86. LA CANCIÓN DE LAS MAÑANAS

UN AÑO Y MEDIO ANTES

Según progresaba la guerra contra los humanos, Venli estaba cada vez más segura de haber tomado la decisión correcta.

¿Cómo podía su pueblo, tras generaciones de estancamiento, tener alguna esperanza de resistir por sí mismos en el mundo? Si los informes eran ciertos, los humanos volvían a tener potenciadores, como los de las canciones. Ulim tenía razón. Se avecinaba una guerra mayor que aquella. El pueblo de Venli debía estar preparado.

Venli estaba de pie con los brazos cruzados, armonizada a Confianza mientras veía una cuadrilla de guerra oyente regresar de una incursión. Eshonai y sus soldados habían triunfado y traían con ellos una enorme gema corazón. La propia Eshonai se la entregó a Denshil, que estaba al cargo de los cultivos de la ciudad. Los guerreros de Eshonai no tenían aspecto de vencedores. Ensangrentados, heridos, sus antiguas armas flaqueando en sus manos como lastradas por suelospren. No pocos soldados caminaban solos. Parejas de guerra que habían perdido a un miembro. Venli los observó con oculto regocijo. Seguro que estaban a punto de quebrarse. Si Venli lograba llevarles una forma de poder… ¿la aceptarían? Aún recordaba su propia vacilación, su debilidad, cuando había emprendido aquella senda hacía años. En aquella época se la consideraba una joven, aunque se hubiera desarrollado del todo. Transcurrido ese tiempo, ya era adulta. Veía las cosas con ojos de adulta.

Tomó un atajo por una calle secundaria de la antigua ciudad y pasó por grandes paredes cubiertas de crem que parecían altos riscos de piedra natural. Habría que hacer un corte profundo con una hoja esquirlada para encontrar la piedra labrada de su corazón. Aquella ruta era la más directa, así que Venli ya estaba esperando cuando Denshil pasó por allí con la gema corazón. Era flacucho hasta llevando la forma de trabajo, y tenía una piel jaspeada en rojo y negro que parecía auténtico mármol tallado, áspero y basto. Se sobresaltó al ver a Venli.

—¿Qué estás haciendo? —siseó Denshil a Ansiedad mientras Venli echaba a andar a su lado.

—Comportándome con naturalidad —respondió ella—. Estoy al mando de nuestros estudiosos. Es normal que visite a nuestros granjeros y vea cómo progresa su trabajo.

Denshil siguió pareciendo nervioso, pero al menos armonizó a Paz mientras andaban. No tenía importancia. Se cruzaron con pocos oyentes por las calles. Todos los que no eran imprescindibles como granjeros, cuidadores o en otros trabajos esenciales se habían unido a Eshonai. Con una poesía que rayaba en la perfección, eso garantizaba que los oyentes más valerosos, los que más probable era que se resistieran a Venli cuando les llevara la forma tormenta, estuvieran combatiendo en el frente a diario, muriendo. Cada uno de sus cadáveres acercaba a Venli un paso más hacia su objetivo. Había dejado de fingir que aquello era solo para proteger a su pueblo. A medida que iba siendo más ella misma y ganaba confianza, había terminado por decidir lo que de verdad quería. La auténtica libertad, acompañada del poder para asegurarse de que jamás tendría que depender de nadie, oyente o spren. La verdadera libertad no podía existir mientras otra persona tuviera poder sobre una. De modo que sí, su trabajo tenía por objeto ayudar a su pueblo, en parte. Pero muy en el fondo de Venli, donde se iniciaban los ritmos, se había prometido a sí misma que ella sería quien más libertad obtuviera.

—¿Cómo va tu trabajo? —preguntó Venli a Confianza.

El ritmo de Denshil cayó de nuevo en la Ansiedad. Necio granjero. Más valía que no los delatara.

—Los demás me creen —dijo él en voz baja—. Y hacen bien, porque en realidad no estoy contándoles ninguna mentira. Si tallamos estas gemas corazón como hacen los humanos, retienen más luz tormentosa. Pero no les menciono los trocitos adicionales que tallo antes de entregar las gemas facetadas a los campos.

—¿Cuánto te has guardado?

—Varios centenares de gemas.

—Necesito más —dijo Venli.

Denshil armonizó a Irritación con todo el descaro del mundo.

—¿Más? Pero ¿qué clase de ritmo loco estás escuchando?

