II

EMPEZAR A CREER


Dónde está el valor

que te juzgue al fin

marcando la razón de tu destino.

Cómo ver la luz

que ilumina al bien

guiándote en las sombras del camino.

(…)

Quién vela hoy por ti

quién te puede ayudar a vivir.


Hacía una hora que la noche había caído sobre el campamento, con el otoño ya mediado el ambiente era lo suficientemente fresco como para que Leliana se sentara siempre no muy lejos del fuego de la hoguera; la pelirroja estaba exhausta como el resto de sus compañeros, aquella misma tarde habían abandonado la Torre del Círculo tras limpiarla de demonios y abominaciones y hacía poco más de una hora que habían levantado el campamento no muy lejos de la orilla del lago Calenhad, ya que la pequeña posada con aquel curioso nombre, "La Princesa Mimada", no tenía habitaciones para hospedarlos a todos y dado que la Torre no se encontraba en sus mejores momentos, habían decidido declinar la oferta del Primer Encantador de pasar allí la noche.

La verdad es que a Leliana no le importaba mucho pasar otra noche al raso, después de lo visto y vivido en la morada del Círculo, no se creía muy capaz de poder conciliar el sueño entre sus muros, pese a que todos los horrores habían sido expulsados de allí; todavía se le erizaba la piel al recordar los recientes eventos, las paredes y suelos encharcados de sangre, los cadáveres de magos, aprendices y templarios, las espeluznantes abominaciones y aquel mundo onírico más allá del Velo. La verdad es que no recordaba muy claramente lo que había ocurrido una vez había caído en la trampa del Demonio de la Pereza, el sueño la había llevado a la Capilla de Lothering y si Tyren no la hubiese encontrado y devuelto a la realidad seguramente allí seguiría mientras su cuerpo se agostaba en el mundo de los vivos. Un escalofrío le recorrió la espalda y decidió desechar aquellos pensamientos, por fortuna y gracias al Hacedor todo había terminado y los Guardas Grises contaban ahora con el apoyo del Círculo en su lucha contra la Ruina; era un buen motivo para estar contentos, aunque de los dos Guardas, sólo Alistair pareciera estarlo, Tyren seguía con aquella expresión taciturna en el rostro y tras cenar junto a ellos, se había ido a sentar sola en uno de los extremos del campamento, con Sombra tumbado a sus pies.

La elfa apenas había intercambiado unas palabras con Wynne antes de cenar; la veterana maga había decidido seguirles en aquella aventura y prestarles su apoyo, en parte como agradecimiento por salvar al Círculo y en parte, suponía Leliana, por un claro deseo de volver a experimentar la vida en el camino, la incertidumbre de no saber qué les esperaba al día siguiente, sentimiento y deseo que Leliana compartía, por mucho que intentase negárselo a sí misma.

Aunque Leliana ya no se preguntaba cómo Tyren había acabado entre los Guardas Grises ni el por qué de la pena que se adivinaba en el fondo de sus ojos azul verdoso; ella misma se lo había contado una de las noches en que habían compartido guardia de camino a la Torre, al parecer a la elfa le resultaba más fácil hablar con ellos cuando se encontraban a solas que reunidos en grupo, algo que podía comprender. En realidad, entendía bien los sentimientos de soledad, añoranza y la sensación agobiante de encontrarse rodeada de extraños que Tyren arrastraba, ella misma había tenido que huir de su patria años atrás, dejando tras de sí todo cuanto conocía, todo su mundo, que se había desmoronado tan rápida y dolorosamente ante sus ojos. Sacudió la cabeza, aquellos eran recuerdos amargos que prefería dejar enterrados en lo más profundo de su memoria, un pasado lejano ya que debía permanecer sepultado en lo más hondo de su corazón.

—Parece demasiado joven para cargar una responsabilidad tan grande sobre sus hombros —dijo la amable voz de Wynne mientras se sentaba a su lado y le tendía un pequeño vaso de barro—. Es vino caliente y especiado.

—Gracias —Leliana cogió el vaso y sonrió—. A mí también me lo parece, ¿cuántos años crees que tiene?

—Mmm, probablemente no más de veinte años.

—Tiene diecisiete —intervino Alistair desde el otro lado de la hoguera, donde estaba pasando la piedra de amolar por la hoja de su espada—, me lo dijo el otro día.

—Oh, por el Hacedor, es todavía más joven de lo que pensé, aunque por lo que veo, entre su gente ya es considerada una adulta —comentó la maga.

Ante las miradas confusas e interrogantes de Leliana y Alistair, Wynne se apresuró a explicarse.

—El tatuaje de su rostro. Tengo entendido que sólo los dalashanos adultos llevan el rostro tatuado.

La verdad es que aparte de resultarle curioso y en cierto modo exótico, Leliana no había pensado en que el tatuaje facial de Tyren fuese mucho más que un adorno hecho para resaltar sus facciones, como las mujeres de Orlais hacían con el maquillaje.

—Tú tampoco pareces muy mayor, Alistair —oyó decirle a Wynne al Guarda.

—Veintidós el próximo invierno… Si es que para entonces no estoy en el estómago de algún Engendro Tenebroso —rió algo macabro ante la oscura broma—. ¿Y tú, Leliena?

