La historia y sus derechos me pertenecen, los nombres de los personajes a S. M. NO AL PLAGIO
Una madre sin esposo (SAGA LA VIDA DE ELLAS)
Anbeth Coro
XXI No eres tú, soy yo
Hay secretos que son imposibles de mantener en silencio por mucho tiempo, secretos que se escurren entre miradas, en el modo de apretarse en un abrazo, en la sencillez de una caricia, secretos que poco a poco van siendo notorios contra la voluntad del que guarda silencio. Secretos que se escabullen en un apretón más largo de manos, en un tono tímido de voz al hablar, en los descontrolados pulsos del corazón.
El tipo de secretos que algunos sueñan con escuchar y otros desean no saber. Bella amaba a Edward, y cometió el error de permitir que las palabras salieran de manera accidental. Porque, aunque él la quería, no estaba listo para romper esa última promesa a Angela: no volver a amar a ninguna mujer. Y Bella atentaba contra la promesa que había hecho a su amada y difunta esposa.
A Bella le costó algunas semanas mantener resguardado sus sentimientos, hasta que una mañana en que Edward había pasado para compartir el desayuno y la cama con Bella, las palabras brotaron sin cuidado de ella.
Estaban haciendo el amor. Edward no le daba tregua de pensar con sensatez y entonces mientras él besaba su cuello repartiendo besos mientras sus manos iban conquistando cada centímetro de ella, las palabras salieron:
—Te amo.
Bella se tardó en descubrir que las palabras fueron dichas en voz alta. Edward se quedó quieto con su cabeza entre el cuello y hombro de Bella, mientras el deseo daba paso a la culpa.
Había una particularidad que le gustaba a Edward de Bella, no se parecía a Angela, ni el físico ni en su manera de ser, jamás había pensado en compararlas, porque al mirar a Bella no había modo de sobreponer el recuerdo de su esposa.
Hasta esa mañana.
Edward solo había estado con una mujer, porque Angela había aparecido demasiado pronto en su vida y no había dejado espacio para prestar su atención a más mujeres. Así que cuando Bella dijo que lo amaba en la cama recordó aquellas otras lejanas veces en que Angela se lo decía con ese mismo tono extasiado y cargado de ternura a la vez.
Llevaba una década sin oír esas palabras dirigidas hacia él, diez años sin ser amado era aterrador, pero más aterrador le resultaba pensar en ser amado después, peor aún en considerar amar después de Angela.
Edward no fue a su casa ese día más tarde, ni al siguiente, ni el que le siguió y cuando llegó el fin de semana Bella supo que no aparecería tampoco. Estaba tan acostumbrada a no ser correspondida que no le sorprendió.
Así que el sábado por la tarde, tomó a Jake y Nessie y los llevó a casa de Esme, llegaron a casa de su hermana con tres mochilas para pasar el fin de semana.
Esme tenía una copa de vino lista para Bella.
—No debí decírselo, no quería hacerlo, solo se me escapó.
Esme le dio un apretón en el brazo.
—No te preocupes, estarás bien, eres muy fuerte, Bella.
Bella sacudió la cabeza antes de dar un trago a su copa.
—Estoy cansada de ser fuerte. Quiero poder desmoronarme sin preocuparme de las consecuencias.
—No es el tipo de privilegios que tengamos las mujeres.
—Pues deberíamos.
Cuando el lunes regresó a su casa se dedicó a limpiar sin reflexionar ni dejar que los pensamientos la volvieran emotiva. Tenía el corazón roto, pero ya se lo habían destruido hasta dejar cenizas antes, podía con ese rompimiento. Sin importar lo buen hombre que fuera Edward y lo valioso que fuese para ella, que su amor no fuera correspondido no se sentía ni de cerca a lo que le hizo Mike a su corazón.
Bella limpió y cuando estuvo todo listo, antes de dos horas, salió de la casa dispuesta a despejarse de un modo u otro.
El siguiente día ocurrió igual. Bella estaba molesta para entonces porque Nessie comenzaba a preguntar por él, si no lo había hecho antes se debió exclusivamente a que tenía toda su atención la casa de unicornios, pero ahora que la emoción había disminuido notaba la ausencia de Edward. Y Jake algo debía sospechar, pero no se animaba a preguntarle.
