82. DAGA

Oh… Padre… Siete mil años.

—¿Cómo pudiste no decirme esto? —preguntó imperiosa Radiante, arrodillada y gritando al cubo en el suelo—. ¡Restares no es solo el juez supremo de los honorspren, sino además un tormentoso Heraldo!

—No necesitabas la información en ese momento —dijo la voz de Dante—. Sé Velo. Ella lo entenderá.

—Velo está incluso más enfadada contigo, Dante —dijo Radiante, levantándose—. ¡Nos has enviado a una situación peligrosa sin los debidos preparativos! Negarnos esa información nos ha hecho desperdiciar semanas enteras, buscando las tres en la fortaleza como una imbécil.

—No queríamos que fueseis por ahí preguntando por un Heraldo —repuso Dante, con una calma frustrante en la voz—. Eso podría haberlo alertado. Que nosotros sepamos, no ha descubierto que conocemos su verdadera identidad. Puede que Gavilar estuviera al tanto, pero ningún otro de los Hijos de Honor tenía ni la menor idea de estar sirviendo a uno de los mismos seres que, en su inocente ignorancia, pretendían devolver a Roshar. La ironía resulta bastante poética.

—Mmm… —dijo Patrón desde la puerta, donde estaba montando guardia por si volvía Clarke.

—¿Qué? —preguntó Radiante al spren—. ¿Ahora también te gusta la ironía?

—La ironía sabe bien. Como a salchicha.

—¿Alguna vez has probado una salchicha?

—No creo que tenga sentido del gusto —respondió Patrón—. Así que la ironía tiene el sabor que imagino que tendría la salchicha cuando imagino sabores.

Radiante se frotó la frente y devolvió los ojos al cubo. Qué injusto era aquello. Estaba acostumbrada a doblegar con la mirada a sus tropas, pero no se podía lanzar miradas amenazadoras como eran debidas a un hombre que te hablaba desde una caja.

—Nos dijiste que sabríamos lo que debíamos hacer cuando encontráramos a Restares —acusó Radiante a Dante—. Bueno, pues aquí estamos, y no tenemos ni idea de cómo proceder.

—¿Qué habéis hecho nada más averiguarlo? —preguntó Dante.

—Maldecirte.

—¿Y luego?

—Contactar contigo para maldecirte un poco más.

—Lo cual ha sido la decisión correcta. ¿Lo ves? Sabías exactamente qué hacer.

Radiante se cruzó de brazos, ardiendo de ira. De frustración. Y… era justo reconocer que… de vergüenza. Pasó a ser Velo y la ira regresó.

—Ha llegado el momento de que hagamos un trato, Dante —dijo.

—¿Un trato? El trato ya está establecido. Tú haces lo que yo solicité y obtendrás la recompensa ofrecida, además de la práctica y el entrenamiento que estás recibiendo a mi cargo.

—Es interesante —dijo Velo—, porque yo veo esto de otra manera. He llegado hasta aquí después de muchas adversidades. Gracias al sacrificio de Clarke, he obtenido acceso a una de las fortalezas más remotas de Roshar. He triunfado allí donde tú mismo me revelaste que tus otros agentes fracasaron.

»Y ahora que estoy aquí, en vez de recibir nada de la "práctica" o el "entrenamiento" que dices, descubro que estabas ocultándome una información vital. Desde mi punto de vista, no tengo ningún incentivo para cumplir ese trato, ya que la recompensa prometida me interesa poco. Hasta Lexa está cuestionando su valor.

»Tu negativa a proporcionarme una información importante me lleva a preguntarme qué más estarás callándote. Y a cuestionar si lo que hago aquí podría ir en contra de mis intereses y de los intereses de mis seres queridos. Así que te lo preguntaré a las claras. ¿Para qué estoy aquí de verdad? ¿Por qué te interesa tanto Becca? ¿Y qué motivos concretos tengo para seguir adelante con esto?

Dante no respondió de inmediato.

—Hola, Velo —dijo al cabo de un tiempo—. Me alegro de que hayas salido para hablar conmigo.

—Responde a mis preguntas, Dante.

—Antes, es el momento de abrir el cubo —dijo Dante.

Velo frunció el ceño.

—¿El cubo de comunicación? ¿No habías dicho que eso lo estropearía?

—Si lo abres por la fuerza, lo estropearás. Cógelo del suelo. Levántalo. Busca la cara desde la que mi voz suene más floja cuando tararee.

Velo se arrodilló al lado del cubo y lo recogió para escuchar la voz cantarina de Dante. Sí… el sonido era más débil desde una dirección.

—La tengo.

—Bien —dijo Dante—. Ahora pon la mano en esa cara del cubo y gírala a la derecha.

