85. MACALLAN

¿Por qué iba yo a querer recordar?

Macallan llevaba toda la vida siendo diferente.

Era la palabra que había usado su madre. «Diferente.» A él le gustaba la palabra. No intentaba fingir. Era cierto que había algo diferente en él. Había tenido ya seis años cuando empezó a hablar. Aún no sabía hacer sumas de cabeza. Podía seguir instrucciones, pero se saltaba pasos si eran demasiado largas.

Era diferente.

Los cirujanos no habían sido capaces de explicar el motivo.

Decían que algunas personas eran diferentes y punto. Que Macallan siempre iba a ser así. La comadrona, cuando oyó hablar de él más adelante, había dicho que tenía el cordón umbilical alrededor del cuello cuando nació. A lo mejor esa era la razón.

De joven, Macallan había probado a rodearse el cuello con una cuerda para ver qué se sentía. No había saltado desde ninguna altura. No había atado el otro extremo a nada. No había pretendido morir. Solo se la había apretado un poco, para poder saber lo que había sentido el bebé Macallan.

Alguien lo había visto y todos se habían puesto frenéticos. Lo llamaron estúpido. No le dejaron tocar ninguna cuerda durante años.

Creían que era demasiado tonto para saber que le harían daño.

Solía meterse en líos como ese. Hacer cosas que otros nunca harían, sin comprender que eso daba miedo a la gente. Tenía que ir con mucho cuidado para no asustar a la gente normal. Les gustaba estar asustados de él. Macallan no sabía por qué. Era diferente. Pero no diferente en plan siniestro.

Todo había empeorado cuando murió su madre. La gente se había vuelto más mala ese día. No fue culpa de Macallan. Él ni siquiera había estado presente. Pero de pronto, todo el mundo era más malo. Terminó en la guerra, sirviendo a un ojos claros.

Lavándole la ropa.

Cuando la esposa del hombre dio a luz a un bebé ojos oscuros, todos se habían enfadado con Macallan. Él les había explicado que se equivocaban. La gente se equivocaba a veces.

No fue hasta mucho más tarde cuando comprendió que la brillante señora había mentido. Para que castigaran a alguien que no fuese su amante secreto. Macallan podía entender las cosas, si tenía tiempo para pensar en ellas. A veces.

Había acabado haciendo carreras de puentes. Macallan no recordaba mucho de esa época. Había perdido la cuenta de los días. En esos tiempos apenas había hablado. Estaba confuso. Estaba atemorizado. Estaba furioso. Pero no dejaba que la gente supiera que estaba furioso. La gente se asustaba y le hacía daño cuando estaba furioso.

Había hecho su trabajo, con más terror a cada día que pasaba, seguro de que iba a morir. De hecho, había decidido que ya debía de estar muerto. Así que cuando el caballo de un soldado del propio Sadeas lo había arrollado, empujado y derribado con el brazo roto, Macallan se había quedado acurrucado esperando la muerte.

Y entonces… Raven. Raven Bendita por la Tormenta. A ella le daba igual que Macallan fuese diferente. Le daba igual que Macallan se hubiera rendido. Raven lo sacó a rastras de la Condenación y le concedió otra familia.

Macallan no recordaba muy bien cuándo había empezado a salir de su conmoción de batalla. En realidad nunca se le había pasado del todo. ¿A quién se le pasaba? La gente aplaudiendo sonaba como cuerdas de arco destensándose. Las pisadas sonaban como cascos de caballo. O a veces oía a alguien cantar, como los parshendi, y volvía a estar allí. Muriendo.

Aun así, había empezado a sentirse mejor. El algún momento del camino, había empezado a reconocer en él a su antiguo yo. Solo que había pasado a tener una nueva familia. Tenía amigos.

Y ninguno de ellos había sabido que Macallan era diferente.

Bueno, pensaban que lo era, pero otra clase de diferente. Creían que lo había herido la batalla, como a todos los demás. Era uno de ellos. No sabían lo de su mente. Lo de cómo había nacido.

