Amor, pasión y desilusión
Capítulo Cinco: Desesperación
El viento azotó contra la ventana más alta del castillo, haciendo un gran estruendo al chocar contra esta. En poco tiempo, el divertido y travieso viento la abrió y penetró en el cuarto de la princesa Isabella.
El viento azotó la suave cara de Isabella, quien parpadeó sorprendida varias veces, sobresaltada debido a que no había abierto los ojos hasta ese momento. Los abrió lentamente y suspiró audiblemente. Se estiró sobre su enorme cama y sintió los músculos agarrotados, debido a durmió en pésima posición la noche anterior. No le importó. A diferencia de la mayoría de las princesas de diferentes reinos que Bella había tenido la "honradez" de conocer, Bella no era una de esas "niñas mimadas". Desde chica había aprendido que la vida no es como la pintan en los cuentos de hadas que su madre alguna vez le habrá contado antes de que muriera. Era dura y tenía que vivir con ello, ya que no habría nadie que, como una hada madrina, solucionara todo de golpe y todo sería brillante y feliz.
Bella bufó. Se pregunto cuánto pagarían cualquiera por tener un final feliz como el de las princesas de cuento. Una fortuna, de eso estaba segura.
Bella palpó la suave superficie de su hermoso edredón de seda y sintió algo mojado. Lo palpó con más delicadeza y vio que era una gran parte mojada, cerca de su cara. Suspiró de nuevo. No se había dado cuenta que había llorado tanto la noche anterior.
Se levantó y fue a vestirse con un elegante vestido rojo que su padre, que en épocas de bienestar, le había dado. Se tardó en vestirse y colocarse correctamente todo, debido a la vergüenza, ya que no degustaba de bajar a desayunar. Luego de unos minutos, fue a ver su imagen en el enorme espejo que su hermana Alice le había dado.
Su pelo estaba hecho un desastre y los delicados mechones de pelo que con tanto esmero habían quedado ondulados, ahora estaban aplastados. Todo lo demás se veía bien, excepto por los cardenales que había en su brazo y en su rostro, hinchándoselo un poco. Aparte estaba su mejilla que todavía podía ver unos rasguños en ella.
Ató su hermoso pelo con un moño y cubrió con maquillaje los cardenales, con mucho esmero y dedicación, dándole tiempo a cada uno.
Oyó que tocaban a su enorme puerta de roble, llena de rosas con espinas que habían sido talladas con mucha dedicación y talento. Presurosa, la abrió donde se encontraba miss Webber.
Ángela Webber era la persona más dulce y amable que Isabella había conocido en su entera vida. Era aquella persona que siempre cuidaba de Alice y de ella, y que las acompañaba a cualquier lugar a donde fueran. Era su dama de compañía, aquella que cuidaba que no hicieran locuras.
Ángela era demasiado sencilla, debido a que provenía de una familia poco adinerada. Su pelo castaño era corto, por lo cual no lo arreglaba de muchas maneras. Sus ojos siempre transmitían paz y tranquilidad y siempre eran amables. Hoy usaba un sencillo vestido café, que vestía elegantemente.
-Buenos días, princesa Bella.- hizo una reverencia.- Su madre, la reina Rachel, me ha solicitado a que la llamara para que bajara a desayunar.
-Ahora voy, Ángela. ¿Podéis esperar solo unos minutos, por favor? Sólo voy por algo.
-Claro que si, princesa Swan.
Bella se dirigió directamente hacia su pequeño buró y tomó Orgullo y Prejuicio con tanto amor como una madre a un hijo. Cuando estaba a punto de salir, se detuvo abruptamente.
Vio una hermosa rosa roja cerca de libro y una nota, y entonces recordó lo que decía la nota. Maldijo por lo bajo, debido a que era tan olvidadiza. Ya sabía que este día no iba a ser tan fácil.
Edward Cullen vendría hoy. Dios, que suplicio.
Tomó la rosa y la aplastó entre sus delicados guantes, furiosa. ¿Ahora qué haría?
Caminó hacia la puerta y salió, hecha una furia. Ángela, por supuesto, lo notó.
-Se ve molesta el día de hoy, su majestad. ¿Quiere compartirme porque o no es de mi interés?
-Oh, Ángela. Claro que es de tu incumbencia. Es que Sir Cullen vendrá el día de hoy y no congeniamos muy bien que digamos. Por eso estoy cargando tanto desasosiego.
-No se preocupe, princesa Isabella. Podemos prohibirle la entrada, si usted así lo desea.
-No. Pensará que soy una cobarde. Dejadlo entrar.
-Como lo deseé, mi señora.
Caminaron en silencio hasta llegar con su hermana Alice, quien se veía triste y enojada, en su asiento y a su madrastra que se veía, también, enojada. Bueno, claro que eso no era novedad.