—No, no, la edad no se le pregunta a una dama —sonrió la juglar haciendo ruborizar ligeramente al hombre—. Pero unos pocos más que tú.

—Oh, pues no los aparentas —comentó Wynne.

—Gracias.

—¿Y siempre es así? ¿Siempre se aísla de los demás?

—Cuando estamos todos juntos, sí —contestó Alistair a la pregunta de la maga.

—¿Problemas con que seamos todos humanos?

—Eso parece. Por lo que nos ha contado, nunca hasta ahora había abandonado a su clan y Duncan tuvo que hacer uso del Derecho de Reclutamiento para traerla consigo —explicó el ex templario.

—Hm, así que un deber no deseado y la melancolía y la nostalgia del exiliado —dijo Wynne.

Leliana asintió las palabras de la maga, y miró la figura de Tyren, estaba sentada de espaldas a ellos sobre un tronco caído, sin la pesada armadura que protegía su cuerpo encima parecía mucho más menuda y frágil, alguien a quien querrías proteger, sin embargo, Leliana había sido testigo ya de la fiereza y maestría con la que manejaba el mandoble, casi tan alto como ella; a la pelirroja todavía le sorprendía que fuese capaz de levantar aquella hoja sin apenas aparente esfuerzo. La verdad es que nunca había imaginado a los dalashanos portando semejantes armas, los veía más como diestros arqueros, pero Tyren había venido a demostrarle que los elfos errantes tenían otros talentos escondidos. Sus pensamientos volvieron sobre los acontecimientos ocurridos en la Torre y recordó la decisión y ferocidad con las que Tyren entraba en combate, su estilo era brutal pero flexible, lo que perdía en velocidad lo compensaba con una agilidad casi increíble y unos reflejos rápidos y bien entrenados, sus lances y tajos eran fuertes y contundentes, igual rajaban a un adversario que lo noqueaban contra el suelo.

—… tendrá que superarlo —oyó que decía Wynne y volvió al presente—, todos tenemos penas y tristezas que afrontar. Y ella es una de los dos únicos Guardas Grises de todo Ferelden, mucho depende de vosotros —miró a Alistair y una sonrisa amable se dibujó en sus labios—, pero presionar demasiado puede resultar contraproducente ahora mismo.

—Y yo que esperaba ya un buen sermón —bromeó el hombre.

—Puede que más adelante si me desesperáis mucho —rió Wynne.

Leliana también rió pensando que la maga iba a ser una compañía agradable durante sus viajes, al menos más que el silencioso e inexpresivo qunari y la bruja de lengua afilada. Miró de nuevo a Tyren y decidió que aquel era tan buen momento como otro para intentar comunicarse con ella, después de lo ocurrido en la Torre, quizá necesitase hablarlo con alguien, la mayoría de ellos había comentado sus experiencias durante el camino de vuelta y la cena, pero la elfa no había añadido ni uno solo de sus pensamientos a los de los demás.

—Suerte —le deseó Alistair al verla levantarse e ir en dirección a su líder.

No se acercó en silencio, sino que hizo el ruido suficiente para que ella supiera que se estaba aproximando, de todas formas, estaba más que segura de que la elfa sería capaz de oírla venir incluso si hacía uso de sus más refinadas habilidades, tenía un oído muy fino y unos sentidos bastante agudizados.

—¿Te importa si me siento un rato contigo? —le preguntó al llegar a su altura.

Tyren negó con la cabeza y mientras se sentaba junto a ella, Leliana vio que la elfa jugueteaba con algo entre sus manos, un pequeño saquito de cuero descansaba sobre uno de sus muslos.

—¿Tabas? —inquirió al reconocer el pequeño objeto.

—Sí.

—¿Puedo?

Tyren vaciló un segundo, pero finalmente le tendió el saquito que tenía sobre la pierna. Leliana dejó caer en su palma abierta un par de tabas y las observó, estaban pulidas y eran suaves al tacto, algunas de sus caras estaban labradas con cuidado y esmero, pequeños dibujos que a la juglar le recordaron el intricado tatuaje que Tyren llevaba en el rostro.

—Tamlen me las regaló por uno de mis cumpleaños —dijo la elfa en un quedo murmullo—, las labró él mismo.

Tamlen, recordó Leliana, el amigo que Tyren había perdido y cuya muerte pesaba sobre ella, siempre que mencionaba su nombre, la culpabilidad brillaba en sus ojos, la culpa y algo más, se dijo la pelirroja, quizá rabia e ira contra sí misma por no haber podido hacer nada para salvarlo, por haberlo tenido que abandonar.

—Son preciosas —comentó no queriendo compartir sus pensamientos con Tyren, ahora mismo no era el momento y lo único que lograría sería que la castaña se cerrase en banda de nuevo.

—Es de las pocas cosas que pude traerme conmigo del clan —alzó la mirada y una tenue sonrisa apareció en sus labios, un recuerdo agradable—. Merill, Fenarel, Tamlen y yo solíamos jugar mucho con ellas, Merill conocía muchos juegos. A veces apostábamos.