Velo notó un chasquido al tocarla. Sospechó que Dante había hecho algo para quitar el cerrojo al aparato desde dondequiera que estuviese. Cuando Velo hizo girar esa cara del cubo, se movió con facilidad y se soltó, revelando un pequeño compartimento que contenía una intrincada daga con una gema al final de la empuñadura.

—Conque sí que quieres que lo mate —dijo.

—No se puede matar a un Heraldo —respondió Dante—. Son inmortales. No pienses en Becca como en una persona. Es un spren atemporal y eterna compuesta por la sustancia y la voluntad de Honor. Es como la gravedad o la luz. Una fuerza, no una mujer.

—Y tú quieres que apuñale a esa fuerza con este cuchillo —dijo Velo, soltando las correas y sacándolo del cubo.

La cavidad era solo una pequeña fracción de la parte hueca del cubo, y había una lámina de acero que aislaba el resto. La voz de Dante procedía de la parte sellada. ¿Cómo habría contrapesado el cubo para equilibrarlo?

—Quiero que recojas el alma de Becca —dijo él—, también conocido como Restares. La daga atrapará su esencia en esa gema.

—Me parece demasiado cruel —replicó Velo, observando el cuchillo.

—¿Cruel como las vinculacañas que con tanta fruición usáis, a pesar de los spren atrapados en su interior? Esto no es distinto. El ser llamada Becca es el receptáculo de un conocimiento increíble. Apresarlo en la gema no le hará daño, y podremos comunicarnos con él.

—Tenemos a otros dos Heraldos en la torre —dijo Velo—. Podría preguntarles cualquier cosa que quieras saber.

—¿Y crees que responderían? ¿De cuánto han servido sus conversaciones con Anya? Wells está demente por completo, y Luna muestra una engañosa reticencia. Hablan de su Juramento, sí, y de combatir a los Fusionados, pero rara vez revelan nada práctico.

—Así no me estás convenciendo —repuso Velo—. Sí, ya sé lo que pretendes que haga, pero es lo que sospechaba desde el principio. Si quieres que cumpla tu encargo, necesito saber por qué. ¿Qué información concreta pretendéis sacar de él?

—Nuestro maestro, Thaidakar, sufre una… dolencia parecida a la de los Heraldos. Necesita acceso a un Heraldo para saber más sobre su estado y poder salvarse de lo peor de sus efectos.

—No es suficiente —dijo Velo—. Radiante y Lexa no me permitirán hacerte el trabajo sucio por una razón tan nimia. —Volvió a poner la daga dentro del cubo—. He llegado hasta aquí para informar sobre la ubicación de Restares. Lexa te especificó que no íbamos a matarlo, y sí, para mí clavarle este trasto cuenta como matarlo.

—Pequeña daga —dijo Dante, con voz cada vez más amable—, ¿por qué tenía que morir Sadeas?

Velo titubeó, con la mano aún en el cuchillo, que intentaba introducir de nuevo entre las correas del cubo.

—Ese ser a la que llaman Becca —prosiguió Dante— es un monstruo. Ella, junto con los otros ocho, abandonó su Juramento y dejó tirado a Wells, el Portador de Todas las Agonías, solo en Condenación para soportar la tortura durante miles de años. El enemigo ha regresado, pero ¿los Heraldos han venido a ayudar? No. En el mejor de los casos, se esconden. En el peor, su locura los lleva a acelerar la destrucción del mundo.

»Becca se ha vuelto indecisa hasta el punto de la demencia. Y como la mayoría de ellos, tiene miedo. Quiere huir de sus obligaciones. Trabajó con Gavilar sabiendo perfectamente que hacerlo provocaría el regreso de los Fusionados y el final de nuestra paz, porque esperaba encontrar una forma de escapar de este mundo. Una forma de abandonarnos a nosotros como ya había abandonado sus juramentos y a sus amigos.

»Posee un conocimiento esencial para nuestra lucha contra los invasores. No obstante, se niega a compartirlo por voluntad propia. Se oculta en la fortaleza más remota del mundo e intenta fingir que no hay guerra, que ella no es culpable. Pero lo es. La única forma de obligarla a cumplir con su deber es traerla de vuelta por la fuerza, y la manera más efectiva y fácil de hacerlo es atrapar su alma.

Tormentas. Había sido un discurso mucho más largo que los que solía obtener de Dante. En su voz había pasión, convicción. Velo casi se dejó convencer.

—No puedo actuar contra ella —dijo—. Va a ser quien presida el juicio de Clarke. Si Becca desapareciera, caerían sobre nosotros sospechas de todo tipo, y es casi seguro que Clarke terminaría encarcelada. No puedo arriesgarme a eso.