—Necesitamos una para cada oyente de la ciudad.

—No puedo —dijo él—. Si tú…

—Puedes —lo interrumpió Venli a Reprimenda—. Y lo harás. Talla las gemas más pequeñas. Entrega menos a los campos.

—¿Y si acabamos muriendo de hambre por culpa de eso? Las gemas se rompen, ¿sabes?, cuando les cantas. Se nos van a terminar.

—No viviremos lo suficiente para pasar hambre, Denshil. No si los humanos llegan hasta aquí. No si encuentran a tus niños y les arrebatan sus canciones…

El hombren armonizó a Anhelo al instante. Los oyentes tenían pocos hijos en los últimos tiempos. La mayoría habían dejado de adoptar la forma carnal hacía años, y en todo caso nunca habían sido tan fértiles como al parecer eran los humanos.

—Piensa en cómo podrías mejorar las cosas —dijo Venli—. Para ellos, Denshil. Para tu hija.

—Deberíamos llevar esto ante los Cinco —repuso él.

—Y lo haremos. Podrás ver con tus propios ojos cómo les expongo la propuesta. Esto se hará como es debido; tú y yo estamos preparando el camino, nada más.

Denshil asintió y Venli dejó que se adelantara correteando hacia el antiguo edificio donde practicaba la talla de gemas, un arte que le había enseñado Ulim.

«Di un nombre al viento y volverá», pensó, reparando en una luz roja que emanaba del interior de un viejo edificio abandonado.

Habían tenido que sacar la ventana para poder entrar. Venli se acercó paseando y Ulim salió por el alféizar, invisible para todos menos para quienes elegía.

—Has aprendido a mentir muy bien —dijo el spren a Sumisión.

—Así es —respondió ella—. ¿Estamos preparados?

—Casi. Siento la tormenta en el otro lado. Creo que ya está casi aquí.

—¿Crees? —preguntó Venli con brusquedad.

—No puedo ver en Shadesmar —espetó él a Mofa.

Venli no comprendía del todo las explicaciones de Ulim sobre lo que estaba ocurriendo. Pero sabía que en Shadesmar estaba acumulándose una tormenta. De hecho, llevaba generaciones creciendo, incrementando su furia, su intensidad. Bloqueaba el camino a Condenación. Esa tormenta era de donde procedía el propio Ulim en un principio. También había en ella millares de otro tipo de spren:

tormentaspren. Eran criaturas sin mente, como los vientospren o los llamaspren. Venli tenía que buscar la manera de atraer a esos spren fuera de Shadesmar y capturarlos. Con ese objetivo, el dios de dioses, el antiguo llamado Odium, había separado una gran porción de la bullente tormenta. Esa tormenta era su fuerza, su esencia. A lo largo de dolorosos meses, había desplazado esa tormenta por el terreno, inadvertida, hasta llevarla allí. Más o menos. Casi.

—¿Qué pasará cuando mi tormenta llegue a este mundo? —preguntó Venli a Curiosidad.

—¿Tu tormenta?

—Soy yo quien va a invocarla, spren —dijo ella—. Es mía.

—Sin duda, sin duda —dijo él. Un poco demasiado deprisa, y con demasiados aspavientos. Ulim se había vuelto servil en los últimos años, y le gustaba fingir que su traición a Venli en el palacio de Griffin nunca había tenido lugar.

—Cuando esta tormenta llegue, me servirás —afirmó Venli.

—Ya te sirvo.

—Apenas. Promételo. Me servirás.

—Serviré —dijo él—. Lo prometo, Venli. Pero antes tenemos que traer los tormentaspren a este lado. Y convencer a los oyentes de que tomen las formas.

—Lo segundo no será un problema.

—Estás demasiado segura de eso —objetó él—. Recuerda, mataron al rey alezi justo para impedir que sucediera esto. Los muy traidores.

Ulim se había obsesionado con esa idea. Aunque había sido él quien había convencido a Venli de buscar a la esclava con la hoja de Honor y quien había acordado ayudar a empezar una guerra para desesperar a su pueblo, no era capaz de sobreponerse al razonamiento del que se habían valido los oyentes. Ulim no se había enterado de la experiencia de Eshonai con el rey Gavilar hasta semanas más tarde, y se había puesto hecho una furia.

¿Cómo se atrevían los oyentes a hacer precisamente lo que él quería pero por los motivos equivocados?

