CAPITULO XXII.-

Para Hyoga la presencia continua de estos seis hombres le irritaba considerablemente. La soledad de sus excursiones había sido para él su mayor encanto; se había acostumbrado a Shyru, pero en cambio, notaba intensamente los seis pares de ojos que vigilaban todos sus movimientos. Había pensado en discutirlo con Ikki, pero le había faltado valor. Su actitud desde la llegada del vizconde había sido extremadamente fría..., casi repelente.

Las semanas de felicidad transcurridas antes, habían transformado la intimidad entre ellos en casi un sentimiento de camaradería. Ikki era más humano, más considerado que nunca, y el temor que le producía había estado adormilado. Podría habérselo dicho entonces. Pero desde la mañana de la llegada de Shun, cuando el fervor inesperado de su último encuentro había hecho renacer la esperanza que casi había muerto dentro de él, cambió completamente, mostrando una fría reserva que le helaba. No había vuelto a poseerlo, sus pocas caricias fueron tortuosas y su indiferencia tan grande que le había hecho pensar con dolor si la llama de su pasión no se estaba extinguiendo y si esto no sería el fin. Sin embargo, a pesar de su indiferencia, se había dado cuenta, lo mismo que el vizconde, de la vigilancia de los ojos constantemente celosos que le seguían con fiero escrutinio. Pero la chispa de esperanza que aún animaba el conocimiento de esos celos no era lo suficientemente fuerte para superar la barrera que esa nueva actitud había levantado entre ellos. No se atrevía ahora a pedirle ningún favor.

Esta mañana le había dejado sin una palabra al marchar, dejándole casi desesperado. Su indiferencia de la mañana le había herido profundamente y surgía en Hyoga una ola de rebelión. No quería ser desechado sin luchar por su amor. Le ardieron las mejillas al pensar en el papel que se estaba atribuyendo. Sería mejor que "esos otros", que aún le hacían estremecerse. Pero desechó resueltamente su repugnancia, alzando la cabeza con su antiguo gesto altivo e irguiéndose en la silla con los labios fruncidos. Había soportado tanto ya, que también podía soportar este nuevo ultraje a sus sentimientos. Tenía que lograr su cariño a cualquier precio. Una débil y trémula sonrisa asomó a sus labios por la renovada esperanza.

Al empezar la excursión habían pasado a varios centinelas, inmóviles sobre los caballos impacientes, que habían levantado sus fusiles en saludo al verlo pasar, y una o dos veces Shyru les había gritado una pregunta mientras galopaba detrás de él. Pero en la última hora no habían visto a ninguno. El terreno era ondulante ahora, con declives pronunciados que imposibilitaban ver a distancia.

Shyru espoleó su caballo poniéndose al lado de Hyoga.

-¿Quiere el señor tener la bondad de regresar?-dijo respetuosamente-Es tarde, y no estamos seguros entre estas colinas. No se puede ver quién se acerca y tengo miedo.

-¿Miedo, Shyru?-replicó Hyoga riendo.

-Por usted, señor-contestó él con gravedad. Frenó el rubio a "Pegaso" mientras hablaba, pero era demasiado tarde. En el momento mismo en que volvía la cabeza del caballo, parecieron surgir hombres de la tribu Death Mask por todos lados. Antes de que se diera cuenta de lo que sucedía, su escolta pasó a todo galope y giró detrás de Hyoga haciendo fuego contra la horda de hombres que se abalanzaba sobre ambos. Con un gemido Shyru le tomó la rienda y hostigó a los caballos de vuelta por la dirección en que habían venido. El ruido era ensordecedor, mezclándose los roncos gritos de los guerreros con el continuo crepitar de los fusiles. Las balas empezaron a silbar a su alrededor.

Shyru se puso las riendas bajo las rodillas y con una mano en la brida de "Pegaso" y su revólver en la otra, galopó mirando hacia atrás, por encima del hombro. Hyoga también miró a sus espaldas y mecánicamente los dedos se le crisparon sobre el arma brillante que Ikki le había dado la semana anterior. Vio con repentino desaliento que los seis hombres que formaban su escolta eran rechazados por un número superior que los rodeaban por todas partes. Dos de ellos habían caído ya y los restantes estaban a pie y, mientras miraba, desaparecieron entre la masa de hombres que cayó sobre ellos. Al mismo tiempo un grupo de unos veinte jinetes se destacó del cuerpo principal y galopó tras del rubio y Shyru.

-Tenemos que hacer algo. Hay que ayudarlos. No podemos dejarlos así –exclamó Hyoga, tomando a Shyru del brazo y empuñando el revólver.

-No, no, señor, es imposible, son cien contra seis. Tiene que pensar en usted. Siga, señor. Por todos los dioses, siga. Tal vez nos salvemos-le soltó la rienda y se quedó atrás, interponiéndose entre él y los Death Masks que los perseguían.

Unos gritos furiosos y una lluvia de balas que pasaron a su lado hicieron que Hyoga volviera la cabeza al mismo tiempo que se acurrucaba sobre la silla. Se dio cuenta de la táctica de Shyru y contuvo deliberadamente su caballo.

-No iré delante. Tienes que ir a mi lado-gritó, estremeciéndose al pasar una bala junto a su cabeza.

-¡Por todos los dioses! ¿Por qué se detiene? ¿Cree que podré presentarme ante mi señor si le sucede algo a usted?-replicó furioso Shyru-Haga lo que le digo. ¡Siga!-la deferencia había desaparecido, borrada por el temor que enronquecía su voz.

