Y cuando me besa sostiene mi cara con ambas manos como si fuera la Luna.

Ron Israel

-Tú pelo es bonito y sería más bonito si te lo cuidaras. –se quejó Alice por décima vez en la última hora mientras cepillaba el pelo de Bella.

Ambas junto con Rose y yo estábamos en la habitación de Alice, probando diferentes peinados para ver cuál le gustaba más a la futura novia. Alice no sabía cuál sería porque Bella aún no se había decidido por ninguno así que era más bien el juego de probar y esperar.

-Uso mascarilla de vez en cuando. –se quejó la aludida con cierta impaciencia. Era normal, llevaba una hora sentada ahí, siendo la muñeca de Alice, la cual farfullaba enfurruñada ante esa respuesta.

Volteé la cara un poco más hacia la ventana abierta para esconder la sonrisa de mi rostro. Había escogido una posición estratégica, el pequeño asiento debajo de la ventana para que el aire disipara ligeramente el olor de Bella. Ya no me incomodaba tanto y había ido a cazar antes de su llegada así que el ardor de mi garganta era soportable.

-Deberías probar con un recogido. –propuso Rosalie desde la esquina donde estaba sentada. Había dicho que sólo estaba allí por si yo decidía atacar a Bella no porque quisiera ayudarla sino porque Alice sería la primera vampiresa en morir de un infarto si algo le ocurría antes de la boda, pero sabía que estaba disfrutando de la tarde de chicas. O al menos disfrutaba de ver a Bella con cara de estar siendo torturada.

-¿Tú qué opinas, Shay? –preguntó Bella mirándome a través del espejo.

Me giré para mirarla, en sus ojos había un grito de ayuda a la única persona de la estancia que ni la odiaba ni quería usarla como maniquí. Le sonreí con empatía y asentí a la idea de Rosalie.

-Creo que un recogido estaría bien. –contesté finalmente.- Y después de esta prueba, por amor de dios, deja a la chica respirar un poco, Alice.

La aludida resopló ante mi ruego pero acabó asintiendo.

Media hora después Bella y yo estábamos sentadas en los taburetes de la cocina. Ella llevaba el pelo peinado en un hermoso recogido que se tenía que dejar para ver cómo encajaba con el maquillaje –órdenes de Alice- .

-¿Comes tan poco o es alguna especie de crisis alimenticia preboda? –le pregunté entre divertida y preocupada al ver cómo daba vueltas al yogur que había decidido coger para merendar.

Levantó la vista del yogur y se sonrojó ligeramente al ver mi mirada clavada en ella con una ceja alzada.

-Estoy nerviosa…supongo. Todo es…

-¿Demasiado abrumador? –intenté acabar la frase por ella. Asintió con firmeza. -No te gusta demasiado la atención, eh.

Soltó una leve risa y negó a la vez que se encogía de hombros. Había notado que cuando estaba incómoda intentaba hacerse la persona más pequeña de la estancia pero en ese instante, solo nosotras dos, parecía que esa incomodidad había disminuido ligeramente.

-¿Puedo hacerte una pregunta? –cuestionó, con sus grandes ojos marrones fijos en mí.

-Claro, dispara.

-¿Cómo es ser vampiro?

Alcé ambas cejas sorprendida.

-Creía que sabrías un poco de eso, te vas a casar con uno, Bella.

-Me refiero a los primeros días o meses. –dejó el yogur sobre la encimera y escondió las manos entre sus piernas, en un intento de ocultar su inquietud. –Todos me han dicho que seré una especie de bestia salvaje deseosa de sangre.

-Serás un poco así. Las primeras semanas en especial, pero después todo se irá aclarando y volverás a tomar el control de ti misma.

-¿Tú lo llevas bien? ¿El estar cerca de…mí?

Señalé la ventana de la cocina, la cual había abierto nada más entrar y le sonreí con tranquilidad.

-Tengo mis trucos. Además tu olor es cada vez más soportable y tú no me caes nada mal.

Nos intercambiamos una sonrisa amistosa. Esa pequeña humana tan tímida e insegura guardaba una gran fuerza en su interior, luchaba por los que amaba. Era difícil encontrar alguien leal en el mundo y Edward la había encontrado a ella.

-Alice dice que has aceptado tocar en la boda. –dijo cambiando de tema radicalmente.

Asentí, el violín ya estaba en un rincón de la habitación de Carlisle. Nuestra habitación. Ahora compartíamos la misma cama, porque Carlisle tenía una enorme y cómoda cama.

