INUYASHA NO ME PERTENECE, PERO LA TRAMA SÍ
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AGUANTA CORAZÓN
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CAPITULO 14
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―Tienes que recompensarla ―comentó Hiten repentinamente,
Bankotsu levantó la cabeza a mirarlo al oír aquel comentario.
Ambos hombres se encontraban en la flamante oficina sesenta, el último piso del edificio y que representaba a la cabeza ejecutiva de la compañía.
El abogado había venido a trabajar en unos informes y ponerse de acuerdo en unas estrategias, ya que Bankotsu lo nombró vicepresidente de Legales para que pudieran trabajar codo a codo, sacándolo de aquel puesto de asesor interno que lo limitaba y podía hacerlo desde su nueva posición sin necesidad de consultarlo con ninguna Junta.
― ¿A quién te refieres? ―preguntó él, aunque sabía perfectamente a quien se refería.
―Sabes que hablo de tu secretaria…y un aumento se vería muy bien ―completó Hiten, quien tenía en alta estima a la joven secretaria―. Por supuesto, un bono para tu vicepresidente de Legales quien la seleccionó para ti tampoco se vería mal.
―Le daré un bono ―mencionó Bankotsu, y siguió escribiendo ―. No necesitará un aumento ¿Qué podría necesitar una muchacha pueblerina sola?, ya verás que se liquidará su bono comprándose toda la comida de Manhattan.
Bankotsu no lo decía con mala intención. Pensaba darle un bono doble y algunos días libres cuando la oficina estuviese asentada para que viajase a Cheyenne a visitar a su familia. Pensaba obsequiarle billetes de avión. Imaginaba que extrañaba a sus parientes.
Ni siquiera estaba seguro de como fue que tuvo aquella pésima idea, pero lo pensó la noche anterior.
―Esta planilla de FINANCIAL terminará por romperme el cuello ¿vamos por una copa luego de acabada la jornada? ―le preguntó Hiten
Bankotsu entornó sus ojos. Le hubiera gustado eso, pero para su desgracia tenía planes con Kagura Foreman, a quien prácticamente no había visto durante todo el proceso electoral.
No quería que le fuera con el cuento a Naraku, no cuando apenas asumía el cargo
Y su padre seguía siendo el otro accionista mayoritario.
―Diviértete por mí, aún tengo trabajo que hacer ―fue lo que respondió a su leal amigo.
Y no mentía, Kagura era un trabajo para él.
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Kagome estaba agotada, y todavía no terminaba de organizar su nueva área de trabajo que era dos veces más grande que la anterior.
Tanner la había llamado hace un rato a pedirle algunas cosas que faltaban en la casa. La leche y los cereales se agotaron y quería llevar algo de comida para horno.
Hace unos días le pagaron el sueldo. Entre su parte del alquiler, la comida, transporte y pagar la tarjeta de crédito, se había quedado con lo justo.
El costo de vida en New York era realmente alto y ella venía arrastrando muchas deudas de su época con el imbécil de Koga.
Se llevó las manos a la cabeza.
¿En que estaba pensando cuando creyó que podría formar familia con un tacaño estafador, más interesado en un dinero que jamás seria suyo?
Porque si pensaba sacarle algo al padre de Kagome, ya podía morir soñando.
Suspiró con cierta nostalgia.
Su padre y menos Kikyo nunca intentaron contactarse con ella, siquiera para preguntar por Tanner.
A veces le gustaba fantasear que venían a buscarlos.
Era la única familia que Tanner conocía y lamentaba que su hijo viviera con esa imagen.
El rostro de Bankotsu le saltaba a la cara como un aviso viviente de sus errores y las consecuencias de su silencio.
Meneó la cabeza, aun debía completar unas planillas o Bankotsu la regañaría.
La última vez le había dicho que debería de amar hacer las planillas, tanto como a las donas.
Kagome frunció los labios.
No le gustaban las donas, pese a que él pensara que era capaz de comerse lo que le pusieran enfrente. Y no lo culpaba, su sobrepeso era notorio y más en comparación a las bellísimas oficinistas que se paseaban por todo el edificio.
En eso, el repiqueteo de unos tacones le quitaron la poca concentración que aún tenía.
Por un momento tuvo un dejavú de Tsubaki, aquella secretaria malvada que se ocupó de hacerle la vida imposible las primeras semanas.
La que apareció fue una mujer despampanante. Aunque sólo la había visto una vez, su imagen jamás se borró de la retina de Kagome.
Kagura Foreman acababa de aparecer.
Unas enormes gafas oscuras con el logo de Chanel decoraban su maquillado rostro. Portaba un vestido de coctel que le quedaba como un guante en su espectacular figura.
Ni siquiera saludó ni se quitó las gafas.
―Dile a tu jefe que necesito verlo.
Kagome miraba a la mujer con gesto embobado, ya que su frutal e intenso perfume inundaba el lugar.
Pero la recién llegada no tenía paciencia y menos para una simple secretaria. Y pensaba demostrarlo.
