CAPITULO X.-
Habían pasado cuatro semanas desde que Hyoga prometiera obedecer a Ikki. En ese tiempo el rubio había hablado muy poco. Había aprendido a sofocar los terribles accesos de rencor y las palabras de ira que querían salir de sus labios, sufriendo en un silencio que lo sorprendía. Ahora que Ikki se hallaba ausente desde el día anterior y no sabían si volvería aquella noche o en la siguiente, había podido salir a cabalgar con la compañía de Shyru.
Hyoga buscaba febrilmente medios para escapar, y ahora en la ausencia de Ikki, parecía ofrecerse la ansiada oportunidad, pero el criado chino lo vigilaba muy bien.
Cabalgaba llevando el caballo a paso corto para no cansarlo, mientras ideaba planes que iba rechazando por impracticables. "Jango" se impacientaba por aquel paso moderado que Hyoga le obligaba a seguir. El rubio no se ocupaba del tiempo transcurrido, pero se daba cuenta que pasaba rápidamente y cualquier cosa que hiciera, debía hacerlo sin tardanza.
Shyru en cambio, lo seguía y tenía mucho cuidado de la hora. Se acercó lento hasta llegar hasta el rubio.
-Perdón señor. Se hace tarde-y le mostró su reloj pulsera.
Hyoga detuvo el caballo y quitándose el sombrero se enjugó la frente acalorada. En aquel momento empezó a soplar una brisa, el caprichoso viento que aparecía y desaparecía con la misma rapidez. Una idea atravesó su mente. No era gran cosa, pero tal vez le serviría. Deliberadamente soltó su sombrero, el cual no tardo en ser llevado por el viento.
-¡Oh, Shyru, mi sombrero!-exclamo apuntando el objeto.
Con una cómica exclamación, el pelilargo se deslizo al suelo y empezó a correr sobre la tierra caliente.
Hyoga espero a que se hubiera alejado, atento, con ojos brillantes y saltándole el corazón, luego se acercó al caballo de Shyru y con un fuerte golpe en su parte trasera, lo hizo salir corriendo en dirección a la aldea y dando vuelta a "Jango" lo dirigió hacia la otra dirección, sordo a los gritos de Shyru.
Loco de emoción y libre, al fin, de ir a donde quisiera, espoleaba a su caballo que corría desaforado y el viento silbaba en sus oídos. No se ocupó de la suerte del criado abandonado sin montura, tan lejos de la aldea. De momento ni siquiera pensó en él, no pensaba en nadie más que en si mismo. No tenia plan de lo que haría o de adonde iría. Solo pensaba que era libre y no se ocupaba de nada más. Estaba demasiado excitado para pensar coherentemente. Se rió y gritó como loco, y su locura contagio al caballo que corría con mayor velocidad. Por un momento pensó en el Fénix y el temor lo invadió. ¿Y si lo buscaba? ¿Y si lo capturaba otra vez? Se estremeció y un grito se escapo de sus labios, pero se calmó en seguida. Era un idiota, era imposible. Pasarían horas, quizás toda la mañana siguiente, antes de que se dieran cuenta de su desaparición, antes de que se diera la alarma.
Probó de no pensar más en eso. Había escapado de él y de su crueldad, su pesadilla había terminado. Los efectos perdurarían siempre en él, ya nunca más seria el de antes, ya que el recuerdo de haber sido un esclavo sexual, de sentirse indefenso y la vergüenza, no lo abandonaría jamás. El joven que salió triunfante de viaje en un barco, se había convertido en un hombre por la amarga y humillante experiencia.
La ligera brisa desapareció, dando paso al intenso calor y mientras "Jango" había adoptado un galope cómodo, Hyoga vio como el panorama se veía diferente. Todo se veía más llano, y casi de pronto pudo divisar a lo lejos unas palmeras. Se dirigió directamente a ese lugar, esperando que no fuese una alucinación producida por el sol. Al llegar comprobó que se trataba de un pequeñísimo oasis, y Hyoga salto a tierra, esperando encontrar un pozo de agua. Lo había, pero estaba enlodado, así que el rubio trabajo limpiándolo y evitando que el caballo se acercara con desesperación. Fue un trabajo pesado, pero pudo obtener agua para satisfacer su sed y el del caballo. Luego se dejo caer al suelo y encendiendo un cigarrillo, se quedo tendido.