—¿Dinero? —inquirió curiosa, era raro tener a Tyren hablando tan abiertamente de sus días entre su gente.

—Jaja, no, a nosotros no nos hacía falta el dinero de los shemlen, eran otros los encargados de mercadear con ellos cuando era necesario.

—¿Entonces?

—Cosas que encontrábamos en el bosque, pequeñas baratijas, flechas… Fenarel hacía las mejores flechas del clan, sin contar con las del Hahren Ilen, claro —sonrió de nuevo—. Gracias a lo malo que era jugando apenas tuve que preocuparme de hacerme mis propias flechas o pedírsela al maestro.

—Oh, no sabía que supieras tirar con el arco. —Hasta ahora nunca la había visto empuñar otra cosa que no fuera el mandoble, aunque pensándolo, recordó que entre las cosas que Tyren llevaba consigo había un bello arco.

—Yo soy… —una sombra cruzó sus ojos y rectificó— era una cazadora del clan, antes que a usar la espada, me enseñaron a emplear el arco, con ocho años era capaz de acertarle a un ciervo a más de cien pasos.

—¿Y cómo es que no lo usas más a menudo? —Aunque ella misma era buena con las dagas en sus manos, siempre prefería el arco sobre ellas y combatir desde la distancia, con una vista completa del campo de batalla, pudiendo prestar su apoyo a cualquiera de sus compañeros que lo necesitara con una flecha certera.

—La espada me gusta más —contestó Tyren sonriendo de medio lado y ante su mirada inquisitiva, continúo explicándose—. Hay algo en el combate cuerpo a cuerpo que consigue encender mi sangre, acelerarme el pulso y darme una fuerza y una velocidad que en otras condiciones no siento. Es excitante. Y me hace sentir viva.

Los ojos de Tyren brillaban mientras hablaba y gesticulaba con las manos, una parte de Leliana, aquella que había dejado atrás hacía dos años la comprendía perfectamente; el riesgo, la adrenalina y el incierto baile con la muerte en el filo de una espada. Ella también había sentido esas cosas antes, en una vida que ahora le parecía lejana.

—La verdad —dijo para dejar los recuerdos atrás—, nunca había imaginado a los elfos luchando con espadones.

—¿Y te llamas juglar? —fingió un sorprendido tono Tyren.

—Bueno… sólo conozco una historia dalashana —reconoció algo reluctante, herida en su orgullo de contadora de historias.

—¿Cuál? —preguntó rápidamente Tyren, los ojos expectantes ahora, casi los de un niño deseoso de oír un nuevo y emocionante cuento. Adorable, pensó la juglar para sí.

—Una que habla de cómo Shartan, un elfo esclavo del Imperio de Tevinter, levantó una rebelión contra sus señores y se unió a Andraste en su lucha. ¿La has oído alguna vez?

Tyren asintió y Leliana sintió algo muy cercano a la decepción, había esperado poder contarle aquella historia sobre su pueblo, pero había sido tonto por su parte pensar que la elfa desconociera aquel capítulo tan importante para los dalashanos; Shartan y los suyos habían roto las cadenas de la esclavitud y tras la caída del Imperio, habían sido recompensados con la tierra de Dales, un lugar donde poder vivir libres y en paz, por lo menos hasta que la Capilla se volvió contra ellos por no profesar fe al Hacedor y haber vuelto sus creencias hacia sus antiguos dioses. Dales, la tierra originaria de los dalashanos, la gente de Tyren.

—Pero —la voz de la elfa atrajo de nuevo su atención— me gustaría volver a oírla.

La media sonrisa dio paso a una completa que incluso alcanzó sus ojos, un gesto que Leliana nunca había visto en Tyren, era una sonrisa sincera sin trazas de nostalgia o pena, hermosa y, se dio cuenta, cautivadora; la pelirroja estaba segura de que habría atraído las atenciones de más de un hombre o mujer dentro del clan, y de que las seguiría atrayendo de prodigarse más.

—¿Así que te gusta escuchar historias?

—Sí —asintió sin que la sonrisa desapareciera de sus labios—. Siempre que Hahren Paivel contaba alguna historia o cuento, nunca me lo perdía. Algunas me las llegué a aprender de memoria y… —ahora la sonrisa se volvió tímida— él me dejaba contárselas a los niños más pequeños. Tamlen solía meterse conmigo diciéndome que en vez de cazadora tendría que haberme hecho aprendiz de cuenta cuentos.

—Oh, entonces algún día tendrás que contarme tú una historia a mí, ¿de acuerdo?

—De acuerdo —y de nuevo la sonrisa cautivadora—, pero esta noche te toca a ti, yo lo he pedido antes.

Oh, por el Hacedor, pensó Leliana enternecida, Wynne tenía razón, Tyren parecía demasiado joven para la responsabilidad que tenía por delante, viéndola en aquel momento expectante por oír aquella historia, le recordó más que nunca a una joven que apenas ha dejado atrás la niñez; nadie podría creer que era una de los dos únicos Guardas Grises supervivientes de Ferelden, que era capaz de luchar con la fiereza con la que la había visto hacerlo frente a las abominaciones del Círculo, que debía, junto con Alistair, reunir un nuevo ejército para poder hacer frente a la Ruina.