No le gustaba cuando la gente usaba la palabra «estúpido» para referirse a su forma de ser. La gente se llamaba estúpida entre ella cuando cometía errores. Macallan no era un error. Podía cometerlos, sí. Y entonces era estúpido. Pero no siempre. No podía pensar deprisa como los demás. Pero eso lo hacía diferente, no estúpido.

La estupidez era una elección.

En el pasado, su forma de hablar había revelado a los demás que era diferente. Macallan lo había descubierto al pasar de un trabajo a otro después de que su madre muriera. Cuando hablaba, lo sabían.

Así que… con el Puente Cuatro… había seguido sin hablar.

Así no podrían saberlo. Así no se darían cuenta de que era diferente a lo Macallan. Podría ser solo diferente a lo Puente Cuatro.

Y luego todo el mundo había empezado a conseguir spren.

Excepto él. Y luego la torre había empezado a hablarle. Y… y Macallan aún no estaba seguro de si había hecho una estupidez o no.

Pero ir a buscar a Rlain no había sido algo estúpido. De eso estaba seguro.

Así que ese día intentó no pensar en sus errores. Intentó no pensar que, si hubiera sido más fuerte, podría haber ayudado a Raven a luchar. Intentó no pensar en cómo había mentido a los demás al fingir que no podía hablar. Intentó concentrarse en lo que podía hacer en beneficio de todos.

Guio a Rlain en su ascenso por los túneles. Se cruzaron con cantores un par de veces. Rlain les habló, su voz tranquila y con ritmos, y los cantores los dejaron seguir. Subieron y subieron, y Macallan enseñó a Rlain una escalera oculta. Pasaron a hurtadillas entre las patrullas de guardias de la quinta planta.

Arriba y más arriba. El corazón de Macallan atronaba. Preocupante.

¿Madi se reuniría con ellos, como había prometido? Madi se conocía la torre mejor que ellos. Había dicho que podía llegar por su cuenta.

Pero ¿escaparía?

Cuando llegaron al punto de reunión acordado del noveno piso, la encontraron esperando. Estaba sentada en el suelo, comiendo un poco de curry con pan.

—¿De dónde has sacado eso? —le preguntó Rlain.

—Fusionados —dijo ella, con un gesto—. Es curioso. Tienen que comer. Supongo que eso significa que también hacen caca, ¿verdad?

—Supongo —dijo Rlain, con tono disgustado.

—¿No os parece toda una patada donde ya sabéis? —preguntó Madi—. Te hacen inmortal y vives siglos y más siglos. Puedes volar, o atravesar la roca, o cosas por el estilo. Pero te sigue tocando mear como a todo el mundo.

—No veo el sentido a esta conversación —dijo Rlain—. Deprisa. Tenemos que llegar con Raven.

Madi puso los ojos en blanco con un gesto exagerado antes de levantarse y dar a Macallan un poco de pan ácimo. Él asintió en agradecimiento y se lo guardó para más tarde.

—¿Cuándo empezaste a hablar? —le preguntó Madi.

—Tenía seis meses —respondió él—. Eso dijo mi madre.

—No, me refiero a… —Madi hizo un gesto hacia él.

Macallan notó que se sonrojaba y bajó la mirada a los pies.

—Podía desde hace tiempo. No lo hice y ya está.

—¿No querías hablar? A mí nunca me ha pasado. Menos una vez, cuando me zampé la cena de la reina, pero resulta que se la había dejado fuera, ¿sabes?, y no la tiró como habría debido. Es culpa suya, le dije, porque eso es como dejar una espada a vistas donde una niña podría pisarla y cortarse el pie o algo.

—¿Podemos seguir adelante, por favor? —pidió Rlain, exasperado.

Macallan los guio el resto del trayecto. Se notaba más ansioso.

¿Llegaba demasiado tarde? ¿Raven habría muerto mientras no estaba? ¿Había sido demasiado lento? ¿Demasiado diferente para haberse dado cuenta antes de lo que debía hacer?

