Disclaimer: Twilight no me pertenece y nunca lo hará, todos lo saben ya y aunque dijera lo contrario nadie me creería. El título está inspirado en una canción de Arctic Monkeys que les recomiendo escuchar durante la lectura.

Escrito para el Darkward Fanfic Contest

Dangerous Animals

By MrsValensi

Capítulo III:

I've pinned down by the dark.

Él era posesivo, dominante y aterrador. Él jugaba un juego enfermo y obsesivo, y había tirado de mí hasta sumergirme dentro de él y dejarme sin siquiera una mínima posibilidad de escapar. Después de todo, ¿cuáles eran las posibilidades de que yo saliera gritando que había un vampiro en la escuela y no acabara encerrada en una institución mental?

Cero.

Y, sin embargo, sabía que, incluso cuando hubiese habido alguna triste alma solitaria dispuesta a creerme, yo no hubiese sido capaz de decir ni una palabra al respecto. De alguna forma, me sentía mortalmente atrapada entre su cuerpo y la pared, entre el mortífero secreto de su naturaleza y sus hipnotizantes ojos anaranjados. Desear algo que me lastimaba debía ser lo más masoquista que había hecho en mi corta vida, pero no podía evitar el sentimiento de incertidumbre e inevitable atracción que bullía dentro de mí cada vez que él estaba cerca, entremezclándole con ese miedo delirante que me causaban cada una de sus acciones.

Todo se sentía anormalmente bien. Cuando me cogía por la cintura, cuando su cuerpo me empujaba contra el suyo, cuando sus labios rozaban mi cuello, cuando sus colmillos se hundían en mi piel… no quería que se detuviera. Era enfermizamente agradable, anormalmente sensual.

¿Estaba acaso perdiendo la razón?

Alguien entró al baño y sentí el cuerpo de Edward tensarse. En un movimiento veloz y grácil, giró y quedó él apoyado contra la pared, pegando mi espalda a su pecho y tapando mi boca con una de sus gélidas manos. Relajé mi cuerpo mientras esperaba allí; fuese cual fuese mi posición, tenía el suficiente cerebro para darme cuenta que debía guardar silencio. De hecho, podía asegurar que cualquiera, incluso un animal, hubiese percibido el peligro y la silenciosa amenaza de aquel cuerpo de belleza hipnotizante y dientes afilados.

Después de unos minutos, él tiró de mi mano.

—Vámonos de aquí —sentenció.

—¿Q-qué?

Él no respondió; simplemente tiró de mi muñeca, obligándome a ir detrás de él. Mis pies se movían por inercia, mientras mi pensamientos seguían siendo censurados por la intoxicante presencia de aquel ser sobrenatural. Me traslado por los vacíos corredores de la escuela como si simplemente fuera un títere sometido a su voluntad.

Él tenía un flamante Volvo plateado que lo esperaba en el aparcamiento de la escuela, haciendo que los autos a su alrededor lucieran como vieja y descolorida chatarra, incluido mi gastado monovolumen. Edward Cullen abrió la puerta del copiloto y espero a que subiera al auto. Sin embargo, no pude hacer más que mirarlo inexpresivamente, intentando que el miedo que sentía no modificara mi mueca.

—¿Por qué… debería subir?

Edward suspiró, como si aquella conversación fuera algo realmente insustancial.

—No seas idiota —pidió, con sus llameantes ojos de ese extraño color anaranjado—. Sube. No es como si realmente tuvieras opción.

Me vi a mi misma arrastrando mi cuerpo dentro del vehículo y, antes que pudiera siquiera darme cuenta, Edward se encontraba sentado frente al volante, a mi lado. Él arrancó el automóvil y yo me tensé en mi lugar, pensando en lo absurdo de la situación y sin lograr concentrarme en lo absoluto. Sabía que debía huir, debía buscar alguna forma de escaparme de las garras de Edward Cullen y no volver a acercarme a él nunca; pero había algo magnético que me mantenía atada a él, una extraña fuerza incierta y delirante que me hacía seguirle la corriente.

Nos detuvimos varios minutos después, cerca del bosque. Mi padre no me dejaba demasiado acercarme allí, debido a los animales peligrosos que andaban sueltos en la parte más profunda del terreno.

