III

NO ES SÓLO MI DEBER


Esto es lo que soy,

en mi corazón está.

Esta es mi razón,

la luz de mi oscuridad.

(…)

Navegué sobre el dolor

y nunca me quise unir,

pero a veces tocar fondo

me ha enseñado a resistir.


Aún faltaban algunas horas para el anochecer y finalmente todos los preparativos estaban hechos, sólo quedaba esperar a que el sol se ocultara y la batalla empezaría; las miradas temerosas de aquellos que cruzaban por delante de Tyren le recordaban que ya no quedaba mucho para enfrentar los horrores que desde hacía varios días asediaban la villa de Risco Rojo. Sentada en un extremo de los escalones de la Capilla veía ir y venir a los hombres que formaban la milicia local, la mayoría de ellos salían de la herrería con sus armaduras y armas reparadas y listas para el combate; al final convencer al herrero no había sido tan complicado, había bastado con una promesa, promesa que Tyren esperaba poder cumplir. Murdock, el alcalde, seguía dando instrucciones a los hombres que dentro de no mucho defenderían con sus vidas sus hogares. Y los que no estaban por allí, se encontraban en la posada, bebiendo cerveza hasta que hicieran desaparecer el miedo, Tyren sólo esperaba que no estuviesen tan borrachos como para confundir la empuñadura con el filo.

Exhaló un suspiro, la batalla era inevitable y pensar más en ella no le iba a ayudar ya; ella y sus compañeros habían hecho todo cuanto estaba en su mano para que la villa estuviese lo mejor preparada posible; Ser Perth y sus hombres tenían los amuletos bendecidos por la Madre Hannah y habían preparado una trampa con el aceite encontrado en el almacén; Owen estaba trabajando a un ritmo frenético para tener todas las armas y armaduras listas para la noche; habían convencido a Dwyn y sus dos compañeros para que se unieran a las defensas de la ciudad, incluso habían persuadido a aquel orondo y desagradable tabernero, que ahora Tyren podía ver manoseando nervioso la espada que uno de los hombres del alcalde le había dado; la elfa dudaba seriamente de que sobreviviera a la batalla, pero tampoco iba a ser algo que le quitase el sueño.

Alejando sus pensamientos del inminente combate, recordó la confesión que Alistair le había hecho nada más llegar a la villa; el ex templario había resultado ser el hijo bastardo del rey Maric y, por lo que Tyren sabía de las monarquías humanas, eso lo convertía en el heredero al trono de Ferelden, aunque él ya había dejado claro que nunca en la vida había ambicionado tal cosa, obviamente prefería que el tal Arl Eamon se ocupase de aquella tarea. A ella no es que le importase mucho quién se sentase en ese trono, esa persona podría considerarse rey de todas las gentes de Ferelden, que los dalashanos no le iban a rendir ninguna pleitesía, ellos eran libres y no conocían señores a los que obedecer, salvo a los mayores y Guardianes de cada clan.

Sombra, echado a sus pies, levantó la cabeza un momento para volver a bajarla, quién fuera que viniese debía ser miembro del grupo. Resultó ser Morrigan, la bruja de la Espesura se detuvo al llegar a su lado, pero no se sentó junto a ella.

—Me pregunto —dijo observando a la gente que se movía por la pequeña plaza— ¿por qué te tomas tantas molestias para ayudar a un puñado de humanos? Esto no es asunto nuestro, ni siquiera de los Guardas Grises.

Sí, Tyren sabía que Morrigan habría preferido no involucrarse en aquello, y aunque había dejado bien clara su posición, parecía dispuesta a seguir su mando y acatar la decisión que había tomado sobre ayudar a sobrevivir a aquella noche a las gentes de la villa.

—Shemlen o no, no puedo simplemente darles la espalda —le dijo a la bruja—. Están atemorizados y necesitan ayuda… Si mi clan se encontrase en una situación parecida, querría que alguien les ayudara.

—¿Eres consciente de que no muchos humanos ayudarían a un elfo en problemas, menos a un clan?

—Lo sé. Pero yo no soy shemlen y por eso no voy a dejar a esta gente abandonada a su suerte.

Recordó las expresiones de miedo y desesperación de los aldeanos, los ojos asustados y apagados de los niños que habían quedado huérfanos y se refugiaban en la Capilla, la determinación temerosa con la que los hombres de la milicia se preparaban para lo que pensaban iba a ser una muerte segura. Humanos o no, no podía abandonarles, de hacerlo aquellos rostros la perseguirían el resto de su vida. Y en el fondo sabía que la Guardiana del clan estaría de acuerdo con su decisión.

—Tsk —chascó la lengua Morrigan—, creo que últimamente pasas demasiado tiempo hablando con la niñita de la Capilla.

