lo intentará-termino de decir con un tono distinto
Cuando Ikki ocupó la silla de montar, se hizo un silencio entre la multitud. Hyoga miraba con ojos brillantes, palpitándole el corazón con violencia. Deseó con toda el alma que el potro le vengara y al mismo tiempo, extrañamente anhelaba ver al Fénix triunfante. Odiaba a su captor, deseaba que muriese, pero tampoco podía dejar de admirar el maravilloso alarde de equitación que presenciaba. Ikki estaba firme y rígido en su silla y todos los esfuerzos que el animal hacia para derribarlo era inútil. El potro brincaba salvajemente, dando furiosas embestidas ciegas adelante y atrás, parándose bruscamente con la esperanza de deshacerse de su jinete, dando repentinas vueltas, retrocedía y saltaba bruscamente, sin respiro.
-¡Mire, señor!-le dijo Shyru a Hyoga
Este asustado, vio como el Fénix lanzaba una rápida ojeada tras de sí, cuando el potro se paraba en dos patas, con un violento tirón de riendas le obligó deliberadamente a caer violentamente de espaldas, saltando limpiamente con un esfuerzo tremendo.
Montó en la silla otra vez, casi antes de que el asombrado animal se pusiera de pie. Y entonces empezó una escena que Hyoga no olvidaría jamás. Era una odiosa exhibición de fuerza bruta y crueldad. Era el hombre contra la bestia en competición, de quién era el más fuerte, un espectáculo cruel y sangriento. Hyoga quería apartar la mirada, pero por más que lo deseaba, no podía conseguirlo. Se sentía casi enfermo de miedo y en un intento desesperado cerró los ojos, mientras escuchaba los rugidos de excitación de los hombres. Hyoga temblaba y sus manos se abrían y se cerraban convulsivamente. Ya no le importaba quien ganara, solo quería que acabara esa lucha.
-¡No lo soporto!-exclamo con acento de repugnancia y horror
-Perdone, señor. Ese animal tiene que aprender. Mató a un hombre esta mañana, lo tiró y lo destrozó-respondió Shyru
Unos minutos más tarde, Shyru hablo gentilmente:
-Mire, señor. Ya se ha terminado.
Hyoga abrió los ojos con temor. El Fénix estaba en pie, en tierra junto al potro que se balanceaba lentamente de un lado a otro con pesadez, la cabeza inclinada hacia el suelo, goteando sangre, para luego caer exhausto.
Corrieron de todas partes y Shyru se dirigió a su amo, que se elevaba sobre el gentío que le rodeaba. Hyoga se dio la vuelta con una exclamación de disgusto. Era bastante haber presenciado un espectáculo de tal brutalidad, para soportar como aclamaban su crueldad. Se fue lentamente a la casa, estremecido por aquel espectáculo, y se quedo vacilante junto al diván. El sentimiento de desamparo que sentía a menudo, le invadió con fuerza. No había ningún medio por el que pudiera separarse del Fénix, no disponía de ninguna estancia reservada donde pudiera respirar con libertad. Día y noche tenia que soportar su presencia sin ninguna esperanza de escapar. Cerró los ojos con agonía y después se irguió al sonido de su voz.
Ikki entró riendo, con un cigarrillo pendiente de su mano ensangrentada, mientras que con la otra secaba el sudor de su frente, donde dejaba unas huellas rojas.
-¡¡Es un maldito monstruo, un demonio y le odio!!-grito furioso
Por un momento, una desagradable expresión cruzó por la faz del Fénix, pero pronto volvió a sonreír.
-Ódiame si quieres, mi Cisne, pero ódiame bien. Detesto las medias tintas-dijo con tono ligero mientras pasaba al dormitorio.
Hyoga se hecho sobre el diván, mientras trataba de ordenar sus pensamientos.
-Tengo que salir de aquí-se dijo con desesperación-Tengo que escapar.
