Capítulo 5: Tonight

Rukawa no podía creer lo que veían sus ojos. ¿Era Hanamichi Sakuragi ése que estaba ahí? Sí, era él, no cabía ninguna duda. No conocía a nadie más que midiera más de un metro y noventa centímetros y tuviera un pelo rojo chillón, brillando más que nunca bajo el sol. ¿Dónde estaban? Miró a su alrededor, parecía una playa, la arena estaba caliente bajo sus pies desnudos. Pero hasta donde alcanzaba su vista no había nadie. Sólo Hanamichi. Y él. Nadie más. Solos.

"Eh ¿te vas a quedar ahí palplantado?" - gritó el jugador revelación del Shohoku. Estaba metido dentro del agua y le hacía señas para que él hiciera lo mismo. Rukawa le miraba aturdido, no recordaba cómo ni cuándo ni porqué había acabado con Hanamichi Sakuragi, el chico por el que había suspirado los dos últimos años y medio, en una playa desierta que no había visto en su vida. - "¿Vienes o no?" - insistió.

El número 11 del Shohoku miró largamente a su compañero de equipo unos instantes más antes de decidirse. El pelirrojo le sonreía ampliamente, algunos mechones húmedos de su pelo rojo le caían caprichosamente por la frente. Llevaba un bañador tan rojo como sus cabellos mientras la luz del sol hacía refulgir las gotas de agua que resbalaban por sus imponentes músculos y su piel bronceada. "Sexy", era lo único en que podía pensar Rukawa. De pronto todo lo demás a excepción de la sensual figura que le esperaba en el agua dejó de importarle. Le daba igual qué hacía allí, le daba igual no recordar cómo había llegado, le daba igual absolutamente todo. Tenía a su mayor tentación allí, delante, en bañador, sonriéndole, aguardándole. El mundo podía irse al carajo que a él no le importaría ni lo más mínimo.

Se metió en el agua. La frialdad de ésta se sentía bien contra su piel caliente por el sol y por la excitación. ¿Piel? Juraría que hacía un momento llevaba puestos unos vaqueros y no recordaba habérselos quitado... Bah¿qué más daba eso ahora? Se acercó a Hanamichi, expectante. Éste seguía sonriendo, su mirada llena de deseo. Rukawa se mordió el labio.

"Creía que me odiabas" - dijo el chico moreno, acercándose un poco más.

"Nunca te odié" - respondió el pelirrojo, pasando una mano mojada por los finos cabellos de Rukawa -. "Pero tú eras tan frío, tan distante... Que pelearme contigo a todas horas era la única forma que se me ocurrió de llamar tu atención."

"¿En... serio?" - Hanamichi acariciaba con suavidad su cuello mientras le atraía cada vez más hacia él -. "Tendrías que habérmelo dicho... No hubiéramos perdido tanto tiempo."

"Lo sé. Hemos sido unos idiotas, los dos. Si ambos hubiéramos reconocido nuestros sentimientos, nos hubiéramos ahorrado un montón de sufrimiento. Pero... Eso ahora da igual. Estamos juntos. Eso es lo que importa."

Sakuragi inclinó su cabeza y la acercó a la de Rukawa. Éste cerró sus ojos expectante. Su corazón latía a mil por hora, podía sentir el cálido aliento de su compañero en su cara, sus labios ya estaban rozando los suyos, sentía el olor a sal que impregnaba toda la piel de Hanamichi, estaba enloqueciendo y ese beso tardaba demasiado en llegar...

Hanamichi se paró en seco. ¿Qué era ese ruido tan raro que se oía? Rukawa abrió los ojos... Y deseó no haberlos abierto. No estaba en ninguna playa. Hanamichi no estaba por ninguna parte. Ni siquiera hacía sol. Estaba tumbado en su cama, sudado por la humedad que había hecho durante la calurosa noche, un ruido no paraba de molestarle. El teléfono. El maldito teléfono. Se levantó a regañadientes y aún somnoliento descolgó. Era Aya. Esa noche, sí, según lo previsto. Claro, me arreglaré. Sí, seré puntual. Tranquila, no me dormiré. No, esperemos que haga buen tiempo. Sí. Por supuesto. Yo también espero que todo salga bien. Hasta la noche. Adiós. Gracias.