― ¿Acaso no has oído?
Kagome se apresuró en buscar el botón del intercomunicador para llamar a Bankotsu. Se sentía doblemente torpe en movimientos.
―Se…señor Van Dyke…lo busca la seño...señorita Foreman.
Kagura la miraba como si fuera un insecto.
―Los estándares de Recursos Humanos de esta compañía han bajado considerablemente ―comentó la hija de Naraku.
Kagome estaba tiesa en su sillón y se obligó a mantenerse así cuando la puerta se abrió y salieron ambos hombres.
Hiten se quedó cerca del recibidor, mirando una de las carpetas, pero Kagome no le prestaba atención a eso.
En cambio, observó atentamente cuando Bankotsu besaba a la perfumada Kagura, en un contacto corto pero que a Kagome le pareció una oportunidad.
No los oía porque sentía que el sonido se veía opacado por el latir intenso de su propio corazón que no estaba seguro de cómo reaccionar a esa imagen.
Luego los vio marcharse. Él sin despedirse y cogiéndola del talle ahora.
Kagome deseaba que la tierra la tragara mientras veía desaparecer sus espaldas hacia el ascensor. Iban a tener una cita, eso era claro.
― ¿Señorita Darby? ¡La tierra llamando a la señorita Darby!
La voz del abogado Hiten la regresó de su lamentable amargura.
―Perdón, es que me distraje…
Hiten no parecía muy convencido.
―Parece más que una distracción, señorita Darby.
―No es nada ―ratificó ella, tratando de mostrarse segura.
Hiten enarcó una ceja.
Su experticia como profesional del derecho le hacía conocedor de las personas, así que sospechaba que lo de ella era un problema más gordo de lo confesado.
Dejó la carpeta que estaba leyendo y guardó su bolígrafo en su traje.
―De todos modos, Bankotsu autorizó a darte el día libre si lo deseas, ya que por hoy él no regresará a la oficina.
―Pero no puedo dejar la oficina…
―Este lugar seguirá aquí por la mañana.
Kagome ya no iba a discutir, iba a tomar aquella licencia y marcharse de allí de inmediato. Era lo más sano, ya que aquella visión de Bankotsu con la novia la afectó demasiado y no quería cometer ningún error por hallarse en una situación de bajas defensas.
―Estaré de regreso mañana temprano.
―Y es lo que le dije, señorita Darby, su escritorio no escapará de aquí por la mañana.
Kagome siguió cargando su bolso, aunque no podía controlar el estremecimiento que la azotaba, el ver a Bankotsu con aquella mujer. Se sentía doblemente estúpida ya que se suponía que ella no debía verse apretujada por esto.
Pero hacerlo era muy diferente a pensarlo.
Hiten, quien seguía escribiendo algo en aquella carpeta permanecía en el mismo sitio, pero cada tanto le echaba una ojeada a la nerviosa secretaria.
Finalmente, Kagome terminó por irse, pese a que a metros Hiten volvió a llamarla para avisarle que dejó el móvil sobre el escritorio. Kagome tuvo que volver y asumir su distracción.
Realmente era buena idea marcharse de la oficina y resetear para mañana.
Un mañana, a la que con suerte no volviera a toparse con la fotografía de Kagura y de Bankotsu.
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Sacó la tarjeta del metro, pero volvió a guardarla.
No le gustaba comprar en esa zona por los precios, pero no tendría tiempo de ir al supermercado chino para buscar lo que necesitaba y aún estaba demasiado afectada, más de lo que admitía.
Iba a preparar hamburguesas caseras para su hijo y pensaba darse ese lujo usando la línea que tenía disponible en la tarjeta de crédito que pagó hace unas semanas.
Prefería adeudarse un poco allí por comida, que usar el dinero guardado.
Empujó la puerta de uno de esos Whole Foods que tenía tantas sucursales en el distrito financiero y comenzó a hacer una lista mental del pedido de Tanner más los ingredientes de la cena que pensaba preparar.
Carne molida.
Leche.
Cereal.
Salsas.
Pan fresco.
Mantequilla.
Y ¡qué demonios!, se llevaría una botella de vino tinto, claro buscaría el de menor precio, pero esa noche creía merecerlo.
Volvió a mirar la canastilla, asegurándose de llevar una buena cantidad, ya que además de ella y Tanner, también estaba Sango a quien de ninguna manera pensaba excluir de la cena.
La fila no era tan larga, pero eran gente como ella.
Personas de otras zonas que trabajaban en Wall Street, que aprovechaban el tiempo libre para comprar lo que necesitaban.
El sitio tenía cajas de autoservicio, pero Kagome no estaba acostumbrada a ellas y prefería lidiar con un cajero de carne y hueso para sus compras.
Cuando le tocó, saludó con esa amabilidad típica de Cheyenne, que a veces chocaba con la urbanidad fría de New York y comenzó a pasar sus productos.
Alcanzó la friolera de sesenta y cinco dólares.