Pequeño spren estúpido. Venli armonizó a Escepticismo… y casi sintió algo distinto, algo más. Un ritmo mejor. Justo fuera de su alcance.

—Piensa menos en eso —dijo Venli— y más en tus deberes.

—Sí, Venli —respondió él, con voz arrulladora y hablando a Sumisión—. Vas a quedarte pasmada con el poder que obtendrás de la forma tormenta. ¿Y la tormenta gigantesca que traerás a este lado? No se parecerá a nada que el mundo haya visto jamás. El poder en crudo de Odium, recorriendo el mundo en la dirección inversa. Arrasará a los humanos, los dejará hechos polvo y fáciles de conquistar. Maduros para tu dominio, Venli.

—Basta —dijo ella—. No te empeñes tanto en convencerme, Ulim. No soy la niña que encontraste al llegar aquí. Cumple con tu tarea y pon la tormenta en posición. Yo capturaré a los tormentaspren.

—Pero ¿cómo?

Cómo.

—Son los spren de las tormentas, ¿verdad?

—Bueno, de una tormenta —dijo Ulim—. En el pasado, se pasaban casi todo el tiempo dentro de gemas corazón. Odium bendecía por su propia mano al cantor, convirtiéndolo en algo parecido a la realeza. La verdad es que los tormentaspren no vagaban mucho por ahí.

¿Realeza? A Venli le gustaba cómo sonaba. Sonrió al imaginarse cómo la trataría Eshonai entonces.

—Mis estudiosos están confiados —afirmó Venli—. Por lo que les has dicho, y por los experimentos que hemos hecho con otros tipos de spren, creemos que si podemos reunir un pequeño grupo de tormentaspren en gemas, los demás pasarán a este lado con más facilidad.

—¡Pero necesitamos esa semilla inicial! —exclamó Ulim—. ¿Cómo?

Venli señaló con la barbilla hacia el cielo, donde sus imaginaciones habían atraído a un glorispren. Una enorme esfera brillante con alas a los lados.

—Esos aparecen cuando tenemos los pensamientos correctos. Cuando sentimos las cosas adecuadas. Así que dime, ¿qué es lo que atrae a los tormentaspren?

—Una tormenta… —dijo Ulim—. Podría funcionar. Merece la pena intentarlo.

Tendrían que experimentar. Incluso con la ayuda de Ulim, habían sido necesarios varios intentos para descubrir la forma diestra, y eso que era una forma relativamente fácil. Aun así, Venli estaba satisfecha con los progresos que hacían. Sí, había costado muchísimo más de lo que había previsto. Pero a lo largo de todos esos años, Venli se había convertido en la persona que era. Segura de sí misma como nunca lo había estado su yo más joven. Se volvió para dirigirse al lugar donde sus estudiosos analizaban las canciones, registradas en el sistema de escritura que ella misma había ideado. Por desgracia, al poco tiempo vio una figura alta y con armadura que caminaba en su dirección. Venli se desvió al instante por un callejón, pero Eshonai la llamó. Venli armonizó a Irritación. Eshonai la seguiría si apretaba el paso, así que lo redujo y se volvió. La hermana de Venli estaba rarísima en armadura esquirlada. La verdad era… que le quedaba bien. La armadura se amoldaba de manera sobrenatural a su forma, dejando espacio para su caparazón y adaptándose a su figura, pero era más que eso. A ojos de Venli, algunos de los demás oyentes en forma de guerra daban la impresión de estar jugando a ser soldados: sus caras no encajaban con su nueva corpulencia. Pero la de Eshonai sí. Eshonai de verdad parecía una soldado, con un cuello más ancho, una cabeza y una mandíbula poderosas y unas manos inmensas. Venli lamentó haber animado a Eshonai a visitar al anterior portador de esquirlada. No había esperado que, años más tarde, se sentiría pequeña en comparación con su hermana. Aunque la vida que llevaba Venli tenía muchos aspectos envidiables, con su posición, sus amigos y su responsabilidad, había una parte de ella que desearía haber podido obtener todo eso sin que Eshonai ascendiera también en la escala social.

—¿Qué quieres? —preguntó Venli a Irritación—. Tengo trabajo que hacer, Eshonai, y…

—Es madre —dijo Eshonai.

Venli armonizó de inmediato a los Terrores.

