83. LOS JUEGOS DE HOMBRES Y CANTORES
Recuerdo muy poco de esos siglos. Soy un borrón. Una mancha en la página. Una macilenta franja de tinta que se vuelve más insustancial a cada día que pasa.
Venli estaba arrodillada en el suelo de un pasillo apartado en la decimocuarta planta de Urithiru. Las piedras le susurraban que el lugar se había llamado Ur en otro tiempo. La palabra significaba «original» en canto del alba. Un lugar antiguo, con piedras antiguas. Había un spren viviendo allí. No había muerto, como proclamó Rabeniel. Aquel spren era las venas de la torre, su metal interno y el cristal que recorría paredes, techos, suelos. Las piedras no las había creado ese spren, aunque un portentoso proyecto las había cambiado de forma. Había convertido Ur, la montaña original que se había alzado allí antes. Las piedras recordaban ser esa montaña. Recordaban muchísimas cosas, que expresaban a Venli. No con palabras. Más bien eran impresiones, como las que dejaba una mano en el crem antes de que se secara. O la impresión que dejaban las manos de Venli en el suelo al hundirse en la anhelante piedra. Recuerda, susurraban las piedras.
Recuerda lo que has olvidado.
Venli recordó estar sentada a los pies de su madre siendo niña, escuchando las canciones. La música había fluido como el agua, grabándole en el cerebro los surcos de sus memorias igual que el paso del tiempo tallaba canales en la piedra. Los oyentes no eran como los humanos, que crecían lentos como árboles. Los oyentes crecían como enredaderas, rápidos y ansiosos. A los tres años Venli ya cantaba con su madre. A los diez, la habían considerado adulta. Recordaba aquellos años, su admiración por Eshonai, que tan grande parecía aunque solo fuera un año mayor que ella. Tenía vagos recuerdos de agarrar el dedo de su padre mientras él cantaba con su madre. Se acordó del amor. La familia. Abuelos, primos. ¿Cómo lo había olvidado? De niña, la ambición y el amor habían sido como los dos lados de su cara, cada uno con su propia y colorida pauta. Al sonido de los ritmos de Odium, un lado había brillado mientras el otro se marchitaba. Venli se había transformado en una persona que solo quería cumplir sus objetivos, no porque esos objetivos fuesen a ayudar a otros, sino por los objetivos en sí mismos.
Fue en ese momento cuando Venli vio por sí misma la profundidad de sus mentiras. Afirmaba ser de todas las Pasiones, pero ¿dónde estaba el amor que había sentido una vez? ¿El amor por su madre? ¿Por su hermana? ¿Por sus amigos? Durante un tiempo, hasta había olvidado su amor por Demid, aunque había ayudado a despertarla.
No le parecía correcto estar utilizando la luz de Odium para practicar su potenciación, pero las piedras le susurraban que estaba bien. Odium y su tono habían pasado a formar parte de Roshar, igual que Cultivación y Honor, que tampoco fueron creados junto con el planeta, se habían convertido en parte de él. El poder de Odium era natural y no era más adecuado ni menos que ninguna otra parte de la naturaleza. Venli buscó otra cosa. El tono de Cultivación. Quizá la canción de Odium la empapara, alimentando sus poderes y encendiendo sus emociones, pero ese otro tono… había pertenecido a su pueblo mucho antes de que él llegara. Mientras lo buscaba, escuchó las canciones de su madre en la mente. Como cadenas, clavadas con estacas a la piedra para mantenerlas fuertes en las tormentas, se extendían hacia atrás en el tiempo. A través de las generaciones. Hasta su pueblo, abandonando el campo de batalla. Marchándose en vez de seguir disputando el mismo terreno una y otra vez. No solo habían rechazado a los dioses cantores, sino también el mismo conflicto. Aferrándose a la familia, cantando a Amor a pesar de sus formas grises, habían renunciado a la guerra y emprendido un nuevo camino. El tono llegó de sopetón a su mente y Cultivación y Odium se mezclaron componiendo una armonía que resonó a través de Venli. Abrió los ojos mientras el poder emanaba de ella y se extendía por las piedras. Empezaron a temblar y vibrar al son de su ritmo, líquidas, formando picos y valles que concordaban con la música. El suelo, el techo y las paredes ondearon a su alrededor y en la piedra se formó una hilera de personas. Moviéndose, vivas de nuevo, alejándose del dolor, de la guerra, de la matanza.
