convivio regum I

Aldebarán, Shaka

Pre-canon, LoS

A veces, para mirar alrededor, primero hay que mirar hacia uno mismo.


Dentro del santuario en el cielo, los santos de oro representaban aquella cosa que aún podía considerarse «magnífica» o «extraordinaria». Residir en una ciudadela sobre las nubes, protegida por un escudo de cosmos divino, volvía a la gente menos escéptica y más difícil de impresionar. Santos rondaban de acá para allá, cumpliendo con sus deberes o gastando el tiempo muerto sin molestarse en suprimir sus habilidades por el camino; las irregularidades eran algo del día a día.

Cabía entonces preguntar; ¿qué podría impresionar a un santo de oro?

Shaka de Virgo, el guardián de la sexta parada en el santuarius eclipticus, era llamado «el hombre más cercano a los dioses». Este hombre poseía un cosmos sin par, mas no se atrevía a compararse a ningún dios porque, a diferencia de su propia divinidad, era incapaz de sentir piedad hacia sus mal llamados «pares»; los humanos.

De hecho, era un defecto puro. La piedad solo puede ser dirigida hacia los seres inferiores, pues hacia los pares solo existe la empatía y ante los superiores la contemplación. El hombre no sentía piedad hacia nadie. Shaka no buscaba la erradicación de todas las hormigas en su camino mas no por ellas se desviaría o detendría su andar, de éso estaba seguro.

Un defecto minúsculo en el gran plano de su existencia, pero, uno tan importante como el respirar.

Shaka de Virgo, una tarde, encontró una invitación en la entrada frontal de su templo. El símbolo del toro, sellado en oro sobre el papel, era suficiente para reconocer de qué se trataba. No era nada urgente, ni obligatorio; Shaka tenía la opción de ignorarlo y nadie se enteraría jamás —exceptuando al santo de Tauro, por supuesto, pero el hombre no era rencoroso—.

Aldebarán de Tauro gustaba de invitar a sus hermanos de orden a compartir banquetes de vez en cuando; rara vez invitaba a más de uno ya que tener a demasiados santos de oro reunidos tendía a resultar más desastroso que ameno. Nadie, de cualquier forma, pronunciaba sino halagos respecto a la atención y esmero de Tauro en su cruzada personal por «reforzar lazos entre hermanos». De hecho, era todo lo opuesto a Shaka de Virgo, quien buscaba activamente apartarse de todo lo terrenal en su espectador intento de introspección. El santo hindú estaba seguro de que Aldebarán jamás lo había invitado a comer (suponía no lo haría) porque el brasilero era consciente de ello. Así que, la primera idea de Shaka al levantar el papel del suelo, fue que en realidad cayó olvidada y en verdad estaba dirigida a alguien más. Pero su nombre estaba escrito con una cursiva incuestionable, redonda y firme, y ello lo sorprendió.

Aldebarán de Tauro era un hombre respetuoso, empático y piadoso a más no poder. Los soldados veteranos, sus hermanos de orden y los demás residentes del santuario lo admiraban como a un hermano mayor.

Parecía ser aquello una señal caída del cielo.

Así que Shaka decidió presentarse al banquete, que se celebraría con o sin su presencia, quemando la carta mediante un ligero empleo de su cosmos. Cuando el fuego alcanzó el símbolo del toro, éste palideció antes de desaparecer.

Shaka nació en la India, rodeado por masas de personas que se acumulaban sin pena y sin reparos; se aisló a sí mismo en los templos abandonados con las ratas y serpientes porque los niños no paraban de maravillarse por su color de cabello e intentaban tocarlo —una vez, le cortaron un mechón—. La India era ruidosa, la gente era bulliciosa. Algunos lo tomaban como algo positivo, como proliferación, pero Shaka lo detestaba; los templos budistas que más se alejaban de las ciudades eran los más deteriorados y silenciosos, pocas veces la gente se acercaba a ellos y por ésto se convirtieron en su sitio favorito.

Aún así, el silencio de la soledad era demasiado para un niño. La primera vez que habló con Buda, creyó estar conversando con una pequeña serpiente antes de morir de hambre.

Shaka no murió de hambre en soledad solo gracias a la piedad de un dios. Por supuesto, estaba agradecido. Pero sobrevivir no era su mayor aspiración; él deseaba entender por qué debía beber el agua de un río manchado de sangre y cenizas, por qué la gente parecía ser tan feliz aún cuando pasaba días sin tomar descanso o una mala temporada mataba todas las cosechas, por qué parecía ser él el único que sufría cuando todos los demás claramente no estaban mejor. Así que preguntó y preguntó, pero rara vez le eran conferidas respuestas comprensibles. Aún era muy joven para entenderlo.

La injusticia es tan natural como la justicia; no puede existir una sin la otra. Era su decisión como humano sucumbir ante la primera o luchar por la segunda.

Shaka de Virgo no portaba su armadura cuando se presentó en el templo de Tauro mas, como siempre, el colgante con su placa estaba aferrado al doblez de su hábito amarillo.

El guardián de la segunda parada lo recibió con una enorme sonrisa y los brazos abiertos, en un abrazo que casi le quitó el aire al sexto custodio. Como cabía esperar, el brasilero tenía preparada una larga mesa de platos que olían de maravilla y no tardó en anunciar que había hecho una inusual excepción al evitar utilizar carne en las comidas. Como cabía esperar, Aldebarán comenzó a monologar animadamente mientras servía hasta que Shaka se animó a unirse en conversación. Como cabía esperar, llegó el momento en que Tauro decidió mencionar que no esperaba realmente recibir a su compañero, pues jamás nadie lo había visto comer.