Macallan los llevó al lugar de la décima planta, pero la puerta había dejado de funcionar. Había pasado demasiado tiempo desde que Raven la infundiera por última vez. Pero tenían a Madi, y cuando ella apretó la mano contra la gema, la puerta se abrió. Dentro olía a sudor y a sangre. Macallan pasó corriendo junto al banco donde Marcus yacía inconsciente y llegó hasta Raven. Estaba en el suelo, envuelta en mantas. Revolviéndose. Todavía viva.

—Tormentas —dijo Madi, acercándose.

La cara de Raven estaba cubierta de sudor. Tenía los dientes apretados y los párpados cerrados con fuerza. Se retorcía en sus mantas y daba suaves gruñidos. Macallan le había cortado la camisa para buscar heridas. Aunque había costras por todo el costado de Raven, lo peor era la infección. Se extendía por la piel desde el corte. Un rojo violento. Lleno de odio, cubierto de pequeños putrispren.

Madi retrocedió y se abrazó a sí misma.

—Tormentas.

—Nunca había… visto una fiebre como esa —dijo Rlain, alzándose por encima de los dos. ¿Sabría lo enorme que era en forma de guerra?—. ¿Y vosotros?

Madi negó con la cabeza.

—Por favor —dijo Macallan—. Por favor, ayuda.

Madi extendió la mano con la palma hacia delante y se iluminó de poder. La luz tormentosa se alzó de su piel como humo blanco y Madi se arrodillo. Retrocedió un poco cuando Raven volvió a hacer aspavientos, pero luego se lanzó hacia delante y le apretó la mano contra el pecho. La rojez retrocedió al instante y los putrispren huyeron, como si no pudieran soportar la intensidad de su contacto. Raven arqueó la espalda. ¡Le hacía daño!

Entonces se derrumbó en las mantas. Madi le apretó la otra mano en el costado y la herida siguió sanando, la rojez escapando. Madi arrugó la frente y se mordió el labio. Macallan hizo lo mismo. A lo mejor servía de algo. Madi empujó tanta luz tormentosa al interior de Raven que ella también empezó a brillar. Cuando Madi se echó hacia atrás, las costras cayeron del costado de Raven, dejando una piel suave y nueva.

—Ha sido… difícil —susurró ella—. Más difícil que cuando salvé a Gawx. —Se secó la frente—. Estoy sudando.

—Gracias —dijo Macallan, cogiéndole la mano.

—Puaj —dijo ella. Huy. Era la mano con la que Madi acababa de quitarse el sudor de la frente.

—Gracias —repitió él.

Ella se encogió de hombros.

—Mi maravilla, la parte de resbalar, ya no funciona. Pero esto sí. No sé por qué.

Rlain fue a cerrar la puerta. Macallan intentó poner cómoda a Raven, amontonando una manta para hacerle una almohada. Su amiga seguía inconsciente, pero ya durmiendo en paz.

—Tengo muchas preguntas, Macallan —dijo Rlain—. La primera de todas es: ¿por qué guardabas silencio cuando podías hablar?

—Eh…

—No tiene por qué decir nada si no quiere —intervino Madi. Ya había encontrado las raciones que guardaban allí y estaba comiendo. Caray.

—Es del Puente Cuatro —dijo Rlain—. Somos una familia. La familia no se miente.

—Lo siento —dijo Macallan en voz baja—. Es solo que… no quería que supierais que soy… diferente.

—Todos somos diferentes —respondió Rlain, cruzándose de brazos. Tormentas, qué miedo daba en su armadura de caparazón.

—Yo soy más diferente —dijo Macallan—. Yo… nací diferente.

—¿Te refieres a que naciste… ya sabes… retrasado? —preguntó Rlain.

Macallan torció el gesto. Odiaba esa palabra, aunque Rlain no la había dicho con odio. Para él era solo una palabra.

—Tocado —dijo Madi—. He conocido a muchos niños como él en la calle. No piensan igual que todos los demás. A veces pasa.

