CAPITULO XXVIII.-

Durante unos minutos más siguió la lucha por encima del cuerpo postrado de Ikki. Hyoga trató de llegar hasta él, débil y a tropezones, empujado de un lado para otro por los hombres que luchaban desesperados, hasta que una mano enérgica le sujetó y le hizo a un lado. Se resistió contra el brazo que le detenía, pero era Aldebarán y cedió en el momento en que se apoderaba de él una creciente debilidad. Borrosamente vio a Shun abrirse paso hasta llegar a lado de su amigo y enseguida se desmayó, pero solo por unos momentos. Cuando abrió los ojos Shun de Andrómeda seguía de rodillas a lado de su amado, y la tienda estaba llena de miembros de la tribu que aguardaban en estoico silencio. La aldea de Mascara de la Muerte había sido aniquilada, pero los hombres de Ikki de Fénix solo tenían ojos para la figura inconsciente de su jefe caído.

Shun levantó rápidamente la vista al llegar Hyoga a su lado.

-¿Está usted bien?-le preguntó con tono de ansiedad, pero Hyoga no contestó. ¿Qué importaba lo que le sucediera a él?

-¿Va a morir?-dijo roncamente, porque el hablar le causaba un dolor terrible.

-No lo sé, pero debemos marcharnos de aquí. Necesito más instrumental del que he traído, y somos demasiado pocos para quedarnos y correr el riesgo de un posible ataque si hay más hombres de Mascara de la Muerte por las proximidades.

Hyoga contempló con temor al herido.

-¿Pero el viaje a caballo..., las sacudidas...?-susurró.

-Hay que correr ese riesgo-replicó Shun en forma abrupta.

Antes de irse, los hombres de la tribu Fénix prendieron fuego a la casucha donde Hyoga había sufrido, donde Ikki había sido herido y donde aun se encontraba el cadáver de Mascara de la Muerte rodeado por los múltiples recuerdos de sus asesinatos.

Hyoga nunca recordó con claridad la larga y terrible jornada de regreso a la aldea Fénix. Fue una agonía de temor y aprensión, de esperar cada momento alguna palabra o exclamación del robusto Aldebarán quien sostenía a ikki, o de Shun, que iba montado al lado, que indicara su muerte, y de alivios momentáneos del temor y vagos destellos de esperanza a medida que pasaban los minutos y el anuncio que temía no llegaba. Momentos de semiinconsciencia, en que se tambaleaba contra el brazo de Mu que iba a su lado y que murmuraba una oración por su jefe, hizo que Hyoga elevara también una súplica a los dioses. Ikki no tenía que morir. Los dioses no serían tan crueles.

De tiempo en tiempo Shun le hablaba, y el tranquilo valor de su voz serenaba sus nervios destrozados. Al pasar el lugar de la emboscada le habló de Shyru. Fue ahí donde el primer grupo que los esperaba los recibió, advertida de su llegada por un par de Fénix a quienes el vizconde había enviado por delante con la noticia.

Estaba amaneciendo cuando arribaron a la aldea. Hyoga vio al pasar filas de hombres que guardaban un silencio fuera de lo habitual, agrupados al lado de la casa donde vivía, pero todas sus facultades estaban concentradas en la larga e inerte figura de Ikki, que era descendida cuidadosamente del sudoroso caballo. Lo llevaron a la casa y lo colocaron sobre el diván, al lado del cual Seiya había puesto ya todos los instrumentos que podía necesitar su señor.

Mientras Shun hacía salir con dificultad de la casa a los hombres de Ikki, Hyoga se quedó junto al diván y lo contempló. Ikki estaba empapado en sangre que había traspasado los vendajes de emergencia, y todo su cuerpo evidenciaba la terrible lucha que se había desarrollado antes de recibir el golpe que lo derribó. Hyoga sintió que un sollozo subía a su garganta, pero no lo dejo salir. Shun se acercó a él arremangándose significativamente la camisa.

-Hyoga, ya ha soportado usted bastante-dijo con suavidad-Vaya á descansar mientras yo hago lo que puedo por Ikki. Iré a verlo tan pronto haya concluido.

Hyoga levantó la vista enérgicamente.

-No se moleste en decirme que me vaya porque no lo haré. Tengo que ayudarlo y puedo hacerlo. Me volveré loco si no me deja hacer algo. ¡Mire! Mis manos están perfectamente firmes.

