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Isabella. Esa había sido la única palabra dirigida por aquél grupo de siniestros seres. Edward los contemplaba receloso, incapaz de identificar a cualquiera de ellos. Estaba seguro que se trataban de miembros de la guardia Vulturi, pero lo que más llamaba su atención es que ninguno hubiera emitido sonido alguno en los últimos minutos.
La exterminadora permanecía de pie ante ellos, mirándolos con atención. Edward podía imaginarla leyendo sus mentes bloqueadas, estudiando sus motivos para estar en Forks y los planes para ella. Sin embargo, la sonrisa sádica en el rostro de la muchacha no le inspiraba ni una pizca de confianza al chico, quien se había apartado unos pasos de ellos.
La castaña extrajo de sus ropas dos pequeñas dagas que giraron entre sus dedos. Edward estuvo seguro que Isabella se volvía peligrosa al tener cualquier arma entre sus manos. La vio girar una y otra vez, y vio el movimiento de las blancas manos de su dueña. Estaba embobado, intentando comprender toda aquella situación.
-Vete a casa.- la escuchó decir. Negó con la cabeza. –Vuelve con Carlisle y no se acerquen a nosotros.- exigió, mirándolo con esos ojos violetas, iguales a los del primer día. Él no se movió. Vio como la muchacha señalaba a la figura de en medio con su dedo índice. Cuando Isabella movió su dedo hacia arriba, el vampiro ante ellos se puso de pie.
La chica de orbes violetas movió su mano de nuevo, atrayendo a la otra persona hacia ella. –Quítate la capa, hermana.- la mujer obedeció, dejando caer hacia atrás el gorro rojo. Ambas sonrieron, mirando directamente a los ojos violetas de la otra. –Pueden moverse.- todos se levantaron. En ese momento fue que Edward entendió lo que ocurría en aquel prado. Isabella Swan estaba ejerciendo control sobre los cinco vampiros, impidiéndoles cualquier movimiento que pudiera ponerlos en peligro. Se preguntó de dónde había sacado ese don.
-Sigues siendo igual de molesta.- había susurrado una de las vampiresas, mientras se quitaba la capucha y mostraba su rostro infantil. Las otras tres figuras la imitaron, revelando sus identidades.
-¿Esa es forma de tratar a tus hermanos?- preguntó la mujer de cabello caoba, contemplando a Bella con sus ojos violetas cargados de curiosidad. –Creí que te daría más gusto el vernos.- sonrió, mostrando una hilera de dientes blancos.
-Heidi, Demetri, Félix, Alec, Jane.- habló la chica, mirándolos a todos con diversión. –Jamás hubiera imaginado que se trataba de ustedes.- su voz se perdió en aquel silencio. Ninguno dijo nada más, sabiendo que aún eran analizados por un par de ojos dorados.
-¿Quién es él?- cuestionó Alec, señalando al curioso espectador.
-Edward Cullen.- anunció la joven. Edward se acercó a ellos, pero Bella lo inmovilizó. –No lo toquen.- les advirtió. Los escuchó reír.
-¿Qué lo hace especial?- preguntó Jane, mirando al aludido fijamente. Edward comenzó a retorcerse ante el don de la pequeña, el cual era causar un enorme dolor físico.
-Detente.- ordenó la castaña. – ¡He dicho que pares!- la niña cayó al suelo, dolorida. Y Edward volvió a estar quieto. –Es uno de los hijos de Carlisle.- les dijo amenazadoramente. –Saben lo que nos haría Aro si…- no hubo necesidad de continuar. Todos sabían que su maestro estaría furioso si algo le pasara a su buen amigo.
-Entendido.- murmuró Félix, mirando con lástima al vampiro vegetariano. Edward le regresó la mirada, encolerizado. ¿Quién se creía ese sujeto? No pudo seguir maldiciendo, pues fue testigo de la forma en que el otro sujeto abrazaba a su Bella. Quiso moverse, pero ella se lo impedía. –Ya suéltala, Demetri.- se burló el hombre. –No quieras molestar más al pobre chico.- ambos hombres miraron al de cabellos cobrizos, para luego reírse estridentemente.
-¿Entonces, Isabella?- le preguntó Demetri, mirándola seductoramente. Ella sonrió, guiñándole un ojo.