El siguiente jueves, una semana exacta del escape de Edward, Bella se cansó y salió a buscarlo. Tenía una tarjeta como única pista de dónde podía trabajar Edward. Esperaba que Edward trabajara ahí.
Si iba a terminar con ella quería que fuera de frente, no permitiría que volvieran a dejarla sin darle al menos un par de palabras. Era un edificio céntrico y lujoso. Presionó el botón diez del elevador y esperó hasta llegar. Se encontró a una recepcionista.
—Busco al señor Edward.
—¿Edward qué?
—No lo sé, me dio esto.
Bella no sabía su apellido así que sacó la tarjeta negra que le había dado él y se la entregó a la mujer.
—El señor Ortiz se encuentra en una reunión, pero si gusta puede esperar. ¿Cuál es su nombre?
—Bella.
La mujer le dio una mirada atenta antes de ponerse de pie y caminar hacia una de las dos puertas que estaban a los lados de la recepción. Bella esperó de pie, no se iría hasta conseguir su cometido… o hasta que comenzara su jornada laboral, lo que ocurriera primero.
Cuando la recepcionista regresó venía acompañada de un hombre con traje. Risueño y simpático a la vista, pero fue por la forma y color de sus ojos que Bella supo de quien se trataba.
—Mi nombre es Emmet, mi hermano está ocupado, pero puedo acompañarte mientras tanto.
—Bella —se presentó extendiendo su brazo.
—He oído mucho de ti estos días —dijo él.
—Bien porque yo no he oído nada.
Y era cierto, Edward no le hablaba de su vida, no sabía que tenía un hermano, hasta hace poco había descubierto lo de su viudez y asumía que debía haber mucho más. Mucho más que él no había querido compartirle. Y Bella, por otro lado, lo había dejado entrar a cada rincón de su vida.
Emmet era más simpático que Edward y hacía reír a la gente de manera más sencilla con sus temas de conversación que usualmente iban de burlarse de políticos a hacer mofa de temas controversiales que en él no creaban discusión. Así que Bella estaba riéndose en la silla frente a su escritorio cuando apareció Edward en la oficina de su hermano.
—Tengo que ir a atender unos pendientes, los dejo como si fuera su casa… oficina, lo que sea. Bella, fue un placer conocernos.
Pero Bella ya no estaba riendo, ni siquiera sonriendo. Se puso de pie y miró a Edward en silencio mientras Emmet salía y cerraba la puerta tras de sí.
—Vengo a romper contigo.
Era una faceta nueva en Bella. No había titubeos, ni timidez, ni siquiera dolor en su expresión. Se veía segura de sí misma mientras tomaba toda su fuerza de voluntad y levantaba el mentón sin escabullirse ante su mirada.
—¿A romper conmigo? —repitió él.
Bella respiro hondo sintiendo sus costillas contraerse antes de decir:
—Sí. Desaparecer no es un rompimiento. Así que vine a eso. Mike me envió a sus abogados para pedirme el divorcio, pero encuentro innecesario gastar mi dinero haciendo que interfiera un tercero para darte por enterado. Así que vine yo.
Consiguió decir cada una de esas palabras sin tartamudear, sin que sus ojos se llenaran de lágrimas o mostrarse herida ante su abandono repentino. No solo no la había buscado, no respondió sus llamadas ni mensajes.
—Prometiste que te despedirías de Nessie, así que vine a recordarte esa promesa.
Y como Bella había dicho cada palabra ensayada que debía decir, tomó la bolsa de la silla dispuesta a marcharse. Esa no era la Bella que iba a romper con su novio, era la Bella que se armaba de un escudo para proteger los sentimientos de su hija anteponiéndolos a los suyos.
Edward no sabía qué decir, no había esperado encontrarla en su oficina y no había creído que fuera a verla tan pronto, no estaba preparado en absoluto para esa conversación. Aunque tenía claro que no podía detenerla, no sería justo.
—¿Puedo ir hoy?
Bella asintió sin saber si las palabras podrían salir.