—Muy bien, pero antes de empezar ese relato —le dijo—, ¿por qué no hablamos de lo ocurrido en la Torre? No has dicho nada al respecto desde que salimos de allí.

—¿Por qué? —preguntó Tyren, la sonrisa había desaparecido y la sombra había vuelto una vez más a sus ojos.

Leliana pensó cuidadosamente las palabras que iba a decir a continuación, si presionaba demasiado, la elfa no le diría nada y se alejaría de ella, y quizá no volvería a hablarle como había hecho hacía un momento.

—Has estado muy callada desde entonces, como si estuvieras dándole vueltas a algo en la cabeza. Lo que ocurrió allí, lo que tuvimos que enfrentar fue desagradable… y horrible para todos. A veces es bueno hablar las cosas, poner en común las experiencias vividas para liberarnos de los fantasmas que dejan tras de sí.

Por unos minutos Tyren guardó silencio, la mirada clavada en el suelo, Sombra levantó la cabeza y emitió un quedo quejido, la Guarda alargó la mano para acariciarlo, casi como si le dijera con aquel gesto que todo iba bien. Por un momento, Leliana estuvo casi segura de que la elfa se levantaría sin decir nada más y se iría, pero su temor resultó infundado cuando Tyren finalmente rompió el silencio.

—Apenas os conozco, no sois más que un puñado de shemlen con el que me veo obligada a viajar, no tengo por qué compartir nada con vosotros… —el tono de aquellas palabras era amargo, aunque no resentido y eso le dio a la juglar esperanzas de lograr que Tyren comenzara a abrirse un poco más.

—Bueno, somos un puñado de humanos que cubrió tus espaldas allá en la Torre y que está dispuesto a seguiros a Alistair y a ti a dónde haga falta para ver el final de esta Ruina.

—Nadie os obliga a venir —masculló la elfa mientras rascaba al mabari tras las orejas.

—Cierto, estamos aquí por nuestra propia voluntad…

—Creía que estabas aquí por la voluntad de tu dios —le cortó Tyren sarcástica, mirándola nuevamente.

Leliana podría elegir ofenderse y dar por terminada la conversación, pero eso era exactamente lo que Tyren quería conseguir con ese comentario y no estaba dispuesta a dejarse vencer por aquella joven. Así que puso su mejor sonrisa antes de responder.

—Y es mi voluntad seguir la Voluntad del Hacedor. Podría haber elegido no hacer nada y quedarme en Lothering.

El ceño de Tyren se contrajo, obviamente contrariada por el resultado obtenido.

—Sólo… ¿Por qué insistes tanto? Eres peor que Alistair —gruñó al final apartando los ojos de ella.

Leliana contuvo como mejor pudo la risa que quería escapar de sus labios; había visto los, la mayor parte de las veces, infructuosos intentos del ex templario para mantener una conversación larga con Tyren, pero la elfa siempre parecía acabar exasperada de sus chistes y comentarios jocosos.

—Insisto porque puedo ver que necesitas hablarlo con alguien, sea lo que sea que esté dándote vueltas por la cabeza, necesitas sacarlo, ponerlo en palabras. Tyren —el tono con el que pronunció su nombre hizo que la elfa volviese su mirada nuevamente hacia ella—, te lo dije ya antes, no estás sola, quieras o no admitirlo, nosotros estamos contigo en esto. Sé que echas de menos a tu gente, a tus amigos, a tu familia, que odias estar aquí rodeada de humanos y lejos de todo cuanto conocías, pero si has aceptado que tu camino es luchar contra la Ruina, entonces necesitas empezar a confiar en nosotros.

Leliana la miró expectante, casi podía ver la lucha interna que se estaba desarrollando dentro de la elfa.

—Sabes, creo que puedo vivir sin que me cuentes esa historia —dijo Tyren finalmente—. Buenas noches.

Se levantó sin añadir nada más y se marchó hacia las mantas sobre las que dormía cuando acampaban, seguida inmediatamente de Sombra. Leliana suspiró, quizá había presionado un poco más de la cuenta, pero algo en la expresión de los ojos de Tyren cuando se había marchado le decía que no iba del todo mal encaminada, algo que no iba a tardar mucho en comprobar.

oOoOoOo

—¡Aaaaah! —Tyren gritó mientras giraba sobre sí misma y decapitaba de un solo tajo al hurlock que tenía delante de ella, mientras la oscura sangre de la criatura le salpicaba.

De no haber sido por Sombra y la capacidad que ella y Alistair tenían para sentir a los Engendros Tenebrosos, habrían caído de cabeza en la emboscada; nada menos que una docena de genlocks y otros tantos hurlocks liderados por un hurlock alpha que les habían rodeado en cuestión de segundos. Pese a ello, estaban haciéndoles frente con eficiencia; el periplo en la Torre del Círculo les había enseñado a luchar juntos y a combinar sus habilidades de manera productiva, aunque bien que les había costado trabajo al principio y, tuvo que reconocer Tyren, todo era gracias a Alistair; el hombre podía parecer denso y algo tonto en ocasiones, pero había resultado tener una buena vista estratégica para el combate y muy pronto había diseñado diferentes formaciones con las que podían hacer frente a sus enemigos explotando al máximo el potencial de cada uno.

