CAPITULO XV.-

-¿Su amigo?

-Si, ¡Por los dioses! El mejor amigo que jamás hombre tuvo. Es casi como mi hermano-miro a Hyoga con una sonrisa-Shun de Andrómeda.

Hyoga de inmediato dirigió una mirada a la otra habitación donde estaba la librería con un movimiento de cabeza y el peliazul entendiendo, asintió.

-¿Viene a…aquí?-inquirió, y el desaliento que sintió hizo eco en su voz.

Ikki se puso serio al oír su tono.

-¿Tienes algún problema?-dijo altanero.

-No, nada-murmuro el rubio sentándose entre los almohadones, luego de recoger un cepillo que se encontraba en el tocador. La llegada de un extraño, de alguien fuera de la isla, era una sorpresa; pero notó que los ojos de Ikki estaban fijos en él, y decidió no mostrar ninguna emoción en su presencia.

-¿A que hora estará listo para salir a caballo?-pregunto con indiferencia, con un bostezo simulado, y arreglándose el cabello con el cepillo.

-No puedo ir contigo hoy. Voy a recibir a Shun. Su correo llegó hace solamente una hora. Hace años que no le he visto.

Hyoga dejo la cama y se dirigió a la ventana del dormitorio. Desde ahí pudo apreciar como un destacamento estaba esperando al huésped y cerca de la casa piafaba impaciente "Arles" el indómito, queriendo morder, nervioso, en manos de los palafreneros. Hyoga miro con desagrado las orejas caídas y los ojos redondos del hermoso y maligno animal. Le hubiera montado sin temor si el Fénix se lo hubiera permitido, pero estaba inquieto por el peliazul, cada vez que montaba el resabiado animal. Nadie más que Ikki podía dominarlo, y aunque el rubio sabia que tenia perfecto dominio del caballo, nunca dejaba de preocuparle, cosa que el Hyoga de antes jamás hubiera podido experimentar y hoy deseaba que hubiese sido cualquier otro caballo menos "Arles", el preferido para la excursión.

Con estos pensamientos, dirigiéndose a su amado le dijo lentamente:

-Me duele la cabeza de estar aquí dentro todo el día ¿Puede acompañarme Shyru?-preguntó con indiferencia, mirando a todas partes menos a él.

Ikki no le había permitido que saliera a caballo con otro que no fuera él, desde su intento de fuga y a sus tentativas de reanudar los paseos con el criado chino, le contestaba invariablemente en sentido negativo. Ahora vacilaba y el rubio temió que se lo negara también.

-Por favor, mi señor-susurró humildemente

Ikki lo miro un momento con su barbilla más pronunciada que nunca.

-¿Vas a escaparte otra vez?-pregunto secamente.

Los ojos del rubio se llenaron de lágrimas, y volvió la cabeza para ocultarlas.

-No, no pienso escaparme otra vez-dijo muy quedo.

-Muy bien, se lo diré a Shyru. Estará muy contento. El buen Shyru es tu esclavo a pesar de la treta que le hiciste.

La sonrisa irónica volvió a los labios del Fénix, mientras le levantaba la cabeza con su gesto habitual. Luego le entregó el revolver que estuvo limpiando, con inusitada seriedad.

-Quiero que lleves siempre esto, cuando montes a caballo. Mascara de la Muerte esta aún por estos alrededores.

Hyoga miró el revolver desconcertado.

-Pero…-tartamudeó.

Sabía lo que su Cisne quería decir y le beso ligeramente.

-Confío en ti-dijo en voz baja, y salió.

Hyoga le siguió hasta la puerta principal con el revolver en una mano y le vio montar y alejarse. Era un jinete admirable, y sus ojos brillaban mientras lo seguían. Volvió a entrar a la casa y enfundó el revolver y tomando de la librería la novela de Shun de Andrómeda, que se coloco bajo el brazo, se fue a la habitación. Se echó sobre la cama para tratar de descubrir el retrato del autor por la lectura de la obra que había escrito.

Le odiaba por adelantado; estaba celoso de él y de su llegada por la repentina demostración de ternura de Ikki. Estaba seguro que el Fénix podría llegar a amarle, si no sobreviniese una influencia exterior, que interrumpiera la vida habitual que tan íntimamente ligaba la existencia de Hyoga a la de Ikki. Los otros amoríos a que el peliazul se refería tan ligeramente sólo fueron amores pasajeros, no un amor de pasión como el que Fénix sentía por él. El maldito Andrómeda venía a interrumpirlo todo. En un arranque de cólera tiró el libro de Shun al extremo del cuarto y dejó caer su cabeza entre sus brazos. ¡Como si lo viese! ¡Debía ser el tal un tipo odioso, un egoísta presumido!

Hyoga había conocido a varios literatos y ya lo estaba viendo. Sus libros indudablemente estaban bien escritos. Tanto peor; eso lo habría hecho jactancioso. Se sintió un poco mejor al recordar que el peliazul le había dicho que lo quería como su hermano, así que no había problema con que lo viera como algo más. Pero entonces pensó en otra posibilidad: la novela revelaba un temperamento apasionado y ardiente que amenazaba complicar la situación si, como era muy probable, ese tal Shun llegaba a enamorarse de él. Hyoga temblaba al pensarlo. Y era evidente que Andrómeda tendría que verlo; el Fénix no había dado órdenes contrarias a ello. No como cuando venia algún comerciante de afuera a hacer negocios con el peliazul, demostrando claramente que nadie debía verlo, debido a lo cual el rubio experimento por primera vez la impresión de hallarse recluido.