—¿Qué le pasa? ¿Qué ha ocurrido?

Eshonai armonizó a Resolución y llevó a Venli en silencio hasta la casa de su madre en las afueras de la ciudad. Era una estructura pequeña pero apartada, con espacio de sobra para proyectos de jardinería. Pero su madre no estaba en el jardín trabajando en su cortezapizarra. Estaba dentro tumbada en un camastro duro, con la cabeza vendada. Una estudiosa de Venli, Mikaim, que también era su cirujana, se apartó del catre.

—No es grave —dijo—. Las heridas en la cabeza pueden ser muy impresionantes, pero ha sido poco más que un rasguño. Lo que me preocupa es lo asustada que estaba. Le he dado algo para ayudarla a dormir.

Venli canturreó a Apreciación y Mikaim se retiró. Eshonai se quedó al otro lado del camastro, con el yelmo bajo el brazo, y durante un rato las dos canturrearon juntas a lo Perdido. Era muy infrecuente que las dos oyeran el mismo ritmo.

—¿Sabes lo que ha pasado? —preguntó Venli por fin.

—La han encontrado deambulando por otra meseta. Asustada, comportándose como una niña pequeña. Al principio no ha respondido a su propio nombre, aunque cuando la han traído aquí ya estaba lo bastante recuperada para empezar a responder preguntas sobre su infancia. No recordaba cómo se ha hecho daño.

Venli respiró hondo y escuchó el persistente Ritmo de lo Perdido, violento y con notas bruscas y separadas.

—Quizá tengamos que impedirle salir de su casa —dijo Eshonai.

—¡No! —exclamó Venli—. Eso nunca. No podemos hacerle eso, Eshonai. ¿Reclusión además de su dolencia?

Eshonai armonizó a Reconciliación y se sentó en el suelo, raspándolo un poco con su armadura esquirlada.

—Tienes razón, claro. Debemos permitirle que vea el cielo, que mire hacia el horizonte. A lo mejor podríamos conseguirle un sirviente. Alguien que la cuide.

—Es una medida aceptable —dijo Venli, moviendo los pies al lado del camastro. Tendría que ir a ver cómo les iba a sus estudiosos.

Eshonai se apoyó en la pared con mucho cuidado, por el peso de su armadura esquirlada. Cerró los ojos y canturreó a Paz. Le salió forzado, un poco demasiado alto. Estaba intentando sofocar otros ritmos.

«Se la ve más como ella misma, sentada así», pensó Venli absorta, recordando a Eshonai de niña. La hermana que levantaba del suelo a Venli cuando se hacía un raspón en la rodilla, la que perseguía cremlinos con ella. Eshonai siempre había parecido tan dinámica, tan viva… Como si intentara estallar, como si su alma forcejeara contra los confines de un cuerpo defectuoso.

—Tú siempre me llevabas hacia el horizonte —se descubrió Venli diciendo—. Hasta de niñas. Siempre corrías hasta la siguiente colina para ver qué había al otro lado.

—Ojalá pudiéramos volver a eso —dijo Eshonai a lo Perdido.

—¿A aquellos días ignorantes?

—A aquel júbilo. Aquella inocencia.

—La inocencia es un dios más falso que los de nuestras canciones —dijo Venli, sentándose al lado de su hermana—. La gente que la persigue terminará esclavizada.

Venli se dio cuenta de que se notaba exhausta. Había pasado demasiadas noches pensando en planes. Y la cosa empeoraría, porque tenía que empezar a salir a las tormentas para atrapar tormentaspren.

—Lamento habernos llevado a esto —susurró Eshonai a Reconciliación—. Hemos perdido a muchos. ¿Hasta dónde llegará? Y todo porque yo tomé una decisión rápida en un momento tenso.

—Esa esfera —dijo Venli—. La que te dio el rey Gavilar… Todos la habían visto, aunque se había vuelto opaca al cabo de unos meses.

—Sí. Un poder oscuro. Y aseguró que pretendía hacer regresar a nuestros dioses.

La esfera de Gavilar había puesto nervioso a Ulim. El pequeño spren decía que Gavilar no había estado colaborando con él, ni con ningún otro agente de Odium. Afirmaba que, de hecho, era hostil a ellos. Así que Ulim no tenía ni la menor idea de cómo había podido obtener la luz de Odium.

