CAPITULO XX.-
Hyoga se dirigió al comedor en donde le estaban esperando y, murmurando una excusa por su tardanza, ocupo su lugar. Ikki y su huésped reanudaron la conversación que su llegada interrumpió. Los pensamientos de Hyoga eran confusos. Sentía como si estuviera viviendo algún sueño extraño. Un jefe de una tribu salvaje, un vizconde y el mismo haciendo el papel de dueño de casa, en medio de un ambiente fuera de la ley. Miro a su alrededor, la casa que llego a serle tan familiar y querida, parecía otra esta noche, como si la llegada del extranjero hubiese producido un cambio en la atmósfera habitual. Se había acostumbrado tanto a la rutina que se le había impuesto, que hasta le extrañaba el criado del vizconde de pie detrás de su amo, que junto con Shyru hacían el servicio de la mesa como siempre, perfecto, silencioso y rápido.
Hyoga miro a Ikki. Había en su rostro una expresión que nunca vio en él, y un timbre de voz diferente hasta del que empleó cuando Shyru regreso la noche de su fuga. Aquel fue de satisfacción y de afecto de un hombre a un sirviente querido, y este era el de un hondo afecto de un hombre por un amigo predilecto, un cariño que superaba al amor que un amante inspira, y los celos que sintió por la mañana reaparecieron de nuevo. Hyoga pasaba su mirada de Ikki al hombre que estaba absorbiendo toda su atención; pero en su cara dulce y pálida, no vio las señales del presumido y gallardo egoísta que imaginara y su voz, tan baja y suave como la de su adorado peliazul, era mas animada, sin revelar nada que pudiese denunciar a un hombre altanero. Mientras le miraba, sus ojos tropezaron con los suyos. Una sonrisa extraordinariamente amable y algo triste, ilumino su faz.
-¿Me permite felicitarlo por su manera de montar a caballo?-preguntó con una pequeña inclinación.
Hyoga se sonrojo levemente y retorció la gargantilla de jade nerviosamente entre sus dedos.
-No vale la pena-dijo con una tímida sonrisa que le hizo nacer en sus labios, la simpatía que irradiaba del peliverde y que Hyoga hubo de reconocer a pesar suyo-Todo lo de "Pegaso" son ganas de jugar sin mala intención. Basta con sostenerse con firmeza. Hubiera sido humillante precipitarme de cabeza a los pies de un extraño. Ikki no hubiera aprobado que hubiese complacido a "Pegaso" en sus juegos. Se sigue un curso de equitación al montar los caballos de esta Isla, Vizconde.
-Oh, eso es una gran verdad, en especial cuando se monta caballo "al lado" de algunos de ellos-contesto el peliverde sutilmente.
Hyoga rió. El hombre cuya llegada tanto maldijo le estaba resultando muy agradable.
-Dígame Vizconde ¿Se porto muy mal "Arles"?
-Si Shun pretende hacerte creer que se pone nervioso al montar, Hyoga-dijo Ikki con una sonrisa-Es que quiere engañarte. No tiene nervios.
El peliverde se volvió a Ikki con una sonrisa.
-Hablando de nervios Ikki ¿Recuerdas aquella ocasión cuando...-Y se sumergió en un torrente de recuerdos que duraron hasta el final de la comida.
Shun había traído consigo un montón de periódicos y revistas, y Hyoga se acurruco en el diván con ellos, hambriento de noticias, pero sin embargo mientras leía, su interés disminuía. Después de estos meses de absoluto aislamiento, era difícil tomar el hilo de los acontecimientos. Lo que pasaba en el mundo había perdido interés, se le antojaba de poca importancia, comparado con la gran aventura que estaba viviendo, y cuyo final no podía prever, ni se atrevía a imaginar. Los echó a un lado desdeñosamente, y se quedó con una revista sobre las rodillas, para que sirviera de pretexto a su silencio.
Cuando Shyru trajo el café, el vizconde lo recibió con una alegre risa.
-¡Por fin Shyru, después de dos años, el néctar de los dioses otra vez!. No que Seiya lo prepare mal-dijo mirando a su sirviente quien le sonrió comprensivamente en contestación-Pero el tuyo es único.
