Hola a todos. Con gran placer les traigo nuevos capítulos. Si, mis queridos lectores ¡NUEVOS CAPITULOS! Por fin sabrán como continúa la historia, para todos aquellos que han leído esta historia (anteriormente en otras paginas) y los que recién la disfrutan.
CAPITULO XIX.-
Los nervios del caballo, como los de Hyoga, estaban excitados y galopaba desenfrenadamente, el rubio necesitaba toda su destreza para dirigirlo. Mientras se acercaba vio a Ikki de pie frente a la casa que ocupaban, con un joven que parecía ser de su misma estatura. Tuvo una rápida visión de un pelo verde y largo, cuando paso como un relámpago, sin poder detener a "Pegaso". Un poco mas allá de la casa, con las riendas cortándole las manos, consiguió hacerle dar vuelta y volver hacia la casa. Un par de hombres acudieron para sujetarle la cabeza al caballo, pero siguiendo su actitud acostumbrada les evito y brinco de satisfacción haciendo enfurecer a Hyoga, hasta que paso su alegría y se dejo dominar.
Hyoga no había hecho nada por detenerlo desde que pudo hacerle dar vuelta. Si el caballo prefería portarse como un loco no iba a hacer la tontería de luchar con él cuando sabia que hubiera sido inútil. Ya en manos de los hombres, el animal se entrego resoplando y Hyoga, soltándose las bridas, se quitó los guantes y estuvo un momento restregando sus manos doloridas.
Luego el Fénix se adelanto y él se deslizo del caballo. Antes de mirarle tomo la cabeza de "Pegaso" y le golpeo enojado la nariz con sus gruesos guantes de montar y le miro mientras se lo llevaban brincando y protestando hasta que la voz de Ikki lo hizo volver.
-Hyoga, el Vizconde Shun de Andrómeda espera serte presentado.
El rubio se irguió y el color que le había subido al rostro desapareció otra vez. Levanto lentamente los ojos hacia el joven que estaba frente a él y miro con fijeza unos ojos verdes más simpáticos que los tristes y desafiadores azules ojos suyos vieron jamás. La escena duro solo un momento; luego el peliverde bajo la cabeza con un saludo que fue apenas escuchado. Su falta de palabras dio valor a Hyoga.
-Señor-dijo con frialdad en respuesta. Luego se volvió hacia el Fénix sin mirarle.
-"Pegaso" se ha portado muy desagradable-luego se giro al sirviente pelinegro que había llegado a su lado-¡Shyru! Mi sombrero, haz el favor. Gracias-y desapareció por la puerta de la casa sin mirar a nadie más.
Aunque era tarde, se entretuvo en el baño y se puso con mal humor la camisa de seda verde que el Fénix prefería, una concesión que le hacia muy a pesar suyo. Acababa de tomar la gargantilla de jade, cuando entró el Fénix, el cual se fue directamente a él y apoyo las manos sobre sus hombros, y la acentuada presión de sus dedos indicaba claramente que estaba enojado aunque su rostro no apareciese gesto alguno.
-No has sido muy cortés con mi huésped-dijo el peliazul.
-¿Debe un esclavo ser afectuoso con los amigos de su dueño?-replico Hyoga con voz apagada.
-Lo que debe hacer es obedecer a sus deseos-respondió con aspereza
-¿Y es su deseo que complazca a ese vizconde?
-Es mi deseo
-Si fuera otra persona quien quisiera verme...-empezó con amargura, pero Ikki lo interrumpió.
-Si fuera otra persona no habría que discutir esto-dijo fríamente-No te mostrarías a los ojos de nadie más que a los míos. Pero ya que no lo es...-Se interrumpió con un enigmático movimiento de cabeza
-Cuanto ha cambiado usted tanto desde esta mañana-Murmuro el rubio-¿Tanto valor he perdido a sus ojos que ya ni siquiera tiene celos de mi?
-Tengo confianza en mi amigo y...no he pensado en la posibilidad de compartirte con él-dijo brutalmente.
Hyoga retrocedió como si lo hubiera golpeado y escondió el rostro entre las manos con un sollozo, mientras los dedos de Ikki se hundían cruelmente en sus hombros.
-¿Harás lo que quiero?
Las palabras eran una pregunta, pero el tono de voz representaba un mandato
-No puedo elegir-murmuro débilmente
Las manos del Fénix cayeron y se volvió para abandonar el dormitorio, pero Hyoga le tomo del brazo.
-¡Mi señor! ¿No tiene usted compasión? ¿No me evitara tal humillación?-suplico Hyoga, pero el Fénix hizo un gesto negativo
-Exageras-dijo con impaciencia quitando la mano de Hyoga de su brazo
-Si usted fuera compasivo esta vez...-rogó sin aliento, pero él lo interrumpió.
-¿Si?-dijo con ojos fieros-¿Tratas de hacer pactos conmigo? ¿Tanto tienes que aprender aun?
El rubio le miro con una expresión de agravio. Su cambio de humor que había podido observar, fue tan repentino que lo encontró desprevenido. El buen humor de la mañana desapareció y de nuevo volvió a reaparecer el tirano, el déspota arbitrario. Hyoga sabía perfectamente que la culpa era suya. Le conocía bastante para saber que el no toleraba la menor oposición a sus deseos. Era el amo en su aldea y sus órdenes, cualesquiera que estas fuesen, debían ser obedecidas.