Rukawa se asomó a la ventana. Lloviznaba y el cielo estaba bastante nublado. Bueno, mientras no pasara de ahí no pasaba nada. Hacía un mes y algo que Rukawa había conocido a Aya Horie, una amiga de la infancia de Hanamichi. Ella, una alocada y extrovertida chica, le había convencido para que ambos fingieran un romance y así hacer que Hanamichi, que según ella siempre había estado interesado en él aunque no lo admitiera, abriera los ojos y se diera cuenta de sus sentimientos. Rukawa no estaba muy seguro de si habían logrado algo en todo este tiempo; Hanamichi había roto con la chica con la que llevaba más de un año saliendo, pero su relación ya iba mal antes de que Aya llegara a alborotarlo todo, así que aún quedaba trabajo por hacer. Aquella noche había un festival de verano en Kanagawa. Aya ya lo había planeado todo y lo habían estado discutiendo los últimos días. El plan era sencillo; como buena pareja que eran, Aya y él irían al festival juntos. Aya convencería a Hanamichi para que fuera con ellos en vez de quedarse en casa solo y deprimido, y, una vez allí, ella se inventaría una excusa para desaparecer y dejarles solos. El resto ya era cosa de Rukawa, le tocaba a él hacer algún movimiento para producir ese ansiado acercamiento. El chico no estaba nada seguro de que ese plan fuera a funcionar, pero probablemente no volvería a tener otra oportunidad tan buena como aquella. Sólo esperaba no quedarse en blanco en el momento crucial. Y que no lloviera, porque entonces se suspendería el festival y también todas sus posibilidades.

Suspiró. Aún estaba fastidiado por haberse despertado en el mejor momento de su sueño, justo cuando él y Hanamichi iban a compartir un apasionado beso. Ésa era una de las razones por las que le gustaba tanto dormir, ya que la realidad parecía tan inalcanzable, al menos tenía el mundo de sus sueños para vivir todo aquello que le era negado. Para estar con Hanamichi. Era lo que deseaba más en este mundo, incluso más que triunfar en el mundo del básquet, si el plan de Aya salía mal no sabía si podría soportarlo...

El jugador del Shohoku sacudió la cabeza para quitarse esos pensamientos. No debía pensar en eso ahora, no valía la pena. Primero, esa noche. Después, ya se vería. Se metió en el baño y se dio una buena ducha fría que acabó de relajarle.

Llegó la noche. Rukawa odiaba los días grises y generalmente le ponían de mal humor. No había tenido ganas de salir y entrenar así que había pasado el día dormitando, viendo la tele sin concentrarse y básicamente pensando en lo que iba a suceder aquella noche. Tras una frugal cena se había duchado otra vez y se había cambiado. Se había puesto un elegante kimono negro y azul marino que contrastaba con su pálida tez. Salió a la calle y le alegró el ver que el cielo casi se había despejado, incluso se veían algunas estrellas y una luna llena tan blanca como su piel. La calle aún olía a mojada y no hacía mucho calor, sino que soplaba una ligera brisa fresca. Era una noche agradable. Esperaba que siguiera siéndolo.

En poco rato se había plantado en la casa de los Sakuragi. Respiró hondo para calmarse lo máximo posible y apretó el botón del timbre, expectante. Se oyó una voz y pocos segundos después unos pasos que se acercaban a la puerta. Se abrió; era Hanamichi el que estaba al otro lado. Rukawa murmuró un saludo y no pudo evitar repasar con la mirada a su objeto de deseo: Hanamichi estaba impresionantemente guapo. Siempre lo estaba, pero aquella noche parecía estarlo aún más, quizá sería por el ceñido kimono negro adornado con llamas rojas que marcaba sus siempre apetecibles músculos. Rukawa se mordió ligeramente el labio, incapaz de controlar su mirada, aunque Hanamichi no parecía percatarse de ello, no sólo no era demasiado observador sino que aquella noche su nerviosismo podía con todo. Sí, porque Hanamichi también estaba nervioso, tanto o más que el zorro.

"Ahora sale Aya, se está acabando de cambiar" - dijo el pelirrojo dejando pasar a Rukawa y dirigiéndose rápidamente a la cocina tras cerrar la puerta.

