Marinette aún necesitó un par de días para procesar lo que acababa de descubrir. Hizo todo lo posible para que no se le notara, para que nadie sospechara lo que sabía. Ni Tikki, ni Alya ni, por descontado, Adrián.
Pero era inevitable que comenzara a comportarse de forma diferente con él, bajo sus dos identidades. Así, su relación con Cat Noir cambió un poco, aunque no hasta el punto de que él se diese cuenta. Ella se mostraba un poco más tímida con él, le hablaba con más suavidad y dudaba apenas un instante antes de aceptar cualquier muestra de afecto por parte del chico. Era solo un parpadeo, el segundo que tardaba en procesar «Es Adrián» cuando él le sonreía, le acariciaba el cabello o le rodeaba la cintura con el brazo.
Porque se habían vuelto más cariñosos el uno con el otro con el paso de los días. Nada de besos, de tomarse de la mano o de cualquier actitud mínimamente romántica. No obstante, cualquiera que los hubiese visto interactuar habría comprendido de inmediato, por la forma en que se miraban, por las sonrisas que intercambiaban, por sus gestos y su actitud en general, que compartían un sentimiento profundo y sincero.
Él no sospechó en ningún momento que ella había descubierto su identidad. Pero sí la notó más seria y silenciosa.
—¿Te encuentras bien? —le preguntó una noche—. ¿Estás preocupada por algo?
—No —respondió ella, sonriéndole—. Solo estoy… pensando.
—¿Pensando? —repitió Cat Noir, sonriendo a su vez—. ¿En qué?
—En cosas importantes —contestó Marinette misteriosamente.
En cosas muy importantes, de hecho. Era verdad que estaba rumiando las implicaciones de su nuevo descubrimiento y asimilando la doble identidad de su compañero. Pero, por encima de todo aquello, lo que realmente le ocupaba el pensamiento era hallar la forma de acabar, de una vez por todas, con el reinado de terror del Monarca.
Porque temía que, cada día que pasaba, estuviesen más cerca de la catástrofe que ella y Bunnyx habían logrado evitar meses atrás. Temía que la viajera del tiempo se presentara en cualquier momento para reparar los daños causados por su descubrimiento. Y Marinette había decidido que, a aquellas alturas, no se lo podía permitir.
Era un problema de difícil solución, no obstante. Quizá habría sido más sencillo apenas unas semanas atrás, cuando aún contaba con la mayor parte de los prodigios de la caja maestra, y podía, por tanto, recurrir a otros superhéroes con poderes variados para elaborar un plan. Ahora se arrepentía de no haber aprovechado aquella ventaja. Era agradable volver a ser un superdúo, como en los viejos tiempos. Pero las cosas ya no eran igual que entonces, porque su enemigo se había vuelto mucho más poderoso.
Sin embargo, Marinette estaba decidida a encontrar una solución. Costara lo que costase.
Mientras tanto, las dos identidades de su compañero iban confluyendo poco a poco en su percepción. Marinette se descubrió a sí misma un buen día contemplando a Adrián en clase, sentado en el banco de enfrente, mientras repasaba sus deberes antes de que llegase la señorita Bustier. Si al principio le había costado descubrir en él a Cat Noir, ahora no podía dejar de verlo.
Nino no había llegado a clase aún, y el asiento junto a Adrián estaba vacío. Marinette recordó el lío que se había organizado tiempo atrás, cuando ella y Lila habían competido por sentarse junto al chico. Parpadeó con desconcierto. Adrián era Cat Noir, y Marinette jamás había dudado en ocupar un lugar a su lado. Porque eran un dúo, y allí era exactamente donde ella debía estar.
Se volvió hacia Alya, que estaba ocupada consultando los comentarios del Ladyblog.
—Oye, Alya, ¿te importa si me siento con Adrián? —le preguntó en voz baja—. Así, Nino y tú podríais sentaros juntos.
Su amiga la miró, perpleja.
—¿Hablas en serio?
Marinette asintió.
—¿Puedes preguntarle a Nino si le parece bien? Si no hay problema, le preguntaré a Adrián si no le molesta tampoco.
—Claro —respondió Alya, aún desconcertada.
Como Nino llegaba con retraso, ella le envió un mensaje al respecto. El chico respondió enseguida que no había problema, así que Marinette, con una sonrisa de oreja a oreja, recogió sus cosas y fue a sentarse en el banco de enfrente.
Adrián levantó la cabeza y la miró con sorpresa.
—¿Te importa que me siente aquí? —le preguntó ella con total desparpajo—. Así, Alya y Nino pueden estar juntos.
Su amiga reprimió un carraspeo tras ella. Pero Marinette no se amilanó.
—Además, ahora que estamos casi a final de curso, me vendrá bien estar más cerca de la pizarra, y sentarme a tu lado me ayudará a no distraerme tanto durante las lecciones.
