CAPITULO XXIII.-

Ya entrada la tarde, el vizconde seguía escribiendo dentro de la casa de Ikki. Seiya le había ayudado a descifrar sus notas, y Shun ahora aprovechaba la soledad para terminar el trabajo atrasado. Se había olvidado del tiempo, se había olvidado también de sorprenderse ante la prolongada ausencia de Hyoga absorto en el tema interesante en que estaba ocupado. Estaba demasiado concentrado para enterarse del ruido habitual en la aldea que anunciaba la llegada de su casi hermano mayor, y levantó la vista sobresaltado cuando Ikki de Fénix entró. Los ojos azules recorrieron sombríamente la sala, y sin decir palabra entró en el dormitorio. Un momento después volvió.

-¿Dónde está Hyoga?-pregunto

Shun se puso de pie, extrañado por su tono. Miró el reloj.

-Salió a dar un paseo a caballo esta mañana. ¡Cielos! No tenía idea de que fuera tan tarde.

-¡Esta mañana...! ¿Y no ha vuelto aún?-repitió lentamente-¿A qué hora de la mañana?

-Creo que alrededor de las diez-contesto Shun con inquietud-No estoy seguro; no miré la hora. Hubo un accidente y Hyoga se demoró para mirar cómo vendaba a uno de tus muchachos.

Ikki se dirigió a la puerta.

-¿Llevaba una escolta?-preguntó secamente.

-Sí.

El rostro de Ikki se endureció y su ceño se frunció sombríamente. ¿Hyoga habría estado engañándolo todas esas semanas... fingiendo una satisfacción que no sentía, adormeciendo sus sospechas para poder aprovechar otra oportunidad de escapar? Por un momento su rostro se ensombreció, pero luego desechó la idea. Confiaba en él. Solo una semana antes le había dado su palabra, y sabía que no era capaz de mentirle. Y además, la cosa era imposible, Shyru jamás volvería a ser tomado por descuido y estaban también los seis hombres de la guardia. Jamás podría escapar de la vigilancia de siete hombres. Pero lo que más pesaba para él era la confianza que le tenía. Nunca había confiado en un amante hasta entonces, pero Hyoga era diferente. Los otros hombres que habían pasado por su cama, ni siquiera habían dejado un recuerdo detrás; se habían desvanecido en un completo aburrimiento. Nunca había existido motivo para confiar o desconfiar de ellos, o para que importara si llegaban o se iban. La saciedad había llegado con la posesión y con ello la indiferencia.

Pero la emoción que la belleza poco común y la esbelta juventud que este joven rubio despertaba en él, no había disminuido durante los meses que había estado viviendo en la aldea. Sus diversas actitudes, su antagonismo, sus accesos de rabia furiosa y, finalmente, su entrega inesperada, habían mantenido vivo su interés. Se había acostumbrado a Hyoga. Había llegado a anticipar con un placer vago, indefinido, el regreso de sus largas expediciones para ver la exquisita figura acurrucada entre los cojines del gran diván. Su presencia parecía impregnar toda la casa, cambiándola por completo. Se había vuelto necesario para él, como jamás hubiera creído que un amante pudiera serlo. Y con el cambio que introdujo en su aldea se había producido también un cambio en su persona.

Por primera vez había surgido una sombra entre él y el hombre a quien consideraba su hermano menor desde que, siendo un muchacho de diez años, le conociera. Se daba cuenta que desde la noche de la llegada de Shun había estado dominado por unos celos insensatos. Estaba celoso de cada palabra y cada mirada que intercambiaban "Su Cisne" y Shun. Su orgullo había evitado una enemistad abierta con el vizconde esa mañana cuando este se negó a acompañarlo, pero había marchado lleno de una rabia fría que finalmente lo había hecho volver antes de lo que pensaba, galopando con una temeridad visible incluso para sus hombres. La vista de Shun sentado, solo, concentrado en su trabajo, había disipado en parte sus sospechas, y había entrado en la otra habitación con un sentimiento de expectativa que se transformó en un frío repentino al verla vacía. El dormitorio desocupado le había hecho ver en forma abrupta todo lo que Hyoga significaba para él. Una ansiedad latente asomó a sus ojos.

