Ruptura
Isabella se alejó de su maestro Marco, mirándolo divertida. Dirigió su vista a los presentes una vez más, leyendo sus patéticos pensamientos. Por primera vez se sentía capaz de dominar a todos aquellos seres, incluso podría quitarle a Aro el poder que ejercía sobre la especie nocturna. Sin embargo, lo que ahora más anhelaba su muerto corazón era ver a Edward Cullen sonreír sólo para ella.
-Cayo.- habló la mujer, con ese tono seductor que solía despertar la pasión de Demetri, quien solía rondar a la copiadora de dones. El chico no tardó en sonreír, deseoso de volver a escucharla susurrar, aunque ninguna de sus palabras fuera para él. Se había dado cuenta en el prado de los fuertes sentimientos que ese insignificante lector de mentes expresaba por la joven, pero eso no era lo que le había sorprendido, sino que ella correspondiera a ese sentir. –Mírame.- ordenó la chica, clavando esos ojos como la sangre en el hombre.
Rojo contra rojo. Los ojos de la castaña eran fieros, amenazadores, sólo mostraban odio. Definitivamente, ella estaba despertando de ese bello sueño que había durado más de cincuenta años. La misión de Heidi había sido todo un éxito la noche que salió a buscarla. Aro conocía las habilidades que aquella pobre chica, víctima de un hogar violento, poseería en un futuro. Y así, la mujer de orbes violetas, la trajo a Italia. Esa era una verdad que nadie dudaba y todos conocían, salvo la misma Isabella.
La habían entrenado para poder usarla a su voluntad. Jane tuvo que dejar de ser la favorita de su maestro para cederle el lugar a la recién llegada: una chica de largos cabellos y piel de porcelana. Ella no se removía inquieta entre gritos de dolor o miedo, respiraba como normalmente lo haría y sus ojos chocolate se habrían de repente, mirándolos a todos con curiosidad, aunque ella sólo viese manchas oscuras. Fueron tres días de cuidados y caricias, donde se preguntaron si realmente sería una de ellos.
Cuando aquellos ojos rojos se abrieron, toda duda desapareció. Isabella Marie Swan Vulturi había vuelto a nacer, sólo que esta vez sería para no morir jamás. Marco la quiso desde el primer momento, aún no hablaba, pero Aro conocía sus pensamientos. Él quería un juguete de hielo, uno que no fuera a romperse del mismo modo que su esposa. La acogió, le enseñó a cazar, a ocultarse, la educó para ser una esclava de la noche. Sin embargo, ella quería más que ser un sirviente de Aro.
Observaba desde las sombras a Heidi, preguntándose cómo era capaz de abastecer la cena. Lo descubrió en un parpadeo y comenzó a imitarla, atrayendo aún más gente que la misma joven de cabellera caoba. La ventaja de Isabella era ese rostro de niña, esas finas facciones de granito, unido a un cuerpo de mujer. Los adolescentes la seguían, reían con ella, le adoraban. Pronto Volterra fue testigo del sabor de la sangre nueva, tan dulce y a la vez amarga. Ella era perfecta en el arte de seducir.
Incluso algunos miembros de la Guardia Real sucumbían a sus encantos, convirtiéndose en presa fácil para cualquier labor. Aquella insignificante humana se convertía, día a día, en una digna heredera de todo el poder que albergaban sus maestros. Isabella anhelaba más aún. Quería salir del palacio y disfrutar las ventajas que su condición le ofrecía. Y lo consiguió. Algo temerosa y poco dispuesta a alejarse de su hermana, aceptaría cazar a su primer neófito. Y no fue sólo uno el que exterminó, fueron cientos y luego miles. Y volvió a convertirse en un ser indestructible ante los ojos del resto.
-Isabella, es suficiente.- habló Aro, obligando a la joven a separar sus manos del rostro de ese hombre de dura mirada y labios fruncidos. –Cayo ha entendido perfectamente.- ella sonrió a modo de disculpa, pero sin sentirse avergonzada en absoluto. Deseaba que todos ellos vieran las cosas del mismo modo que ella lo hacía. Quería irse, ¿por qué no la dejaban?