—¿Quieres que hable más contigo? —preguntó sonriendo de medio lado.

—Para que me aburras con esas historias nostálgicas de tu clan, no gracias.

—¿Es que tú no echas de menos tu hogar? —miró a Morrigan, pero ninguna emoción parecía transcender su expresión de desdén mientras observaba a los hombres de la milicia.

—¿Esa choza en medio del pantano? ¿Estás de broma? Si acaso, echo de menos el poder caminar libremente sin estar rodeada de gente que me mira con suspicacia, como si fuera a convertirles en sapos con solo pestañear.

No había expresión, pero sí algo escondido en el tono de su voz, tal vez resentimiento, tal vez nostalgia o quizá sólo sarcasmo, Tyren no estaba muy segura, con los humanos siempre costaba entenderles, más aun cuando eran tan peculiares como Morrigan.

—De todas formas —retomó la palabra la bruja—, digamos que entiendo por qué ayudas a esta gente, incluso puedo ver la utilidad de tal acto para conseguir el favor de ese Arl Eamon. Pero ¿lo del niño y lo de la hija del herrero? Y no me hagas creer que estabas pensando en lo beneficioso de tales actos; al herrero podrías haberlo convencido bajo… ciertas amenazas. Y ya he visto que has prometido devolverle la espada a ese par de hermanos huérfanos, cuando sabemos que en manos de alguno de los nuestros tendría mejor provecho. Hace no mucho decías que los humanos no te gustábamos, pero últimamente parece que te desvivieras por ayudarles.

Tyren no dijo nada, porque qué iba a contestarle, le molestaba aquella capacidad de Morrigan para decir siempre las verdades más hirientes.

—¿Por qué no la dejas tranquila, Morrigan? —la voz de Leliana atrajo las miradas de ambas mujeres; la pelirroja acababa de salir de la Capilla, donde había estado ayudando con los heridos junto a Wynne y debía haber oído las últimas palabras de la bruja.

—¿Espiando, juglar? —inquirió no sin cierto sarcasmo Morrigan.

Antes de que Leliana contestara, a Tyren le pareció ver que cierta sombra oscurecía sus ojos azules, pero debieron ser imaginaciones suyas, porque enseguida la pelirroja estaba sonriendo.

—Simplemente pasaba por aquí —le dijo a la morena.

—Claro.

—¿Cuál es tu problema, Morrigan?

—Ninguno, eres tú la que parece tener problemas con que le diga a nuestra líder la verdad.

—¿Que ayudar a este gente es una pérdida de tiempo? ¿Esa verdad?

—Piensa lo que quieras —le contestó la bruja y se volvió hacia Tyren—. Y tú no olvides cuál es tu deber como Guarda Gris.

—¡Morrigan…! —exclamó Leliana ante aquellas palabras, la morena simplemente rió.

—Está bien —intervino Tyren antes de que las cosas fueran a más, aquel no era el momento ni el lugar para empezar una discusión—. No te preocupes, Morrigan, sé cuál es mi deber, lo quiera o no, lo sé. Y si no quieres estar aquí, eres libre de marcharte.

Durante unos segundos ambas se sostuvieron la mirada, frío dorado contra brillante aguamarina, finalmente fue Morrigan quien rompió el contacto.

—Me quedaré, alguien tiene que asegurarse de que no mueran los dos únicos Guardas Grises de todo Ferelden —dijo entre dientes y se marchó.

Tyren la vio dirigirse hacia el camino que subía al molino, seguramente esperaría la llegada de la noche allí arriba, ninguna de las personas con las que se cruzó osó detenerla.

—Sabes, a veces simplemente no entiendo a esa mujer —comentó Leliana sentándose detrás de ella un escalón por encima, dejando el arco a su lado.

—Ya somos dos —rió Tyren, aunque la elfa creía estar comenzando a comprender la peculiar forma de ser de Morrigan, en el fondo, había pensado en más de una ocasión, tenían algunas cosas en común, como sentirse extrañas entre tanta gente; puede que Morrigan fuese humana, pero Flemeth la había criado aparte del resto del mundo y apenas los entendía mejor que ella.

—Quizás sea porque nunca ha tenido amigos o un lugar que tema perder… Aunque, bueno, está su madre, ¿no?

—Puede que tengas razón, ¿quién sabe? —Tyren se dejó caer hacia atrás hasta apoyar la espalda en las piernas de la juglar.

—Yo me alegro de que hayas decidido ayudarles —la oyó decirle.

—Hm.

—¿Nerviosa? —Sintió las manos de Leliana sobre sus hombros; aún no estaba vistiendo la armadura, no se la pondría hasta dentro de un rato, no tenía sentido cargar con aquel peso hasta que la batalla no estuviese más cercana.