Observé al pálido ser a mi lado, pensando que posiblemente los animales más peligrosos eran los que se encontraban en la superficie, justo a nuestro alrededor y bajo una perfecta y encantadora máscara.

Él me cogió bruscamente de la mano, haciendo que su frío tacto me generara un involuntario escalofrío. Edward ni siquiera se volvió para mirarme, sino que aceleró su paso, dificultándome seguirle el ritmo. Estaba realmente concentrada en mantener mis torpes pies detrás de los de él, que apenas podía ver la espesa vegetación pasando a nuestro lado. Fue por eso, quizás, que me sorprendí cuando los frondosos árboles abrieron paso a un enorme claro, cuya hierba brillaba bajo el perlado cielo encapotado. Era una vista hermosa.

—¿Qué hacemos aquí? —pregunté, hablando rápidamente.

—Estar lejos de la gente —respondió él secamente, dándome la espalda.

Quizás hubiese sido una buena oportunidad para correr entre los árboles y escapar, o quizás esconderme…

—Ni pienses en huir —habló él, sobresaltándome—. Te alcanzaría incluso antes que dieras tres pasos.

Me sorprendió su capacidad para leer mis movimientos, incluso cuando ni siquiera estaba mirándome. De cualquier forma, aunque la posibilidad de huir hubiese aparecido entre mis pensamientos, mis deseos de hacerlo no eran tan fuertes como la necesidad que tenía de saber más de él, de averiguar a qué venía todo aquel misterio y sadismo que flotaban sobre su persona.

—¿Haces esto con todas las chicas?

Mi voz se oía temerosa, pero no podía evitarlo. A pesar que mi parte racional no funcionaba del todo bien, el miedo seguía allí, recordándome ocasionalmente que estaba atrapada y jugando con algo que iba mucho más allá del peligro que yo conocía. Estaba tentando a mi propia suerte, que, de por sí, siempre había sido bastante mala.

—Créeme, no hay nada de las otras chicas en ti, Isabella —musitó él, volviéndose para mirarme—. Es tan… frustrante.

—No… entiendo.

Él se acercó con su andar grácil y yo, instintivamente, me eché hacia atrás. Él rió lúgubre pero melodiosamente, avanzando más rápido y quedando cerca de mí en cuestión de segundos. De alguna forma, siempre estaba intentando probarme que cualquier movimiento que hiciera era inútil. No era como si yo no lo supiera, por supuesto…

—No sé que piensas, no sé que cómo te sientes, no sé nada de ti —gruñó roncamente—. Y tu sangre… es adictiva, Isabella, dolorosamente adictiva.

Una corriente eléctrica me sacudió fuertemente y pensé que perdería mi estabilidad en ese momento. Sin embargo me mantuve en pie, sintiendo que los ojos de Edward penetraban los míos. Incluso cuando él decía lo contrario, tenía la sensación que podía ver perfectamente a través de mí.

—Yo tampoco se nada de ti —repliqué, vacilante.

Nuevamente rió de esa forma escalofriante pero tentadoramente seductora.

—El asunto es que nadie sabe nada de mí —aseguró él, su gélido aliento chocando contra mi rostro—. Pero yo lo sé todo. Sé todo sobre cada una de las insignificantes personas de este aburrido pueblo y puedo hacer que ellos olviden lo poco que conocen sobre mí. Y, sin embargo, tú… nada. En blanco. Y tú puedes recordarlo todo, lo que lo hace aún más peligroso.

—¿Hay algo mal conmigo? —pregunté, sin comprender una palabra de lo que decía.

Él volvió a dejar que su risa macabra flotara por el aire, dándome escalofríos.

—Todo está mal contigo —aseguró—. Todo, por ser tan malditamente irresistible.

Me estremecí cuando su boca cogió la mía por sorpresa y sus brazos se enredaron posesivamente sobre mi cintura, evitando que mi cuerpo se desplomara. Cada pequeño roce de su piel contra la mía era como sentir una braza ardiendo sobre mí; una dolorosa tortura de lo más masoquista que estaba haciéndome sentir en las puertas del cielo, a punto de caer en picada hacia el mismísimo infierno. Edward era la perdición personificada; el demonio en el cuerpo de una criatura hermosa.