Libertad. Las piedras le hablaron en susurros de la libertad. La roca parecía permanente, inmutable, pero vista desde el marco temporal de los spren, estaba siempre cambiando. Cambiando a propósito. A lo largo de los siglos. Venli no había conocido a sus antepasados, pero conocía sus canciones. Podían cantarlas e imitar su coraje. Su amor. Su sabiduría.
El poder se le escapó, como hacía siempre. El tono se disipó y su control sobre la piedra terminó. Necesitaba más práctica y más luz. Aun así, no le hizo falta el canturreo alentador de Timbre para mantener el ánimo elevado mientras se levantaba. Porque delante de ella tenía, en miniatura, una escultura de sus antepasados emprendiendo el camino hacia lo desconocido. Y sobre todo, tenía sus canciones. Gracias a las aplicadas e insistentes enseñanzas de su madre, las canciones no habían muerto con los oyentes.
Una hora más tarde, Venli caminaba por los pasillos mucho más abajo en la torre, esperando a Leshwi. Se reunía con la Celestial casi todos los días. Rabeniel sabía que estaban teniendo lugar esos encuentros, por supuesto. Y Leshwi sabía que Rabeniel lo sabía. Aun así, Venli hablaba con Leshwi en secreto: todo aquello formaba parte de la danza política entre los Fusionados. Se juntaron como por casualidad. Leshwi pasó flotando solemne por un pasillo en el momento acordado, arrastrando la larga cola negra de su vestido por la piedra del suelo. Venli adaptó su paso al de su señora.
—El Perseguidor ha encontrado a los padres de la Corredora del Viento, antigua —dijo Venli—. Estoy segura de ello. Ha apostado a dos regios en forma nocturna en la enfermería de los Radiantes.
—¿Quiénes?
—Urialin y Nistar.
—«Luz» y «Misterio» —dijo Leshwi, traduciendo sus nombres desde el idioma antiguo. Como muchos otros regios, habían adoptado nombres nuevos al despertar—. Sí, es una señal. Pero el Perseguidor no es tan sutil. Si investigas, sospecho que descubrirás que fue Rabeniel quien sugirió a esos dos.
—¿Qué hacemos? —preguntó Venli a Ansiedad.
—De momento, nada. Mi autoridad se extiende lo suficiente para protegerlos. Esto es una mera advertencia.
—Rabeniel amenaza con entregar los humanos al Perseguidor —dijo Venli—. Por eso colocó a esos dos guardias. Para restregarnos su ventaja en la cara.
—Quizá —respondió Leshwi, flotando con las manos a la espalda—. Quizá no. Rabeniel no piensa como los demás Fusionados, Venli. Ella escucha una canción mucho más grandiosa. Una combada y retorcida, pero que pretende cantar sin la tradicional consideración por los planes de Odium ni por los de Honor, ahora muerto.
—Ha creado un bando propio, entonces —dijo Venli—. Tiene intención de enfrentar a los dos ejércitos entre ellos y sacar provecho.
—No extrapoles tus ambiciones mortales a Rabeniel —repuso Leshwi a Escarnio—. Piensas muy poco a lo grande, Venli, para comprenderla. Hasta yo pienso muy poco a lo grande para hacerlo. En todo caso, has hecho bien en informarme. Vigila por si aparecen otras señales como esta.
Llegaron al atrio y el pasillo que habían recorrido desembocó en él como un río en un mar. Allí los Celestiales flotaban hacia arriba y hacia abajo, transportando material para los exploradores y los Enmascarados de las plantas superiores. Seguían montando guardia por si aparecían Corredores del Viento. La farsa ya estaba deshilachándose a esas alturas, y Rabeniel estaba convencida de que Bellamy Griffin ya no se la creía, de que sabía que algo andaba muy mal en la torre. Podían haber llevado ese material a los pisos de arriba por medio de los elevadores. Pero Rabeniel había puesto a trabajar a los Celestiales, dejando muy claro que poseía tanto la autoridad como la predisposición a mantenerlos ocupados. Eso había ahuyentado a muchos de ellos, que preferían sus moradas de Kholinar. Quizá por eso lo había hecho Rabeniel. Leshwi, en cambio, obedecía. Ascendió un poco para rebasar la barandilla y la larga cola de su ropa la rozó antes de caer colgando en el aire abierto por debajo de ella. Otra Celestial pasó elevándose a su lado, con una estela de ropa dorada y roja.