—A veces pasa —convino Macallan—. Me pasó a mí. Pero no lo sabíais. Así que no podíais tratarme como si estuviera… mal. Tú sabes lo que es ser más diferente, ¿verdad, Rlain?

—Supongo que sí —dijo él—. Pero no deberías creer que debes esconder lo que eres.

—Me arreglaré cuando tenga un spren —dijo Macallan—. Hacerme Radiante me sanará, porque se supone que mi cerebro no tendría que estar así. Me hice daño después de nacer. Me lo dijo la torre.

—¿La torre? —preguntó Rlain.

—La torre puede hablar —dijo Madi—. Es un spren.

—¿Y prometió curarte, Macallan?

Él asintió. Aunque la verdad era que no se lo había dicho con esas palabras. Empezó a preguntarse si le habría mentido. A la reina no le había hecho gracia que Macallan merodeara por ahí, haciendo recados al Hermano. A lo mejor debería sospechar más. Hasta de los spren.

Pero algún día… cuando fuese Radiante…

Rlain sacó del montón unas sábanas limpias para Raven. Macallan las había lavado antes, porque quería tener algo que hacer. Sacaron a Raven de la ropa de cama sudada y la envolvieron en…

—En nombre de la tormentosa Condenación, ¿se puede saber qué estáis haciendo, idiotas? —dijo una voz hosca detrás de ellos.

Macallan se quedó muy quieto. Entonces se dio la vuelta despacio.

Madi estaba sentada al final del estante de Marcus, masticando distraída una barrita de ración, grano creado por moldeado de almas, cocinado y prensado. Estaba apartando la mano del pie que Marcus tenía a la vista y emanaban bucles de luz tormentosa de su cuerpo.

Marcus, a su vez, estaba haciendo fuerza con los brazos para incorporarse.

Marcus estaba despierto.

Macallan dejó escapar un grito de alegría y se levantó de un salto.

Rlain solo empezó a tararear como hacía a veces.

—¿Qué? —dijo Madi—. ¿Se suponía que no tenía que sanar también al apestoso?

—¿Apestoso? —repitió Marcus, mirando bajo su manta—. ¿Dónde Condenación habéis metido mi ropa? ¿Qué me ha pasado? Estábamos en la taberna, ¿verdad? ¡Tormentas, mi cabeza!

—¿Puedes despertar a los Radiantes? —preguntó Rlain, acercándose deprisa y cogiendo a Madi por los brazos—. ¿Por qué no habías dicho nada?

—¿Qué? —replicó ella—. Mira, cabeza de caparazón, estaba en una tormentosa jaula. Mi spren se largó diciendo que iba a buscar ayuda y desde entonces no sé nada de él. Seguro que se unió a los Portadores del Vacío, el tormentoso traidor. No sé qué ha estado pasando en la torre. ¿Qué les pasa a los demás?

—¿En una jaula? —preguntó Marcus—. ¿Por qué? ¿Y dónde está mi tormentosa ropa?

—Hay mucho que explicar, Marcus —dijo Rlain—. La torre está ocupada por el enemigo y…

Se detuvo, frunció el ceño y lanzó una mirada hacia Raven.

Raven… estaba moviéndose. Callaron todos. Incluso Marcus. Raven parpadeó y abrió los ojos. Se tensó y entonces vio a Rlain y Macallan y se relajó, respirando hondo.

—¿Esto es un sueño? —susurró—. ¿O por fin me he despertado?

—Estás despierta, Rav —dijo Rlain, arrodillándose para poner a Raven la mano en el hombro—. Loados sean los tonos más puros. Estás despierta. Ha funcionado.

Macallan dio un paso atrás mientras Marcus decía algo, haciendo que Raven se incorporara de golpe… y se echara a reír de gozo. Había funcionado.

Macallan no era Radiante. No era valiente. No era listo. Pero ese día tampoco había sido estúpido.

En una ocasión, Raven había sacado a rastras a Macallan de la mismísima Condenación. Sentaba bien devolverle aquel acto de heroísmo con uno pequeño propio.