-Las dejare solas. Cualquier cosa que deseen será traída lo más pronto posible.
-Retírate, Ángela.- bramó la reina Rachel.
-Gracias, Ángela.- compuso Bella, quien veía enojada a su madrastra.
Ángela hizo una reverencia y se fue. Bella y Alice la siguieron con la mirada.
El desayuno se tomó en silencio, como siempre. Rachel pensaba que sus hijastras ya eran suficiente molestia y sufrimiento viéndolas, no cabe mencionar que era aún un sufrimiento mayor oírlas hablar cosas que ni siquiera le interesaban. Así, que desde pequeñas, les había regañando diciéndose que se callaran, ya que no soportaba sus voces.
Así que, quince años después, así seguía siendo. Nadie hablaba mientras estuviera en la mesa, ni siquiera entre las hermanas. El rey Charles nunca comía con ellas, debido a los des fortunios que vivía. Michael y Tanya jamás se sentaban con ellas, igual debido a Rachel. Decía que la sangre que corría por las venas de sus hermanastras, aunque era de nobleza, era usurpada y una venía de un orfanato, cosa desagradable, y otra venía del vientre más sucio que se pudiera conocer. Así que apartaba a sus "niños" de aquellas bestias indomables.
Los cuchillos de oro chocaban contra el plato, una y otra vez, sin que ninguna voz les interrumpiera o que algo interrumpiera su ritmo constante.
Después de desayunar, Alice y Bella se retiraron hacia sus habitaciones, en silencio. Alice seguía enojada por algo y Bella seguía, también, con los humores por el suelo.
Cuando trataba de averiguar que le hacía estar tan encolerizada a su hermana, se maldijo en silencio. ¿Cómo pudo haber olvidado que, su única hermana, acababa de estar comprometida? Ni siquiera la había felicitado.
-Lo siento Alice. Todo ha estado tan precipitado que ni siquiera me ha acordado de decirte feliz cumpleaños ni de felicitarte. Lo siento. ¿Podéis disculpar a tu atontada hermana?
Una sonrisa se dibujó en el rostro de Alice mientras veía a Bella con lágrimas con los ojos.
-Claro que si, tonta. Sólo que no lo vayas a volver a hacer.
Bella abrazó el pequeño y frágil cuerpo de Alice y ella le correspondió el abrazo, afectuosamente.
-Felicidades.- murmuró Bella.- Jasper es perfecto para ti, mi queridísima hermana.
Deshicieron el abrazo y empezaron a charlar mientras subían las escaleras, tomadas de la mano. Por esta vez, a Bella se le pasó el enojo. Pensó que probablemente Edward Cullen ya no vendría, que se olvidaría de ella, pero estaba muy equivocada.
Después de un rato conversando con su hermana Alice, Bella bajo, de nuevo con su hermana, hacia la gigantesca y lujosa sala de la familia Swan.
Bella empezó a leer Orgullo y Prejuicio por décima vez, Alice empezó a diseñar vestidos y Tanya, que se encontraba ahí antes de que Bella o Alice llegaran, empezó a ver el paisaje por la ventana.
Todo esto se desarrollaba en la sala cuando de repente oyeron un carruaje en la distancia y, segundos después, la enorme puerta del castillo abriéndose. Alice y Bella siguieron en lo suyo, mientras Tanya trataba de ver quien había llegado al lujoso castillo.
No muy después, oyeron que alguien daba tres toques a la puerta de la sala, donde todos voltearon y vieron a Collins Mulligan tratando de llamar su atención.
Mulligan era un chico pálido y escuálido, pero no por eso sin dejar de ser simpático y carismático. Siempre tenía una sonrisa amable que dar y su cabello pelirrojo era siempre una señal de alegría, ya que siempre significaba que la familia real tenía una visita.
El rostro del escuálido chico de 20 años estaba poblado de pecas y venía de una familia más o menos adinerada. Ya llevaba siendo el portero de la familia por cuatro años y desde entonces siempre había sido bien bienvenido.
Pero por primera vez Bella no se alegró de verlo. Como el portero de la familia, su deber era anunciar si llegaba una visita y Bella temía que fuera Sir Edward.
-Buenas días, princesa Swan y princesa Alice. También es un gusto verla hoy, miss Tanya.
Tanya alzó una ceja, disgustada. Le disgustaba cuando alguien la tomaba aparte, como si no fuera parte de la familia real, como si no fuera una princesa. Le gustaba sentirse importante y que todas las señoritas de la comarca quisieran estar en donde ella se encontraba.
-¿Tenemos una visita, Collins?- preguntó Alice
-Claro que si, princesa Alice. El duque Edward Cullen, primo de su futuro esposo.
Alice aplaudió con sus pequeñas manos, emocionada.
