CAPITULO XXIV.-

Lenta y penosamente, entre oleadas de terribles náuseas, Hyoga fue recobrando el conocimiento. Le dolía horriblemente la cabeza y sentía sus miembros acalambrados y llenos de contusiones, pero gradualmente se fue despejando la niebla de su mente y la memoria volvió poco a poco.

Recordó a Shyru, el horror y la resolución en sus ojos de matarlo antes de dejar que lo atraparan, el temor convulsivo de sus labios al mirarle de frente en el último momento, su propio temor, no de la muerte inminente, sino de que le fuera arrebatada la salvación que ofrecía. Luego, antes de que el sirviente pudiera llevar a cabo su acto de suprema devoción, había llegado la lluvia de balas y había caído sobre él, manchándolo con la sangre, que manaba de las heridas y rodando a sus pies. Recordaba vagamente las figuras que se abalanzaron sobre él, y luego nada más.

Tenía cerrados los ojos aún; le pesaban los párpados como si fueran de plomo y el esfuerzo necesario para abrirlos sobrepasaba sus fuerzas.

-Shyru-murmuró débilmente, y extendió la mano. Pero en lugar de su cuerpo o de la arena seca y ardiente que sus dedos habían esperado encontrar, se cerraron sobre cojines. Con el choque que esto le produjo se incorporó de golpe, con los ojos muy abiertos, pero débil y mareado volvió a caer, cubriéndose la cara con la mano para tapar la luz de la lámpara que hería como una daga sus doloridos ojos.

Durante un rato permaneció inmóvil, luchando contra la debilidad que le vencía, y poco a poco fue pasando la horrible náusea y cedió un poco el agudo dolor de cabeza. El deseo de saber dónde estaba y qué había sucedido le hizo olvidar su cuerpo magullado. Apartó ligeramente el brazo de sus ojos para poder ver, y miró cautelosamente por las pestañas entrecerradas, cubriéndose con la manga de la chaqueta. Estaba acostado en una pila de almohadones en un rincón de una pequeña casucha, que no tenía ningún otro mobiliario salvo la alfombra que cubría el piso. Volvió a cerrar los ojos con un estremecimiento. Debía de estar en el campamento del enemigo de Ikki: Mascara de la Muerte

Permaneció inmóvil, acostado entre los almohadones y mordiendo la manga de su chaqueta para ahogar el gemido que pugnaba por salir de sus labios. Se le anudó la garganta al pensar en Shyru. En aquellos últimos momentos todas las desigualdades de clase habían sido barridas por al peligro común: habían sido solamente dos personas en su último momento. Recordaba cómo Shyru se acercó a él, su mano había buscado y estrechado la suya, comunicándole valor y simpatía. Shyru había hecho todo cuanto pudo, había escudado el cuerpo de Hyoga con el suyo, y solo pudieron capturarlo pasando por encima de su cuerpo caído. Había probado su fidelidad sacrificando la vida por salvar al juguete de su amo. Shyru casi seguramente había muerto, pero él estaba vivo y debía de conservar su energía para cuando lo necesitara. Reprimió la emoción y con un esfuerzo dominó el violento temblor de sus miembros. Se sentó lentamente, mirando al hombre que estaba parado en una esquina.

Instantáneamente Hyoga comprendió que no debía esperar ayuda ni compasión de él. Era un hombre atractivo y joven, de cabellos largos y celestes, pero no había ningún signo de suavidad en su cara sombría y sus ojos vengativos. Hyoga sintió que la patente amenaza en la expresión de ese hombre era inspirada por odio personal y la molestia que le ocasionaba su presencia en la casucha. Y esa sensación fue el incentivo necesario para el valor que iba recobrando rápidamente. Hyoga le miró con toda la altivez y frialdad de que era capaz; sabiendo que solamente había un hombre en esa isla cuyos ojos no cedían ante los suyos; un instante después, el hombre que no era otro que Afrodita decidió salir algo turbado por esa mirada.

Los músculos de Hyoga se distendieron y se reclinó cómodamente sobre los cojines; el pequeño choque de voluntades le había devuelto la confianza en sí mismo. Movió una mano que rozó la manga de su chaqueta, retirándola manchada y pegajosa, entonces se dio cuenta, por vez primera, que la manga y todo un lado estaba empapado en sangre. Se arrancó la chaqueta con un estremecimiento y la arrojó lejos de él, borrando la mancha roja de sus manos con una especie de horror.

Dentro de la casucha hacía un calor intenso y se notaba un olor penetrante y grasiento, que nunca había sentido en las casas bien ventiladas y escrupulosamente limpias de la aldea Fénix. Sus labios sensibles se torcieron en una mueca de disgusto, rebelándose su delicadeza innata. El calor agravaba la sed ardiente que quemaba su garganta. Se puso de pie lentamente y con infinita precaución, para evitar ningún movimiento brusco que pudiera hacerle volver más fuerte el martilleo en su cabeza. Al menos la sensación de mareo había desaparecido por completo. Miro fijamente al hombre de cabellos celestes que volvía a entrar con un recipiente pequeño en sus manos.

