CAPITULO XII.-
La noche era clara, las estrellas brillaban en la oscuridad del firmamento, y la luz de la luna llena lucia maravillosa. Los hombres cabalgaban en un silencio no acostumbrado, aunque se oía de vez en cuando alguna palabra susurrada.
Ikki sintió que Hyoga se movía y lo miró. Por un momento, Hyoga levanto los ojos y los clavo fijamente en los suyos, luego con un murmullo bajo y confuso, escondió la cabeza contra el pecho de él. Ikki no habló, pero cambió un poco su posición, apretando más el brazo.
Ya muy tarde, llegaron a la aldea, brillaban las luces en todo el lugar. Pronto se vieron rodeados por una multitud inquieta de gente de la tribu y criados. A pesar de la ruda caminata, "Pegaso" empezó a brincar; era su invariable costumbre cuando no había medio de evitarlo; a una orden del Fénix dos hombres acudieron a su lado para sujetarlo, mientras él pasaba a Hyoga a los brazos extendidos de Saga. El rubio se sentía dolorido y maltrecho, y el teniente lo llevó hasta la puerta de la Casa Principal, desapareciendo luego entre el grupo de hombres y caballos.
Hyoga se dejó caer pesadamente en el diván y se cubrió la cara con las manos. Temblaba de fatiga y temor. ¿Qué le haría? Se hizo a si mismo esa pregunta una y otra vez perplejo, deseando que no le faltara valor para hacerle frente. Por último oyó su voz y levantando los ojos le vio en el umbral de la puerta. Se hallaba de espaldas y daba órdenes a un grupo de hombres que estaban próximos, pues oía distintas voces; poco después, media docena de pequeñas bandas salieron a caballo en diferentes direcciones. Estuvo hablando unos segundos con Saga y luego entró. Al verle, Hyoga se echó atrás entre los blandos almohadones, pero Ikki no se fijo en él y encendiendo un cigarrillo empezó a andar a lo largo de la habitación. Hyoga no se atrevía a hablarle, pues la expresión de su rostro era terrible.
Dos sirvientes trajeron una cena preparada precipitadamente. Fue una comida lúgubre. El Fénix no habló ni parecía darse cuenta de su presencia. Hyoga no había probado nada durante el día, pero la comida casi lo atragantaba y a duras penas podía ingerirla, aunque se esforzó por comer un poco. Le parecía interminable aquella cena, hasta que finalmente los criados se retiraron, después de traer dos tazas de café. Hyoga lo tomó con dificultad. El Fénix había reanudado sus paseos inquietos por la habitación, fumando cigarrillo tras cigarrillo. El monótono ir y venir, atacaba los nervios de Hyoga, que se estremecía cada vez que Ikki pasaba frente a él. Acurrucado en el diván, le miraba continuamente, fascinado y temeroso.
En ninguna de sus idas y venidas, Ikki puso sus ojos en él. De vez en cuando veía el reloj de su muñeca y cada vez su rostro se ensombrecía más. ¡Si hablara al menos! Su silencio era peor que todo lo que pudiera decir ¿Qué haría? Era capaz de cualquier cosa. La situación era torturadora para Hyoga.
-¿Qué va hacerme?-murmuro involuntariamente con los labios secos.
Ikki lo miró sin contestar durante un rato, como para prolongar la tortura que el pobre estaba sufriendo y una mirada cruel apareció en sus ojos.
-Eso depende de lo que le suceda a Shyru-contestó con lentitud.
-¿Shyru?-repitió estúpidamente el rubio. Había olvidado por completo al criado y todo cuanto ocurrió desde la mañana.
-Sí...Shyru-dijo seriamente-Parece que no has pensado en lo que ha podido ocurrirle.
Hyoga se incorporó con una expresión extrañeza.
-¿Qué ha podido sucederle?-preguntó sobresaltado.
El Fénix se dirigió a la entrada y señalo la oscuridad:
-Allá lejos, en el sudoeste, vive un Jefe llamado Máscara de la Muerte, su Tribu Death Mask y la mía han estado guerreando durante generaciones enteras. Hace poco supe que se atrevió a acercarse más que nunca. Me odia. El poder capturar a un criado mío, sería un gran placer para él-después de decir esto, abandonó la puerta y empezó a pasear por la pieza de nuevo.
El tono siniestro de su voz hizo comprender a Hyoga el peligro que corría el pelilargo. No era hombre Ikki de Fénix para alarmarse fácilmente por nada ni por nadie. Era evidente que estaba inquieto por la suerte de Shyru, y por el conocimiento que tenía de él comprendió que su ansiedad denotaba verdadero peligro.
-¿Qué le harían?-preguntó temblando con una mirada de horror.
Ikki se detuvo junto a él, lo miró con aire de curiosidad y la expresión de crueldad creció en sus ojos.
-¿Quieres que te diga que le harían?-le pregunto con una intención y una sonrisa terribles. Hyoga lanzó un grito ahogado y se cubrió la cara con los brazos.