-Maestros, yo…- no continuó. Los tres hombres se pusieron de pie y flotaron hasta ella, como viles espectros. La rodearon, girando a su alrededor. Isabella cerró los ojos, suspiró, permitiendo que la analizaran. Dejó que tocaran sus manos y su rostro, que deslizaran sus largos dedos por las marcas de colmillos en su piel. Les permitió buscar el latido que se había marchado. Y cuando le dieron oportunidad, mostró aquellos ojos dorados que tanto amaba de sus nuevos amigos.
-¿Por qué deseas irte?- cuestionó Aro, regresando a su silla, al igual que el resto. -¿No tienes todo aquí?- Isabella sonrió, pasando sus ojos por la majestuosa sala. Se atrevió a cuestionarse una vez más la razón por la que dejaría ese bello castillo atrás, pero no le quedó duda al dar con la respuesta. Quiso hablar, pero no encontró palabras para expresar todo lo que la embargaba en ese instante. Ellos esperaban pacientes, seguros de su triunfo.
-Pensaba que así era.- habló por fin, cerrando los ojos. –No conocía más de lo que ustedes me ofrecían. Veía vampiros en otros lugares, viles monstruos vagando por el mundo, neófitos descontrolados. Y si comparaba ese bajo mundo con el de ustedes, no había duda de mi retorno a esta ciudad. Pero algo cambió, lo admito. Conocí a Carlisle y a su familia, no lo deseaba, lo juro, pero me enamoré de su forma de vida y de ellos.- tres pares de ojos no daban crédito a aquella confesión, seguros de estar escuchando mal. –Les agradezco todo lo que hicieron por mí, de verdad, sólo que no puedo seguir atada a esta oscuridad. Por eso estoy aquí de nuevo…- se inclinó ante ellos, sin mirarlos a la cara ni un segundo. –Estoy aquí para pedir mi retiro de la Guardia Real.-
La habitación quedó sumida en un silencio sepulcral. Nadie se movió ni hizo el intento de hablar. Isabella siguió de rodillas frente a esas tres imponentes criaturas de hielo. Cayo maldecía internamente que ella complicara las cosas de esa manera. Marco podía ver el respeto que emanaba aquella pequeña chica, y se sentía orgulloso de haberle enseñado todo lo que sabía. Aro, por su parte, parecía extrañamente divertido con la situación, y es que en su cabeza ya comenzaba a formarse una nueva idea para que ella no se marchara.
-Isabella, cariño, muy lindas palabras.- la voz alegre del vampiro captó la atención de todos. –Entiendo lo que dices, pero no estoy de acuerdo con tu marcha.- la sonrisa que se había posado en los labios de Jane decayó por completo. –He de admitir que has tenido el valor de dar la cara y pedirnos permiso para irte, símbolo de respeto. Aunque he de negarme a tal requerimiento.-
Bella se puso de pie, ondeando sus suaves cabellos cafés. Sus ojos dorados volvieron a ser rojos, de un color tan intenso que daba miedo mirarlos. Sabía que aquello no sería fácil, se lo repitió todo el camino, pero esperaba que con algunas palabras bien dichas fuera suficiente. Maldijo en su interior el ser tan considerada con aquellos seres.
-Si quieres tu libertad.- habló esta vez Cayo. –Debes ganártela.- los ojos de Bella se abrieron por la sorpresa. Que es lo que se proponían. Buscó en sus mentes, pero no había nada. –Deberás demostrarnos de lo que eres capaz.- Isabella sabía que aquello era un trampa. Si ella mostraba sus habilidades no la dejarían irse, pero si, por el contrario, se mostraba débil la posibilidad de morir aumentaba.
-¿Qué debo hacer?- cuestionó, mirando a los ojo a su maestro.
-Pelearás.- habló el de cabellos negros, mirando con seriedad a la preciosa niña ante él. –Conmigo.- Isabella se quedó congelada. Miró a su maestro de nuevo, interrogándole con la mirada. Él le sonrió. No podía creer su mala suerte. ¿Por qué, precisamente, debía enfrentarlo a él?
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Siete personas se internaron en la ciudad de Volterra, cubiertas por capuchas negras. Se movían a velocidad humana, tratando de no llamar demasiado la atención. Una encabezaba la marcha, dirigiendo veloces palabras al resto, que sólo asentían. Los Cullen habían tardado poco en llegar hasta Italia, pero no por ello se sentían más confiados.