—Antigua —dijo Venli a Ansia cuando llegó a la barandilla—. ¿Por qué estamos observando a Rabeniel si no es para entender cómo pretende obtener ventaja sobre nosotras? ¿Qué propósito tiene mi espionaje?
—Observamos —respondió Leshwi mientras descendía para situarse al nivel de los ojos de Venli— porque estamos asustadas. Para Rabeniel, los juegos de hombres y cantores son nimiedades, pero también lo son sus mismas vidas. La vigilamos, Venli, porque queremos que siga existiendo un mundo cuando haya terminado con sus intrigas.
Venli tuvo un escalofrío y armonizó a los Terrores. Cuando Leshwi se marchó volando, Venli tomó un elevador, acosada por esas palabras. «Los juegos de hombres y cantores son nimiedades… pero también lo son sus mismas vidas.»
La siniestra afirmación hizo descender a Venli de su anterior optimismo. Al salir del elevador, decidió pasarse a ver cómo iban Rlain y los demás. No pudo evitar armonizar a Agonía al pensar en que aquellos regios estaban en la enfermería. Por lo menos, el cirujano y su esposa tenían el buen juicio de mantenerse casi todo el tiempo fuera de vista. Venli se metió en la parte separada de la cámara, donde ese día estaba de guardia Hesina. La mujer saludó con la cabeza al ver entrar a Venli y luego hizo una mueca y lanzó una mirada hacia los demás que estaban dentro. Había un humano nuevo al que Venli no identificó, que estaba de pie con la mirada gacha y sin hablar. La tensión en la estancia procedía por completo de Lirin y Rlain discutiendo al fondo, el segundo canturreando en voz baja a Traición. ¿Qué estaba pasando?
—No puedo creerme lo que oigo —dijo Rlain—. ¡Es que no me lo creo! ¡Pero si es tu hija!
—Mi hija murió hace tiempo, hombre del puente —replicó Lirin, que esta preparando a toda prisa una pequeña bolsa llena de instrumentos quirúrgicos—. Raven no dejaba de intentar explicármelo y solo he empezado a comprenderlo hace poco. Ya no quiere seguir siendo mi hija. Si es el caso, me cuesta poder verla como nada que no sea una asesina y una agitadora. Alguien que con su temeridad no solo ha puesto en peligro a mi familia, sino las vidas de todos los humanos en la torre con su rencor vengativo.
—¿Así que vas a dejar que muera? —preguntó Rlain con brusquedad.
—Yo no he dicho eso —espetó Lirin—. No me pongas palabras en la boca. La atenderé, como atendería a cualquier herido.
—¿Y después? —insistió Rlain—. Has dicho…
—He dicho que ya veremos —lo interrumpió Lirin—. Es posible que tenga que traérmela aquí abajo para proporcionarle cuidados a largo plazo.
—¡Estarías entregándola para su ejecución!
—Si es lo necesario, que así sea. Yo haré mi trabajo como cirujano, y Raven podrá afrontar las consecuencias de sus actos. Se acabó eso de ser un peón en ningún juego mortal. De ningún bando.
Rlain echó las manos arriba.
—¿Qué sentido tiene intentar salvarla si pretendes hacer que la maten?
—¡Bajad la voz! —susurró Venli, mirando entre las finas sábanas a los ocupantes de la cámara de fuera—. ¿Qué está pasando aquí?
Lirin miró furibundo a Rlain, que de nuevo canturreó a Traición.
—Nuestra hija sobrevivió a los sucesos del otro día —dijo Hesina a Venli—. Este es un amigo suyo. Dice que los poderes de Raven no funcionan bien y sus heridas no están sanando. Está en coma y muriendo poco a poco por lo que suena a sangrado interno.
—O eso o una infección —añadió Lirin, metiendo más cosas en su bolsa—. Por la descripción, no puedo estar seguro.
—No vamos a llevarte con ella —dijo Rlain— a menos que prometas no entregarlos a ella y a Marcus al enemigo.
Miró al otro hombre de la sala, el recién llegado, que asintió mostrando su acuerdo.