Rukawa lo interpretó como una mala señal, pero lo cierto es que era todo lo contrario. Rukawa no lo sabía, pero si Hanamichi había provocado un fuerte efecto en él, lo mismo le había ocurrido al 10 del Shohoku al abrir la puerta y ver a Kaede. De hecho, Rukawa estaba tan sumido en sus pensamientos cuando caminaba hacia casa de Hanamichi que ni siquiera se había fijado en todas las miradas y comentarios que había suscitado entre un montón de chicas y algunos chicos con los que se había cruzado. Y Hanamichi, loco de amor como estaba por ese chico de tez pálida y cabellos azabache, no había sido una excepción. Hanamichi volvió de la cocina con un par de refrescos y le tendió uno a Rukawa en un arranque de inesperada amabilidad que sorprendió bastante al zorro. Unos minutos más tarde de silencio absoluto entre los dos chicos y por fin salió Aya de su cuarto, ataviada con un alegre y llamativo kimono rosa y amarillo que se había comprado especialmente para la ocasión.

"¡Pero mira que novio tan majo tengo que es súper-puntual cuando tiene que venir a recoger a su chica!" - exclamó la muchacha lanzándose a los brazos de Rukawa.

"Estás preciosa" - dijo Rukawa, devolviéndole el abrazo -. "Juro que si me gustaran las chicas, me enamoraría de ti" - susurró en su oído.

Un rato después los tres se encontraban inmersos en el bullicio de gente que como ellos asistía al festival de verano. Los niños correteaban alegres, tirando del kimono de sus padres para que les compraran dulces o les dieran dinero para los juegos, las parejas caminaban de la mano, grupos de amigos se reían y se detenían de parada en parada. Todo tan lleno, y a la vez tan vacío se sentía Hanamichi Sakuragi. Aya no paraba de hablar intentando que los dos chicos se animaran y participaran en la conversación, pero Hanamichi no se sentía demasiado alegre. Pensaba en justo dos años atrás, la primera vez que había ido al festival acompañado de la persona que le gustaba, que era Haruko. Por aquel entonces todo el equipo de baloncesto se había ido de entrenamiento para prepararse para el campeonato nacional, y Hanamichi había tenido que quedarse por exigencias del entrenador Anzai y entrenar por su cuenta los lanzamientos a canasta. Fue un entrenamiento duro, y, aunque al principio lamentó no poder estar con sus compañeros, el tener con él a sus amigos y a su amor le hizo olvidarse de todo. O eso creía, claro, porque la verdad es que tener a Rukawa lejos le dolía. Le había echado mucho de menos, aunque el Hanamichi de entonces jamás lo hubiera reconocido, claro. ¿Pero por qué sino se iba a imaginar que aquel pez presuntuoso le hablaba con la voz de Rukawa y le miraba con la mirada de Rukawa¿Por qué no había parado de pensar en él mientras entrenaba? En superarlo, en ser mejor que él... en impresionarlo.

Suspiró y buscó con la mirada a sus amigos, quienes se habían adelantado un poco. Al parecer, Aya estaba intentando convencer a Rukawa de que jugara en la caseta de tiro y le consiguiera un premio.

"Anda, Kaede-kun, hazlo por mí¿vale?" - oyó Hanamichi que le decía Aya a su novio, cogida de su brazo posesivamente. Los miró entristecido - "¡Es lo que todos los novios hacen! A ver si puedes conseguirme ese osito tan mono de ahí."

Rukawa no tuvo más remedio que aceptar, aunque no era muy bueno en estas cosas. Se preguntó cuándo Aya decidiría que era el mejor momento para desaparecer mientras cogía la escopeta de feria que le pasaba el dependiente. Disparó y falló, como esperaba. Hanamichi se rió por detrás. Los siguientes disparos siguieron el mismo camino, y Hanamichi siguió riendo, cada vez más fuerte.

"Vaya, vaya, el zorro que todo lo hace tan bien y que se cree que es el mejor en baloncesto va y no es capaz de acertar a un simple osito de peluche" - dijo con sorna el pelirrojo -. "Si supieran esto tus fans creo que no tendrías tanto éxito."

Rukawa se giró y le miró con furia. Igual que en los viejos tiempos.

"¿Acaso tú lo harías mejor, idiota pelirrojo?" - respondió Rukawa, cayendo en las provocaciones de su compañero - "¿Por qué no lo pruebas, y así soy yo el que me río un rato?"