Salió a la puerta y dio unas palmadas. Un guardia contestó al llamado casi inmediatamente. Dictó una orden y esperó mordiendo un cigarrillo que se había olvidado de encender. Shun se unió a él.

-¿Qué piensas?-le preguntó con cierta timidez.

-No sé qué pensar-replicó sombríamente.

-¡Santo Cielo! No supondrás...-exclamó Shun. Pero Ikki se limitó a encogerse de hombros y se volvió a Saga, que había llegado con media docena de hombres. Hubo un rápido cambio de preguntas y respuestas, algunas órdenes breves y los hombres marcharon rápidos en distintas direcciones, mientras Ikki se volvía nuevamente al peliverde.

-Fueron vistos por tres de las patrullas meridionales esta mañana, pero naturalmente no era asunto de ninguno de ellos averiguar si habían vuelto o no. Saldré inmediatamente...en unos diez minutos. ¿Vendrás conmigo? ¡Magnífico! He enviado a buscar refuerzos que nos seguirán si no hemos regresado dentro de doce horas-su voz carecía de expresión, y solamente Shun de Andrómeda, que lo conocía desde la adolescencia, podía comprender el significado de la sombra que pasó por su rostro al volver a la casa.

Por un momento Shun dudo en seguirlo, pero se dio cuenta de que ni siquiera él era deseado dentro de la casa vacía, y sintió la sensación mitad triste y mitad amarga de que la perfecta amistad y confianza que había existido entre ellos durante diez años nunca volvería a ser igual. Enseguida el temor por la suerte de Hyoga alejó toda otra consideración y se dirigió a su alojamiento con el corazón apesadumbrado.

Cuando volvió unos minutos más tarde seguido por Seiya, el campamento había sufrido una transformación. Con la rapidez de la disciplina perfecta, los cien hombres que habían sido escogidos para ir a la expedición estaban ya esperando, cada uno a lado de su caballo, y el Fénix, tranquilo e impasible como de costumbre, vigilaba la distribución de municiones. Un peón paseaba lentamente a "Arles", y Saga cuyos ojos sombríos habían estado fijos con aire de reproche en su jefe por hacerle cargo del mando de los refuerzos en caso de que fueran necesarios, fue hasta él y le quitó la brida para llevar el caballo a su Jefe. Mientras sostenía la rienda Shun pudo ver que seguía argumentando con insistencia poco usual, solicitando permiso para acompañarlos. Pero Ikki sacudió la cabeza y el joven se apartó malhumorado para eludir los cascos de "Arles" al encabritarse.

Ikki hizo seña a Shun de que se pusiera a su lado, y en silencio la cabalgata arrancó con un galope rápido. El silencio impresionó al peliverde y afectó su temperamento sensible, como si fuera un presagio siniestro. El grupo silencioso, de rostros sombríos, galopando en formación cerrada detrás de ellos, sugería algo más que una expedición de socorro. El amor innato a la lucha había sido cuidadosamente fomentado en la tribu, y las armas que poseían eran del último modelo. Shun sabía con perfecta certeza que para los hombres escogidos que les seguían, esta expedición significaba solamente una cosa: "La guerra que habían esperado toda su vida". Al fin se definiría cual de las dos tribus se quedaría con la Isla de la Reina Muerte por la que habían batallado durante generaciones. Y los Fénix seguían con júbilo a su jefe a esta guerra, sin preocuparse de que los refuerzos que habían sido pedidos llegaran o no a tiempo. Lo reducido de su número era un motivo de placer más que otra cosa. Si vencían, a ellos correspondería la gloria del triunfo; si eran aniquilados, tendrían la honra de morir con el jefe a quien adoraban, porque ninguno de ellos dudaba de que Ikki de Fénix, con ellos aplastaría a su enemigo hereditario, o con ellos moriría.