Miró hacia atrás y su rostro palideció. Shyru no sentía miedo por él, pero no se atrevía ni siquiera a pensar en Hyoga que iba a su lado. Habían sido atrapados por hombres de Mascara de la Muerte, y maldecía su locura al haber permitido que el rubio llegara tan lejos. Sin embargo, había parecido perfectamente seguro. Los informes de los exploradores habían probado últimamente que los Death Mask estaban inactivos después de su fallido último ataque. Pero el cebo era demasiado tentador para que dejaran pasar la oportunidad. El hermoso rubio, último capricho de Ikki de Fénix, y su sirviente, que se sabía valoraba tanto, serían una presa que no dejarían escapar tan fácilmente. A él le esperaba probablemente el tormento, con seguridad la muerte, ¡y para Hyoga...!

Apretó los dientes al mirarlo y el sudor le bañó la cara. Le mataría él antes de que llegara a eso. Y mientras le miraba, volvió Hyoga la cabeza y encontró sus ojos desesperados por un momento, y sus labios sonriendo valientemente. Se había abstenido hasta ese momento de tirar, tratando de reservar las municiones como último recurso, pero vio que no podía demorar más. Empezó a hacer fuego pausadamente y con calma, eligiendo cuidadosamente sus hombres. Era una esperanza remota, pero conteniendo a los primeros aunque solo fuera unos instantes, tal vez podría ganar tiempo. La precisión de su puntería, tal vez contuviera la carga hasta que salieran del terreno ondulante al desierto abierto, en donde el ruido del tiroteo probablemente llegara a algunos de los centinelas avanzados, hasta que estuvieran demasiado cerca de la aldea del Fénix para que pudiera continuar la persecución. A pesar de eso Shyru sabía que la situación era casi desesperada. En cualquier momento una bala podía alcanzar a cualquiera de los dos. Sus perseguidores parecieron también haber adivinado sus pensamientos y se abrieron en una línea amplia e irregular, maniobrando continuamente, haciendo imposible un tiro certero, al mismo tiempo que exigían un paso terrible a sus caballos, tratando de flanquearlos. Hyoga estaba tirando ahora. El pensamiento de la extinción de su escolta y del peligro que los amenazaba, a él y a Shyru, venció el sentimiento negativo de matar que había experimentado en el primer momento, y hasta tuvo un instante en el que se sorprendió de su propia calma. No tenía miedo, la muerte de los hombres de Ikki le había enfurecido, con una rabia furiosa y vengativa que le hacía ver rojo y le llenaba del deseo de contestar de la misma manera. Hacía fuego rápidamente, vaciando su revólver; y acababa de volver a cargarlo con mano firme cuando "Pegaso" tropezó, se restableció dando unos pasos, pero luego se desplomó lentamente, de costado, arrojando sangre por la boca. Hyoga cayó de pie y un instante después Shyru estaba a su lado, colocándolo detrás de él, protegiéndolo con su cuerpo y haciendo fuego serenamente sobre los Death Mask que se aproximaban.

La misma sensación de irrealidad que ya había experimentado una vez, el primer día en la aldea de Ikki, se apoderó de Hyoga. El profundo silencio, porque los Death Mask habían dejado de tirar, la arena candente y seca con el aire caliente que se alzaba como una bruma de su superficie susurrante, el cielo azul oscuro sin nubes encima de su cabeza, la banda de jinetes amenazadores que giraba cada vez más cerca, "Pegaso" muerto, con el caballo de Shyru inmóvil al lado de su compañero postrado, y finalmente el hombre que estaba junto a él, valiente y fiel hasta el fin; todo parecía fantástico e irreal.

Veía el espectáculo desapasionadamente, como si fuera un espectador y no un participante en la escena. Pero eso solo fue por un momento; enseguida la realidad de la situación se volvió a imponer claramente. Cualquier minuto podía significar la muerte de uno o de los dos, y con un movimiento instintivo se aproximó más al sirviente. Ambos guardaban silencio, no había nada que decir. La mano izquierda de Shyru se cerró sobre la suya en respuesta a la llamada involuntaria de camaradería que Hyoga había hecho, y la sintió contraerse al abrirle una bala un surco en la frente, cegándolo por un instante con la sangre que caía sobre sus ojos. Le soltó la mano para pasarse el brazo por la herida y, al hacerlo, los Death Mask renovaron repentinamente sus gritos y cargaron sobre ellos.

Shyru se volvió rápidamente y Hyoga en el horror que se pintaba en sus ojos, leyó su propósito de matarlo antes de dejar que lo atraparan. Alzó la cabeza con un ligero gesto de asentimiento y la misma sonrisa intrépida en sus labios pálidos.

-Por favor –murmuró el rubio-¡Hazlo rápido!-pidió con la certeza de que era mejor estar muerto que pertenecer a alguien mas que el Fénix.

-Vuelva la cabeza-murmuró Shyru desesperadamente-No puedo hacerlo si usted...

Se oyó una descarga y con un quejido Shyru se desplomó contra Hyoga. Por un momento reinó una tremenda confusión. De pie, al lado del cuerpo de Shyru disparó su último tiro y luego arrojó el revólver a la cara de un hombre que se abalanzó para apoderarse de él. Se volvió con desesperación tratando de alcanzar el caballo del sirviente, pero había sido rodeado y durante un segundo se mantuvo acorralado, con las manos crispadas y apretados los dientes, desafiando los rostros salvajes que lo rodeaban y se echaban sobre él, con ojos que echaban chispas, enfrentándolos. Enseguida sintió un golpe violento en la cabeza, le pareció que el suelo cedía bajo sus pies, todo ennegreció ante sus ojos y cayó sin sentido, sin exhalar un gemido.