Alya carraspeó otra vez.
—¿Estás segura de eso, Marinette? —le preguntó con intención.
Ella se volvió para responderle sin la menor vacilación:
—Totalmente. Tienes que admitir que Adrián es un estudiante mucho más serio y centrado que nosotras dos juntas, Alya.
—Eso es verdad —comentó el chico con una sonrisa, y las dos se giraron hacia él.
—¡Oye! —protestaron.
Adrián se echó a reír. De nuevo, Marinette lo contempló con cariño. Aquella era la risa de Cat Noir, desde luego. Y aquel lado bromista, que el chico solo sacaba cuando estaba entre amigos, y muy de cuando en cuando, también formaba parte de su personalidad superheroica.
—Entonces, ¿te parece bien? —le preguntó.
Él le dedicó una sonrisa radiante.
—Por supuesto, Marinette. Si a Nino no le importa…
—Yo no tengo problema con eso, tío —dijo entonces Nino, que acababa de entrar por la puerta—. No me voy tan lejos, después de todo, y así podré estar con mi chica y tú podrás estar con la tuya.
Adrián se ruborizó.
—Marinette y yo no estamos juntos —explicó por enésima vez.
Ella lo miró de reojo. Estaban juntos «en cierto modo», pensó. Los encuentros «de amigos» entre Cat Noir y Marinette significaban mucho más para ambos de lo que ninguno de los dos admitiría en voz alta.
Pero el chico seguía pensando, naturalmente, que ella no sabía que la persona con la que se citaba era Adrián.
Le echó un cable, sin embargo, porque necesitaba desesperadamente que aquello saliera bien, y que nadie, absolutamente nadie, sospechara lo que sabía.
—Por supuesto que no —lo apoyó—. Adrián y yo solo somos amigos, ¿cuántas veces tenemos que decirlo?
—Ah, Adrián, Marinette, ¡así que por fin estáis juntos! —oyeron entonces la voz melosa de Lila—. Qué buena noticia, ¿no?
Marinette se volvió inmediatamente hacia Lila.
—Solo. Somos. Amigos —repitió muy despacio—. De todas formas, ¿por qué no te metes en tus propios asuntos?
—Ay, disculpa la confusión —replicó ella—. Es que, como te has sentado en primera fila a estas alturas de curso… ¡Oh! No tendrás problemas de oído, como yo, ¿verdad?
—Tú no tienes problemas de oído.
—Bueno, no los tenía hasta hace poco, porque Ladybug me había curado…, pero me temo que mi tinnitus está regresando —se lamentó, llevándose una mano a la oreja izquierda con gesto de sufrimiento—. Supongo que la magia restauradora de Ladybug no es permanente, después de todo…
Marinette iba a replicar, pero en aquel momento entró Chloé, seguida de la señorita Bustier.
—¡Dupain-Cheng! ¿Qué haces ahí sentada? ¿Por qué no vuelves al sitio de la plebe, que es a donde perteneces?
—Chloé, tienes que ser más amable con tus compañeros —le recordó por enésima vez la señorita Bustier. Se volvió hacia Lila, Adrián y Marinette y les preguntó—: ¿Qué es lo que pasa aquí? ¿Volvéis a tener problemas con los sitios?
—Ay, profesora, es que mi oído me está fallando otra vez —se quejó Lila—. Marinette ha ocupado este lugar en primera fila, pero lo ha hecho antes de saber que vuelvo a tener problemas para escuchar, y le estaba pidiendo que me cediera su asiento…
Marinette abrió la boca para replicar, indignada. Pero entonces recordó que nada de lo que ella pudiese decir neutralizaría las mentiras de Lila, que todos creían a pies juntillas.
También recordó que ella y Adrián eran Ladybug y Cat Noir, los protectores de París, y estaban muy por encima de aquella pérfida intrigante y sus insidiosas mentiras.
Alzó la cabeza.
—Claro, Lila —le respondió con una encantadora sonrisa—. Por supuesto que te cedemos el sitio. Se volvió hacia su compañero, aún sonriendo—. ¿Vienes, Adrián?
Y, sin esperar respuesta, se levantó de su asiento, tomó su mochila y se dirigió hacia los bancos del fondo.
Adrián pestañeó un par de veces antes de reaccionar.
—¡Claro! —exclamó entonces con una media sonrisa.
Recogió sus cosas y se apresuró a seguir a su amiga, aún sonriendo.
—Adrián, Marinette… ¿a dónde vais? —preguntó la profesora, desconcertada.
Marinette se detuvo junto al último banco de la fila, que estaba libre, y se volvió desde allí para responder:
—Nos quedamos aquí, señorita Bustier. Así Lila tendrá el banco de la primera fila para ella sola. Seguro que ya no tendrá más problemas de oído.