-¡OH, no lo diga! ¡No lo diga!-gimió, mientras Ikki tiraba la ceniza de su cigarrillo.
-¡Bah!-añadió desdeñosamente-Eres muy delicado.
Hyoga se sintió culpable. No le tenía ningún resentimiento a Shyru, por el contrario le era muy agradable. No volvió a pensar en él, cuando espanto el caballo, y le dejó desmontado tan lejos de la ladea. Le consideró entonces sólo como un carcelero, como el agente de su dueño.
La proximidad de ese jefe enemigo explicaba muchas cosas que no había comprendido: el evidente deseo de Shyru durante su paseo de no separarse más allá de cierta distancia; la actividad especial que notaba desde hacía algún tiempo entre los hombres de Ikki y la velocidad y el silencio que mantuvieron durante el galope de regreso.
Hyoga examinó pensativamente a Ikki. Sus pies no hacían ruido sobre las mullidas alfombras y andaba con el paso largo y gracioso que recordaba el andar de un animal salvaje. Su naciente amor deseaba desahogarse, mientras le miraba. ¡Si al menos se lo pudiera decir! ¡Si tuviera al menos el derecho de ir a él, de abrazarlo y borrar con sus besos las crueles líneas de su boca! Pero no lo tenía. Hyoga sólo era un esclavo, y como esclavo tenia que darlo todo y no pedir nada a cambio. Y cuando Ikki volviera a él, la alegría que sentiría en sus brazos sería una agonía, pues no era correspondido. Sus besos sin cariño lo quemarían y la vehemencia de su abrazo sería un sarcasmo. Pero ¿Ikki volvería otra vez con él? si algo le sucediera a Shyru, sabia que sería terriblemente castigado. ¿Pero qué castigo le reservaría? Pensaba tristemente si llegaría a matarlo y de qué manera; si sus largos dedos morenos, con su fuerza terrible, lo estrangularía. Automáticamente llevó las manos a la garganta. Ikki se detuvo cerca de él, para encender otro cigarrillo y Hyoga trato de reunir el valor para hablarle, cuando en la puerta apareció Shyru en persona.
-Mi señor...-balbuceo, y con los brazos extendidos hizo un gesto de súplica.
El Fénix alargó la mano y se apoyó afectuosamente en el hombro del pelilargo.
-¡Shyru! ¡Al fin amigo mío!-dijo despacio, pero era el tono de su voz como Hyoga no había oído antes. Por un momento los dos hombres se miraron y luego el Fénix se rió contento.
-¡Me alegra mucho tenerte de regreso!-murmuro.
-¡Si, yo también me alegro!-agregó Shyru suavemente, y luego sus ojos recorrieron la habitación, y se fijaron en Hyoga sin resentimiento en ellos, solo con ansiedad.
-El señor esta...-titubeó, pero el Fénix no le dejó proseguir.
-El señor esta completamente a salvo-dijo secamente y le empujó dulcemente hacia la salida, con unas palabras rápidas.
Luego que Shyru se retirara a su dormitorio, Ikki tardó mucho más que de costumbre en cerrar la puerta. Hyoga vacilaba. Estaba agotado y sus altas botas de montar le pesaban como plomo. Tenia miedo de retirarse y miedo de quedarse. Parecía que Ikki no se ocupaba del rubio. El regreso de Shyru mejoró grandemente su situación, pero todavía era necesario hacerse perdonar su tentativa de fuga, además había perdido a "Jango", uno de sus mejores caballos y forzoso sería explicar su pérdida.
Ikki se dirigió a la mesita de escribir y quitó la envoltura de un paquete de cápsulas para cargar su revólver. La pequeña operación parecía durar un siglo y Hyoga se estremecía a cada ruido. Si Ikki no hablaba, lo haría él; no podía soportarlo más.
-Lo siento por "Jango"-tartamudeo, y hasta a si mismo su voz le pareció ronca y extraña.
Ikki no contestó, se limitó a encogerse de hombros, introduciendo el último cartucho en su encierro. Aquel gesto y su actitud, le exasperaron.
-Hubiera sido mejor que me hubiese matado a mí-dijo amargamente.
-Quizás. Tú podías haber sido sustituido pronto. Hay muchos hombres, mientras que "Jango" era casi único-respondió rápidamente. Hyoga se echó para atrás ante la brutalidad de su tono. Una triste sonrisa cruzó por sus labios.
-Con todo, usted mató al caballo para recobrarme-dijo con un hilo de voz casi imperceptible
-¡Tonto! ¿Tan poco me conoces? ¿Crees que yo dejó escapar lo que es mío? ¿Piensas que escapándote de mí, harás que te desee menos? ¡Por los dioses! Te habría encontrado aunque hubiese tenido que ir por todo el mundo. Lo que tengo lo guardo, hasta que me cansó de ello...y todavía no me he cansado de ti-se aproximó y lo miró apasionadamente, y por unos instantes su cara parecía la del diablo-¿Cómo te castigare?