—A lo mejor —dijo Venli—, si los humanos buscan contactar con nuestros dioses, puede que nosotros también debamos explorar esa opción. Quizá lo que dicen nuestras canciones sea…

—Para —la interrumpió Eshonai a Reprimenda—. Venli, ¿qué estás diciendo? Tú deberías comprender mejor que muchos la necedad que sería eso.

«Siempre soy una necia para ti, ¿verdad?» Venli armonizó a Irritación. Por desgracia, aquella era la Eshonai a la que había llegado a conocer. No la niña que la animaba, sino la adulta que la contenía, que la ridiculizaba.

—Canta la canción conmigo —pidió Eshonai—. «Terribles y grandiosos eran, pero…»

—Por favor, no conviertas esto en otra lección, Eshonai —dijo Venli—. Solo… déjalo estar, ¿quieres?

Eshonai calló y luego armonizó a Reconciliación. Se quedaron las dos sentadas un rato mientras la luz de fuera se apagaba a medida que el sol caía hacia el horizonte. Venli se descubrió canturreando también a Reconciliación. Exploró el ritmo y encontró un tono complementario al de Eshonai, pretendiendo de nuevo, por un breve instante, estar en armonía con su hermana. Eshonai cambió poco a poco a Anhelo, y Venli la siguió. Y luego, con cautela, Venli pasó a Alegría. Eshonai la siguió a ella en esa ocasión. Juntas crearon una canción y Venli empezó a cantar. Habían pasado… bueno, años desde que había practicado las canciones. Ya hacía mucho tiempo que no se consideraba una aprendiza de guardiana de las canciones. Tenían a muchos otros para mantener vivas sus tradiciones, después de haber unido a las familias. Pero aún recordaba las canciones. Aquella era la Canción de las mañanas. Una canción de aprendizaje, pensada para entrenar a un niño pequeño hacia los ritmos y las canciones más complejas. Había algo satisfactorio en una canción sencilla que podías cantar bien. Podías añadirle tu propia complejidad. Y podías cantar el alma de la canción, en vez de esforzarte en no fallar la letra ni desafinar las notas. Venli dejó que su voz se perdiera al final y el canturreo de Eshonai se silenció. Cayó el ocaso fuera de la casa. Era el momento erróneo perfecto para la Canción de las mañanas. Pero a Venli le encantaba que hubiera salido tan bien de todas formas.

—Gracias, Venli —dijo Eshonai—. Por todo lo que haces. No se te reconoce lo suficiente el mérito por habernos traído estas formas. Sin la forma de guerra, no tendríamos ni una posibilidad de resistirnos a los humanos. Seguro que ya seríamos sus esclavos.

—Es… —Venli intentó armonizar a Confianza, pero el ritmo se le escurrió—. Mientras Demid y tú sepáis lo que hice, supongo que no me duele tanto que los demás me pasen por alto.

—¿Crees que podrías encontrar una forma distinta para mí? —preguntó Eshonai—. Una forma que me permita hablar mejor, con más diplomacia. Así podría ir a los humanos y explicarles lo que ocurrió. Quizá podría hablar con Bellamy Griffin. Me da la impresión de que… de que tal vez me escucharía, si pudiera encontrarlo. Si pudiera hacer funcionar bien mi lengua. Ellos no oyen los ritmos, así que es difícil explicarles…

—Puedo intentarlo —dijo Venli, con la Súplica sonando en sus oídos. ¿Por qué Súplica? No había armonizado a eso.

—Así a lo mejor podría hablar contigo —dijo Eshonai en voz baja, cabeceando víctima de la fatiga—. Sin que sonara como que intento darte lecciones. Sabrías cómo me siento de verdad. Madre entendería que no intento salir huyendo. Es solo que quiero ver…

—Lo verás algún día —le prometió Venli—. Verás el mundo entero. Todos sus vivos colores. Todos sus vientos cantarines. Todo país y todo pueblo.

Eshonai no respondió.

—Yo… he estado haciendo cosas que podrían no gustarte —susurró Venli—. Debería decírtelas. Pero tú me explicarías que lo que hago está mal, y siempre tienes razón. Eso es parte de lo que odio de ti.

Pero su hermana ya se había quedado dormida. La firme armadura esquirlada la mantenía en su postura sentada, apoyada en la pared, respirando suave. Venli se puso de pie y se marchó.

Esa noche salió a la tormenta para cazar tormentaspren por primera vez.