—Expectante más bien. Después de las abominaciones de la Torre, creo que unos cadáveres andantes no me resultan tan extraños.

—Esta gente está realmente asustada.

—Es normal, supongo. Hace unas semanas yo también lo habría estado, pero ahora… ¿Qué haces? —preguntó al sentir los dedos de la pelirroja moverse sobre sus hombros y cuello.

—¿Te molesta? —inquirió Leliana suavemente.

—Nnno… —La verdad es que era una sensación agradable.

—Te estoy masajeando los hombros, eso es todo. La tensión acumulada hace que los músculos se resientan y duelan.

—Si tú lo dices… —dejó escapar un suspiro. Sí, definitivamente era agradable.

Permanecieron en silencio un rato, mientras Tyren disfrutaba de aquel masaje que estaba logrando relajarla bastante y apartar de su mente las preocupaciones de la inminente batalla.

—Leliana —dijo al cabo de un tiempo—, ¿de verdad te subiste a las aspas de un molino? —Preguntó recordando el comentario de la pelirroja al ver el molino de viento de Risco Rojo.

—Jaja, sí y no fue tan divertido como creí que sería —Tyren inclinó la cabeza hacia atrás para ver la extraña pero divertida mueca de la juglar—. Acabé con un brazo y varias costillas rotas, a parte de un buen golpe en la cabeza. Lady Cecilie casi se muere del susto.

—¿La mujer que te crió? —volvió a mirar al frente, a la plaza que poco a poco se iba tiñendo con los colores del atardecer. Ya no faltaba mucho.

—Ajá.

—A mí también me crió una mujer que no era mi madre… No la conocí, mi madre murió al poco de nacer yo.

—Lo siento, Tyren, no tenía ni idea —las manos de Leliana pararon para darle un suave apretón en los hombros en señal de apoyo.

—No tiene importancia —sacudió la cabeza la elfa—. En fin, dejemos el pasado atrás, tenemos una batalla que ganar. —Y diciendo aquello se puso en pie, seguida de Sombra y de la juglar—. Debo ir a ponerme la armadura y a hablar con Bann Teagan para asegurarme por última vez de que todo está listo… ¿Me acompañas? —La verdad es que siempre se sentía mejor si uno de sus compañeros estaba con ella cuando trataba con humanos a los que acababa de conocer, además, aquel hombre parecía haberse mostrado más amistoso de lo que a Tyren le gustaba.

—Por supuesto —asintió Leliana.

Y tras coger cada una sus armas, se dirigieron al interior de la Capilla.

Tyren, preparándose en una de las pequeñas salas de la Capilla, se retorció gruñendo tratando de ajustar las cinchas de su peto, colocarse la armadura ella sola siempre era una prueba para su paciencia y habilidad y algunas veces desistía dejando un par de trabillas sueltas, pero con una batalla encarnizada por delante no podía permitírselo, una pieza suelta podría ser la diferencia entre seguir con vida al amanecer o no. Así que volvió a gruñir intentando cerrar bien la parte superior sobre sus hombros.

—¿Quieres que te ayude?

Giró la cabeza para encontrarse con Alistair, su compañero Guarda ya estaba enfundado en su cota de mallas y laminas de metal, si bien no portaba ni su espada ni su escudo.

—Por favor —contestó, consciente de que aquel no era momento para mostrarse orgullosa.

Alistair se puso a su espalda y comenzó a ajustar las cinchas de cuero, asegurándose de que el peto quedaba bien sujeto. Luego pasó a colocarle los guardabrazos.

—¿Estás enfada conmigo? —le preguntó el hombre en un susurro mientras acoplaba el primer guardabrazo sobre el hombre izquierdo.

—¿Debería estarlo? —inquirió extrañada.

—Bueno, por no haberte contado antes lo de, ya sabes, mi bastardía.

—Ah, eso.

—Eso, sí. ¿Estás enfadada?

—¿La verdad?

—Sí —contestó él pasando a su otro hombro.

—No me importa. Que seas o no el heredero al trono de Ferelden me es indiferente.

—¿En serio? —Alistair se puso delante de ella para mirarla a la cara. A Tyren le pareció que la expresión del hombre era de ¿alegría?

—Sí. No te ofendas, pero…

—¿Ofenderme? ¿Por qué iba a ofenderme? Es estupendo —rió el rubio, confundiendo un poco más a la elfa.

—¿Que me de igual que seas el heredero de tu medio hermano te parece estupendo?

—Sí —asintió vigorosamente—. Oh, debes pensar que estoy loco o algo así.