—Llega a las seis.
Así que como no había más que decir, Bella salió de la oficina sin que él la detuviera, entró al elevador con los labios apretados y condujo de regreso a su casa en completo silencio. Solo hasta que llegó a su casa, bajó del automóvil, y se encontró en su habitación dejó que las lágrimas corrieran por sus mejillas y por primera vez en años se permitió llorar por otro hombre.
Cuando Edward llegó a la casa de Bella esa tarde, lo hizo sin flores, no había pasado a su casa, había estado en la oficina hasta que dio la hora que había acordado con Bella.
Nessie estaba jugando en el frente de la casa con otra niña, no estaba el carro de Bella, pero sí uno desconocido y cuando notó a la mujer que estaba sentada en los escalones frente a la casa supo que se trataba de la hermana de Bella.
-Tú debes ser Edward —dijo la mujer cruzándose de brazos.
—¿Está Bella? —ella negó.
—Saldrá de trabajar tarde hoy. ¿Tanya puedes ir adentro un momento?
La niña mayor que debía tener la edad de Jake, le dio una mirada al hombre antes de entrar a la casa.
—¿Me cargas? —preguntó Nessie acercándose a él y estirándole los brazos. Esme miró hacia la calle con los labios apretados para callar las maldiciones e insultos contra él.
—¿Cómo has estado?
—Bien, ¿quieres jugar con los unicornios?
—Yo…
—No, linda, Edward viene a platicar contigo rápido —lo interrumpió Esme. Mientras miraba con sus ojos entrecerrados al hombre.
—¿De qué? —preguntó Nessie ladeando su rostro.
—Necesito hablar con Bella —Esme negó con su cabeza.
—Mi hermana no necesita eso, Edward.
Y como Edward se negaba a despedirse, Esme lo facilitó:
—Nessie, Edward viene a despedirse porque saldrá de…
—Eso no es así —la interrumpió él.
—¿A dónde vas? —le preguntó la niña con tono dulce.
—A ninguna parte.
—¿Nessie puedes entrar?
Edward dejó a la niña en el suelo y luego de manera obediente ella entró a la casa.
—Mi hermana no necesita otro idiota en su vida. Ya demasiado tiene con Mike.
—Tú no entiendes lo que…
—Entiendo lo suficiente. Ella me lo contó.
Lo que ocurre con la edad es que la madurez se mide por la distancia entre uno y otro. Para Bella, Edward era más maduro que ella y definitivamente mucho más maduro que Mike. Pero para Esme, Edward no era más maduro que ella, ni siquiera lo suficiente maduro, porque ambos compartían la edad y por lo tanto la experiencia.
-Bella no necesita de otro hombre que salga corriendo cuando se ha puesto complicado. Así que haznos un favor y despídete de manera decente de la niña.
Esme volvió a entrar a la casa y regresó con Nessie de la mano. Edward se arrodilló en el suelo para estar a la altura de ella.
—¿Y mi flor?
—La olvidé.
Nessie asintió pensativa y luego sacudió su cabeza.
—Los unicornios tienen nombre —le contó al hombre.
Edward obligó una sonrisa a salir.
—¿Todos?
—Sí, todos. Cuando juguemos voy a prestarte a Uno.
—¿Uno?
La niña asintió.
—Mamá dice que es la familia de Números. Va a comprarme a nueve y diez. Y les puso un dibujo para que las personas se aprendan sus nombres.
Bella le había puesto los números con marcador a cada uno de ellos.
Edward no sabía cómo hacer eso a lo que había llegado tan decidido.
—¿Me prometes algo?
La niña asintió.
—Que vas a seguir siendo así de lista.
Si había algo más horrible para Edward que romperle el corazón a Bella, era hacerle eso a Nessie.
Nessie ladeó su cabeza sin entender.
—¿Por qué?
—Voy a irme un tiempo, tengo que ir a un viaje —decidió continuar con la mentira que le había facilitado Esme.
—¿Y no vas a venir?
Edward negó con su cabeza.
Nessie soltó la mano de su tía y fue a pasarle los hombros al cuello a él.
—No te vayas.
Esme miró hacia la calle con los labios apretados.