-Quiero que vayan a la casa que me dio Aro.- todos asintieron. Tenían órdenes estrictas de darle el control. –Esperen ahí. Iré donde Carlisle para anunciar su llegada.- la miraron divertidos. –Tienen prohibido cazar a cualquier humano.-
-Marco no lo dijo antes.- habló Heidi, pasando un brazo por los hombros de su hermana. –Tenemos indicaciones para ponernos a tu servicio de inmediato.- la castaña sonrió con burla. Sabía cuáles eran las intenciones de ese grupo y no iba a permitirles engañarla.
-Vayan.- exigió. Antes que pudieran pestañear, los cinco habían desaparecido. –Demonios.- susurró, al tiempo que dejaba a Edward volver a moverse. –Lamento lo de Jane.- se excusó, caminando hacia él. –Por una razón te pedí que te fueras, Edward.- él no dijo nada, preguntándose dónde demonios estaba la chica dulce que lo había enamorado. Sin embargo, ante él podía ver a la verdadera Isabella Vulturi.
-Bella.- le llamó él, deteniendo su andar. -¿Qué buscan?- cuestionó, conociendo de antemano la respuesta.
-A mí.- aquellas dos simples palabras devastaron por completo al vampiro de ojos dorados, quien era consciente de la pronta marcha de la joven. –No debes preocuparte.- susurró ella, acariciando su mejilla. –No me iré.- juntó sus labios con los de él, deseando que sus palabras fueran reales.
Ambos caminaron, tomados de la mano, a la mansión Cullen. Reunieron a todos los miembros, quienes los miraban con cierta preocupación. –Isabella tiene que informales algo.- anunció Edward, mirándola seriamente.
-Cinco miembros de la Guardia Real han llegado a Forks. No cazarán a ningún humano, no deben preocuparse por ello. En este momento se encuentran en mi casa, esperándome. No deben acercarse a ellos por nada del mundo. Los cinco son excelentes y tienes dones asombrosos. La combinación de ellos fue lo que me permitió cumplir la misión para la que fui asignada. Les pido que no se acerquen a mi territorio por ningún motivo.- pronunció lo último mirando detenidamente a Edward, quien apartó la mirada. –Nos veremos después.- no dio tiempo a preguntas, simplemente desapareció.
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-¿Cuánto tiempo más va a tardar?- preguntó Alec, mientras se dejaba caer en uno de los sillones de aquella casa. –No entiendo cómo puede vivir aquí.- repuso de inmediato, comparando la morada de Isabella con el castillo en Volterra. –Yo no podría.-
-Es por eso que la han enviado a ella y no a ti.- respondió Félix, pasando su dedo por la mesa del comedor. Nada de polvo. –Me pregunto qué hace para matar el tiempo.-
La puerta fue abierta en ese momento. Isabella se movió por la sala lentamente, como si no hubiera reparado en la presencia de todos aquellos seres inmortales en su casa. Sentía sus miradas clavadas en ella, pero no le dio importancia. En ese momento lo principal era prepararse para lo que se le venía encima.
-Supongo que sabes la razón por la que estamos aquí.- habló Heidi, sin mirarla. –Tenemos órdenes estrictas de llevarte a Italia viva.- Isabella sonrió ante aquellas palabras. –Si te resistes nos veremos en la obligación de luchar contigo.-
-No lo haré.- habló la joven de cabellos castaños, mirándolos a todos con diversión. –Iré a Italia con ustedes y hablaré con mi maestro. No deseo seguir siendo miembro de la guardia, pero tampoco escaparé de mis responsabilidades.- aquella confesión dejó a todos mudos. Heidi apretó los puños en sus costados, sabiendo lo que eso significaba.
-Si es lo que deseas.- murmuró Jane, con una sonrisa triunfal.
Isabella recogió las pocas cosas que había llevado consigo y abandonó aquella casa en compañía de sus hermanos. Sabía que no podía despedirse de sus amigos y mucho menos de Edward y eso le dolió en lo más profundo de su alma. Caminaba con ellos, mirando la nada. Todos sabían lo que pasaba por la mente de aquella joven que había llegado para cambiar sus vidas. Lo habían notado en el claro. Edward Cullen significaba mucho más para ella de lo que estaba dispuesta a mostrarles.