Alice había tenido una extraña visión donde veía a la chica de orbes violetas rodeada por los tres reyes. Aterrada ante esa imagen había llamado a su familia y narrado la tétrica escena. Todo parecía señalar que la mujer moriría. Fueron recibidos por dos miembros de la guardia, a quienes Isabella había advertido de su llegada. Los guiaron al interior del majestuoso castillo, bellamente decorado. ¿Quién pensaría que aquel hermoso lugar albergaría a seres sin corazón, bebedores de sangre?
-Edward.- llamó la chica de cabellos negros. Él asintió, dejando caer la capucha. Los demás le imitaron. Aquel fuerte vampiro los condujo por un pasillo oscuro, desde el cual podía escuchar risas amortiguadas por duros golpes. Su mirada se volvió de hielo, temiendo lo peor. Su cuerpo se tensó y sus facciones se crisparon. Jasper colocó una mano en su hombro, calmándolo.
-¿Qué creen que pase dentro?- se atrevió a cuestionar Rosalie, caminando tras su marido.
-No lo sé, Rose.- respondió Emmett, tomándola de la mano para que se moviera más a prisa.
Cuando la puerta se abrió no creyeron lo que veían. Isabella estaba en el piso, arrodillada, con un montón de escombros a su alrededor. Edward quiso correr hacia ella, pero más guardias hicieron aparición y le cortaron el paso. No debían interferir en aquello.
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Isabella había permanecido estática. Su maestro avanzaba sigilosamente, rondándola. Ella no se atrevía a mirarle o dar el primer golpe. No quería hacerlo. En ese momento recordó todo lo que Marco le había enseñado y como un día, sin esperarlo, había susurrado su nombre. Después de eso él había hablado de nuevo con sus hermanos, riendo de vez en cuando ante alguna idea descabellada de Aro, riñendo con Cayo. Cerró sus manos en puños y se dejó caer de rodillas. No iba a hacer nada.
Marco arremetió contra ella, estrellándola contra una columna que se hizo pedazos. Isabella le permitió golpearla, cayendo al suelo entre los fragmentos de aquel bello adorno. Sus ojos se veían marrones, como cuando humana, producto de la falta de vida en los orbes dorados que había mostrado al anunciarse la lucha. Ella no podía comportarse como una asesina con él. No quería dar ese rostro. Cuando volvió a ponerse de rodillas fue que la puerta se abrió. No necesitó girar el rostro para saber que los Cullen estaban ahí.
-¡Isabella!- rugió Edward, tratando de llamar su atención. Ella se levantó y, dándole la espalda, miró a su maestro cara a cara. En un pestañeo estaba ante él, tocándole el rostro. Marco se apartó antes que ella activara su don y le diera a conocer sus pensamientos. Le dio una patada en el estómago que la hizo caer a varios metros de distancia.
Los Cullen contemplaban aquello con una mueca de asco. ¿Cómo era posible que le hicieran eso? Y peor aún, ¿por qué ella no hacía algo? No eran capaces de comprender lo que pasaba por la mente de Isabella en ese instante, nadie podía hacerlo. Ella no iba a hacer lo mismo con su maestro, aunque intentaran que lo hiciera.
-¿Por qué no hacemos esto más entretenido?- preguntó Aro, mirando con una sonrisa a Cayo. –Alec, rompe su escudo. Jane, usa tu don.- ordenó el vampiro, aplaudiendo ante lo que se venía. Ambos niños obedecieron, rodeando a la joven. Ella les miró con lástima, dándoles a entender que no perdería su tiempo con ellos.
Nadie vio lo que ocurría mientras Alec miraba a Bella, pero ella si fue consciente de lo que pasaba. Alec podía romper esa ligera barrera que había puesto entre ellos y su cuerpo. Podía detenerle, pero no lo deseaba. Jane fue la siguiente, mirándola con odio. Isabella se retorció en el suelo, sintiendo por vez primera lo que sus presas. El dolor era insoportable, pero no quería que se detuviera. Jane paró, sonriendo triunfante.
Sin embargo, Isabella se puso de pie. –No quería tener que hacerlo.- susurró, mostrando dos ojos dorados llenos de culpa. –Ustedes son mi familia.- habló de nuevo, mirando a ambos niños. Antes que alguien dijera algo, Alec y Jane se encontraban contra la pared, sus ropas clavadas al muro con gruesas dagas. Pequeñas cuchillas volaron hacia ellos, rasgando sus ropas. No hubo chillidos de dolor, Isabella no iba a matarlos.