—Hum… —respondió Dante—. Ojalá existiera alguna forma de que alguien ocupara el lugar de Becca después de haber encerrado su alma. De que llevara su cara. De que dictara sentencia, absolviendo a tu mujer y ordenando a los honorspren que vuelvan a sumarse a la guerra. Ay, ojalá tuviéramos a una persona capaz de cambiar por sí misma el curso de la guerra mediante una ilusión bien dirigida.

En ese momento, Velo perdió el control a manos de Lexa. Porque lo que Dante estaba diciendo… tenía demasiado sentido.

«Oh, tormentas —pensó Lexa con un escalofrío—. Padre Tormenta en las alturas y Vigilante Nocturna en las profundidades… tiene razón. Eso nos solucionaría el problema. Así Clarke ganaría y los honorspren regresarían.»

De modo que así era como iba a manipularla en esa ocasión.

Lexa tuvo ganas de rechazarlo solo por ese motivo. Si lo que había dicho no tuviera tanta lógica. Sería fácil reemplazar a Becca, si conseguía un poco de luz tormentosa.

No, advirtió Velo. No es tan tan fácil. Nos costaría hacernos pasar por un Heraldo.

Daríamos el cambiazo en el último momento, pensó Lexa. El último día del juicio, para reducir el tiempo que necesitaremos fingir y dejarnos unos días para explorar su personalidad.

—Matar a Sadeas salvó miles de vidas —siguió diciendo Dante con su voz suave y aceitosa—. Entregarnos a Becca, enviar a los honorspren a vincularse con Corredores del Viento, podría salvar millones.

—Velo no está segura de que podamos imitar a un Heraldo —dijo Lexa.

—El Heraldo es errático —respondió Dante—. Todos ellos lo son ahora. Con unas pocas indicaciones, podrías salirte con la tuya. A los honorspren no se les da nada bien detectar los subterfugios, ni tampoco distinguir lo que es un comportamiento extraño en los humanos, o en quienes una vez fueron humanos. Puedes conseguirlo. Y después del juicio, Becca puede insistir en que debe visitar Urithiru en persona, y los spren ni se enterarían de lo que has hecho.

—Estaría mal, Dante. Siento que estaría mal.

—Hace un momento Velo me ha exigido un trato. Aunque en general rechazo que me hablen así, es alentador que no haya pedido dinero ni poder. Quería información, saber por qué estaba haciendo lo que hacía. Vosotras tres sois unas cazadoras dignas.

»Así que revisaré el trato, como me ha pedido. Haz lo que te estoy encargando y te liberaré del aprendizaje. Serás miembro de pleno derecho en nuestra organización y no solo tendrás acceso al conocimiento que buscas, sino que tendrás voz en lo que estamos haciendo. En nuestros grandiosos planes.

En su interior, Velo se animó al oírlo. Pero Lexa se sorprendió por lo bien que ella misma estaba reaccionando a esa oferta.

¿Sangre Espectral de pleno derecho? ¿Podría ser la forma…? ¿La forma de…?

—Atacar a un Heraldo —dijo—. Suena mal, Dante. Muy mal.

—Eres débil —replicó él—. Lo sabes.

Ella agachó la cabeza.

—Pero una parte de ti no lo es —añadió él—. Una parte que sí puede ser lo bastante fuerte. Deja que esa parte de ti haga lo que debe hacerse. Salva a tu mujer, tu reino y tu mundo, todo a la vez. Conviértete en esa cazadora, Lexa.

»Conviértete en la daga.

Los honorspren que había por allí mirando al juez supremo dejaron espacio a Clarke mientras se acercaba, seguido de Mezcla. No se le escaparon las miradas iracundas que muchos lanzaban a la tintaspren. No, era cierto que las dos variedades de spren no podían ni verse. Clarke supuso que debería haber sentido reverencia por el juez supremo. Aquella era Becca, aunque los spren lo llamaban Kalak por algún motivo. En todo caso, era un Heraldo, o eso le había dicho Mezcla. Mucha gente en casa lo consideraba el Padre Tormenta, y aunque esa creencia nunca había sido cierta, Becca sí que era una de las seres más antiguas de toda la creación. Una diosa para muchos. Una soldado inmortal de la justicia y de Honor.

También era una mujer bajito que estaba quedándose calva.

Daba la impresión de ser la clase de mujer que podría encontrarse administrando alguna ciudad poco importante en una región perdida de Alezkar. Y si se parecía en algo a Luna o a Wells, los dos Heraldos que residían en Urithiru…

Bueno, conocer a aquellos dos había rebajado bastante las expectativas de Clarke en aquel caso particular.

Becca hablaba con varios líderes de los honorspren mientras paseaban por la parte inferior del plano occidental, llegando a un sendero de piedra compuesto por multitud de adoquines coloreados que recordaban un poco a una ráfaga de viento. El grupo se detuvo al ver a Clarke por delante. Clarke retiró la mano de la espada en señal de respeto e hizo una inclinación al Heraldo.