-Dame un poco de agua- le ordeno Hyoga.

El peliceleste se acerco rápidamente y le tendió la taza de café que llevaba en manos.

A Hyoga no le inspiraba confianza ese líquido espeso y dulzón que le ofrecía, pero no tenía otro remedio que conformarse hasta conseguir el agua que deseaba, y extendió la mano para tomar la taza. Pero sus ojos encontraron los del otro y algo en su mirada malévola le hizo detenerse. Atravesó su espíritu una repentina sospecha. El café contenía un narcótico. No sabía qué cosa, aparte de la expresión del peliceleste, le hizo pensar eso, pero estaba seguro de no equivocarse. Apartó impaciente la taza.

-No. Café no. Agua-dijo con firmeza.

Antes de que se diera cuenta de lo que sucedía, Afrodita le estrechó con un brazo fuerte y le quiso llevar por la fuerza la taza a los labios. Eso confirmó las sospechas de Hyoga y la rabia que se apoderó de él aumentó sus fuerzas. Afrodita era fuerte, pero el rubio era más joven y ágil. Tiró la taza al suelo, derramando su contenido y con esfuerzo apartó las manos que se le aferraban, arrojando a Afrodita al suelo, haciéndole gritar con una voz aguda y penetrante. Y, en respuesta a su lamento, la cortina que cubría la puerta de la casucha, fue echada a un lado y entró un hombre encorvado y feo.

-¿Qué sucede aquí?-pregunto Zeros

-Este maldito prisionero me agredió cuando le ofrecí un café-grito enfurecido Afrodita

-Trataste de forzarme a beber esa cosa que de seguro tenía algún narcótico. Yo solo me defendí-respondió orgullosamente Hyoga.

-¿Tan pronto pensabas envenenar a tu competencia?-pregunto Zeros con una amplia sonrisa que mostraba sus dientes nauseabundos-Al jefe no le va gustar eso-Termino de decir con retintín. Al fin y al cabo le guardaba rencor al peliceleste por rechazarlo tan humillantemente cuando le pidió una sola noche.

Afrodita miro con rabia al idiota de Zeros y mandando una mirada de muerte a Hyoga se retiro nuevamente de la casucha.

-¡Quiero Agua!-dijo de nuevo Hyoga más imperiosamente que antes. Con una sonrisa más amplia, Zeros hizo un gesto de asentimiento y salió, volviendo unos instantes después con un tazón de agua.

Hyoga vaciló un instante antes de beber. Noto que estaba caliente y tenía un gusto ligeramente salado, pero tenia demasiada sed para tenerlo en cuenta. A pesar de estar tibia, alivió la sensación de sequedad y sofocación que experimentaba en su garganta y le refrescó. Zeros salio para retomar su lugar de vigilante del rubio. Era una lastima que ese bello rubio estuviera reservado para su jefe, pero quien sabe, tal vez de aquí a un tiempo, si es que seguía con vida, el también pudiera disfrutarlo. El asqueroso Zeros se relamió los labios con esa idea.

Hyoga ya más refrescado, volvió a los almohadones y se dejó caer en ellos de buena gana. Lo sucedido en los últimos momentos le había cansado más de lo que creía y le temblaban las piernas, pero su valor se había acrecentado por el hecho de que fuera físicamente más fuerte que el peliceleste que había tratado de envenenarlo y también haberse hecho obedecer por el guardia, esto había tenido un gran efecto moral sobre él, contribuyendo a restablecer la confianza en sí mismo.

Su situación era terrible, pero abrigaba grandes esperanzas. El que desde que recuperara el conocimiento solo hubiera visto a Afrodita y Zeros, parecía indicar que Mascara de la Muerte estaba ausente de esa aldea; desechó como poco probable el pensamiento de que tal vez estuviera demorando a propósito el momento de inspeccionar al prisionero con el objeto de prolongar su tortura mental. No lo creía tan inteligente. Y su ausencia le daba más valor. Si solo se prolongara hasta que llegara Ikki. Estaba seguro de que vendría, su fe en él era ilimitada. ¡Si solo llegara a tiempo! Había pasado mucho tiempo desde que cayeron en la emboscada. Eso había ocurrido al inicio de la tarde. Ahora la lámpara encendida le indicaba que era de noche. Y a estas horas, su ausencia, la de Shyru y la de la escolta ya habría sido descubierta. Ikki sabría el peligro en el que se encontraba y vendría a socorrerlo. De eso no dudaba.