-Tengo que practicar aún. –dije simplemente porque no me había atrevido a tocar con tantos oídos atentos. Tenía miedo de no poder hacerlo.

-Lo harás bien, ya verás, todos estarán demasiado atentos en ver cómo la novia tropieza y cae al suelo. –me animó Bella, que había captado mi estado de ánimo al momento. Ambas rompimos a reír hasta que Alice entró en la cocina, secuestrándola de nuevo para hacerle una prueba de maquillaje y yo fui detrás de ellas, convertida en el apoyo moral de Bella.

-¿Prometes que serás sincero? –pregunté, depositando el violín bien protegido en su estuche sobre la hierba.

-Nunca te mentiría, cariño. –respondió Carlisle con su paciencia infinita.

Estábamos en un claro rodeados de árboles y lejos de los oídos indiscretos del resto de nuestra familia. La charla de la tarde anterior con Bella me había animado para intentar tocar alguna pieza y había aprovechado que Carlisle no trabajaba esa tarde para pedirle que fuera mi oyente. Por supuesto aceptó encantado.

-Puedo abuchearte si no suena bien si es lo que deseas. –sugirió bromeando mientras apoyaba su espalda en un árbol. Me había dado mi espacio para poder moverme pero su presencia era como un bálsamo calmante para mis nervios.

Puse los ojos en blanco ante su sugerencia pero acabé sonriendo un poco más relajada. Me agaché para coger el violín. Pasé los dedos por el escudo de los Cullen que estaba grabado en el estuche –idea de Carlisle y Esme- y lo abrí. Ahí estaba. Un precioso violín cuyo precio era superior al de una casa.

Lo cogí casi con temor, olvidándome de respirar y me lo situé sobre el hombro. Cogí aire, soltándolo en un suspiro y cerré los ojos. Empecé a tocar, dejando que la música pasara de mi corazón al instrumento. Se sentía natural. Era como encontrarse con algo que había perdido hacía mucho tiempo.

Las notas se deslizaron formando una melodía típica de las bodas, cada tono me hacía recordar el amor que sentía por Carlisle, el amor que veía en su mirada.

Al finalizar bajé los brazos y me atrevía abrir los ojos, mirando a mi compañero. Seguía en la misma posición pero su boca se había abierto parcialmente y me miraba maravillado.

-¿Te ha gus…

No pude terminar la pregunta porque de repente sus labios estaban sobre los míos. Se había movido con tanta rapidez que ni mis ojos vampíricos lo habían captado. Sus manos ahuecaron mis mejillas y su beso hizo derretir todo el nerviosismo que aún residía en mi interior. Él conseguía eso, llenarme sólo de tranquilidad y amor.

-Eres maravillosa. –murmuró contra mis labios cuando se separó unos centímetros.

No pude evitar sonreír.

-Y yo que creía que el beso era un premio de consolación porque había tocado mal. –bromeé.

Negó con una risa sin soltar mis mejillas. Sus ojos clavados en los míos.

-El violín está hecho para ti. Eres incluso mejor que Edward.

-No se lo digas o querrá tocar en su propia boda. –le advertí divertida antes de robarle un beso para después separarme y guardar el violín en el estuche.

Noté cómo me abrazaba por la espalda cuando me incorporé de nuevo, con el estuche en la mano. Podía notar su aliento en mi oreja.

-¿Qué te parece si decimos que has estado toda la tarde ensayando? –susurró en mi oído antes de que sus labios se deslizaran por mi cuello.

Desde que habíamos vuelto de la isla, hacía tres días, apenas habíamos tenido momentos para nosotros. El trabajo absorbía casi todo su tiempo y yo estaba inmersa en ayudar con los preparativos de la boda. Nuestro único momento era por la noche, habíamos establecido una rutina similar a la de los humanos. Nos dábamos una larga ducha, nos poníamos ropa cómoda y nos tumbamos en la cama para charlar. En su mayoría era sólo charlar, me ponía nerviosa la posibilidad de que alguien nos escuchara si íbamos más allá de los besos.

-¿Sabes que la mentira nos llevará el infierno? –bromeé girando la cabeza para darle mejor acceso a mi cuello.

-Lo que quiero hacerte nos llevará al infierno. –murmuró mientras un jadeo se escapaba de mis labios cuando su mano se deslizó por dentro de mi pantalón hasta colarse en mi ropa interior.

Ese acabó siendo el ensayo más satisfactorio de mi vida.