—No suelo comer en compañía, es cierto —reconoció el santo, pues incluso Milo no temía quitarse la máscara para compartir mesa con sus hermanos—. Cuando era un niño, los demás siempre metían sus manos en la comida ajena y no dejaban de hablar con la boca llena.

—Suena a cosas que los niños hacen —Aldebarán rió, sorprendiendo a su hermano, pues él no se refería solamente a otros niños—. Mas entiendo que ése es un motivo para no querer aceptar mi invitación, puedes decirme entonces, ¿por qué has venido?

—Te llevas bien con todos Aldebarán, sea porque puedes aceptarlos como son, por ignorancia o por caridad, en realidad no lo sé —admitir no saber algo, era duro para el santo de Virgo—… Pero me encantaría entenderlo, entenderte. He intentado, desde que salí de la India siguiendo a una serpiente blanca para llegar aquí, sentir cualquier tipo de dolor o remordimiento hacia aquellos niños que se morían de hambre a mi lado y a los que dejé atrás con nada más que alivio en el corazón —Shaka abrió sus ojos y se encontró con que su hermano lo miraba de regreso con firmeza, mas no con odio sino con pena—. Aldebarán…

—Entiendo la necesidad de desapego, Shaka, aunque para mí fue distinto —el brasilero suspiró—. Yo crecí gracias a estar rodeado de otros niños de mi favela, no teníamos padres pero nos tratábamos como hermanos, sobrevivimos gracias a estar juntos. Cuando tuve la oportunidad de marcharme, ellos me despidieron con alegría mientras yo era el niño tonto que se puso a llorar —el santo de Tauro alzó una mano—. Olvidar está bien, pero ni siquiera yo siento pena por aquellos chicos con los que crecí y, mucho menos, por aquellos a los que jamás conocí.

—Pero —Shaka se encontró falto de palabras por primera vez en mucho tiempo, inseguro sobre si su gentil hermano estaba siendo sincero o solo intentaba empatizar con él.

—Pero —Aldebrán asintió—, nosotros solo podemos ayudar a las personas cuando no son ellas mismas las que se están matando, jamás me metería a intentar solucionar una guerra armada o conflicto gubernamental y tú tampoco, Shaka; no somos santos para éso. Además, como he dicho, nuestra situación es diferente… Tu gente cree en la reencarnación, ¿no es así?

El santo de Virgo cerró los ojos al recordar aquella primera vez que oyó la palabra, cuando aún no la entendía; un niño que iba a morir dijo que le encantaría ser una paloma en su siguiente vida. Los adultos afirmaron que había sido un muy buen chico y su próxima reencarnación sería lo que desease. Shaka solía ser arrastrado a esas despedidas aún sin desearlo, pues los padres prometían darle algo de comer si rezaba en el nombre de sus hijos una vez éstos cerrasen los ojos. Shaka entonces tuvo severas dudas sobre si debía rezar por la partida del muchacho o por el nacimiento de una paloma, mas no había vuelto a pensar en ello tras recibir el pan y el queso que los padres le entregaron.

—Sí, por lo general.

—¿Y tú? —continuó indagando el santo de Tauro.

—El ciclo de reencarnación es doloroso, un alma debe limpiarse de todo mal antes de volver a nacer. Los medios son inciertos, hasta que llegue el momento propicio, pero ninguno es amable y, si el alma no consigue limpiarse, se perderá en sí misma hasta desaparecer.

—Suena duro —Aldebarán tomó un trago de su copa, un largo trago—. Pero, si me preguntas a mí, también es un alivio. Olvidar, significa dejar atrás tanto lo bueno como lo malo.

—Así es.

—Aunque tengo entendido que tu propósito es lo opuesto. Quieres recordarlo todo, Shaka, todo sentimiento y toda acción, pero también quieres conseguir que no te afecten. Quieres conocer a esos niños, hacerte su amigo y llorar su despedida para luego atesorar el recuerdo sin que perturbe tu conciencia; desearías que éso hubiera ocurrido, pero ni siquiera nosotros podemos retroceder el tiempo. Dime si me equivoco.

Shaka permaneció callado.

—Bien. Entonces, si me lo permites, ¿qué tal si encaras el problema de otro modo? —el de Virgo asintió, indicando a su hermano que siguiera—. Si no encuentras piedad en tu corazón por las almas de aquellos que algún día olvidarán tu existencia, podrías intentar empezar sintiendo pena por ti mismo, tú, que tendrás que llevarlo todo en la conciencia. Si ellos lo supieran, seguro llorarían en tu lugar.

De hecho, y por insultante que pudiera sonar, la idea de Tauro no estaba errada. Shaka sí deseaba ser consciente de todo, éso quería decir que tenía que ser tanto lo superior como lo igual y lo inferior; debía respetarse, entenderse y apiadarse de sí mismo. No era algo que no supiera, mas era algo que no había racionalizado hasta el momento.

—Es patético sentir pena por uno mismo —tuvo que confesar y Aldebarán asintió.

—No siempre hemos sido los de hoy. No tienes que sentir pena por tu yo actual, sino por el pasado y, si éso no te ha funcionado, siempre puedes pensar en el futuro.

—Eso es, imaginando que lo logre —el santo de Tauro rió.

—Shaka, estoy más que preparado para volver a ser el niño tonto que llore tu no-partida.

La brillante confianza de Tauro hizo sonreír al santo de Virgo, quien finalmente volvió a tomar la cuchara dispuesto a acabar con el delicioso tarka daal que aguardaba aún tibio enfrente suyo. Según los testimonios de sus hermanos, la mejor forma de agradecer la hospitalidad y gentileza de Tauro era reconocer y disfrutar su buen gusto.