CAPITULO XXVI.-
Hyoga estaba lívido y luchaba con las ganas de vomitar. El saber que estaba rodeado de partes que pertenecieron a seres humanos le horrorizaba, pero utilizando todo su autocontrol, cortesía de la educación de Camus, logro tranquilizarse.
Entonces Mascara de la Muerte se inclinó hacia adelante con una mueca horrible e indicó a Hyoga que se acercara, dando unas palmadas en los cojines al lado de él. Dominando la repugnancia que le llenaba, se sentó tratando de fingir despreocupación. La proximidad del hombre aumentaba sus náuseas. Olía a sudor y a sangre, el hedor penetrante de los asesinos. Sus pensamientos volvieron a Ikki de Fénix, cuyas costumbres se había visto forzado a conocer tan íntimamente. Recordando todo lo que había oído de la gente de las islas, comparados mas a gente salvaje, se había sorprendido al ver el cuidado minucioso que tenía de su persona, sus baños frecuentes, la limpieza inmaculada de sus ropas, el aspecto saludable que tenía, el débil y limpio olor a jabón mezclado con el aroma del tabaco que siempre lo acompañaba. El contraste era horrendo.
-¿Te gustan mis trofeos? Ahora ya sabes porque me llaman Máscara de la Muerte, es un título que merezco-dijo con orgullo sanguinario.
Hyoga sin querer responder, dejo caer el cigarrillo poniendo toda su atención en la caída que realizo hasta llegar al suelo. Máscara de la Muerte con su morena mano le tomó de la cintura y le atrajo hacia él.
-¿Ahora dime, cuántas armas trajo ese vizconde a ese maldito Fénix?-pregunto con voz áspera.
Hyoga le miro sorprendido, y encontró sus malignos ojos fijos en él, con aire mitad de sadismo, mitad de admiración, y apartó la mirada precipitadamente.
-No lo sé -respondió.
-¿Cuántos hombres tenía Ikki de Fénix en la aldea adonde te llevó?-volvió a preguntar Mascara de la Muerte apretándole la muñeca.
-No lo sé.
-iNo lo sé! ¡No lo sé!-repitió él con una carcajada salvaje-Lo sabrás cuando haya terminado contigo.
Le apretó la muñeca hasta hacerle retorcerse de dolor y Hyoga volvió la cabeza para que no pudiera ver su rostro.
En rápida sucesión le hizo pregunta tras pregunta referentes a Ikki y su tribu, pero Hyoga guardó silencio, con la cabeza desviada y fruncidos los labios. No sabría por él nada que pudiera causar daño al hombre que amaba, aunque le torturara, aunque tuviera que pagar su silencio con la vida, como probablemente sucedería y terminara como un elemento mas de esa despreciable colección. Se estremeció involuntariamente.
"¿Quieres que te diga lo que le harían?" Podía oír la voz de Ikki tan claramente como en la noche que le preguntó cuál sería la suerte de Shyru en las manos de Mascara de la Muerte. Podía oír el horrible significado que había puesto en esas palabras, podía ver la terrible sonrisa que las acompañó. La respiración se le hizo más agitada, pero seguía firme su valor. Se aferraba con desesperación a la esperanza que le sostenía. Ikki tenía que llegar a tiempo. Ahogó las dudas torturantes que le murmuraban que tal vez nunca le hallaría, que podría llegar demasiado tarde, que cuando llegara podía ya estar ultrajado o muerto. Mascara de la Muerte cesó su interrogatorio.
-Hablarás más tarde-dijo significativamente y bebió más café. Sus palabras reavivaron los pensamientos torturantes que había sofocado. Al mismo tiempo la imaginación le conjuraba los cuadros espantosos que le habían aterrado cuando los había aplicado a Shyru, pero ahora era él la figura central de todos los horrores que se imaginaba, hasta que el temblor que trataba de reprimir le sacudió de la cabeza a los pies, y apretó los dientes para evitar que castañetearan.