Las emociones de la mañana, resumidas por la fogosidad de Ikki y el delicioso encuentro de sus cuerpos; la negativa del Fénix de acompañarle en su acostumbrado paseo, el desaliento producido por la inesperada visita, todo se combinaba para turbar a Hyoga poderosamente. Acabo por quedar dormido y durmió profundamente durante unas horas. Kiki le despertó tocándole tímidamente el brazo y anunciándole el almuerzo, y Hyoga se sentó sobre la cama frotándose los ojos. Miró un momento al niño sin comprenderlo, y luego le indicó imperiosamente que se fuera y se sepultó de nuevo su cabeza en los almohadones. ¡Almorzar, cuando sentía destrozarse su corazón!

Preocupado por el encargo de su amo, al que respetaba con temor, Kiki permanecía junto a Hyoga con tímida insistencia, hasta que éste se levantó furiosamente y le dijo que se fuera, en un tono que nunca había empleado con el pequeño sirviente. Kiki huyó precipitadamente, y ya bien despierto, Hyoga se sentó de nuevo y con los codos sobre las rodillas apoyó su dolorida cabeza cobre sus manos. Se sentía aturdido, confuso, y tenía seca la boca. Se levantó perezosamente y dirigiéndose al tocador, frente al espejo estudió su rostro detenidamente. Frunció el entrecejo al verse. Nunca había estado orgulloso de su belleza y le parecía una cosa sin importancia y ahora, que creía haber fracasado en su ideal de alcanzar el amor de Ikki de Fénix, casi la odiaba. Entró en el baño y se metió la cabeza en el agua fría. Cuando volvió al dormitorio, el asustado Kiki estaba colocando una bandejita sobre la mesa junto a la cama.

-El señor Shyru-murmuro casi llorando.

Hyoga miró al niño y se dio cuenta que había sido injusto con el pequeño pelirrojo, así que como un pequeño gesto acaricio su cabeza, haciendo que este lo mirara sorprendido y sonriera. Luego miró la bandeja arreglada con el cuidado peculiar de Shyru, y luego el reloj de sobremesa, dándose cuenta que se había retrasado una hora y que sentía extremado apetito. Le llamo la atención un pedacito de papel que estaba en la bandeja, y tomándole leyó en la clara letra de Shyru:

-¿A qué hora desea el señor dar el paseo a caballo?

Evidentemente el criado no tenía intención de variar el programa fijado para la tarde. Sonrió mientras añadía un número al final del papel y mandó salir a Kiki con la bandeja y el papelito, dándole una nueva caricia a la cabecita pelirroja del niño que sonrió más ampliamente. Luego recogió el libro del vizconde de Andrómeda que había arrojado al suelo probando de leerlo serenamente.

Las letras de la dedicatoria mostraban a un hombre inteligente. Volvió las páginas leyendo algunos paisajes sueltos, olvidándose finalmente al autor, enfrascándose en la lectura. Era una maravillosa narración de la fidelidad y el amor de un hombre, y Hyoga lo dejó por último con un amargo suspiro. Las cosas sucedían así en los libros. La vida real era muy distinta.

Recorrió la habitación con sus apenados ojos, deteniéndose en la almohada donde sus cabezas descansaban todas las noches. Se detuvo y la besó con la respiración un poco acelerada.

-¡Ikki! ¡Oh, mi amor!-murmuro con vehemencia.


-¡Señor!-grito un sirviente, entrando sin tocar a la habitación, recibiendo como respuesta un florero estrellado cerca de su cabeza.

-¡¡¡¡¿QUE DEMONIOS QUIERES?!!!! ¡¡¡¡ME ESTAS INTERRUMPIENDO!!!!-gritó enojado Máscara de la Muerte

Solo entonces el sirviente se dio cuenta de la comprometedora situación en la que se encontraba su jefe, ya que este estaba penetrando furiosamente a un complaciente Shura, que ahora también lo asesinaba con la mirada por la interrupción.

-Lo...lo lamento-tartamudeo el sirviente temiendo por su vida-Pero uno de nuestros espías nos acaba de avisar que el Fénix se dirige al puerto para recibir una visita.

-Así que al fin decidió salir-sonrió el jefe de la Tribu Death Mask-¡Lárgate y avisa a todos que se preparen para la emboscada!

El sirviente no espero más y salio de la habitación lo más rápido que pudo. Mientras tanto Máscara de la Muerte volvía a embestir bestialmente a Shura, quien gemía de placer, un placer masoquista que había aprendido en todos los encuentros con su jefe. Al fin ambos llegaron al clímax y Shura sintió como su jefe salía de su interior para echarse a su lado.

-Quiero que te encargues de traerme la cabeza del Fénix-le ordeno a su amante, después de recuperar la respiración. Shura lo miro interrogante unos segundos, hasta que vio la sonrisa retorcida que le dedicaba-Si lo haces, dejare que compartas mi cama permanentemente.

Los ojos de Shura brillaron al escuchar esas palabras, ese era el aliciente que necesita para recuperar sus fuerzas y renovar su odio hacia el jefe de la otra Tribu. Al fin disfrutaría del poder que tanto deseaba.

-¡Nada me detendrá, lo juro!-dijo antes de levantarse, a pesar de que su cuerpo estaba dolorido por el encuentro que hace solo unos instantes había tenido. Se vistió con rapidez, mientras más rápido terminara con el Fénix, más rápido obtendría lo que quería. En tanto Máscara de la Muerte lo miraba con su misma sonrisa. Si Shura lo conseguía, al fin seria el dueño de toda la Isla, pero si no...Se echo a reír con cinismo, siempre podía encontrar otro amante, además que todavía no se había cansado de Afrodita, el peliceleste todavía sabia como ponerlo caliente.

-El Fénix morirá hoy mismo y tendrás su cabeza como adorno-exclamo Shura con jubilo, para después desaparecer de la vista de Máscara de la Muerte y reunirse con sus hombres los cuales ya tenían bien planeado la emboscada que realizarían.