-Sabía que esto iba a pasar.- pronunció Heidi, rompiendo el silencio. –No quería admitirlo, pero lo sabía.-
Isabella permaneció en silencio. No podía comparar su vida en Italia con su estadía en Forks, pero no quería alejarse de Edward. Le amaba del modo que jamás pensó que podría amar a alguien. Siguió su camino, deseando que el dolor no la desgarrara hasta después de haberse presentado ante sus maestros.
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Edward se encontraba inquieto. No dejaba de caminar por la casa, pasando una mano por sus cabellos o mirando la hora. Isabella le había dicho, antes de llegar a la mansión, que podría verla en el prado después de medianoche. Sin embargo, el tiempo no parecía dispuesto a cooperar. Sus hermanos lo contemplaban con cierta lástima, pero a la vez incapaces de ocultar su turbación al saber que varios Vulturi estaban cerca.
Cuando por fin llegó la hora acordada, Edward corrió fuera de la casa para reunirse con la chica que amaba. Llegó al prado, pero ella no estaba. La esperó, más nunca llegó. Temiendo lo peor, se dirigió a la casa de la joven, aunque ella se lo hubiera prohibido. No había nadie. Fue en ese momento que se dio cuenta de lo que realmente había pasado. Ellos se habían marchado.
Quiso seguirles, pero no había un solo rastro. Volvió a la mansión, rogando a Alice para que los encontrara. No había futuro para ellos. Edward sabía que alguno de ellos estaba usando un don para ocultarlos, pero quería pensar que no era Bella. Habló con Carlisle, le expuso sus miedos y todos estuvieron de acuerdo en viajar a Italia y buscar a la vampiresa.
Lo harían a la mañana siguiente. El líder del Clan aún debía avisar en el hospital y ellos debían preparar las maletas y arreglar los detalles del viaje. No podían hacerlo parecer sospechoso. Después de todo, ¡por qué la familia se marcharía de un momento a otro a Europa?
Esa noche le pareció a Edward la más larga de toda su vida.
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-Ponte esto.- la voz de Jane sólo mostraba fastidio. Isabella atrapó la capa roja que le lanzaba la pequeña demonio, maldiciéndola por lo bajo. Esa niña era insoportable. –Espero que cuando lleguemos sepas comportarte.-
Aquellas palabras habían terminado por desencadenar la furia de la castaña, quien estuvo a punto de despedazar a la pequeña de orbes rojas. Fue Heidi la que logró calmarla al colocar una mano sobre su hombro y mirarla con reproche. El camino le había parecido a Bella de lo más inquietante. No sólo porque todos permanecían en silencio, sino porque sabía a lo que se enfrentaría tan pronto estuvieran en Volterra.
Se detuvo abruptamente. Todos se giraron a verla. –He tenido una visión.- habló por fin. –Los Cullen tomarán el primer vuelo a Italia mañana.- los demás asintieron. –Debemos llegar antes.- ese fue el detonante. Corrieron a velocidad vampírica, perdiéndose entre los árboles del bosque.
Isabella siguió pensando en esa visión. ¿Por qué ellos viajarían tanto para buscarla? Sabía que Edward lo haría, tarde o temprano, pero no deseaba que fuera en ese momento. Aún tenía que pasar por muchas cosas, quizás iría a juicio, tal vez la mataran. No había duda alguna, las cosas se pondrían feas a partir de ese momento.
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-Date prisa, Alice.- exigía Edward, mientras bajaba la escalera con su maleta. –Debemos llegar rápido a Volterra.- el joven tenía la mirada apagada y el ceño fruncido. Era evidente que se encontraba preocupado y deprimido. No había ido de caza últimamente, por lo que sus ojos comenzaban a oscurecerse levemente. Carlisle y Esme pasaron a su lado, discutiendo algunas cosas sobre la ciudad Italiana y sus habitantes.
Emmett pasó corriendo por la sala, llevando a Rosalie de la mano. Ambos se mostraban algo extraños, por lo que suponía que habían estado "jugando" antes de marcharse. Movió la cabeza de un lado a otro, apartando esas horribles imágenes de su mente. La duendecilla bajó unos minutos después, tomada de la mano con Jasper. En su rostro se dibujaba una sonrisa, lo que no anunciaba nada bueno.
