CAPITULO XXVII.-

La voz y proximidad de Ikki le dieron nuevas fuerzas a Hyoga. Se incorporó de un salto a pesar de las manos de Mascara de la Muerte que le sujetaban.

-¡Ikki!-gritó una vez, luego la mano de Mascara de la Muerte cubrió su boca, pero frenético se la mordió hundiéndole los dientes hasta el hueso, y en el momento en que la retiraba gritó de nuevo:

-¡¡¡Ikki!!!

Pero parecía imposible que aquella voz pudiera ser oída por encima del ruido endemoniado fuera de la casucha, y no pudo llamarlo más, porque con un rugido de rabia Mascara de la Muerte le tomó por la garganta como había hecho con Afrodita. Y lo mismo que el peliceleste sus manos trataron en vano de arrancar los dedos que le ahogaban. Sofocado y asfixiado por el dolor intenso en su garganta, le pareció que le estallaban los pulmones, la sangre le golpeaba en los oídos con el ruido ensordecedor y la habitación se iba oscureciendo ante sus ojos. Los brazos cayeron impotentes a sus costados y se le doblaron las rodillas. Le sostenía en pie, solo por la garganta. El ruido en sus oídos aumentó, la casucha iba desvaneciéndose en las tinieblas. Vagamente, sin ninguna emoción, se dio cuenta de que le estaba matando y oyó su voz como si llegara de muy lejos.

-No te preocupes, no estarás mucho tiempo sin tu amante. Pronto te lo enviaré-dijo cruelmente Mascara de la Muerte.

Estaba casi inconsciente, pero oyó que la voz sarcástica se quebraba de golpe, y la presión mortal en su garganta se aflojó cuando Mascara de la Muerte le tomo rápidamente por los hombros doloridos, apartándole y poniéndolo delante de él. Levantar la cabeza era una agonía y el esfuerzo hizo volver la espesa niebla que había disminuido al sentir libre su garganta, pero se despejó de nuevo lo suficiente para lograr ver, a través de una bruma borrosa, la silueta de la alta figura que estaba frente a él, de pie, al lado de la entrada. Era Ikki de Fénix.

Hubo una pausa, un silencio que contrastó extrañamente con el tumulto exterior, y Hyoga semiinconsciente, se extrañó de que Ikki no hiciera nada, de que no usara el revólver que empuñaba. Luego, con lentitud, comprendió que no se atrevía a disparar, porque Mascara de la Muerte le sostenía como un escudo viviente delante de él, refugiándose detrás de lo único que podía evitar que su amante usara la infalible puntería.

Cautelosamente, Mascara de la Muerte fue retrocediendo, manteniendo a Hyoga siempre delante de él, esperando ganar la otra entrada de la casucha. Pero con la sorpresa de la aparición repentina de su enemigo, calculó mal la posición del diván y tropezó contra él perdiendo el equilibrio, solo por un momento, pero lo suficiente para dar al Fénix, cuyo revólver lo cubría, la oportunidad que deseaba. Con el frío cañón contra su frente, las manos de Mascara de la Muerte soltaron a Hyoga, quien se deslizó débil y tembloroso a la alfombra, agarrándose la dolorida garganta y gimiendo por el esfuerzo que debía de hacer para respirar.

Por un momento los dos hombres se miraron a los ojos, ambos con las mismas expresiones de odio mutuo, hasta que Mascara de la Muerte sonrió cruelmente.

-¿Viniste por tu juguete? ¿Ves lo bien que lo he tratado?-dijo cínicamente.

Ikki apretó mas fuerte el agarre de su revolver con toda la intención de disparar y volarle la cabeza a este perverso asesino. Pero en el ultimo momento cambio de opinión. Su mano izquierda aferro la garganta de Máscara de la Muerte, mientras en su rostro se dibujaba una terrible sonrisa. Era más rápido usar el revólver, pero de la misma manera que había sufrido Hyoga moriría su torturador.

Todo el salvajismo de su naturaleza salió a la superficie. Aparte de la lastimosa figura que respiraba entrecortadamente en el suelo a sus pies, estaba el recuerdo de los seis cuerpos mutilados, sus fieles súbditos, hombres de su misma edad, que habían llegado junto con él a la virilidad. Recordaba también anteriores victimas como el buen Shión. Todos ellos habían estado íntimamente relacionados con toda su vida, y que lo habían servido con devoción y resuelta obediencia. El hombre culpable de sus muertes estaba por fin en sus manos, el hombre cuya existencia era una amenaza y cuya vida era una ofensa, de cuyas artimañas había sido advertido desde niño por su padre Docko, quien le legó el odió familiar a la raza de la cual era jefe Mascara de la Muerte, y cuyas últimas palabras habían sido para desear que su sucesor exterminara al enemigo hereditario.