Tyren estaba destrabando su espadón del cuerpo de un genlock, cuando sintió cómo un enemigo se deslizaba tras su espalda, sin tiempo para volverse y parar el inevitable golpe, maldijo entre dientes las costillas que retenían su acero. Sin embargo, lo que sintió no fue la mordedura de una espada o una daga, sino un golpe sordo contra la armadura y algo que se deslizaba por ella hasta el suelo. Cuando por fin pudo volverse, se encontró un hurlock con el cuello atravesado por una flecha de Leliana. Sin tiempo para buscar con la mirada a la pelirroja, encaró a un par de enemigos más, mientras sus compañeros daban cuenta del resto.

Alistair luchaba no muy lejos de ella a su derecha, utilizando espada y escudo con una eficiencia admirable, el segundo tanto para defenderse como para asestar contundentes golpes y empollones contra sus oponentes. Sten estaba a su izquierda algo más apartado para que ninguno de los dos se estorbasen en las maniobras más amplias que debían hacer con los mandobles; el qunari era un guerrero excepcional también, su tamaño imprimía a sus tajos una fuera demoledora capaz de abrir el torso de un engendro tenebroso de un solo golpe. Los hechizos ofensivos de Morrigan estaban dando buena cuenta de los genlocks, mientras que los curativos y de apoyo de Wynne les mantenían en pie en la línea de ataque. La puntería de Leliana con el arco era increíble, podía acertar a sus objetivos incluso cuando se encontraban trabados en cerrada lucha con alguno de ellos y sus flechas siempre parecían ir a dónde más falta hacían. Finalmente, Sombra estaba dejando claro por qué los mabari eran considerados los mejores perros de guerra, él solo había dado cuenta de dos hurlock, destrozándoles el cuello tras derribarlos, y sus dientes estaban haciendo un formidable trabajo mordiendo y rompiendo tendones de piernas.

Tras acabar con otro hurlock, Tyren fue a por el alpha, su espada conectó con el enorme hacha del engendro, intercambiaron varios golpes que hicieron estremecer los brazos de la Guarda; Tyren se encogió sobre sí misma, esquivando un lance horizontal que a punto estuvo de costarle la cabeza, recuperándose rápido, amagó un movimiento hacia la derecha logrando que por unos preciosos segundos, el alpha dejase descubierta su guardia, momento que aprovechó para, variando rápidamente la trayectoria de su espada, abrirle el abdomen, derramando sus entrañas por encima de la armadura mientras caía al suelo. Y con la muerte del cabecilla, los demás no tardaron en reducir a los pocos engendros que quedaban en pie.

—Uff, ha sido interesante —jadeó Alistair mientras recuperaba el aliento—. Un poco de ejercicio para estirar los músculos.

—Hm —fue la única respuesta de Sten.

—¿Alguna herida que tratar? —inquirió Wynne mirándoles con ojo crítico a todos.

Tyren sacudió la cabeza al tiempo que limpiaba la sangre de la hoja de su espada, aún le maravillaba el brillo inquebrantable del arma que había conseguido en la Torre después de resolver una especie de prueba de invocación; Yusaris, así se llamaba aquella espada antigua de valor incalculable.

—Será mejor que no nos entretengamos mucho —oyó decir a Alistair.

Al mirar, vio cómo Morrigan y Leliana estaban moviéndose entre los cuerpos de los enemigos caídos.

—Ten… —vaciló un segundo— Tened cuidado con la sangre.

—Sé lo que hago, Guarda —dijo Morrigan secamente—. Estas criaturas pueden llevar consigo cosas útiles para nosotros, así que podemos permitirnos los minutos.

Tyren asintió, reconociendo la lógica de la bruja y luego miró a la juglar, la pelirroja no parecía estar rebuscando entre los cuerpos como Morrigan, sino recuperando las flechas usadas.

—No sabemos cuándo podremos volver a reabastecernos, así que es mejor no desperdiciarlas —le dijo Leliana al sentir sobre ella su mirada.

—Muy bien, pero no os entretengáis mucho. —No sentía enemigos cerca, pero un nuevo grupo podía aparecer en cualquier momento.

Volvieron a acampar cerca de la orilla del lago, no muy lejos de un estrecho río que vertía allí sus aguas; un buen lugar para que todos pudieran darse un baño y disponer de agua fresca con la que rellenar sus pellejos. Si todo iba bien, pensó Tyren mientras repasaba su armadura en busca de abolladuras o agujeros, llegarían a Risco Rojo al día siguiente; no es que estuviese deseosa de alcanzar la villa precisamente, pero sabía que más tarde o más temprano tendría que hacer frente al hecho de que ahora iba encontrarse rodeada de muchos más humanos.

—Creo sinceramente que necesitamos que un herrero les eche un vistazo a nuestras armaduras —oyó comentar a Alistair; el ex templario estaba sentado en frente suyo al otro lado de la hoguera y, como ella, también revisaba su equipo—. No me gustaría comprobar si esos engendros son capaces de colar una flecha por alguno de estos agujeros.