Mascara de la Muerte seguía sujetándole, y un momento después, con horrible repugnancia, Hyoga sintió sus manos que pasaban por encima de su brazo, su cuello y luego recorrían su esbelto cuerpo. Por último, con una exclamación ahogada, le obligó a mirarlo de frente.
-¿Qué estás esperando? ¿Crees que Ikki de Fénix va a venir? ¡Pobre estúpido! Ya te ha olvidado. Hay muchos hombres que puede conseguir con su oro y su cara diabólica. Los amores de Ikki de Fénix son tan numerosos como las estrellas. Pasan como el viento en la isla, un soplo ardiente y se acabó. No vendrá, y si lo hace…-una horrible carcajada termino la frase de Máscara de la Muerte.
Hyoga se retorció entre sus brazos. Las odiosas palabras pronunciadas con voz gutural y el rostro vicioso iluminado por la admiración que brillaba en sus ojos malignos, eran una horrible pesadilla. Con un tirón desesperado consiguió liberarse y huyó a través de la casucha, dominado finalmente por el pánico. Pero en su precipitación tropezó, y con una rapidez que parecía semejante a un animal cazando, Mascara de la Muerte le atrapó. Le llevó luchando hasta el diván. Allí hizo una pausa y Hyoga permaneció inmóvil, reservando sus fuerzas. A continuación Mascara de la Muerte inclinó su cara sobre la de él. Con un grito Hyoga echó su cabeza a un lado y trató de apartarse del abrazo, luchando con la fuerza de la locura. Resistía con valentía, con un rápido pensamiento de gratitud a la forma en que le había educado Camus, y retorciéndose como poseído consiguió librarse de sus manos hasta poner los pies en el suelo. Pero Mascara de la Muerte no le soltaba; le volvió a atraer hacia sí, mientras Hyoga resistía furioso, y le desgarró la fina blusa, dejando al descubierto su blanco pecho. Con la respiración entrecortada Hyoga siguió luchando hasta que, poco a poco, los brazos del jefe de los Death Mask le volvieron a rodear. Hyoga apoyó las manos en el pecho de Mascara de la Muerte, teniéndolo a distancia, hasta que le pareció que sus músculos se iban a quebrar, pero el peso del sádico jefe le iba haciendo caer poco a poco sobre los cojines del diván. Sentía su aliento cálido en la cara y el olor nauseabundo de sangre de sus ropas. Comprendió que se debilitaba su resistencia, que el corazón le latía penosamente casi sofocándolo. Se iba desvaneciendo la fuerza de sus brazos, un momento más y quedaría agotado.
Su cerebro se estaba embotando, como lo hizo cuando Máscara de la Muerte .había asesinado a Afrodita ante sus ojos. Si tan solo le matara ahora. La muerte sería fácil comparada con esto. El débil rayo de esperanza que, aún tenía casi se había extinguido. Ikki no había llegado, y en su agonía, pensar en él era una nueva tortura. Las palabras burlonas de Mascara de la Muerte no habían quebrantado su fe. Llegaría, pero llegaría demasiado tarde. Nunca sabría que él lo había amado. ¡Por todos los dioses, cómo amaba a Ikki de Fénix! ¡¡Ikki!! Y con ese grito inaudible los últimos restos de su fuerza se desvanecieron instantáneamente y cayó bajo el jefe. Mascara de la Muerte le obligó a ponerse de rodillas y con la mano aferrando brutalmente sus rubios cabellos le echó hacia atrás la cabeza. Había una expresión de locura en sus ojos y sus labios echaban espumarajos al sacar el puñal de la faja y apoyar su filoso borde en la garganta del rubio. Hyoga no hizo ningún movimiento, y después de un momento, Mascara de la Muerte lo dejó caer con una risa horrible.
-No, después-dijo, alzándolo sin que Hyoga resistiera. Le arrojó sobre los cojines y por un momento el rubio con ojos llorosos, sintió sus manos en su cuerpo.
Se oyó afuera un tumulto repentino y crepitar de fusiles. Luego, en un alto del fuego, se escuchó la voz de Ikki que gritaba:
-¡ Hyoga! ¡ Hyoga!
Por fin, Ikki había llegado.