Kagome se asustó con la suma, pero no iba a flaquear ahora así que sacó su tarjeta y lo pasó por el contactless.
Operación no aprobada.
Fondos insuficientes.
La cajera la miró.
― ¿Tiene otra tarjeta?
―No es posible, probaré de vuelta ―refirió Kagome, sorprendida y volvió a pasar la tarjeta, pero por la ranura de abajo. Escribió su PIN.
El mismo mensaje en pantalla, haciendo que la cajera le frunciera el ceño.
―No tiene fondos, no hay ningún error.
Kagome, avergonzada por la fila que aguardaba tras de ella y peor esos cuchicheos de gente impaciente, comenzaba a azorarse.
Pero estaba segura que era un error y no pensaba ceder su sitio en la fila, ya que debía tomar el metro a Queens.
―Sólo un minuto, por favor.
Sacó el móvil y entró a la aplicación del banco para ver el problema de la bendita tarjeta.
Al hacerlo, los motivos del rechazo le saltaron a la cara, con el extracto.
Cuentas de cientos de dólares en restaurantes, cafeterías y barberías. Incluso una estadía en un hotel en un fin de semana con spa incluido.
Todos de sitios ubicados en El Colorado.
Sólo allí cayó en cuenta que se trataba de Koga, y que ella nunca canceló la tarjeta adicional que le había dado, y que ese imbécil no tenía reparos en seguir utilizando para darse la gran vida.
―Desgraciado….
―Señorita ¿podría hacerse a un lado?, también tenemos prisa ―la voz del hombre que la seguía en la fila la despertó.
Kagome se resignó y cogió su bolso, humillada hasta el tuétano, sintiendo los ojos de lástima de todos.
―Eso no será necesario, pase esta ―aquella voz se materializó y Kagome levantó la cabeza para ver si su mente no le jugaba alguna fantasía.
Bankotsu Van Dyke sacó su tarjeta Black y lo pasó al contacless. Tenía en su otra mano, unas botellas de zumo.
Como sea, el hombrecillo que le había increpado impaciente se quedó callado con el clima de respeto que le impuso aquel formidable ejecutivo vestido de Armani.
La cajera se apresuró a cargar las compras de Kagome, mientras ella quedó tiesa mirándolo.
Al final, él fue quien se acercó a coger la bolsa de Kagome para acercársela.
― ¿Acaso esto no es tuyo?
Kagome lo tomó, pero estaba demasiado azorada como para hablar.
―No era necesario que pague mi factura…yo podía hacerlo.
Ambos habían salido ya fuera del establecimiento.
―Claro que no podías hacerlo…y no te preocupes en devolverlo nunca. Tus acciones están asociadas a la imagen de mi oficina, no iba a dejarte pasar tal humillación.
―En verdad, muchas gracias….
―De todos modos, es mucha comida para ti sola ―comentó él―. ¿O piensas abrir una tienda de abarrotes?
―No vivo sola ―respondió Kagome sin pensar. Aunque se arrepintió al instante porque eso implicaba confesar partes que justamente Bankotsu no debía saber jamás.
Con aquella información, él se quedó callado y luego señaló hacia el Aston Martin aparcado y donde Kagome distinguió a Kagura en el asiento del copiloto.
―Debo volver, que solo bajé por estos zumos para ella ―en su mano aún tenía la botella―. Mañana tendremos mucho trabajo en la oficina, así que no vengas floja Dorothy.
Bankotsu se marchó, dejando a Kagome con el paquete en la mano.
La mujer quedó allí, con el corazón latiéndole a toda prisa.
¿Qué demonios acababa de ocurrir?
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Bankotsu era un excelente conductor, pero apenas abordó su cochazo, prácticamente le arrojó la botella de zumo a Kagura y emprendió con todo al acelerador.
Habia entrado a esa tienda, porque la hija de Naraku le dijo que debía tomar un medicamento y necesitaba mantener cierta hipocresía por causa del padre de ella.
Allí se topó con esa escena lamentable de Kagome siendo mortificada.
Estaba en la última parte de la fila, pero no dudó en avanzar empujando a quien sea y hacer lo correcto.
Hubo dos cosas que había sacado de aquel encuentro.
Primero que Kagome no era tan simple como pensaba, sino alguien con problemas financieros y además…alguien que no vivía sola.
Esa última parte de la información es la que una no acababa de procesar.
¿Es posible que se hubiera juntado con alguien de New York o era alguien que trajo de su pueblo?
Kagura le hablaba a su lado, pero él no le prestaba el menor caso, más enfrascado en la curiosidad sobre su secretaria, de quien cada día se daba cuenta no sabía nada de su vida.
Y eso no le gustaba.
CONTINUARÁ.
GRACIAS HERMANAS, POR SU COMPAÑÍA.
BESOS PAULITA, BENANI0125, SAONE TAKAHASHI, LUCYP0411, IMAG04, CONEJA, Y DOÑA SASUNAKA DOKI.
Cuenta regresiva al final.
Paola.