—Entonces morirá sin remedio —restalló Lirin—. Será sangre en vuestras manos.
Los dos trabaron miradas furiosas y Venli armonizó a Irritación. Como si no tuviera bastantes cosas de las que preocuparse.
—Iré yo —dijo Hesina. Se acercó y cogió la bolsa de cirugía de la mesa.
—Hesina…
—También es hija mía —dijo ella—. Vamos para allá, Rlain. Puedo enseñarte a tratar la fiebre y darle unos antiinflamatorios y algo para combatir la infección.
—¿Y si resulta que es sangrado interno? —preguntó Lirin—. Necesitará cirugía. No puedes hacer una operación como esa en cualquier sitio, Hesina.
Lirin sonaba enfadado, pero lo que había a sus pies eran miedospren, no furiaspren. El cirujano dio media vuelta y fingió ordenar sus instrumentos. Pero los humanos estaban tan repletos de emoción que la derramaban. No podía ocultar a Venli lo que sentía. Frustración. Inquietud.
Podía decir lo que quisiera, pero quería a su hija.
—Hay que traerla aquí —dijo Lirin, su voz cargada con un dolor tan evidente como cualquier ritmo—. Iré con vosotros para ayudarla. Luego… quiero que escuchéis mi sugerencia. Si está en coma, de verdad necesitará cuidados a largo plazo. Podemos dejarla en esta cámara y fingir que está inconsciente como los demás. Es la mejor opción.
—Ella preferiría morir —susurró el recién llegado. Había algo raro en su voz que Venli no conseguía situar. Farfullaba las palabras.
El recinto quedó en silencio. Salvo por una cosa.
Timbre vibraba emocionada en el interior de Venli. La pequeña spren estaba siendo tan ruidosa que Venli temió que los demás la oyeran. ¿Cómo podían no hacerlo?
—En algún momento tenía que pasarle a Rav —dijo Lirin en tono taciturno—. La mayoría de los soldados no mueren en el campo de batalla, ¿lo sabíais? Mueren muchos más de sus heridas días más tarde. Mi hija os enseñó a hacer triaje, ¿verdad? ¿Qué os dijo de gente con heridas como las suyas?
Los dos antiguos hombres del puente se miraron.
—Hay que ponerlos cómodos —respondió el hombre que farfullaba—. Darles de beber. Medicinas para el dolor, si puedes permitírtelas. Para que estén tranquilos cuando… cuando mueran.
La estancia volvió a quedar en silencio. Excepto por Timbre, que casi estallaba de tanto ruido que hacía.
Es el momento. Es el momento. ¡Es el momento!
Cuando Venli hablo, casi le pareció que era Timbre quien decía las palabras y no ella.
—¿Y si supiera de una Danzante del Filo cuyos poderes aún parecen funcionar? ¿Y si creo que podríamos rescatarla?
No costó mucho tiempo explicarles el plan. Venli llevaba días ya pensándolo, y solo le había faltado un poco de práctica con sus poderes y una pequeña ayuda de Rlain. La Danzante del Filo estaba prisionera en la misma celda que había ocupado Rlain no hacía tanto. Venli podía atravesar esa pared con facilidad; tenía el suficiente control sobre sus poderes. Lo complicado sería llevar a cabo el rescate sin revelar su participación en él. Timbre latió molesta mientras Venli y Rlain se apresuraban en dirección a la celda. El humano, Macallan, iba por otra ruta. Venli no quería que la vieran caminando con él.
—¿De dónde has sacado una hoja esquirlada? —preguntó Rlain en voz baja, a Curiosidad—. ¿Y cómo es que no saben que la tienes?
—Es una larga historia —dijo Venli. Sobre todo porque aún no se le había ocurrido una mentira adecuada.
—Es la de Eshonai, ¿verdad? ¿Sabes qué le pasó a ella? Sé que dijiste que está muerta, pero… ¿cómo?
«Murió controlada por un vacíospren —pensó Venli—, porque yo la engañé para que invitara a uno a su gema corazón. Cayó a un abismo después de luchar contra un portador de esquirlada humano y se ahogó. Sola. Yo encontré su cadáver y, siguiendo las instrucciones de un vacíospren, lo profané al robarle sus esquirlas. Pero no las tengo.»
Había muchas cosas que podría haber dicho.