Llevó una taza a Hyoga y la colocó en un taburete a su lado.
-Ikki se lisonjea al creer que vengo por él, pero no es verdad. Vengo a saborear el café de Shyru, así que con su permiso, voy a beberlo con la reverencia que me inspira-dijo Shun mientras le daba un sorbo a su oscura bebida.
Una vez más, los simpáticos ojos encontraron los suyos, y la sangre se le subió al rostro mientras para disimularlo inclinaba la cabeza precipitadamente sobre la revista. Conocía instintivamente que el peliverde trataba de ayudarle, diciendo tonterías para no tener que hablar de su situación equívoca. Le estaba agradecido por ello, pero con todo, su caballerosidad le mortificaba. Le observó bajo sus espesas pestañas, mientras se sentaba a lado de Ikki y ambos comenzaban a fumar unos cigarrillos.
El odio que Hyoga se había propuesto sentir por el huésped se desvaneció durante la comida; solo quedaron los celos, y estos habían perdido su intensidad al transformarse en envidia, que hizo ascender un sollozo a su garganta. Envidiaba la luz que aquel hombre hacía brillar en los ojos del peliazul y el tono de voz tierna que tanto amaba. Sus ojos se volvieron a Ikki, el cual estaba echado hacia atrás con las manos bajo su cabeza, con un cigarrillo entre los dientes. Su actitud para su amigo peliverde era como si tratara a un igual, el altivo acento autoritario que se notaba cuando hablaba a sus hombres, había desaparecido y cualquier contradicción de Shun provocaba tan sólo su risa y un gesto de asentimiento.
Mientras hablaban, el contraste entre los dos hombres era muy marcado. Al lado del pálido rostro del peliverde, cuyas facciones suaves le daba un aire de delicadeza, el peliazul parecía un magnífico animal de soberbia condición. Hyoga les observaba negligentemente. Sus voces subían y bajaban de tono continuamente; parecía que olvidaban su presencia rememorando todo lo ocurrido durante dos años. Les agradecía que lo dejaran solo, se sentía feliz, ya que ello le permitía estudiar sin que lo advirtiera el rostro amado. Rara vez se presentaba esta oportunidad, porque cuando estaban solos, temía mirarle por el temor de que sus ojos traicionasen su secreto. Pero ahora le contemplaba sin ser observado, con apasionado anhelo. Estaba tan atento y absorbido en su espionaje, que no vio entrar a Shyru hasta que estuvo junto a su dueño. Murmuro algo y el peliazul se levantó. Se volvió a Shun:
-Algo ha ocurrido a un caballo ¿Quieres venir? Puede interesarte.
Salieron juntos, dejándolo solo, y se fue a la habitación interior.
Media hora después ambos se hallaban de vuelta y por algunos minutos continuaron charlando, hasta que Shun bostezó y mostró su reloj con una sonrisa. Ikki fue con él a su casa y se sentó a lado de la cama. Shun despidió a Seiya con un movimiento de cabeza y empezó a cambiarse para dormir, silenciosamente. Parecía haber agotado las palabras y las risas y arrugaba el entrecejo mientras se desabotonaba el saco con nerviosa irritabilidad.
Ikki le observó un rato y luego se quitó el cigarrillo de la boca con una débil sonrisa.
-Vamos, dilo Shun-dijo sosegadamente.
El peliverde se volvió.
-No debiste atreverte con él-dijo
-¿Por qué?
-¡¿Por qué?! ¡¡Por todos los dioses!!...
Ikki tiró la ceniza de su cigarrillo con un gesto de indiferencia.
-Tu correo vino retrasado; hasta esta mañana no llegó. Era demasiado tarde entonces para disponer las cosas de otro modo.
Shun se puso a pasear por la habitación, y se paró frente al peliazul con las manos en los bolsillos y los hombros levantándose hasta las orejas.
-¡Es terrible!-dijo-¡Has ido demasiado lejos Ikki!
El peliazul se echó a reír cínicamente.
-¿Qué puedes esperar de alguien como yo? Cuando veo a alguien que deseo, solo lo tomo.