Y para dar énfasis a sus palabras, sacó uno de sus dedos por un hueco entre los anillos de la cota de mallas.

—Supongo que en Risco Rojo podremos encontrar uno, ¿no? —dijo Tyren. La verdad es que ambos llevaban las mimas armaduras que habían vestido en la batalla de Ostagar, con algún que otro añadido encontrado en la Torre, pero tanto su peto como la cota de Alistair necesitaban una mano hábil que arreglase los peores desperfectos. Era eso o comprar nuevas piezas, mas su bolsa no es que estuviese muy llena.

—Mmm… Quizá tampoco nos llegue para un buen arreglo —comentó la elfa.

—Siempre podemos buscar algún trabajo en el tablón de la capilla —sugirió Alistair.

Tyren asintió, si no les quedaba más remedio, era una solución tan buena como cualquier otra, no siempre era dinero rápido y fácil, pero aquellos trabajos solían estar bastante bien pagados. Y, tuvo que admitir un poco a regañadientes, ayudando a solucionar problemas a esa gente, estaban comenzando a lavar el nombre de los Guardas Grises que Loghain había arrastrado por el barro al acusarles de traicionar y matar al rey Cailan y el desastre de Ostagar.

—Sten —llamó al qunari.

—¿Guarda?

—¿Necesitas también arreglar tu armadura o alguna pieza nueva?

—No es necesario.

—Algo que podemos tachar de la lista de la compra, entonces —dijo Alistair divertido.

Tyren asintió, una pequeña sonrisa insinuándose en sus labios, y miró alrededor del resto del campamento; Wynne y Morrigan no vestían armaduras ni utilizaban armas, así que por ese lado tampoco había que preocuparse, aunque seguramente ambas vendrían a decirle pronto si debían comprar cataplasmas, lyrium o ingredientes para sus pociones, venenos y antídotos. Siguió buscando con la mirada, pero no había ni rastro de la juglar.

—¿Dónde está Leliana? —preguntó.

—Creo que dijo que iba a darse un baño, quería aprovechar que aún no ha oscurecido del todo —explicó Alistair.

Tyren pensó que bien podría esperar a que la pelirroja volviese del río para preguntarle si su equipo necesitaba alguna reparación, de todas formas, hasta que no llegaran a Risco Rojo no iban a poder comprar nada. Pero gracias a la juglar, a lo que le había dicho unas noches atrás, apenas podía conciliar el sueño. Bueno, tuvo que admitir, no sólo era culpa de sus palabras. Y si la juglar tenía razón…, no, se dijo, probablemente la tenía, era sólo que hasta ahora la persona con la que siempre había compartido sus miedos y dudas, sus flaquezas e inquietudes había sido Tamlen, él siempre había estado allí cuando le había necesitado, escuchándola sin juzgarla, dándole su apoyo y sus ánimos, comprendiéndola y haciéndole ver cuando las cosas que estaba haciendo no eran lo correcto. Pero Tamlen ya no estaba y dejar que otra persona ocupase aquel lugar le hacía sentir que le estaba traicionando de alguna manera, traicionando su memoria y el fuerte lazo que les había unido desde niños.

Miró hacia el lugar donde el río corría, oculto a su visión por una línea de gruesos árboles que crecían a lo largo de la corriente; quizá, se dijo, le debía una disculpa a Leliana, ella había intentado ayudarla, su intención había sido buena…

—¿Qué harías tú, Tamlen? —preguntó en un susurró que ninguno de sus otros compañeros oyó.

"Iría a pedirle perdón, lethallan. Eso por lo menos", casi le pareció escuchar decirle. Sonrió de medio lado y dejando a un lado el peto de la armadura, se puso en pie y fue hacia sus mantas a recoger ropa limpia.

—Creo que yo también voy a darme un baño —le dijo a Alistair en respuesta a la mirada interrogante del hombre y siguió hacia el río sin esperar a que él dijera nada, no quería escuchar uno de sus chistosos comentarios precisamente ahora.

Se aproximó al río en silencio, caminando como si estuviese acechando a una presa; Leliana estaba medio sumergida en una pequeña poza, de espaldas a ella, no la vio ni la sintió acercarse; las últimas luces del día se apagaban, sumiendo el lugar en sombras, la quietud y el silencio sólo roto por el sonido del agua al correr y el canto de un ruiseñor. Tyren observó unos segundos a Leliana, lo único visible era la mitad de su espalda, la piel blanca estaba marcada por pálidas cicatrices que la cruzaban de hombro a hombro; aquellas, pensó la elfa, no parecían las cicatrices que deja una espada.

—¿Vas a quedarte ahí todo el rato mirándome o vas a bañarte? Aunque el agua está un poco fría para mi gusto.

Tyren no pudo menos que sorprenderse, creía que se había acercado en completo silencio, que Leliana no había notado su presencia, pero obviamente estaba equivocada, quizá la había estado observando demasiado tiempo como para que se percatara de que estaba allí. Sacudiendo la cabeza, se desnudó rápidamente y se metió en el agua a una distancia prudencial de la otra mujer, era la primera vez que se bañaba con otra persona ajena al clan.