La sombra de la lámpara cayó de lleno en el rostro del Fénix y Hyoga sintió un sombrío dolor en su corazón mientras le miraba. El Fénix exigía obediencia absoluta; aun hacia pocas horas Hyoga había decidido sometérsele sin reservas y había fallado la primera prueba. Durante esos meses de turbulenta felicidad había desaparecido aquella mirada hosca que tanto temía, y sus fieros ojos se habían posado en él con amabilidad o con alegría que se reflejaba en sus azules profundidades. Todo se le antojaba soportable menos que continuara su enojo. Anhelaba tan desesperadamente la dicha y le amaba tan apasionadamente, tan intensamente, que estaba dispuesto a olvidar todo su orgullo por complacerlo.
-¿Y bien?-pregunto el Fénix con voz ruda e impaciente al no ver reacción alguna del rubio, mientras sus ojos llameaban aun más.
-Haré lo que quieras. Haré lo que quieras, pero sé amable conmigo, por favor Ikki-contesto Hyoga con voz temblorosa.
Nunca le había llamado por su nombre; ni siquiera se había dado cuenta ahora que le llamaba así, pero al oírlo una mirada curiosa cruzó el rostro del Fénix y le atrajo hacia sus brazos con manos tan suaves, como antes fueron rudas.
Hyoga dejo que levantara su cabeza y afrontó valerosamente su escrutadora mirada, manteniendo sus ojos bajo el magnetismo que el peliazul podía ejercer cuando quería. Ikki leyó en su perfecto rostro su total dominación, no era como la que había sentido en la mañana cuando lo poseyó, era distinto, en esa ocasión supo que Hyoga ya sabia que no podía resistirse a que lo tomara y que era mejor que lo disfrutara a negarse y sufrir; pero ahora sabia que se había apoderado totalmente de él y conoció que mientras él quisiera le tendría por completo a sus órdenes.
Una expresión extraña apareció en sus ojos mientras se posaban lentamente en el rubio. Hyoga era como una figura de porcelana en sus fuertes brazos, que podía romper sin esfuerzo, y sin embargo había luchado con él durante todo ese tiempo, resistiendo a su voluntad con un valor que había conquistado su admiración aun cuando le hubiera exasperado. Sabía que le temía, había leído el miedo en sus ojos cuando más le había desafiado. Su actitud y su odio, que le mortificaron por el contraste que ofrecían con la adulación a la que estaba acostumbrado, provocaron aquella firme resolución de dominarlo. Antes de cansarse de él tenía que someterlo a sus deseos absolutamente. Y esa noche sabia que el último esfuerzo quedaba aniquilado y que nunca ya se opondría, que era como barro en sus manos, al que podía darle la forma que quisiera.
La conciencia del triunfo no le produjo alegría, no sentía la satisfacción que se había prometido de su victoria, y el descontento extraño que le invadió le era inexplicable. No se comprendía a si mismo, y le miró de nuevo con un gesto de impaciencia.
-Es precioso-pensó, haciendo una nueva y algo rara apreciación de la belleza de que se había apropiado, muy masculino con su camisa verde, cuya seda suave se adhería a su cuerpo, la figura esbelta y juvenil que tenía junto a sí, poseía un encanto muy suyo, pero era el Hombre en él lo que abrazaba su corazón como le palpitaba ahora. Sus ojos se posaron un momento en sus dorados cabellos, en sus azules ojos suplicantes y en su garganta cuya blancura resaltaba con el verde de su camisa. Después le aparto de sí.
-Apresúrate, te estaremos esperando en el comedor-dijo amablemente.
Hyoga le miró mientras atravesaba la puerta de la habitación, con un suspiro de intenso bienestar. Hacía un gran sacrificio para obtener la felicidad. Nada importaba ahora que se había desvanecido, con una rapidez desconcertante su mal humor. Sabía lo que significaba su completa sumisión; era la anulación de su personalidad, una completa renunciación de si mismo, una sumisión absoluta a sus deseos, carácter y temperamento. Con todo se sentía contento de que fuese así, su amor le predisponía a soportar todo cuanto pudiere exigirle. Nada de lo que él pudiera hacer alteraría la situación y nada de lo que hiciera le obligaría a revelar su amor. Se lo había ocultado y seguiría ocultándoselo costase lo que costase. Aunque no lo amara, le deseaba todavía; lo leyó en sus ojos hacía pocos minutos y se sentía feliz con eso.
Se acerco al espejo y separó las sedas que cubrían sus hombros. Examinó sin rencor las huellas de sus dedos sobre la delicada piel, con un mohín en sus labios, luego cerró los ojos exhalando un suspiro y cubrió aceleradamente sus hombros magullados, temblándole sus labios. Pero no le reprochaba, la culpa era suya; conocía su manera de ser y él no se daba cuenta de su propia fuerza.
-Aunque me matara, no podría matar mi amor-murmuro el rubio con una triste sonrisa.
Le estaban esperando en el comedor, así que se colocó la gargantilla de jade y tomando aire decidió salir de la habitación para conocer al Vizconde Shun de Andrómeda.