Shun chasqueó la lengua con impaciencia.
-En especial si se le parece tanto ¿Verdad?-preguntó en voz baja.
Ikki se puso de pie con brillantes ojos y dejó caer pesadamente su mano sobre el hombro de Shun.
-¡¿¡No sigas, Shun!!! ¡¡¡Ni siquiera de ti!!!...-gritó colérico.
Después se paró hosco, hasta que la ira desapareció de su rostro. Se sentó otra vez tranquilamente.
-¿A qué viene este repentino acceso de moralidad? Me conoces y sabes la vida que llevo. Has visto hombres en mi casa antes de ahora.
Shun negó con un desdeñoso movimiento de mano.
-No hay comparación. Tú lo sabes tan bien como yo-dijo brevemente. Se acercó con lentitud a la mesa donde estaban los enseres del tocador y empezó a quitarse el saco-Es rubio y eso es razón suficiente-añadió.
-¿Me dices que yo, YO, me abstenga de tomar un hombre porque es rubio? Mi buen Shun, me haces reír-replicó Ikki con ironía.
-¿Dónde le viste?-preguntó Shun con curiosidad.
-Cinco segundos, en una roca, cerca de donde estaba anclado su barco.
Shun se volvió bruscamente y preguntó:
-¿Lo amas?
Ikki exhaló un hilito de humo azul y contempló como desaparecía en lo alto de la habitación.
-¿Acaso he amado alguna vez a un hombre? Y este hombre es rubio-dijo con voz dura y enconada.
-Si le amaras no te importaría su apariencia-replicó Shun.
El peliazul tiró la colilla del cigarrillo al suelo con desdén.
-¡Por los dioses! Los que tienen ese maldito aspecto me producen escozor en la garganta. Pero por eso...-Movió los hombros con impaciencia y se levantó de la cama en que estaba sentado.
-Deja que se vaya entonces-dijo Shun-Yo mismo puedo llevarlo a alguna ciudad.
Ikki se volvió a Shun, con una llama de fieros celos en los ojos.
-¿Te ha embrujado a ti también? ¿Lo quieres para ti, Shun?-Su voz era tan baja como de costumbre, pero había un tono de amenaza en ella.
Shun extendió las manos con un gesto de desesperación.
-¡Ikki! ¿Estás loco? ¿Vas a reñir conmigo después de tantos años con este ridículo pretexto? ¡Por los dioses! ¿Por quién me tomas? Nuestras vidas están demasiado unidas para que un hombre se interponga entre nosotros. ¿Qué me importa un hombre o cualquiera otra cosa, cuando tú estás interesado en ello? Es por una razón completamente distinta, por lo que te pido, por lo que te ruego que lo dejes marchar.
-Perdóname, Shun. Conoces mi endiablado temperamento-musito el peliazul, y por un momento su mano descanso sobre el brazo de Shun.
-No me has contestado, Ikki
-Está contento-dijo éste evasivamente.
-Es que es valeroso-replicó el peliverde significativamente.
-Como tu dices, es valeroso-asintió el peliazul, sin expresión en su voz.
-Es de buena familia...-dijo Shun con suavidad.
Ikki se volvió con rapidez.
-¿Cómo sabes que es de buena familia?
-Es evidente-replicó secamente el peliverde.
-Esto no es lo que tú quieres decir. ¿Qué sabes de él?
Shun se encogió de hombros y yendo a su maleta buscó un periódico ilustrado, y abriéndolo por la página central lo alargó a su amigo silenciosamente.
Ikki se acercó a la lámpara que colgaba del centro de la estancia y cuya luz cayó directamente sobre el papel que tenía en las manos. Dos grandes fotografías de Hyoga ocupaban las páginas centrales, una en la que estaba con esmoquin y otra junto al barco que lo llevo a su Isla.
Al pie de las fotografías estaba escrito: "El distinguido joven Hyoga de Cignus, cuyo prolongado viaje está produciendo ansiedad a sus muchas amistades. El joven Hyoga de Cignus viajo en un barco bajo la dirección de un reputado capitán hace cuatro meses, con la intensión de hacer una expedición por mar con duración un mes y terminar en Grecia. En todo este tiempo no se ha sabido nada del joven Cignus ni de su tripulación. Su amigo y tutor, el ilustre Camus de Acuario, que ha tenido que permanecer en Grecia por un accidente, está en constante comunicación con las autoridades de los países cercanos a la zona de la expedición".