Aunque hubiera cambiado tan extrañamente en los últimos días, aunque la maravillosa bondad de las tres semanas después de su fallida huida se hubiera convertido nuevamente en indiferencia y tortura, no dudaba. Aunque hubiera pasado el deseo y su indiferencia fuera tan grande que ya no le necesitara más, sus celos que tan profundamente lo dominaban jamás permitirían que se lo arrebataran tan fácilmente de sus manos. Ikki podría dejarlo cuando él quisiera, pero nadie se lo quitaría impunemente. Su intuición había sentido los celos que habían actuado sobre el Fénix durante los días poco felices transcurridos desde la llegada de Shun. Unos celos inexplicables, que no tenían base ni justificación pero por cuya causa había sufrido él.

Lo había sabido la noche anterior cuando su mal humor había estallado repentinamente. Hyoga estaba pagando la tensión desacostumbrada que había impuesto él a sus sentimientos. Sus maldiciones le habían afligido el corazón y huyó de él para ahogar el instinto cobarde que le impulsaba a confesarle su amor y a implorar su misericordia. Había permanecido despierto, esperándolo; pero cuando, después de cerca de dos horas, entró con el cigarrillo habitual entre sus labios, la indiferencia había ocupado el lugar de la rabia, y le había ignorado. Mucho después de haber visto por su respiración regular que se había dormido, había continuado con los ojos abiertos a su lado, aferrándose a la felicidad que podía estar a su alcance, tratando de contentarse con su proximidad. Y la indiferencia de la noche se mantuvo cuando salió al amanecer. Pero a pesar de eso vendría, aunque no fuera más que por los celos que lo dominaban irremediablemente.

¡Vendrá! ¡Ikki vendrá! Se lo repetía para sus adentros como si esas palabras le dieran valor. No permitiría que le sucediera nada. Cada momento que Mascara de la Muerte continuaba alejado de su aldea era un tiempo ganado, y cada momento Ikki estaría más cerca. La inversión del papel que había desempeñado en su vida hizo asomar una sonrisa estremecida a sus labios. Ahora rogaba con desesperación que llegara el hombre a quien, unos meses antes, había odiado por la forma brutal en que le había raptado. Representaba la seguridad, la salvación, el amor, todo cuanto hacía a la vida digna de ser vivida.

Un ruido repentino y el sonido de voces de hombres a las afueras de la casucha hizo ponerse de pie a Hyoga con el corazón agitado y las manos crispadas. Pero la voz aguda y gutural, que predominaba sobre las otras voces, aniquiló la esperanza que había nacido en Hyoga por su completa diferencia con el tono grave y suave por el que suspiraba. ¡Mascara de la Muerte! ¡Había llegado primero! Apretó los dientes con un suspiro entrecortado, preparándose para la prueba que le esperaba.

Permaneció rígido, golpeando nervioso su pie en la alfombra, notando que le habían quitado las espuelas y la funda vacía del revólver mientras estaba sin conocimiento.

Las voces en las afueras continuaron, hasta hacer que Hyoga casi rogara que llegara el momento que estaba esperando; el suspenso era peor que la prueba para la cual estaba tratando de darse ánimo. Llegó por fin. La cortina fue apartada de nuevo y entró Afrodita para mirarle nuevamente con una sonrisa burlona llena de significación. Pero aparte de esa fugaz mirada desdeñosa, Hyoga no hizo ningún caso de él. Zeros entro después impaciente, apartando al peliceleste de su camino y, al llegar al lado de Hyoga, extendió su mano como si fuera a tomarlo del brazo, pero Hyoga dio un paso atrás con ojos relampagueantes y un gesto que Zeros obedeció.

El corazón le latía con fuerza, pero se dominaba. Solamente le temblaban las manos, y sus dedos se abrían y cerraban espasmódicamente, entonces, para esconderlos los introdujo en los bolsillos de sus pantalones. Se dirigió lentamente hasta la cortina e hizo seña a Zeros de que la apartara, y más lentamente aún comenzó a caminar hacia el lugar donde Mascara de la Muerte le esperaba.

¿Qué sucederá con Hyoga cuando se encuentre con Mascara de la Muerte? ¿Lo torturaran? ¿Lo violaran? ¿Podrán Ikki y Shun llegar a tiempo para salvarlo? Si quieren las respuestas a estas preguntas, no se pierdan el próximo capitulo de su fanfic favorito "Me Perteneces" en esta misma pagina de Internet. ja, ja, ja. Ya en serio ¿Qué les pareció? Espero que la espera para muchos haya valido la pena. Como ven, el hermoso Hyoga fue atrapado por Mascara de la Muerte y el soberbio Ikki al fin se dio cuenta de que lo ama profundamente, al igual que el adorable Shun. Los comentarios aunque negativos me ayudarían a decidir la suerte del pobre rubio, además de hacer que actualice rápido. ¿Captan la indirecta? Les agradezco mucho a todos ustedes que siguen el desarrollo de esta historia, especialmente a los que han esperado tanto. Hasta el siguiente capitulo.