-Qué bien. Me alegra tenerlo aquí este primoroso día.
-¿A quién ha venido a visitar, Collins?- preguntó Tanya.- Seguramente ha venido por mí. Nuestro encuentro ayer fue muy placentero.
Si había algo que le gustara más que comprarse lindos y costosos vestidos, era molestar a sus hermanas y hacerlas sentir menos. Desde que las había conocido, las había odiado a las dos ya que eran las únicas que la superaban en rango y poder. Al igual que su hermano, adoraba y añoraba el poder y deseaba derrocarlas para así poder ser ella mucho más bonita, rica y poderosa. Otra cosa que odiaba de ellas era el amor que recibían y con cuanto fervor cuidaban unas de otras. Pero, entre las dos hermanas, a quien odiaba más era Isabella. Era linda, rica, poderosa, una princesa, querida por todos y todas y aparte de que se convertiría en la nueva reina del reino. Sí, no había nadie que Tanya odiara más que su hermanastra Isabella.
-Lamento decepcionarla, miss Tanya, pero no ha venido a visitarla a usted.
Tanya mostró su sorpresa, y con descaro preguntó:
-Entonces, ¿por quién ha venido si no soy yo?
-Por la princesa Isabella.- susurró Collins.
Tanya bufó por lo bajo, mientras Alice veía a su hermana algo sorprendida.
Bella estaba echando humo por la nariz. Estaba completamente enojada y no quería ver al duque Edward Cullen por el momento. Y dudaba que quisiera verlo alguna vez.
-Lo hago pasar, ¿princesa Isabella?
Bella dudó un momento recordando algo de su niñez. Quería ser una niña pequeña y gritar no por los aires pero un lindo recuerdo le vino a la mente.
Flashback
-Lo hago pasar, ¿princesa Isabella?- preguntó Anthony Mulligan, padre de Collins que en ese entonces todavía trabajaba para la familia real, en lugar de Collins, que en ese entonces era un chiquillo.
Ese día el rey Charles se encontraba jugando con Isabella, de entonces ocho años, cuando Mulligan llegó y anunció la visita de su primo, a quien Bella generalmente no degustaba de ver.
El rey Charles estaba consciente de ello y antes de que Bella pudiera gritar lo más que le permitían los pulmones, dijo, con esa grave voz característica suya:
- ¿Podéis esperar unos minutos, Anthony? Necesito hablar con mi hija.
- Claro que si, rey Charles.
Anthony hizo una reverencia y salió de la puerta mientras sellaba las mismas.
-Bella, ya sé que no degustas de ver a tu primo.
Bella hizo un puchero.
-¡Sí! Siempre me molesta y hace cosas que no me agradan.- cerró sus manos en puñitos.
El rey Charles sonrió y la abrazó.
-Bella, ¿recuerdas los cuentos que te cuento todas las noches?- dijo con dulzura.
-¡Sí!- exclamó Bella- ¿Esas que me gustan mucho?
-Sí hija, si. – dijo con ternura mientras tomaba una rosa roja hermosa de la pequeña vasija que tenía a lado.- Ahora te contare otra, pero ya no será de princesas, si no de una rosa.
Bella estaba confundida. ¿De una rosa?
-¿Ves esta rosa, hija? Antes era un simple capullo, uno pequeño y feo. Para llegar a ser esta hermosa rosa roja, tuvo que pasar por muchas cosas. Lluvias, tempestades e incluso sequías. ¿Tú crees que tuvo que hacer sacrificios?
Bella se rasco la cabeza, pensativa.
-Claro que sí. – Bella exclamó, después de pensarlo un buen rato.- Todos hacemos sacrificios, eso me lo dijo Alice.
-Pues sí, tuvo que hacer innumerables sacrificios. Pero después de todo, llego a ser esta hermosísima rosa roja, porque fue un buen capullo y fue amable y bondadosa y por eso creció tan primorosa.
-Creció muy agraciada. Me gustaría ser tan bien parecida como ella.- suspiró Bella.
-Pues todos los somos, mi hermosa niña, todos, en el principio. Pero cuando somos malos y no somos bondadosos, nos marchitamos y ya no crecemos tan lindos como esta rosa.
-Tomó a su hija en brazos y la puso en sus piernas.
-Hija, cuando eres una princesa, tienes que hacer más sacrificios que los demás y tienes que ser bondadosa y encantadora. Siempre. Aunque no lo queramos.
-¡Eso no es justo!- chilló Bella.
-No, pero así es. Pero si eres todo lo que dije, serás aún más hermosa que esta rosa.
-Bella abrió los ojos como platos.
-¿En serio?