Por un largo rato Ikki estuvo mirando las fotografías. Luego arrancó la página del periódico y la arrolló.
-Con tu permiso-dijo tranquilamente, y la colocó sobre la llama de la lamparita del lado de la cama. La tuvo en las manos hasta que el papel quedó convertido en cenizas.
-¿Ha visto Seiya esto?
-Sin duda. Seiya lee todos mis periódicos-replicó Shun con cierta impaciencia.
-Entonces Seiya callará-dijo Ikki con calma, buscando entre sus ropas la cigarrera y encendiendo otro cigarrillo con cuidado, como si todo su interés residiese en aquella trivial operación.
-¿Qué vas a hacer?-preguntó Shun sutilmente.
-¿Yo? ¡Nada! Las autoridades internacionales tienen demasiados asuntos y conocen la fama de esta Isla como para hacer investigaciones en mis dominios. Además ellos no son responsables. El Joven Cignus fue advertido de los riesgos a que se exponía, antes de salir a mar.
-¿Nada te hará cambiar de opinión?
-No acostumbro cambiar de parecer jamás. Tú lo sabes. Y además ¿por qué tendría que cambiar? Como te dije antes, esta contento.
-Shun le miró en pleno rostro.
-¡¿Contento?! Asustado querrás decir, Ikki-dio Shun con el ceño fruncido.
-Me adulas, Shun. No hablemos más de ello. Es un contratiempo desgraciado y siento que te aflija-dijo ligeramente, luego en un súbito cambio, puso sus manos en los hombros del peliverde-Pero esto no puede entibiar nuestra amistad, es demasiado grande como para romperse por una diferencia de opinión. No podemos ver las cosas del mismo modo.
-Puedes, pero no quieres, Ikki-replicó el peliverde con acento apenado-No es digno de ti.
Shun callo y le miro otra vez con una sonrisa forzada y un movimiento de derrota.
-Nada puede separarnos, Ikki. Puedo no opinar como tú, pero no me es posible borrar los recuerdos de los últimos diez años.
Unos minutos más tarde, Ikki le dejo y se dirigió a su casa. Nunca había pensado en sus acciones o en criticar o analizar sus fugases deseos o caprichos. Siempre había tomado aquello que quería; nada en lo que hubiere puesto sus ojos con deseo le había sido negado. Su riqueza le proporcionaba todo cuanto apetecía. Su temperamento apasionado fue característico en él desde niño, pero estos arranques de irritabilidad sin motivo eran nuevos. Sus penetrantes ojos miraron a través de la oscuridad hacia el sur ¿Era su enemigo hereditario Mascara de la Muerte, lo que le causaba tal agitación? ¡Acaso, la ultima emboscada era la señal de que aquella guerra que durante generaciones, por la soberanía de toda la Isla, que se había suscitado entre ambas tribus, estaba cerca a terminar? Rió desdeñosamente. Nada le proporcionaría mayor placer que un choque con el hombre que le enseñaron a odiar desde niño. Aunque eso signifique el tener que morir, y si eso sucedía, y como no tenía un heredero que continuara la lucha, su gente se vería forzada a abandonar la Isla y separarse. Rió otra vez, mientras entraba a su casa, en realidad eso no era lo que le preocupaba. Su mirada se topo con el diván donde Hyoga estuvo sentado, el cual se hallaba cubierto de revistas y periódicos. Se notaba aun la huella de su esbelto cuerpo en los almohadones amontonados. Tomo uno de ellos y lo acerco a su nariz, el aroma que tenía era el mismo que Hyoga llevaba naturalmente y que a Ikki gustaba tanto.
Las palabras de Shun sonaron en sus oídos.
-¡¡Rubio!! ¡Y yo le he hecho sufrir como jure que haría, si alguien así llegaba a mis manos! ¿Entonces, por qué no siento la satisfacción que jure que sentiría?