—No te vayas —repitió Nessie.
Edward no sabía qué decirle a Nessie que no fuese una mentira así que le devolvió el abrazo unos segundos antes de soltarla.
-Tengo que ir, ¿vas a cuidar a mami por mí?
Nessie asintió.
—¿Cuándo vas a venir?
—No lo sé.
—No lo sé es mucho tiempo.
—Lo sé.
—Lo sé también es mucho tiempo —se quejó Nessie.
Edward respiró hondo y asintió.
—¿Me enseñas a Uno?
Nessie corrió hacia la casa y entonces Esme lo enfrentó.
—Hazte un favor y la próxima relación que tengas intenta no involucrarte con una madre soltera.
El desprecio de Esme por el hombre era notorio, pero no era mayor al desprecio que él sentía en ese momento contra sí mismo. Cuando Nessie regresó lo hizo con Rosita en una mano y el unicornio color rosa en la otra.
—Este es Uno.
Nessie se puso a jugar en el suelo con sus juguetes y él jugó un momento con ella. Esme les dio casi media hora a solas. Y esa media hora le bastó a Edward para hacer que Nessie recuperara su usual alegre humor. Cuando notó que ya era muy tarde para la niña se hincó en el suelo preparándose para despedirse de nuevo.
—Voy a extrañarte a ti, a Jake y a mamá.
La niña asintió sin dejar de jugar.
—¿Podrías darle a mami algo cuando regrese de trabajar?
Nessie asintió levantando la vista a él, se puso de pie en espera de la indicación.
Edward abrazó a la pequeña.
—Promete que se lo darás a mami de mi parte, ¿sí? Y esto también —sacó del bolsillo del pantalón una hoja doblada en tres partes y se la entregó a la niña—. Serás una niña buena con mamá, ¿sí?
Nessie asintió y Edward agradeció no provocarle lágrimas, aunque si él le hubiese asegurado que no iba a volver, ella no estaría tan risueña.
—¿Te vas en avión?
Edward asintió incapaz de hablar.
—¿Muchos días?
—Muchos.
—Eso es mucho —se quejó ella.
Eso era una vida, pensó Edward mirando a Nessie, tan parecida en apariencia al padre que no quiso estar en su vida y tan similar a Bella en carácter.
—¿Los aviones tienen flores? —Edward se encogio de hombros y luego negó sin poder hablar. Nessie imitó el encogimiento de hombros de él.
Edward no lo sabría, pero él sería el segundo hombre en la vida de Nessie que la iba a dejar. Aunque, por suerte, Nessie era muy pequeña para recordarlo.
Esme regresó y les hizo notar que era tarde para la niña. Nessie le lanzó un beso tronado contra su pequeña manita como despedida y Edward sonrío.
—Te voy a extrañar —le aseguró antes de ponerse de pie y mirar a Esme. La mujer puso su mano encima de la cabeza de su sobrina.
—Vamos, pequeña, es hora de dormir.
Nessie le lanzó otro beso antes de correr hacia la casa.
—¿Bella vendrá? —le preguntó a la mujer antes de que se girara para entrar a la casa. Esme lo miró como si tuviera acido en la vista.
—Ella no tiene nada más qué decir sobre esto.
—No fue mi intención lastimarla.
—No me podría importar menos, Edward. Si no eres capaz de estar en una relación, no estés en una relación.
Y sin decirle más, siguió sus pasos hasta cerrar la puerta de la casa.
Edward caminó de regreso a su automóvil y condujo en silencio hasta llegar a la casa del jardín, estacionó frente a la puerta, entró sin encender las luces y guiado por su memoria subió las escaleras.
Se acostó en medio de la cama, de lado mirando hacia ese lado vacío y la imaginó, al menos lo intentó. Pero no era el recuerdo de Angela el que apareció ante él, sino el de la mujer de ojos azules que lo amaba y que él había dejado ir porque era incapaz de quererla como se merecía, pero también porque no quería volver a amar del modo en que hizo una vez, no resistiría perder a otra persona de nuevo.
Y el miedo era tan grande que prefería dejarla ir que perderla contra la muerte.
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