—No. La obtuve de un humano muerto. La vinculé de camino hacia Kholinar, antes de que los Fusionados nos encontraran a mí y a los demás.
—¿Fue entonces cuando… cuando…? —Rlain armonizó al Ritmo de lo Perdido.
—Sí —respondió Venli al mismo ritmo—. Cuando tomaron al resto de nuestros amigos. A mí me dejaron porque Odium quería que viajara por ahí, contando mentiras sobre nuestro pueblo para «inspirar» a los cantores recién despertados.
—Lo siento —dijo Rlain—. Debió de ser difícil para ti, Venli.
—Sobreviví. Pero si vamos a salvar a esa Radiante, tenemos que estar seguros de que los Fusionados no podrán descubrir que la incursión es cosa nuestra. Tú no puedes intervenir, Rlain. El humano tendrá que ocuparse de la distracción por su cuenta.
Rlain canturreó a Consideración.
—¿Qué pasa? —preguntó Venli.
—Macallan no es la persona a quien yo encargaría algo como esto —dijo—. Hasta hoy, pensaba que era mudo por completo.
—¿Es de fiar?
—Absolutamente —dijo Rlain—. Es del Puente Cuatro. Pero… bueno, me gustaría saber por qué estuvo tanto tiempo sin hablar. Las carreras de puente lo afectaron mucho, eso lo sé, pero hay algo más. —Canturreó a Determinación—. No intervendré a menos que algo salga mal.
—Si lo haces, tendremos que escondernos todos —afirmó Venli a Escepticismo—. Así que más vale que estés muy seguro antes de mover ni un dedo.
Rlain asintió, canturreando todavía a Determinación, y se separaron en la siguiente encrucijada. Venli buscó una parte concreta y tranquila del pasillo, iluminada solo por la esfera que llevaba en la mano. La mayoría de los humanos se mantenían lejos de aquella zona, porque las tropas del Perseguidor estaban alojadas cerca. Las ocasionales órdenes que daba Rabeniel de mantener la paz en la torre a duras penas bastaban para contener a esos soldados. Armonizó a Paz, un ritmo que los oyentes usaban a veces para medir el tiempo. Al otro lado de aquella pared estaba la celda. Cuando se acercó el cuarto movimiento del ritmo, Venli apretó la mano contra la piedra y absorbió luz del vacío de unas esferas que había solicitado justo antes para reemplazar la que había utilizado.
Tormentas, esperaba que nadie informara a Rabeniel de la ingente cantidad que estaba llevándose.
Timbre latió alentadora. Aquella piedra, como la de antes, respondió al toque de Venli. Se estremeció y se onduló, como si le estuvieran haciendo un buen masaje en la espalda. La piedra le susurró: Muévete hacia el lado. Guio a Venli hasta el punto correcto por el que abrir la celda. Los ritmos de Timbre palpitaron a través de la ropa, haciendo que vibrara al Ritmo de la Esperanza. Llegó el cuarto movimiento de Paz, el momento en que Rlain haría una señal a Macallan para que entrara a llevar comida a los guardias. Sería solo otro sirviente haciendo su trabajo. Nada raro, aunque ese día la comida llegase un poco pronto. Timbre se regocijó al Ritmo de la Esperanza mientras Venli metía la mano en la piedra. Fue una sensación buena, cálida y envolvente. Al contrario que los Profundos, Venli sí que desplazaba la piedra. Se volvía como crem en sus dedos, blanda al tacto. No era lo bastante experta para hacer que se moviera por sí misma y adoptara las formas que ella quería. La piedra solía hacer actuar por iniciativa propia en esos casos, como cuando había creado las diminutas estatuas en el suelo de arriba. Así que de momento, Venli se limitó a empujar con la mano hasta que llegó al aire al otro lado. Entonces apretó también con la otra mano y las separó, haciendo que la roca normalmente dura se apretujara y se curvara empujada por sus manos hasta abrir un hueco en la piedra. Un sorprendido par de ojos humanos apareció al otro lado del agujero, de unos treinta centímetros de longitud, y la miró a través de él.
—Voy a sacarte de ahí —susurró Venli al Ritmo de la Súplica—, pero tienes que prometerme que no le contarás a nadie lo que he hecho. No les hablarás de los poderes que estoy utilizando. Ni siquiera a otros Radiantes. Creen que estoy sacándote con una hoja esquirlada.