—Pero… —empezó Lila, desconcertada.
—Parece razonable, pero ¿qué hay de ti? —siguió preguntando la profesora—. ¿Lo escucharás todo bien desde tan atrás?
—¡Por supuesto! —replicó Marinette—. Mi oído está perfectamente. A veces me disperso un poco, pero seguro que Adrián me ayudará a centrarme, ¿verdad que sí?
El chico la miró con una amplia sonrisa.
—Por supuesto —respondió también.
Los dos cruzaron una mirada de complicidad y se sentaron en el último banco, el uno junto al otro. Marinette hizo un titánico esfuerzo para mantener las manos en su sitio, pues sintió el súbito impulso de chocar el puño con el de su compañero.
Hubo un pequeño revuelo en el aula mientras todos comentaban la jugada. La señorita Bustier trató de poner un poco de orden. Desde el banco del fondo, Marinette se tomó un instante para asimilar lo que acababan de hacer.
Después de las vacaciones, cuando Lila había regresado de su «viaje internacional», también habían tratado de cambiar de asientos, y Marinette y Adrián habían terminado ocupando exactamente aquel mismo banco. Pero solo durante unos cinco minutos.
—Esta vez no me voy a distraer —murmuró Marinette.
Solo cuando Adrián le respondió fue consciente de que había pronunciado aquella frase en voz alta.
—Yo te ayudaré a concentrarte —le prometió el chico.
En otro tiempo, aquellas simples palabras habrían bastado para que Marinette se hubiese olvidado por completo del mundo que la rodeaba, incapaz de pensar en otra cosa que no fuera el chico que la volvía loca. Pero aquello pertenecía a otra época.
Antes de enamorarse de Cat Noir.
Antes de descubrir que él y Adrián eran la misma persona.
Le dirigió a su gatito una sonrisa cargada de ternura. Porque era verdad: en los peores momentos, Cat Noir siempre la ayudaba a centrarse y a sacar lo mejor de sí misma.
—Gracias, Adrián —se limitó a contestar.
Después de aquello, no le costó nada prestar atención a la lección. Tener a Adrián a su lado le despertaba una agradable calidez en el pecho que ya no eran la ansiedad y el nerviosismo de tiempos pasados.
«Estamos juntos», pensó Marinette. «Como debe ser».
No se le ocurrió, sin embargo, que su idea de «juntos» podía ser malinterpretada por sus compañeros, especialmente después de la forma en que ambos habían respondido a Lila, tomando la decisión de cambiar de sitio sin hablerlo hablado antes entre ellos, como si aquella compenetración fuese algo natural en ellos.
Y la propia Lila estaba más que dispuesta a aprovechar la situación. Porque sabía que, por mucho que Adrián y Marinette lo negaran, todos sus amigos podían ver que había algo especial entre ellos, un entendimiento y una complicidad que antes no existían.
Y se notaba también a la legua que Adrián solo tenía ojos para Marinette. El hecho de que ella hubiese decidido por fin ocupar un lugar a su lado, como todos esperaban, no hacía más que confirmar sus sospechas.
Por eso, en cuanto sonó el timbre que indicaba el primer descanso de las clases, Lila se deslizó fuera del aula en busca de un lugar discreto desde el que hacer una llamada. Pidió a su anillo Alliance que la conectara con Kagami.
Le respondió el contestador. Kagami tenía un horario muy apretado y sin duda estaría ocupada con alguna de sus clases particulares. Lila le dejó un mensaje de todos modos:
—¡Hola, Kagami! No sé cómo decirte esto, pero… creo que Adrián y Marinette están saliendo. Hoy han cambiado de sitio en clase para poder sentarse juntos, y todo el mundo lo está comentando. Sé que Marinette te dijo que ya no quería nada con Adrián pero, por lo que estamos viendo…, en fin, puede que haya cambiado de opinión. Quería decírtelo antes de que te enterases por otra persona. Supongo que te dolerá saber que Marinette no ha sido del todo sincera contigo, y es natural, así que, si quieres hablar, o si me necesitas para lo que sea… ya sabes dónde encontrarme.
Cortó la comunicación y esbozó una sonrisa maquiavélica. Adrián y Marinette parecían muy cómodos juntos, pero ella se encargaría de separarlos… con la inestimable ayuda de los propios amigos de la pareja.
Ajena a las maquinaciones de Lila, Marinette seguía sumida en sus cavilaciones, en busca de un plan para derrotar a Monarca. Tikki también se dio cuenta de que estaba más silenciosa de lo habitual.
—¿Te pasa algo, Marinette? Últimamente, te veo muy seria.
Ella seguía decidida a mantener en secreto lo que sabía acerca de la identidad de su compañero. Pero había cosas que sí podía compartir con su kwami.