Fui yo quien se aferró a su cuello, intentando que aquel beso no terminara. No me importaba si la falta de aire terminaba por matarme. Él era como una droga para mí. Si sus colmillos se clavaban en mi piel y acababan por mi vida, por lo menos iba a irme del mundo con la certeza de haber conocido primero el mismísimo paraíso.

De repente, Edward interrumpió el contacto, su ceño fruncido y sus labios apretados.

—Debes entenderlo —susurró él contra mis labios, apartándome suavemente—, lo único que deseo de ti es tu sangre.

—No me importa —respondí, cerrando los ojos nuevamente—, puedes tomarla. Es toda tuya.

Sentí su boca sobre la piel expuesta de mi cuello y sus dientes rozaron la superficie, mas no se clavaron en ella como pensé que lo harían. Simplemente dejó que sus húmedos labios se deslizaran por allí, haciendo que mi corazón realizara una errática danza dentro de mi pecho. Había una actitud diferente en él desde la primera vez que me había besado. De alguna forma, ya no estaba aterrada. Edward Cullen no me daba miedo; era un sentimiento muy opuesto a ese, que se debatía entre la atracción y los deseos de posesión.

La frialdad de su boca abandonó mi cuello y su cabeza se alzó a una velocidad inhumana. Sólo fue cuestión de segundos para que cuatro jóvenes aparecieran. Yo los conocía. Ellos eran los famosos familiares de Edward, los escalofriantemente perfectos miembros de aquella peculiar familia.

—¡Yo lo sabía! —gruñó la chica rubia—. ¡Tú sigues siendo el mismo animal que ha llegado aquí hace unos meses!

—Rosalie… —murmuró el gran joven a su lado, reteniéndola de un brazo.

Ella se zafó y siguió avanzando.

—¡Terminarás matándola! —gritó—. ¡Todo será a costa de tu propia satisfacción!, ¿acaso la vida humana no vale nada para ti?

Me encogí cuando Edward interpuso su cuerpo entre el mío y el de Rosalie. Los dos se miraron con un desafío y una frialdad que podría haber congelado el mismísimo infierno. La mano helada de Edward se apoyó sobre mi estómago, haciéndome hacia atrás. La joven rubia tomó aquello como algún tipo de amenaza, ya que prácticamente saltó sobre él. El más grande y musculoso del grupo saltó en su ayuda, haciéndola volver a sus casillas.

—¿Acaso os quedarais ahí mientras él la domina a su antojo? —preguntó agresivamente ella, señalándome en el proceso.

—Edward, deja a la chica —pidió el joven que retenía a Rosalie por la cintura.

—Os he pedido que no os metáis en mi vida —gruñó Edward, erguido frente a mí—. Esto no es vuestro asunto.

—¡Lo es, imbécil! —gruñó la rubia—. ¡Si alguien lo sabe, todo terminará mal para nosotros!

Esperaba más reacciones de parte de la familia, más Edward me alzó sobre sus hombros y empezó a correr a una velocidad que fácilmente superaba a la de cualquier automóvil. Todo a mi alrededor se movía vertiginosamente y pensé que en cualquier momento podría vomitar. Me aferré al pecho de Edward como si la vida se me fuera en ello, mientras él no dejaba de moverse entre los cientos de árboles y ramas.

Tenía miedo. No el miedo de poder morir, el miedo de no poder contar los hechos que habían sucedido ese día. Mi miedo más fuerte era ser dejada por él. Tenía un anormal terror a que el decidiera que, realmente, mi vida no valía absolutamente nada. Yo no era más que una triste criatura mortal que él podía dominar a su antojo, y hacerme sentir mínimamente especial para él era un oscuro deseo que difícilmente podría reconocer.

Nos detuvimos entre unos árboles, cerca de una pequeña cabaña de madera. Edward me dejó bajo a unos altos pinos que desprendían un fuerte olor. Me senté allí y abracé mis piernas, mientras él se dejaba caer desganadamente a mi lado. Llevó dos dedos de la mano derecha al puente de su nariz, claramente ofuscado.

—No puedo creer que esté arriesgando todo esto por ti.

Me quedé observándolo, confundida y temerosa.

—¿Tu familia?

Él negó con la cabeza, con una expresión despectiva.