"Creía que no sabías lo que era reír" - contraatacó Hanamichi, arrebatándole la escopeta de las manos -, "y por supuesto que soy capaz de hacerlo mejor. Un genio como yo lo hace TODO bien, incluido esto. Te lo demostraré."

Al tiempo, Aya había divisado lo que había estado esperando toda la noche. Alzó la mano y sonrió, sin que los dos jugadores del Shohoku se dieran cuenta.

"Oídme chicos" - dijo Aya, interrumpiendo sus discusiones por un momento - "No quiero inmiscuirme en vuestro duelo de machos así que mientras resolvéis vuestras diferencias yo me voy a comprar algunas de esas deliciosas manzanas de caramelo que he visto por ahí¿vale? Nos vemos luego."

Con esto Aya les despidió con la mano y se perdió entre la multitud, antes de que Rukawa o Hanamichi pudieran siquiera responderla. Rukawa tragó saliva, nervioso. Había llegado el momento y tenía que ser justo en medio de una pelea, qué inoportuno. Aunque por lo menos habían roto el silencio tan incómodo que había imperado entre ellos durante toda la velada, era un paso.

"Qué zorro¿preparado para que este genio te demuestre que también es un genio en puntería?" - dijo Hanamichi, intentando ocultar su nerviosismo por haberse quedado a solas con Rukawa -. "Qué pena que Aya se haya ido, porque te hubiera puesto en ridículo delante de ella, jeje."

Hanamichi apuntó la pequeña escopeta en dirección al osito que quería Aya y disparó... Para sorpresa de Rukawa, acertó a la primera.

"¿Ves lo que te decía? Si es que genios como yo los hay pocos por el mundo."

Hana siguió jugando un rato más, alcanzado a un par de peluches más y fallando otro par pero por milímetros. Rukawa estaba más que impresionado, igual que los curiosos que se paraban en su camino al ver a una mole pelirroja tan imponente luciendo sus habilidades. Cuando se le acabó el turno el dueño de la parada le entregó a Hanamichi sus premios, es decir, un osito de peluche, un gatito... y un zorrito. Un zorrito de peluche, suave, pelo gris, ojos oscuros y penetrantes. Hanamichi lo miró durante unos instantes, sin decidirse si ponerse a reír o echarse a llorar allí mismo. Si es que esas cosas sólo le podían pasar a él. Le alcanzó el osito y el gatito a Rukawa para que él mismo se los diera a su novia cuando volviera. Alzó el zorrito a la altura de sus ojos, sopesándolo con una mano, y se lo remiró una vez más. Suspiró, resignado.

"Un zorro para otro zorro" - dijo, dándoselo también a Rukawa, quien lo cogió extrañado - "Supongo que no hay nadie más idóneo que tú para tenerlo, así que... para ti, te lo regalo."

Rukawa miró a Hanamichi, incrédulo. Estaba desconcertado ante tanta amabilidad... ¿Esa mirada avergonzada en el rostro del pelirrojo significaba algo? Miró enternecido al peluche, embobado ante tal sorprendente muestra de afecto. El pelirrojo, Hanamichi, el chico que quería, acababa de hacerle un regalo a él, a Rukawa, a quien se suponía odiaba y despreciaba sólo unas semanas antes. Volvió a mirar a Hanamichi, quien seguía mirándolo algo nervioso. Y entonces pasó algo que dejó a Hanamichi sin palabras; algo que no se esperaba en absoluto y que le pilló del todo desprevenido.

Rukawa... sonrió.

Hanamichi casi se quedó sin aliento ante la imagen que tenía ante sus ojos. Kaede Rukawa, el príncipe de hielo, el hombre que apenas hablaba, que casi siempre respondía borderías, que dirigía miradas asesinas a todo el mundo, que sólo pensaba en el baloncesto, el hombre al que Hanamichi jamás había conseguido arrancar una sonrisa y del que no conocía el sonido de su risa... Ahora estaba sonriendo, ampliamente, afablemente, con sinceridad, con sentimiento... y le estaba sonriendo a él, a Hanamichi Sakuragi.

Y Hanamichi sintió cómo le flaqueaban las piernas y le temblaban las manos y el corazón le latía desbocado. Y sintió que si no se controlaba no podría resistir el deseo de abrazarle y besar esa boca que le sonreía con una dulzura totalmente inusitada en el chico de cabellos negros.