—Estaba pensando en cómo vencer a Monarca —le confió—. Estoy un poco cansada de tener que esperar siempre a que él ataque para defender París. Si pudiese encontrar un modo de localizarlo y hacerlo salir de su guarida…
—Tal vez deberías hablarlo con Cat Noir —sugirió Tikki.
—¿Con Cat Noir? —repitió ella, perpleja—. ¡Ah! Como Ladybug, quieres decir.
—Naturalmente. No puedes hablar con él de estas cosas como Marinette, ¿verdad?
Lo cierto era que a Marinette le costaba cada vez más desvincular ambas identidades. No solo en su propio caso, sino también en el de su compañero.
Pero Tikki tenía razón, de modo que aquella misma noche, después de la patrulla, Ladybug abordó aquel asunto con Cat Noir.
—¿Hacerlo salir de su guarida? —repitió el superhéroe—. Ya nos hemos enfrentado a él cara a cara varias veces en las últimas semanas, ¿verdad? Y siempre se ha acabado escapando.
—De la manera más tonta, a veces —coincidió ella, mortificada—. Pero tiene que haber alguna manera de tomar la iniciativa. No podemos estar siempre esperando a que él se digne aparecer.
—Estoy de acuerdo —asintió Cat Noir—. Pero para eso deberíamos descubrir su identidad, o saber al menos dónde se esconde. ¿Crees que podríamos tenderle una trampa?
Pero ella sacudió la cabeza.
—Podríamos intentarlo, pero seguramente enviaría a un villano akumatizado en su lugar. Aún no hemos conseguido averiguar cómo les transfiere los poderes de los prodigios, ¿verdad?
—No —reconoció él, abatido.
Habían revisado mil veces el vídeo que Adrián había grabado tiempo atrás, cuando su padre había sido akumatizado. Pero aún no habían sacado nada en claro.
—Podríamos tratar de provocar otra akumatización —prosiguió Cat Noir—. Nosotros, quiero decir; sin poner en peligro a los chicos del colegio Françoise Dupont. Si pudiésemos estar más atentos esta vez…
—No creo que sirva de nada, gatito.
Ahora que sabía que él era Adrián, Ladybug comprendía por qué había accedido con tanta facilidad al absurdo plan de Nino para akumatizar al señor Agreste. Sobre todo teniendo en cuenta que, tal como él mismo le había confesado, se sentía culpable por la pérdida de los prodigios. Porque se había prestado a cambiar su lugar con Félix, propiciando así la mayor derrota del superdúo desde que luchaban por la libertad de París.
—Pero los villanos akumatizados tienen un vínculo con Monarca —seguía diciendo Cat Noir—. Se comunican con él por telepatía, y si alguno de ellos llegase a quitarnos los prodigios, tendrían que reunirse personalmente para entregárselos, ¿no? —Ladybug no respondió enseguida, y el chico continuó—. Quiero decir que, mientras Monarca no vuelva a salir de su guarida, quizá deberíamos investigar más a los akumatizados. Sé que buscas una manera de protegerlos, y por eso creaste los amuletos, pero ¿y si lo que necesitamos es, precisamente, que más ciudadanos de París conecten con nuestro enemigo? Quizá alguno de ellos consiga descubrir algo importante, ¿no te parece? ¿Ladybug?
Ella volvió a la realidad.
—Sí, bueno…, teniendo en cuenta que se les borra la memoria justo después, no creo que llegásemos a ninguna parte por ahí —murmuró.
Los hombros de Cat Noir se hundieron bajo el peso del desánimo.
—Tienes razón, como siempre.
—Pero hay algo de lo que has dicho que me ha hecho pensar —prosiguió ella.
—¿De verdad?
—Si un villano nos quitara los prodigios… ¿cómo se los daría a Monarca? Tendrían que verse cara a cara, ¿no? O acudir a su guarida o…
—¿Cómo le entregó Félix los prodigios perdidos? —planteó Cat Noir al punto—. Te los robó con el poder del perro, pero después tuvo que dárselos en mano. Podría habérselos enviado por correo, claro, pero para eso tendría que conocer su dirección…
—O tal vez no —murmuró Ladybug.
Él se volvió para mirarla.
—¿Qué quieres decir?
Pero ella sacudió la cabeza.
—Probablemente se reunieron en un lugar neutral, los dos transformados, porque dudo mucho que Monarca cometiera el error de revelarle su identidad, o la dirección de su casa. Pero no estaba pensando el Félix, precisamente.
—¿Entonces…? —preguntó Cat Noir, intrigado.
—Tengo que pensar —fue todo lo que respondió Ladybug.
Porque había evocado un lejano recuerdo de una de sus primeras batallas, y aquello había sembrado en su mente la semilla de un nuevo plan.