-Vámonos.- asintieron. Llegaron al aeropuerto media hora antes que partiera el avión. La gente no dejaba de mirarlos, pensando en lo atractivos que eran todos. Edward no podía dejar de escuchar a los hombres hablar de sus hermanas y a otras tantas chicas de él. Se sentía enfermo con tanto morbo. Y sólo a él le molestaba toda aquella atención. Gimió, haciendo reír a varias personas.
-Tranquilízate, Edward.- le habló Esme, acariciando sus cabellos. –Pronto estaremos con ella.- asintió, receloso. ¿Qué pasaría si no la dejaban volver con él? Posiblemente tendría que quedarse en Italia. Y si lo pensaba bien, no era tan mala idea. Podría unirse a los Vulturi y estar con Bella para siempre. Si, no sería tan malo. Pero, ¿y su familia? Gimió de nuevo.
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Isabella se colocó el gorro de la horrible capucha roja. Miró ante ella la ciudad imperial y se preguntó lo que ocurriría ese día. Había intentado verlo, pero al no haber decisiones que tomar, nada se mostraba. Caminaba con paso decidido, encabezando aquella fila de vampiros. Heidi iba detrás de ella, clavando sus ojos violetas en la espalda de su hermana. Ambas se preguntaban que ocurriría a partir de ese momento.
Aro, Cayo y Marco esperaban a la recién llegada en la sala principal del palacio. Las esposas se encontraban en otra habitación, disfrutando sus vidas sin fin. Los tres sabían que Isabella se acercaba a su destino y esperaban con impaciencia los detalles del trabajo que había realizado. Marco presentía que algo no estaba bien, pero no emitió comentario alguno. Posiblemente esa fuera la última vez que viera a Isabella y, aunque odiara admitirlo, ya se había resignado a ello.
La puerta se abrió y cinco rostros extremadamente conocidos se mostraron ante ellos. Jane y Alec fueron los primeros en entrar, sonriendo alegremente. Caminaron hacia Aro y prestaron sus manitas. Después entraron Félix y Demetri, colocándose a lado de los tres reyes. Heidi caminó despacio, con esa sonrisa sensual. Saludó a todos cordialmente y se colocó a lado contrario que los otros dos hombres. Bella permaneció de pie en la puerta, incapaz de dar un paso más.
-Isabella, querida.- le llamó Aro, con esa sonrisa que tan bien conocían todos. –Acércate.- ella lo dudó un poco, pero terminó obedeciendo las demandas de aquel vampiro de cabellos largos. -¿Quieres prestarme tu mano?- vaciló, pero terminó extendiendo su brazo hacia él. En ningún momento apartó los ojos de los de Marco, diciéndole con la mirada lo que él ya sabía. –Interesante.- pronunció serio.
Isabella se apartó de él. Dirigió su mirada a todos los presentes, estudiándolos con cuidado. Los pensamientos de todo el mundo se centraban en lo mismo: ella. Gimió como respuesta. Aro la miró extrañado, preguntándose que pasaba por la mente de la joven en ese momento. Deseó poder tocar su mano de nuevo, pero ella ya no encontraba ahí. Ahora estaba ante Marco, con ambas manos en las mejillas del vampiro.
Los ojos violetas de ella brillaron con un matiz rojizo, clavándose en los de su maestro. Ambos estaban compartiendo un momento de intimidad que incomodó al resto. Marco podía ver las imágenes que Isabella le mostraba. Su llegada, los Cullen, el colegio, Victoria, la misión, Edward, sus amigos, su novio, el prado, los Vulturi, Volterra, Aro… Una serie de imágenes y situaciones maravillosas.
En ese momento entendió lo que sentía Aro al leer la mente del resto. Sonrió complacido por lo que Isabella compartía con él, pero a la vez se sintió decepcionado de los sentimientos que expresaba la muchacha. Ella deseaba marcharse y estaba seguro que se lo impedirían. Él tampoco deseaba perderla, pero no había nada que pudiera hacer.
-Isabella- le llamó Cayo. -¿Cuál fue el resultado de la misión?- los ojos rojos de la muchacha volvieron a ese color violeta. Sonrió complacida, mirando a Cayo. Éste clavó su mirada en esa extraña sonrisa amenazadora. La vio avanzar hacia él y cerró los ojos, sabiendo que pronto se enteraría de todos los detalles.
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