La joven reunió coraje de su interior, el suficiente para crear un alboroto con un movimiento de sus manos. Las tres sillas volaron por los aires, mandando al otro lado de la habitación a Aro y Cayo. Sus sonrisas se habían esfumado totalmente. Marco aún la mantenía, sintiéndose feliz de lo que ella era capaz de hacer. –No quiero dañar a nadie.- murmuró de nuevo, pero la sonrisa que se formaba en sus labios denotaba lo contrario.
-Ustedes, a ella.- habló Aro, ordenando a dos vampiros atrapar a la chica. La situación se le iba de las manos. Isabella no lo dudo, movió sus manos y los dejó inmóviles. Ambos vampiros intentaban moverse, pero era imposible.
-Si eso es lo que quieren.- dijo la chica, moviendo sus dedos en el aire. Los dos vampiros comenzaron a gritar, pero nadie pudo interferir. Las pequeñas dagas los cortaron lentamente. Y luego, de la nada, un fuego violeta los consumió, dejando sólo sus cenizas dispersas en el aire. -¿Alguien más quiere jugar?- los ojos de Aro temblaban ante el terror. Esa no era la dulce niña que habían acogido. No la creía capaz de tanto. Ni siquiera en sus misiones de exterminio era así.
-Isabella.- la voz de Marco la devolvió a la realidad. –Ven aquí.- ella se movió en su dirección. Colocó ambas manos en las mejillas del hombre y él asintió. –Con que es eso.- ella le imitó. –No tienes que seguir haciendo esto. Eres libre de elegir.- le susurró, llamando la atención de todos. Isabella negó, terca.
Antes que los demás comprendieran la escena, una corriente de aire violeta corrió, destruyendo los vitrales y las columnas. Todo era un caos. La habitación estaba destruida, los muros amenazaban con caer de un momento a otro. Cuando el polvo les permitió ver algo, se quedaron sin aliento. Marco estaba en el suelo, de rodillas. No se movía ni emitía sonido. No estaban seguros de nada.
Isabella se giró hacia ellos. Sus ojos estaban negros, cargados de odio y furia. Por sus mejillas blancas corrían lágrimas rojas, alertando a todos de que algo andaba mal. Esas espesas lágrimas impactaban contra el suelo, formando pequeños charcos de sangre. Cayó de rodillas de forma violenta, rompiendo el piso. Antes que su rostro siguiera el mismo camino, Marco la atrapó entre sus brazos, acunándola en su pecho.
Los ojos de la chica se cerraron, pero las lágrimas no se detuvieron. Marco acarició sus cabellos, apartándolos de su rostro. –Ha llegado a su límite.- pronunció despacio, mirando seriamente a sus dos hermanos. –Le has quitado todo, Aro.- su mirada se oscureció por el enfado. –Ha matado a dos de sus hermanos. Sabes que ella no actúa de esta forma. Ella tiene sentimientos, es por eso que ha crecido tanto. Esta combinación de dones sólo es posible al alimentar su odio.- sus palabras se perdían en el tenso silencio. –Es posible que no despierte.-
Aquellas simples palabras golpearon a Edward con gran intensidad. En ese momento se olvidó por completo de las órdenes de los guardias y corrió hacia Isabella, arrodillándose frente a Marco. Alice intentó verla en el futuro, pero no pudo. Edward se permitió tocarla levemente, bajo la seria mirada del vampiro de sedosos cabellos negros. Se preguntó que pasaba por la mente de Bella, pero le era imposible saberlo si ella no se lo mostraba.
Carlisle le tendió la mano a Aro y Cayo, ayudándolos a ponerse de pie, pues los dos seguían en el suelo, contemplando la escena. Las esposas habían aparecido, alertadas por el escándalo. Esme estaba con ella, explicándoles lo sucedido. Demetri y Félix se mantenían a un lado, junto con Emmett y Jasper. Rosalie dudaba entre acercarse o no, al igual que Heidi. Los dos infantes ahora estaban en el suelo, arrodillados y sin decir nada. Sus ojitos siempre traviesos se mantenían serios, aún con miedo de lo que pudo haber ocurrido. Alice siguió buscando, nada.
Nuevamente la vida de Isabella parecía haberse ido. Y esas horribles lágrimas rojas no dejaban de surcar sus mejillas. Era sangre, no había duda.