-En serio. Pero también tienes que hacer sacrificios, como aceptar ver a tu primo, aunque te cause desasosiego verlo. Y si lo haces, empezaras creciendo atractiva y hermosa y en poco tiempo le ganaras en belleza a esta rosa. Así que ahora se una linda y buena niña y ve a ver a tu primo.
-Sí, papi.
-Esa es mi niña. Anthony, ya puedes pasar.
Anthony hizo pasar al primo de Bella y ella lo trato con mucho respeto, como una niña madura. Hasta la actualidad, recordaba esa rosa y siempre quería ser tan bonita como la rosa.
Fin del Flashback.
Bella suspiro, regresando a la actualidad. Debía hacerlo. Demostrar que no era ninguna cobarde que se resguardaba tras la corona.
-Dejadlo pasar, Collins.
-Como ordene usted, princesa.- antes de irse y de hacer la reverencia habitual, le guiño un ojo. Bella volvió a suspirar.
No era ningún secreto de que, desde el primer momento en que la vio, Collins se había enamorado profundamente de Bella. Alice y Bella lo sabían hace cuatro años, ya que era indudable de que tenía una enorme preferencia hacia Bella. Siempre le daba lo que quería, y de vez en cuando, le hacía cumplidos, haciendo que se sonrojara.
Los elegantes pasos fueron escuchados desde afuera de la sala, con cierto ritmo constante.
Hasta que por fin, Edward Cullen entró en la amplia sala, con una sonrisa dibujada en el rostro, mirando a Bella, causando que Tanya perdiera los estribos. ¿Cómo se ha atrevía a no mirarla, siendo ella envidia de innumerables damas y deseo de incontables hombres?
-Princesa Bella, veo que se encuentra preciosa el día de hoy.
-Gracias.- replicó secamente Bella.
-Oh sir Edward, veo que ha venido a deleitarnos el día con su llegada.- reclamó Tanya, esperando que la miraran a ella.
Edward apenas la miro, pero contesto:
-He venido a darles una pequeña invitación a la Princesa Isabella, a la Princesa Alice y a usted, Lady Tanya.
Tanya miró a Edward con desenfado, aunque en realidad su cuerpo hervía de rabia y enojo.
-¿En serio? Y ¿cuál es vuestra noticia, Sir Edward?
-Mis tíos han decidido celebrar la noticia que mi primo Jasper ha dado ayer, así que harán un baile para el día de mañana. Desean celebrar esta maravillosa noticia y he venido a invitarles, a la Princesa Alice, por supuesto, y a la Princesa Isabella al igual que Lady Tanya.
Alice aplaudió con entusiasmo.
-¡Qué bien! Edward, ¿podréis quedarte con mi hermana un pequeño lapso de tiempo? Necesito ver en que puedo ayudar pero no he de poder encerrada en este gigantesco castillo, como una tórtola dentro de su jaula.
-Claro que si, Alice. De hecho, venía a quedarme un buen lapso con vuestra hermana.
Un brillo destello en los ojos de Alice, al saber lo que acababa de decir Edward. Una sonrisa destelló en sus labios, mientras que esta escrutaba la expresión de su hermana.
-Gracias, Edward. Bella, para que vuestro invitado no se aburra, ¿queréis enseñarle todo el castillo?
Isabella tenía ganas de gritar no con todo su pulmón y salir corriendo de la habitación, pero sabía que no había marcha atrás. Ya no.
Suspiró.
-Claro que si, Alice. Id tranquila, Edward estará bien.
-Gracias, Bella.
-Os acompaño en vuestro recorrido. Puedo servirles de ayuda.- exclamo Tanya, aunque en realidad sólo quería vigilarlos.
Bella estaba aterrada. Estar con Edward Cullen era algo, pero estar con Tanya era algo diferente. La avergonzaría e humillaría de forma sigilosa, ya que el deseo de Tanya por Edward era muy palpable. Pero no la dejaría hacerlo. No si ella lo hacía primero.
-Claro Tanya.- Bella plasmó una sonrisa en su rostro.- Podéis acompañaros.
Mientras decía un gracias, Bella sabía que trataría de hacer ese viaje más imposible de lo que ya era. La humillaría, maltrataría y la haría ser quedar mal en su propio castillo. Edward trataría de adularla como ayer y que quisiera caer en sus redes de hombría y Rachel probablemente estuviera vigilándola.
Parecía que el día se tornaba más espinoso de lo que Bella había previsto.
Hola chicas! Siento tanto no haber puesto un capítulo antes, en serio que si, pero es que tengo Tentaciones (quienes estén leyéndola ya estoy a punto de terminar el capítulo que sigue) y Moonlight (nos vemos el miércoles por allá), así que es demasiado para mí.
Creo que no voy a poder poner un capítulo nuevo de Amor, pasión y desilusión, a menos que vea que los visitantes y los reviews suban algo.
Gracias y adiós.
Stardropper ;)