Las extendió mientras hablaba, y Shun cedió, poniéndose a trabajar inmediatamente. Y durante todo el tiempo horrible que siguió, Hyoga no titubeó. Su cara era de una palidez mortal y sus ojos estaban cercados por profundas ojeras, pero las manos no temblaron y su voz se mantuvo firme y baja.

Para Hyoga, la terrible herida que había causado el puñal de Zeros, era como una herida en su corazón. Se estremeció como si le hubiera dolido a él cuando los dedos diestros de Shun tocaron la cabeza magullada de Ikki. Y cuando terminó y Andrómeda se volvió para lavarse las manos, Hyoga se dejó caer de rodillas junto a su amor. Solo unas pocas horas antes Ikki había llegado en su ayuda con toda la magnificencia de su vigor. Contempló los largos miembros que ahora estaban tan inmóviles y un sollozo trato de escaparse. Sin embargo no podía llorar y la garganta le seguía doliendo. Se inclinó sobre Ikki cuando de repente se apoderó de él un ansia de tocarlo, de convencerse de que no estaba muerto. Miró por encima del hombro a Shun, pero este había ido a la entrada a hablar con Saga. Se inclinó más sobre el hombre inconsciente que amaba, el cual tenía los labios entreabiertos y había desaparecido la severidad habitual de su boca.

-¡Oh, Ikki amor mío!-murmuró entrecortadamente, y lo besó con labios que temblaban sobre los suyos inertes. Luego, puso su rubia cabeza en los almohadones junto a la de él cubierta de vendas. Shun le puso la mano en el hombro.

- Hyoga-le dijo-Se está torturando innecesariamente. No podemos saber por algún tiempo cómo le irá. Trate de dormir unas horas; no va a ganar nada quedándose aquí. Seiya y yo vigilaremos. Yo le llamaré si hay algún cambio, le doy mi palabra de honor.

Hyoga sacudió la cabeza sin levantar la vista.

-No puedo marcharme. No podría dormir-Shun no insistió.

-Está bien-dijo-Pero si se va a quedar tiene que quitarse las botas de montar y vestir algo más cómodo que esa ropa.

Hyoga comprendió que tenía razón y lo obedeció. No pudo menos que admitir una sensación de alivio después de haberse lavado la cabeza y la garganta, y puesto una fina bata de seda en lugar del traje de montar roto y manchado.

Seiya estaba sirviendo café cuando volvió, y Shun se dirigió hacia él con una taza en la mano.

-Haga el favor de tomarlo. Le hará bien-dijo, con una ligera sonrisa que no se reflejaba en sus ojos ansiosos.

Hyoga lo tomó distraído, y bebiendo el café de un trago volvió de nuevo al lado del diván, sentándose en el suelo, en el mismo lugar donde antes había estado arrodillado. Ikki yacía en idéntica postura. Durante unos instantes lo contempló, luego sus ojos se cerraron vencidos por el sueño y su cabeza cayó sobre los cojines.

Con una melancólica sonrisa de satisfacción, Shun le alzó en los brazos y le llevó al dormitorio, vacilando antes de dejarlo en el lecho. ¿No tendría derecho a disfrutar de un momento en su vida? Nunca volvería a tener la dicha torturante de tener a Hyoga así, nunca volvería a estrecharlo sobre su corazón que clamaba por él con la misma loca pasión que lo había arrebatado el día anterior. Contempló con ansia la cara pálida que descansaba sobre su brazo y sus rasgos se contrajeron al ver las marcas crueles que desfiguraban la blancura del cuello delicado. El amor que había ansiado toda su vida, que había buscado en vano en muchos países, le había llegado por fin, pero demasiado tarde. El hermoso hombre que tenía en sus brazos no era para él. Era a Ikki a quien amaba, a Ikki que había reconocido tan tardíamente el precioso don que Hyoga le había dado, Ikki a quién él debía salvar de la muerte que se cernía tan cerca, para que la luz que brillaba en los ojos de Hyoga no se extinguiera en las tinieblas de la desesperación.

Y sin embargo, mientras miraba a Hyoga con ojos llenos de angustia sin esperanza, un demonio susurraba dentro de él, tentándolo. Conocía a su amigo mejor que nadie. Para Ikki todas las cosas deseadas habían dejado de tener valor después de poseídas. Con su adquisición había llegado el desinterés. El placer de la persecución se desvanecía con la conquista ¿Qué posibilidad de ser feliz podía tener Hyoga con alguien como Ikki? Las posibilidades eran pocas. Ikki, una vez recuperada su fuerza, sería el hombre de siempre, implacable, cruel, y sin compasión. El ansia de ahorrarle todo sufrimiento a Hyoga era intenso, eso, y su amor impulsado por la tentación de su deseo. Un instante después se estremeció y lo invadió un gran temor de sí mismo. Ikki era su amigo. ¿Quién era él para juzgarlo? Por lo menos podía ser sincero consigo mismo, podía admitir la verdad. Ambicionaba lo que no era suyo, y disimulaba su envidia con una hipocresía que ahora le parecía despreciable. El contacto con el cuerpo que estrechaba entre sus brazos le pareció de repente una profanación, y lo depositó suavemente sobre el lecho, cubriéndolo con la liviana manta, y luego volvió lentamente al otro aposento.