El breve crepúsculo había pasado y una brillante luna resplandecía en lo alto del cielo, iluminando la región con una luz blanca. En cualquier otro momento, la belleza de la escena, el encanto de la noche, el galope desenfrenado con este grupo de fieros guerreros hubieran emocionado profundamente a Shun. Pero el peligro en que se encontraba el rubio del que estaba enamorado, cambiaba totalmente el aspecto del asunto, dándole una gravedad y un suspenso que llenaba de temor su corazón.

Y si eso le ocurría a él ¿Qué sería para su casi hermano mayor que iba a su lado? La pregunta que Ikki había contestado negativamente en forma tan desdeñosa una semana antes, había sido contestada en forma distinta por la expresión que había pasado rápidamente por su rostro esta noche. No había abierto los labios desde que partieron, y Shun no se había animado a quebrar el silencio.

Salieron del terreno llano, y ahora estaban entre la serie de colinas ondulantes, cuyas cimas se destacaban con color blanco plateado a la luz brillante de la luna, y las cañadas llenas de sombras oscuras, como negros estanques de aguas profundas y tranquilas. Y en el fondo de una de esas cañadas, Ikki se detuvo repentinamente con una exclamación sorda y silbante.

Una figura blanca yacía boca abajo y con los brazos extendidos en la arena, casi a los pies de "Arles", al aproximarse ellos, dos formas largas y rastreras desaparecieron en la noche. Ikki y Seiya llegaron simultáneamente al cuerpo y Shun casi al mismo tiempo que ellos. Este último hizo un rápido examen al caído que no era otro que Shyru.

La bala que aturdió a Shyru había resbalado, dejando una profunda herida, y otras que lo alcanzaron al mismo tiempo le habían atravesado el hombro, rompiéndole la clavícula y causándole además cortes que habían sangrado abundantemente. Había caminado tambaleándose más de kilómetro y medio antes de volver a desmayarse a causa de la pérdida de sangre. Bajo los cuidados de Shun volvió en sí y levantó la vista turbada hacia el Fénix, arrodillado a su lado.

-Mi señor...el señor Hyoga...Mascara de la Muerte...-murmuró débilmente, y volvió a perder el conocimiento.

Por un instante los ojos de Ikki se encontraron con los de Shun y enseguida se puso de pie.

-Tarda lo menos posible -dijo, y volvió a lado de su caballo. Se apoyó contra "Arles", sus dedos buscaron mecánicamente y encendieron un cigarrillo, y se quedó con los ojos fijos, sin ver el grupo que rodeaba a Shyru. Las palabras entrecortadas de su sirviente habían confirmado el temor que tratara de desechar desde que descubrió la ausencia de Hyoga.

Mascara de la Muerte había atrapado al delicado "Cisne" que tan poco había apreciado. ¡Hyoga! Sus dientes mordieron rabiosamente el cigarrillo.

Los celos insensatos y la irritación provocada por la franca crítica de Shun habían recaído sobre la persona inocente. Hyoga, y no Shun, había soportado los efectos de su ira. Anoche nada más, tuvo el deseo de torturarlo. Sin embargo, cuando lo tuvo impotente en sus brazos, tembloroso y tratando de apartarse de ese abrazo que no era una caricia, sino simplemente el desahogo de su ira, mirándolo con muda súplica, el placer que había anticipado en su temor no había aparecido, cosa que le irritó más aún. El desesperado latir de su corazón, su respiración sollozante y entrecortada, el conocimiento del poder que tenía sobre el rubio, no le dieron ningún beneplácito y le había apartado maldiciéndolo salvajemente, hasta que huyó a la otra habitación tapándose los oídos para ahogar el sonido de su voz.. Y esta misma mañana le había dejado sin una palabra o un gesto que hubiera borrado el suceso de la noche pasada. No había pensado hacerlo, su intención había sido volver a su lado antes de partir, pero la negativa de Shun a acompañarle ahogó el sentimiento más cariñoso que lo impulsaba, y su rabia había estallado nuevamente.