El agua estaba más que un poco fría, pero de alguna forma su cuerpo agradeció la sensación. Leliana se había movido y ahora la miraba directamente, por unos momentos, Tyren sintió la necesidad de hundirse más aún en el agua.

—He estado pensando en lo que me dijiste —dijo apartando su mirada de la pelirroja.

—¿Si?

—Yo… te pido perdón por haberme ido como lo hice. No quería ofenderte ni nada de eso… Es sólo que… que…

No sabía cómo seguir, Leliana no era Tamlen, nunca podría serlo, ni Merill ni Fenarel, como Wynne no podía ser Ashalle, ni ninguno de los otros podía soñar jamás con ocupar el lugar de la gente de su clan, pero eran todo cuanto tenía ahora; ella nunca había estado sola, desde que recordaba, el clan había cuidado de ella, protegido y criado, enseñado a cazar y a luchar, siempre rodeada de adultos preocupados por su bien estar y de amigos con los que jugar y divertirse mientras crecía, con los que hacer travesuras, con los que compartir sueños y miedos. La soledad era terrible, sentir que no había nadie con quien hablar encogía su corazón.

—No estás sola, Tyren —dijo suavemente Leliana, como si pudiese ver perfectamente a través de sus pensamientos—. Puedes hablarlo conmigo, sea lo que sea lo que te preocupa, estoy aquí, como están los demás… Bueno, puede que Morrigan y Sten no, ella se burlaría y él… creo que no diría mucho.

Tyren sonrió ante el tono divertido de la juglar.

—Eso está mejor, deberías sonreír más a menudo, pero no mucho o te saldrán arrugas… ¿a los elfos os salen arrugas, verdad?

—Jaja, sí.

—Y eso me gusta aún más —sonrió Leliana a su vez—, tienes una risa bonita, Tyren.

—Em… gracias —sintió sus mejillas sonrojarse ligeramente ante el cumplido.

—De nada, es la verdad. Y disculpas aceptadas —dijo la juglar mientras se dirigía a la orilla y salía del agua.

Tyren no tardó mucho en seguirla, de haber sido verano, habría aguantado mucho más tiempo dentro del agua, pero con la caída de la noche y el frío otoñal, era más de lo que podía aguantar antes de que los dientes le empezasen a castañetear. Una vez en la orilla, se secó y comenzó a vestirse.

—¡Uh-oh! —oyó exclamar a Leliana detrás suyo.

Giró la cabeza un momento para ver qué era lo que había llamado la atención de la juglar y la vio mirando su espalda… Ah, por supuesto debía ser eso, pensó mientras terminaba de abrocharse los pantalones de suave cuero.

—Es precioso… Debió llevar horas que te lo hicieran, ¿no?

Tyren sintió cómo Leliana se aproximaba a ella, por un instante creyó que la pelirroja deslizaría la mano por su espalda para seguir el intrincado diseño del tatuaje que la cubría desde los hombros hasta la mitad de la columna como una pirámide invertida, pero la juglar se paró a un par de pasos de distancia.

—Unas cuantas, sí.

—Se parece al que llevas en la cara.

—Representan lo mismo, aunque el de la espalda me lo hice un año después —contó mientras cogía la camisa clara y se la ponía—. Fue por una apuesta que perdí con Tamlen.

Una vez terminada de vestir, se sentó en el suelo para ponerse las botas y vio que Leliana hacía otro tanto.

—¿Y qué representan? —le preguntó.

—A uno de nuestros Creadores, Andruil, la Cazadora, ella me protege y da fuerzas a mi arco y a mi espada.

—Wynne nos contó que sólo os tatuáis la cara cuando cumplís la mayoría de edad.

—Así es, aunque no tiene que ver con la edad física, sino en sí se está o no preparado para ser adulto, algunos tardan más que otros en poder hacer el ritual.

—¿Ritual?

—Sí, no es simplemente pedir que te hagan el tatuaje y ya está, ¿sabes? Es todo un evento cuando llega el momento, debemos meditar y pedir la guía de los Creadores y luego viene el Vallaslin, la Escritura de Sangre; es el Guardián del clan quien la lleva a cabo y durante el tiempo en que te está tatuando no puedes moverte, gritar o derramar una sola lágrima, si no soportas el dolor es que no estás preparado para ser un adulto.

—Debe ser duro, todo ese tiempo.

—Lo es, pero es lo que nos convierte en adultos a ojos del clan, no hay nadie que no quiera pasar por ello.

La conversación pareció morir ahí, Tyren sabía que si seguía hablando de sus costumbres, los recuerdos de sus días con el clan volverían a su mente inevitablemente y con ellos la pena y la nostalgia. Y Leliana debió entender su silencio, pues no insistió más sobre el tema.

—Creo que va siendo hora de volver con los demás, apenas queda luz ya —comentó la pelirroja haciendo ademán de levantarse.

—En la Torre… tuve miedo —musitó Tyren con la mirada perdida más allá de las aguas del río y notó más que vio cómo Leliana volvía a sentarse junto a ella—. Durante todo el tiempo, desde que los Templarios cerraron la puerta tras nosotros, tuve miedo.