Un chico de cabellos negros que era el novio de su mejor amiga.

Salió corriendo. Cientos de imágenes se agolpaban en su cerebro, veía a Rukawa en la azotea del instituto, la primera vez que se encontraron, pensaba si todo hubiera podido ser diferente entre ellos si él no hubiera conocido a Haruko primero. Veía a Rukawa en los entrenamientos de baloncesto, secándose el sudor con la camiseta, entrenando sin descanso para ser el mejor jugador de Japón. Veía a Rukawa peleándose con él, llamándole idiota, pero al mismo tiempo motivándole más que nadie para esforzarse y mejorar día en día en ese deporte que ambos amaban tanto. Veía a Rukawa en el campeonato nacional, estrechándole la mano tras haber ganado al Sannoh en un partido durísimo. Lo veía en la playa, mientras él se recuperaba, enseñándole con orgullo su camiseta de la selección... Quizá no se lo estaba restregando, después de todo, quizá sólo quería compartir su alegría. Lo veía durmiéndose en todas partes, lo veía atropellando a todo el mundo con la bici, lo veía con la pelota en las manos, con el discman en las orejas. Kaede Rukawa.

Dos años y medio desde que lo conoció, dos años y medio en los que Kaede Rukawa había sido su mundo. ¿Cómo no se había dado cuenta hasta ahora?

Hanamichi quería que Rukawa continuara siendo su mundo para siempre. Había esperado demasiado para darse cuenta de sus sentimientos y ahora Rukawa estaba con otra persona, con una persona a la que Hanamichi quería demasiado como para hacerle daño. ¿Y qué pasaría cuando se acabara el instituto? Apenas quedaban dos semestres de curso, y después quizá Rukawa se iría a Estados Unidos a seguir con su pasión. Quizá se iría a Londres, con Aya. Quizá hasta se casarían y formarían una familia. ¿Y si le perdía para siempre¿Qué haría Hanamichi?

No podía quitarse esa sonrisa de la cabeza. Se preguntaba si a Aya también la sonreiría así. Si mostraría esa sonrisa a menudo, si reiría alguna vez. No recordaba haberlo visto sonreír de ese modo las veces que lo había visto con ella.

Cuando por fin se detuvo, miró a su alrededor para ver dónde le habían conducido sus piernas, porque él no se había ni fijado por donde iba. Se percató de que había ido a parar a unos cuantos pasos del mirador, lugar de encuentro de parejitas en el que dos años atrás estuvo a punto de declararse a Haruko. Había un par de parejas compartiendo un rato de tierna intimidad. Hanamichi les echó un vistazo con algo de envidia, y se dio la vuelta para volver al festival, sintiéndose un poco más calmado. Pero antes de comenzar a andar, cayó en la cuenta de algo. Era una de las parejas que había mirado de refilón, le había resultado extrañamente familiar... Se giró de nuevo y observó con más detenimiento. No le costó nada reconocer al chico; un tipo tan alto y con ese peinado de punta tan característico no podía ser otro sino Akira Sendoh. Decidió que puesto que estaba a solas con una de sus chicas lo mejor era no molestarle cuando algo captó de nuevo su mirada... Era el kimono de la acompañante de Sendoh. Sendoh la tenía entre sus brazos, y le acariciaba el pelo. Hanamichi apenas podía verle la cara, pero sin embargo no tenía ninguna duda de quien se trataba. Aquella chica... Llevaba un kimono poco discreto, color rosa y amarillo. Sendoh la besó, ella le correspondió.

Era Aya.

TBC

La verdad es que ni yo me explico por qué han pasado tantos meses desde la última vez que actualicé este fic, lo fui dejando, dejando... Hasta ahora. Al final me he decidido a continuarlo y a terminarlo de una vez.

Supongo que los próximos capítulos los escribiré más rápido, no quiero dejar pasar tanto tiempo otra vez. De todos modos ya pronto terminará, así que sólo me queda un esfuercito final.

Lo siento muchísimo, de veras.

Por cierto¿alguien sabe por qué no me deja poner guiones al principio de la frase para indicar diálogo? Qué raro, en los otros capítulos sí me dejaba hacerlo.