—¿Mmm? ¿Una humana? —se sorprendió Becca—. ¿Qué hace aquí? Parece peligroso, Sekeir.

—Lo es —dijo el honorspren que iba al lado de Becca. Sekeir era un líder de la fortaleza, y tenía el aspecto de un anciano honorspren con una barba larga y blanquiazul—. Esta es Clarke Griffin, hija de Bellamy Griffin.

—¿El Forjador de Vínculos? —dijo Becca, y reculó de Clarke—. ¡Por los cielos! ¿Cómo habéis dejado que entre aquí?

—He venido, grandiosa —intervino Clarke—, para solicitar su ayuda a los honorspren en la batalla que libramos.

—¿La batalla que libráis? ¿Contra Odium? —Becca se echó a reír—. Chavala, estáis perdidos. Os dais cuenta, ¿verdad? Tanavast está muerto. Pero en plan muerto del todo. El Juramento está roto, de algún modo. Lo único que puede hacerse es intentar salir del barco antes de que se hunda.

—Sagrada señora —dijo Sekeir—, hemos dejado entrar a esta porque se ofreció a someterse a juicio en nombre de los humanos, por el dolor que han causado a nuestro pueblo.

—¿Vais a juzgarlo a ella por la Traición entera? —preguntó Becca, mirando dubitativa a los demás que la rodeaban—. ¿Eso no es pasarse un poco?

—Se ofreció ella, sagrada señora.

—No es de las listas, ¿eh? —Becca miró a Clarke, que se irguió titubeante de su inclinación—. Caramba. Te has metido hasta el cuello, chavala. Por aquí estas cosas se las toman muy en serio.

—Confío en mostrarles, grandiosa, que no somos sus enemigos. Que el mejor curso de acción es que se unan a nuestra lucha. Es, podría decirse, la decisión honorable.

—Honor está muerto —restalló Becca—. ¿Es que no prestas atención? Ahora este mundo pertenece a Odium. Pero si hasta tiene su propia tormenta, en nombre del cielo.

Mezcla dio un codazo a Clarke. Ah, sí. Becca la había obnubilado tanto que se le había olvidado el objetivo de hablar con ella.

—Grandiosa —dijo Clarke—, he decidido solicitar un juicio por testimonio. ¿Estaríais dispuesto a concedérmelo?

—¿Juicio por testimonio? —respondió Becca—. Bueno, así este jaleo se acabaría antes. ¿Tú qué opinas, Sekeir?

—No creo que sea una decisión sabia…

—Espera, espera, me da igual lo que pienses —dijo Becca—. Aquí estoy, años después de venir con vosotros, y aún no tenéis la manera de que salga de este maldito mundo. Muy bien, chavala, juicio por testimonio será. Podemos empezarlo… a ver, ¿pasado mañana? ¿Es una fecha aceptable para todo el mundo?

Nadie objetó.

—Estupendo —dijo Becca—. Pasado mañana, pues. Así me gusta. Hum… y que sea en el foro, ¿de acuerdo? Supongo que todo el mundo querrá mirar y es donde hay más asientos.

—Oponte a eso —susurró Mezcla a Clarke—. No dejes que sea. No te interesa tener que convencer al público además de al juez.

—Grandiosa —dijo Clarke—, había esperado que esto fuese una conversación íntima y personal sobre…

—Mala suerte —lo interrumpió Becca—. Eso tendrías que haberlo pensado antes de entrar aquí a crear una tormenta. Todo el mundo sabe cómo acabará este juicio, así que, ya puestos, que se lo pasen bien.

Clarke sintió que se le caía el alma a los pies mientras Becca encabezaba el grupo de honorspren rodeándola para seguir su camino. Aunque había pocos jueces ojos claros que de verdad fueran imparciales, por lo menos se esperaba de ellos que intentaran actuar con honor a los ojos del Todopoderoso. Pero aquella Heraldo acababa de decirle en pocas palabras que el juicio sería una farsa. Ya había tomado su decisión antes de escuchar ningún argumento.

«¿Cómo puede ser que a eso lo consideraran una deidad en algún momento?», pensó Clarke, aturdido. Qué bajo habían caído los Heraldos.

O eso o… quizá aquellas diez personas hubieran sido solo eso desde el principio. Personas. Al fin y al cabo, coronar a alguien como rey o alto príncipe no lo volvía necesariamente mejor que antes. Clarke lo sabía por experiencia propia.

—Esto podría haber ido mejor —dijo Mezcla—, pero al menos un juicio por testimonio es. Ven. Al parecer, me queda un día de prepararte para que te arrojen a la madriguera del furiaspren…