Tyren encogió las piernas, apoyando la barbilla sobre ellas y rodeándoselas con los brazos, no sabía por qué, pero finalmente había decidido compartir aquello con Leliana, quizá porque necesitaba hacerlo, porque necesitaba que alguien la escuchase, aunque no fuese Tamlen, y la única persona que se había atrevido a preguntarle había sido la juglar, la única a la que su silencio hosco, sus miradas frías y de indeferencia, sus arranques de sarcasmo no habían echado atrás.

—Nunca en mi vida había visto cosas como esas… esas abominaciones —se estremeció levemente—. En el bosque, cuando buscaba a Tamlen, sentí miedo la primera vez que me enfrenté a un Engendro Tenebroso, pero luego, con cada uno de ellos que lograba derribar, iba desapareciendo. Para cuando fui a Ostagar y a la Espesura Korcari, entrar en combate con ellos ya no me hacía vacilar ni un segundo.

"Sin embargo, con las criaturas de la Torre fue distinto, aun sabiendo que podía vencerlas, que mi espada podía dar cuenta de ellas, los escalofríos recorrían mi espalda cada vez que aparecían ante nosotros. Y luego el Demonio de la Pereza…

Y el mundo de sueños en el que habían sido atrapados; se había encontrado sola en aquel lugar que entre su gente se conocía como El Más Allá, allí donde moraban espíritus y demonios, donde los soñadores entraban sin saberlo, aquel lugar de aspecto real e irreal al mimos tiempo; allí había tenido que luchar sola, hasta que uno a uno había ido encontrando a todos sus compañeros y los había liberado de sus propios sueños.

—¿Qué viste? —le preguntó suavemente Leliana.

Vaciló, Tyren dudaba entre contarle o no lo que el demonio había preparado para ella, el sueño en el que había querido atrapar su mente, para ir devorando su fuerza vital, pero ella había visto los sueños de todos ellos, ahora no tenía derecho para negarle aquello.

—Estaba en la fortaleza de los Guardas Grises —su voz era apenas un susurro—, Duncan estaba allí y otros que no conocía, pero también estaba mi gente, Merill, Fenarel, Ashalle… todos, hasta Tamlen. Duncan decía que habían ido a buscarme, que ahora que habíamos terminado con la Ruina y nada amenazaba ya la paz del mundo, podía volver con mi clan…

"Al principio no fui consciente de nada, me lo creí todo, podía volver a casa…

—Todos nos creímos nuestros sueños —dijo Leliana cuando su voz murió—. Eran los anhelos más profundos de nuestros corazones. Y tener miedo es normal, lo importante es que no te dejaste vencer por él. Luchaste bien, Tyren.

La elfa frunció el ceño, por unos segundos estuvo tentada de decirle que qué sabía ella sobre si había luchado bien o no, ninguno de ellos sabía nada de los dalashanos, ni de sus costumbres, tradiciones ni mucho menos sus formas de luchar más allá del arco y las flechas. Pero era consciente de que esas palabras las dictaba aquella parte de ella que aún se negaba a aceptar que ellos eran ahora todo cuanto tenía, que su clan la había exiliado y que seguramente nunca más volvería a verles, que era una Guarda Gris que debía hacer lo posible por salvar a Ferelden de la Ruina que se cernía sobre sus tierras.

—Todos luchamos bien —dijo finalmente.

—Sí, y ahora Alistair y tú contáis con el Círculo de Magos como aliado.

Tyren miró a Leliana, la pelirroja parecía tener una fe inquebrantable en ellos, no dudaba de que lograrían unir un nuevo ejército y vencer con él a los Engendros Tenebrosos y al Archidemonio; la elfa no tenía ni idea de dónde sacaba la mujer aquella convicción que ella estaba bastante distante de sentir, quizá de su propia fe en su dios.

—¿Cómo puedes creer de esa forma en nosotros? —le preguntó.

—Alguien tiene que hacerlo hasta que empecéis a creer en vosotros mismos —sonrió y se puso en pie—. ¿Volvemos con el resto?

Tyren asintió y se levantó, pensando en las últimas palabras que le había dicho caminaron de vuelta a las tiendas y la hoguera sobre la que Alistair estaba preparando la cena; Sombra salió corriendo a su encuentro y Tyren lo recibió acariciándole la ancha cabeza. Sí, se dijo mientras dejaba sus cosas junto a sus mantas y observaba a la juglar entrar en su tienda, quizá deberían empezar a creer un poco más en que podían hacerlo, creer en que era una Guarda Gris, en que podía luchar contra aquella Ruina; una parte de ella le decía que aquellas habrían sido también las palabras de Tamlen, "cree en ti, lethallan y lucha, porque nuestro clan también depende de vuestra victoria".


Nota de la Autora: Las estrofas pertenecen a la canción "Quién llora hoy por ti", de Tierra Santa (del CD: Indomable).

En el primer capítulo se me pasó comentarlo, pero el nombre de Tyren se pronuncia "Tairen".

Y sí, una elfa con espada de dos manos no es algo que cuadre mucho con lo que se ve en el juego de los elfos y las armas que llevan, pero ya había jugado una aprtida anterior con una elfa pícara y quería probar otra cosa xD