—Ellos no me importan —confesó—. Estoy arriesgando mi propia satisfacción, mi cómoda existencia. Todo por una simple humana como tú.

Miró al cielo y yo me quedé con la mirada fija en su mandíbula cincelada. Otra vez la misma sensación de desasosiego. Esa triste proposición que yo había ya formulado en mi extraña mente. Éramos dos mundos distintos, el amo y el esclavo, el león y la oveja. Pertenencia a estados de dominante y dominación con destinos inevitables.

—¿Vas… a matarme? —pregunté.

Sus ojos oscuros me observaron intensamente.

—No —murmuró—, aunque el hecho de que seas tan irresistible no hace las cosas más fáciles.

Me sonrojé y me acerqué un poco más a él, hasta quedar justo frente a su cuerpo. Corrí mi pesado cabello hacia un lado, dejándole un fácil acceso a mi cuello. Tímidamente alcé mis ojos y me deleité con las facciones desconcertadas de su pálido rostro, del que sólo destacaba la mirada oscura, incrédula.

—Puedes tomarla —susurré, vacilante—, ya te lo he dicho.

Su boca se acercó a mi cuello y sentí como las filosas puntas de sus dientes se clavaban en mi piel, mientras él me cogía por la cintura y me pegaba contra su cuerpo. Me senté sobre sus piernas, sintiendo una extraña mezcla de dolor y placer extenderse por todo mi cuerpo. Mis manos se hundieron en la tela de su camisa, arrugándola bajo mis palmas. El dolor fue cesando levemente cuando sus dientes salieron de mi cuello, haciéndome soltar un suave suspiro, suspiro que fue acallado por sus labios rojos.

Su boca sabía a mi propia sangre, mezclado con un sabor dulzón que parecía su marca personal. Ni siquiera podía imaginar lo que estábamos haciendo, pero simplemente no podía despegarme de su boca. Era una situación tan enferma como perfecta.

Y no me importaba.

Realmente me daba igual si él era una criatura oscura, dañina y posesiva. No me interesaba si había algo que nos impediría seguir con ello, incluso cuando ese algo pudiese ser un pequeño desliz por parte de Edward. Si él quería matarme, ya me daba igual; había algo en su toque, en sus palabras y en su actitud que me atraían y me hacían sentir extrañamente viva. Por primera vez sentía que realmente mi existencia era interesante, que había algo por lo que valía la pena arriesgarse.

Edward Cullen era deseo y perdición, éxtasis y rendición.

Y estaba dispuesta a aceptarlo.

—Cuando hablaba de irresistible no sólo estaba hablando de tu sangre, Isabella —gruñó él, antes de volver a capturar mi boca posesivamente.

Y yo se lo permití con fervor.

Era la presa favorita del animal más peligroso del mundo; con los sentidos nublados, me había interesado en mi potencial asesino.

Que oveja tan idiota.

La loca estaba feliz y se escribió lo que restaba del capítulo. Dios, no puedo creer que las cosas se hayan dado a mi favor y que finalmente la semana que viene pueda comenzar mi vacaciones. Soy feliz, llueve y encontré un chocolate en la heladera. ¿Cuán buena puede ser la vida? (no hagamos alusiones a otras cosas, porque el horno no está para bollos).

El capítulo es el anteúltimo, y tan sólo quedará uno más. Les juro que me sorprendió el buen recibimiento que tuvo esta pequeña historia. Era una idea disparatada y muy paralela que tenía en mi mente y realmente me alegré muchísimo al saber que les gustaba. Mil gracias por sus reviews, que alimentan esta mente enferma y extraña.

Por cierto, he publicado ya The Bad Guy. Me hace muchísima ilusión saber qué piensan de ella, porque es uno de los proyectos más serios y complejos con los que me he metido. A medida que avancen los capítulos sabrán por qué se los digo.

También les cuento que ha comenzado A Beatle Contest, ya se están recibiendo las historias. También, otra cosa que me tiene muy contenta e ilusionada. Soy como una niña a veces. ¿Más información? El link se encuentra en mi perfil.

¡Saludos para todos! Espero que disfruten del fin de semana, que realmente es algo merecido jaja.

Nos leemos pronto gente.

MrsV.