Despidió a Seiya y se sentó junto al diván, con una sensación de fatiga que no era física.

Durante un tiempo, Ikki continuó inmóvil, luego al amanecer y entrar en la casa los primeros rayos de sol, se agitó inquieto y empezó a murmurar febrilmente. Al principio sus palabras fueron casi ininteligibles, y salían a borbotones, pero gradualmente la voz se le hizo más lenta y de sus labios salieron frases vacilantes, cortadas, pero claras. Y a su lado, con el rostro oculto entre las manos, Shun de Andrómeda dio gracias a los dioses fervorosamente por haber ahorrado a Hyoga la nueva tortura de escuchar la revelación de los últimos cuatro meses.

-¿Un barco anclado en mi territorio? ¿Quienes serán?... Es hermoso… ¡Saga, manda a llamar a todos los hombres! ¡Vamos a atacar a los extranjeros!... Qué quiero de ti? ¡Por los dioses! ¿No eres lo suficientemente hombre para comprenderlo?... ¡Ya es hora de que me pertenezcas!... ¡Quédate quieto!... ¡Jamás te soltare! ¡Tu me perteneces!... Eres en verdad exquisito…¡¡Me perteneces solo a mi!!... Sé que me odias, ya me lo has dicho. ¡Haré que me quieras!... ¿Todavía desobediente? ¿Cuándo aprenderás que soy tu amo?... No me he cansado de ti aún, mi precioso "Cisne"… No acostumbro cambiar de parecer jamás. Tú lo sabes Shun. Y además ¿por qué tendría que cambiar? Como te dije antes, esta contento… contento de dar todo lo que le pido... Durante cuatro meses me ha resistido. ¿Por qué no me da ninguna satisfacción haberle domado por fin? ¿Por qué lo deseo todavía? Es rubio y le he hecho pagar por mi odio a su maldito aspecto. Le he torturado para mantener mi promesa, y todavía le deseo... ¡Hyoga, Hyoga, qué hermoso eres!... ¿Qué demonios me hace odiar a Shun después de diez años? Anoche no hizo más que hablarle, y cuando él se fue lo maldije hasta que vi el terror en sus ojos. Me teme. ¿Por qué me ha de importar si Hyoga lo quiere?... Sabía que no dormía cuando me fui a acostar. Lo sentí temblar a mi lado... Tenía deseos de matar a Shun cuando no quiso venir conmigo, y si no hubiera sido por eso hubiera vuelto a él... ¡Por todos los dioses, qué largo ha sido el día!... ¿Habrá sido largo para Hyoga? ¿Se sonreirá o temblará cuando yo llegue?... ¿Dónde está Hyoga?... ¡Hyoga, Hyoga, cómo podía saber yo que significabas tanto para mí...! Hyoga, Hyoga, mi amor. La casa está oscura y fría sin ti... ¡Mascara de la Muerte! ¡Ese perverso ser y Hyoga! ¡Oh, dioses del Olimpo! Denme tiempo para llegar a su lado... Como aúllan los lobos... Mira Shun, allí está la aldea Death Mask... ¿Hyoga, dónde estás?... ¡Por todos los cielos! ¡Lo ha estado torturando!... ¿Sabías que vendría, mi "Cisne"? Espera unos instantes mientras lo mato, y luego podré estrecharte en mis brazos. ¡Oh dioses! Si supieras cuánto te amo... Hyoga, Hyoga, todo se ha vuelto negro. No puedo verte Hyoga, Hyoga...

Y durante el resto del día, Ikki solo repitió el nombre del hombre que amaba, de su precioso "Cisne", de Hyoga.

¿Qué les pareció? Mascara de la Muerte ya no existe, Ikki lucha por su vida, Hyoga teme que muera y Shun intenta ser leal a su amistad antes que a su amor. Espero que estos capítulos hayan sido de su agrado. Ya saben cualquier comentario es bien recibido aunque sea tomatazos.