Por primera vez, desde que abandono a Shyru comenzó a pensar en lo que haría. Lo que había hecho era una locura. Siendo serio, no tenia ni comida, ni agua, ni la más remota idea de donde se encontraba. Se hallaba solo en una isla hostil, entre gente indómita, sin protección de ninguna clase. ¿Y ahora que iba a hacer? De repente sintió miedo, estaba solo, tenia ante si, un espacio sin fin y se sentía dentro de él como si solo fuera un átomo insignificante. El pánico le sobrecogió y su valor fue desapareciendo. Solo de una cosa estaba seguro: Que no se arrepentía de lo que hizo. Detrás suyo quedaba Ikki de Fénix, y adelante quizás la muerte, pero la muerte era preferible a su despreciable esclavitud. Se sintió tranquilo con estos pensamientos y volvió a recostarse, tratando de descansar, pero a su mente volvían imágenes de la vida que acababa de dejar. El caballo después de husmear en el pozo y las cercanías, apretó su cabeza contra el de Hyoga, quejándose con ojos expresivos.
-Lo siento tanto. No tengo nada que darte mi pobre amigo-dijo con pesar, besándole con gratitud. Miró el cielo y pudo distinguir a un buitre. ¡Quizás dentro de algunas horas picotearía sus huesos! ¡Por los dioses! ¿Por que tenia que venirle ese tipo de pensamientos?.
Con un suspiro tiró el cigarrillo y ocultó el rostro entre sus manos, los recuerdos se agolparon en su mente. Tenía imágenes del hombre que a la vez que odiaba, se veía obligado a admirar. Lo recuerdos de Ikki no abandonaban su mente. Revivía los momentos en que luchaba contra sus caricias y se recriminaba su propia debilidad, recordando su vigor cuando estuvo en sus brazos jadeante y exhausto, helado de terror y esquivando sus abrasadores besos. Le temió como nunca creyó posible llegar a temer. Su rostro se irguió ante él. Le vio como si estuviera ahí, junto a él ¿Acaso, le perseguiría siempre como un fantasma?
-Estoy nervioso-murmuro mirando a su alrededor con un ligero estremecimiento-Me volveré loco si sigo aquí.
El pequeñismo oasis en el que había acampado tan contento, se había convertido en repulsivo y estaba impaciente por huir de allí. Se subió ansioso a la silla de montar y con el rápido movimiento recuperó la calma y el ánimo. Se guiaría por el sol. Cabalgaría en dirección al mar, tenía vagas esperanzas de encontrar algún barco o bote que lo llevara de allí, pero las colinas rocosas que parecieron en su camino eran desconcertantes, ya no sabía si iba por buen rumbo. Estaba dando una vuelta entera a una montaña, pero no tenia muchas opciones que seguir, fue justo cuando terminaba de rodearla, cuando se encontró frente a un grupo de hombres. El corazón del rubio dio un vuelco y un gemido escapo de sus labios al reconocer a los jinetes y más que todo a su líder, los cuales lo miraban fijamente. Por un momento se sintió desmayar, y luego con un tremendo esfuerzo, volvió el caballo y lo espoleó al camino que acababa de dejar, perseguido por el mismísimo Fénix, quien con un grito salvaje y una señal, sus hombres espolearon sus caballos creando una cortina de polvo, en persecución del rubio.
Hyoga se inclinó sobre el cuello de su montura, procurando no cansarlo en su rapidez presurosa y sin importarle los peligros que ofrecía aquel terreno peligroso y áspero. Quizás podría aún librarse de su perseguidor entre los tortuosos desfiladeros de las montañas. Nada le importaba. Prefería tropezar y romperse la cabeza a caer de nuevo en su poder. Dominado por el miedo, quiso gritar y apretó los dientes contra sus labios para retenerlo el grito que salía de su garganta. No se atrevía a volver la cabeza y solo veía el frente. No le quedaba otro recurso que la velocidad de su caballo para salvarlo. De repente tuvo un rayo de esperanza, el Fénix estaría montando un caballo que de seguro llevaría corriendo largas distancias, ya que Ikki no se apiadaba de sus caballos y además el peliazul pesaba más que él.
-Si no paras, mato tu caballo. Te doy un minuto-escucho la voz profunda de Ikki
Hyoga se tambaleo un poco en la silla, agarrándose al cuello del caballo para asegurarse bien, y por un momento cerró los ojos, pero no vaciló ni un instante. No pararía, nada en el mundo lo hubiera hecho detenerse. Dijo que dispararía y cumpliría su promesa y si el caballo tropezaba o se desviaba, él podría recibir la bala.
-¡Mejor esto! ¡Si, mucho mejor!-se decía decidido.
"Jango" seguía corriendo, y en aquel minuto parecía un siglo. El caballo dio un brinco y fue entonces que se escucho el sonido del disparo, cayendo Hyoga tendido en el suelo.