¿Y ahora? Ansiaba tenerlo en sus brazos, borrando con sus besos las lágrimas de sus ojos y diciéndole cuanto lo amaba. ERA CASI INSOPORTABLE. Ahora mismo daría su vida por apartar hasta una sombra de su camino, y estaba en manos de Mascara de la Muerte. Esa idea y todo lo que implicaba era una tortura, pero no se le escapaba signo alguno del infierno que estaba soportando. La demora le parecía interminable y volvió a montar, con la esperanza de que la espera le pareciera menor con el cuerpo inquieto y nervioso de "Arles" entre sus rodillas, porque aunque el caballo se quedaba tranquilo con su amo al lado, corcoveaba continuamente ante la espera, una vez montado Ikki y la necesidad de calmarlo era preferible a la inacción completa.

Shun se puso en pie por fin, y dejando atrás a Seiya y a dos guardias a quienes se les encomendó que llevaran al herido a la aldea, el galope rápido hacia el territorio enemigo fue reanudado. Marcharon sobre el terreno ondulado a lo largo del cual había caminado Shyru a tropezones, enceguecido y débil por la pérdida de sangre y el dolor de las heridas. Pasaron el cuerpo muerto de "Pegaso", de un blanco fantasmal a la luz de la luna, caído algo alejado del semicírculo de los muertos Death Mask, que probaba la certera puntería de Shyru cuando Hyoga y él habían ofrecido su última resistencia. Ikki no hizo signo alguno y no disminuyó el violento galope, salvando los cuerpos caídos que yacían en su camino con solo un estremecimiento de repugnancia y resoplido de disgusto. Siempre adelante, pasando los montones de ropas caídas que señalaban significativamente el camino, evitándolos cuando la luna los iluminaba y saltando por encima de ellos en las hondonadas, en donde el caballo de Shun una vez tropezó y estuvo a punto de rodar y el vizconde oyó el crujido del cráneo del muerto bajo sus cascos. El aullido distante de los lobos era cada vez más próximo, hasta que después de culminar una larga cuesta y descender a una hondonada, que era suficientemente larga y ancha para ser plenamente iluminada por la luna, llegaron al lugar en donde había sido tendida la emboscada.. Ikki sabía que entre el montón de cadáveres y caballos estaban los cuerpos de sus hombres. Tal vez entre las figuras inmóviles y los lobos, cuyo horrible aullar habían oído, y que habían escapado, hubiera alguno con vida suficiente para dar noticias. Uno de sus propios hombres que hablaría de buen grado o uno de los de Mascara de la Muerte a quien haría hablar. Sus labios se partieron en un gesto de crueldad.

El silencio que había reinado entre sus acompañantes se interrumpió de repente mientras buscaban apresurados entre los muertos. El Fénix esperó impasible, silencioso entre las sordas imprecaciones y amenazas de venganzas de sus súbditos al llegar al lado de los restos de los seis hombres que habían sido la escolta de Hyoga, acuchillados y mutilados hasta hacerlos casi irreconocibles. Pero fue Ikki quien observó que la última figura horrible se agitó ligeramente al ser depositada en el suelo, y fue su rostro, que se había tornado extraordinariamente suave, lo que el guerrero moribundo vio con ojos que se nublaban rápidamente. El hombre sonrió con la sonrisa feliz de un niño que ha logrado una recompensa inesperada, alzó penosamente su mano en gesto de saludo y luego señaló hacia el territorio de la tribu Death Mask, para luego desplomarse sin vida.