Pero mucho más intenso que los sentimientos inspirados por el odio familiar, o el recuerdo de la promesa hecha al lado del lecho de muerte su propio padre, o incluso la muerte de sus compañeros, era el deseo de matar con sus propias manos al ser que había torturado al hombre que amaba. El conocimiento del peligro que corría Hyoga, lo hizo cabalgar desenfrenadamente a través de la noche en su ayuda y el verlo impotente, agonizante, en las manos de Mascara de la Muerte, lo había hecho sentirse invadido por un acceso de locura que solamente podía curar el placer furioso de matar. Antes de que escuchara el clamor del nuevo amor en su corazón, antes de que estrechara entre sus brazos la figura de "su Cisne" que tanto ansiaba, tenía que destruir al hombre que había cometido innumerables asesinatos y que por fin había caído en sus manos.

La sonrisa se acentuó en sus labios y sus dedos aumentaron la presión sobre la presa. Pero al sentir el apretón asfixiante en su garganta, Mascara de la Muerte resistió furiosamente. Acurrucado en el suelo, Hyoga contemplaba las dos figuras trabadas en combate mortal, con ojos dilatados y llenos de temor, con las manos aún en su dolorida garganta.

Mascara de la Muerte luchaba por su vida con locura sanguinaria. Después de una salvaje lucha, el Fénix logro poner a Mascara de la Muerte en la posición que quería, tumbado sobre los almohadones, con la rodilla puesta sobre su pecho y las manos en la garganta. Y así Ikki, con la terrible sonrisa siempre en los labios, lo fue ahogando, hasta que el cuerpo de Máscara de la Muerte se arqueó y retorció en los últimos espasmos de la agonía, y la sangre brotó de su nariz y su boca, derramándose sobre las manos que lo oprimían como unas tenazas.

Los ojos de Hyoga no se separaron un instante del rostro de Ikki. Sentía que le invadía el antiguo miedo paralizador, ahogando irresistiblemente por el momento hasta el amor que sentía por él. Lo había visto en momentos crueles, hasta salvajes, pero nunca nada se había siquiera aproximado a la expresión de horrible placer que se dibujaba en su rostro ahora. Era la revelación del hombre real una vez quitada la fina capa de civilización, dejando solo al salvaje primitivo dominado por la sed de sangre. Y tenía miedo, un horror convulsivo, de que esas manos implacables manchadas de sangre le tocaran, de que la boca sonriente y cruel le besara y de que esos ojos feroces con luz asesina le miraran. Pero por el miserable agonizante que estaba expiando sus crímenes no sentía ninguna lástima; no era digno de la menor compasión. Lo había visto asesinar por gusto y sabía cuál hubiera sido su propia suerte de no llegar Ikki. Y la retribución había sido rápida. El Fénix era más misericordioso con él que lo que había sido el jefe Death Mask con muchos: Unos momentos de agonía en lugar de horas de tortura.

El ruido fuera de la casucha iba en aumento al desarrollarse la batalla en su dirección, y una o dos veces alguna bala pasó a través de la puerta. Una que llegó más cerca que las otras hizo volver la cabeza a Hyoga y vio lo que Ikki, absorto en el cumplimiento de su horrible tarea, ni siquiera había pensado. Los dos corpulentos guardias y media docena de Death Mask en los que se encontraba Zeros, habían entrado silenciosos desde la otra puerta. Por una vez, en la excitación del momento, el Fénix se había descuidado y había sido sorprendido.

Una expresión angustiada se dibujó en los ojos de Hyoga. El temor que Ikki le inspiraba fue borrado por el que sintió por él. Trató de advertirle, pero su garganta no podía proferir sonido alguno y se arrastró más cerca hasta tocarlo.

Ikki al sentir el toque, dejó caer al jefe muerto sobre los cojines dispersos y levantó la vista rápidamente. En el mismo momento, los hombres de Mascara de la Muerte se adelantaron. Sin decir una palabra Ikki empujó a Hyoga detrás del diván y se volvió para hacerles frente. Ante su revólver retrocedieron un momento, pero los corpulentos guardias que venían detrás hicieron avanzar a los Death Mask. Disparó tres veces y uno de los guardias y dos Death Mask cayeron, pero los restantes se arrojaron sobre él y Hyoga lo vio rodeado. Su fuerza era anormal, y durante unos minutos la masa humana osciló de un lado para otro. Hyoga estaba de pie tambaleándose, mareado, imposibilitado de prestarle ayuda, paralizado por el temor. Enseguida, por encima del clamor dentro y fuera de la casucha, oyó la voz de Shun de Andrómeda que gritaba.

-¡¡¡Shun!!!- grito Hyoga sin importarle desgarrar su torturada garganta. Ikki lo había oído también, y con un esfuerzo desesperado se libró de sus enemigos por un momento, pero el guardia que todavía quedaba estaba a su espalda, y en el instante en que Shun de Andrómeda y un grupo de Fénix irrumpían en la casucha, dejó caer un pesado garrote con terrible fuerza sobre la cabeza de Ikki. Al desplomarse el peliazul, Zeros le hundió un ancho puñal en la espalda.