—¿Qué eres? —susurró la humana en alezi.
—Promételo.
—Vale, prometido. Hecho. Date prisa. Los guardias están comiendo, y ni siquiera han querido darme un poquito.
Venli siguió apartando la piedra. Requirió muchísima luz del vacío, y Timbre latió a Consuelo: al parecer, consideraba los esfuerzos de Venli rudimentarios, carentes de fineza y habilidad. Pero en fin, cumplieron su propósito. Venli logró hacer un agujero lo bastante grande para la chica humana. Cuando Venli soltó la piedra, se endureció al instante y tuvo que quitarse unos trocitos de los dedos. La chica palpó la piedra y luego saltó a través de ella. Con un poco de suerte, los guardias supondrían que algún Custodio de la Piedra humano había sobrevivido y había salvado a la chica. Venli hizo un gesto a la Danzante del Filo para que la siguiera, pero la chica titubeó. Parecía a punto de salir corriendo en otra dirección.
—Por favor —dijo Venli—, te necesitamos. Para salvar una vida. Si huyes, ella morirá.
—¿Quién?
—Bendita por la Tormenta —respondió Venli—. Por favor, ven conmigo, deprisa.
—Eres una de ellos —dijo la chica—. ¿De dónde has sacado poderes Radiantes?
—Yo… no soy Radiante —dijo Venli—. Tengo poderes de los Fusionados, que son como los poderes Radiantes. Soy amiga de Rlain. ¿Ese oyente que fue hombre del puente? Por favor. No te habría liberado solo para ponerte en peligro, ¡pero tenemos que irnos ya!
La chica ladeó la cabeza y luego asintió para que Venli la guiara. La Danzante del Filo la siguió con pies sigilosos, moviéndose de sombra en sombra.
«Eshonai andaba así también —pensó Venli—. Silenciosa en la naturaleza, para no perturbar la vida salvaje.» Pero aquella chica no tenía el mismo aire que su hermana.
Timbre latía satisfecha a Esperanza. Venli aún no podía sentir lo mismo, no hasta que supiera que no habían capturado a Rlain ni a Macallan. Llevó a la chica a una sala cercana para esperar.
—¿Eres una traidora, entonces? —le preguntó la joven.
—No sé lo que soy —dijo Venli—, aparte de alguien que no quería ver a una niña encerrada en una jaula.
Venli casi saltó hasta el techo cuando Rlain por fin entró acompañado de Macallan. El callado hombre del puente corrió a abrazar a la chica humana, que sonrió.
—Eh, muli —dijo ella—. Menudos amigos más raros te has echado. ¿Has visto un pollo por aquí, grande y rojo? Lo perdí cuando estaba escapando.
Macallan negó con la cabeza y se arrodilló delante de la chica.
—Sanación. ¿Funciona?
—¡Oye! —exclamó ella—. ¡Puedes hablar!
Él asintió.
—Di «contrafuerte» —le pidió la chica—. Es mi palabra favorita.
—¿Sanación? —preguntó él.
—Sí, aún puedo sanar. Creo. Debería poder ayudarla.
Macallan le cogió la mano, insistente.
—Iré con vosotros —dijo Rlain. Miró a Venli, que canturreó a Escepticismo para indicar que ella no. Tenía que ir con Rabeniel—. No me quedaré mucho tiempo —prometió a Venli—. No quiero levantar sospechas. —Los otros dos se marcharon, pero él se quedó atrás y canturreó a Apreciación—. Siento lo que te dije cuando me viste en la celda. No eres egoísta, Venli.
—Sí que lo soy —respondió ella—. En estos tiempos me confunden muchas cosas, pero de ese hecho estoy segura.
—No —dijo él—. Hoy eres una heroína. Sé que has tenido una época difícil, pero hoy… Rlain sonrió y canturreó de nuevo a Apreciación antes de salir detrás de los demás. Ay, si supiera la historia completa. Aun así, Venli se notó animada mientras descendía hacia las salas de los eruditos en el sótano de la torre.
—¿Puedo decir ya las palabras? —preguntó a Timbre.
El pálpito indicó una negativa. Todavía no.
—¿Cuándo? —preguntó Venli.
La respuesta fue un pulso sencillo, directo.
Lo sabrás.