—Pues…

—Es que siempre que salía el tema de mi nacimiento, la gente dejaba de tratarme como siempre, de repente era el hijo bastardo del rey Maric, un posible heredero, un posible rival para Cailan, un posible títere… Ya sabes, política —una sonrisa torcida se dibujó en sus labios—. Por eso, es genial que no te importe, porque seguirás tratándome igual, como ese pesado humano que sólo sabe hacer chistes malos, que parece incapaz de hablar en serio y cuya cocina es deprimente, al que alguna vez has pensado ahogar con tus propias manos.

Para su sorpresa, Tyren se encontró riendo las palabras del ex templario, que realmente parecía feliz.

Alistair sonrió complacido, era la primera vez que hacía reír de aquella manera a Tyren, una risa sincera y abierta, la expresión de su rostro era alegre y relajada, casi, sólo casi, parecía otra elfa la que tenía delante.

—Se te olvida lo de buen estratega —añadió dicha elfa cuando las carcajadas cesaron.

—Cierto —volvió a sonreír ante el cumplido y se aclaró la garganta—. Y ahora que podemos dejar de lado el asunto de mi linaje, ¿quieres que te ayude con las grebas?

—No, de eso me puedo ocupar yo ya, pero gracias de todos modos.

Alistair asintió y se fue a apoyar en la pared cercana, mientras ella se ajustaba las grebas y los guanteletes.

—Sabes, Tyren —le oyó decir en un suave tono de voz—, tú eres lo único que me queda de antes de lo de Ostagar… Sé que no estoy siendo el mejor de los compañeros, que como recluta más veterano debería ser yo quien tomase el liderazgo, pero lo que le dije a Morrigan es cierto, no sirvo para dirigir, a mí me gusta seguir, es… más fácil. —En ese punto, Tyren levantó el rostro para mirarlo, pero Alistair mantenía sus ojos clavados en el suelo—. Y creo que puedo ver en ti lo que Duncan debió ver cuando decidió reclutarte —ahora la miró—. Eres fuerte y decidida, y sabes cuándo hay que hacer lo que debe hacerse, aunque sin anteponer el fin a los medios. Además, eres una guerrera formidable.

Tyren no sabía qué decir en aquel momento, nunca en su corta vida habría esperado recibir semejantes palabras de un humano, pero Alistair era sincero, podía verlo en sus ojos claros.

—Como te decía, yo lo perdí todo en Ostagar, a los camaradas que se estaban convirtiendo en mis amigos, a Duncan, a… mi hermano, aunque nunca llegué a conocerle. Tú eres lo único que me queda y la única persona que puede comprender qué significa ser un Guarda Gris, el veneno que corre por nuestras venas, las pesadillas… y el peso de la responsabilidad que está sobre nuestros hombros. Quiero creer que podemos llegar a ser buenos amigos.

Tyren miró al hombre que tenía delante de ella, hasta ahora no lo había visto más que como un compañero de viaje, alguien a quien necesitaba para poder enfrentar la Ruina; eventualmente se había dado cuenta de que Alistair había perdido cosas queridas como ella y que eso lo tenían en común, pero al luchar codo con codo y al hablar durante las guardias juntos, había comenzado a ser consciente de que compartían un nexo más, ambos eran Guardas Grises, ambos tenían el mismo deber y, admitió para sí, el mismo miedo de no poder estar a la altura, de fallar. Puede que Alistair se hubiese unido alegremente a la Orden, mientras que ella lo había hecho a la fuerza, mas su destino era ahora el mismo.

—Tú… —musitó Tyren sin apartar sus ojos de los suyos, los rostros de Tamlen y Feranel bailaron fugazmente sobre el del ex templario— eres un amigo, Alistair.

—¿De verdad? —preguntó él expectante.

Tyren asintió, puede que aún no fuese ni de lejos lo que sus dos amigos habían sido para ella, pero en la Torre primero y después de camino a Risco Rojo había comenzado a notar como la camaradería entre ambos crecía, puede que lo hubiese intentado negar en su momento, pero las palabras de Leliana le habían hecho comenzar a ver las cosas de forma distinta. Había perdido a su clan, pero rumiar su pena por ello y seguir aislándose no era lo mejor que podía hacer, la soledad era un lugar terrible en el que estar, sobre todo cuando empiezas a ser consciente de que hay gente a tu alrededor que se preocupa e interesa por ti. Quizá los humanos todavía le desconcertasen de tanto en tanto y aún prefiriera hablar con ellos por separado, mas a poco a poco estaba empezando a apreciar a aquel grupo de humanos, más el qunari y el mabari, que viajaban con ella.

—Pero —le dijo a Alistair medio en broma medio en serio— si no dejas de poner esa sonrisa idiota, me lo pensaré.

—Jaja, está bien. Aehem… Será mejor que vayamos fuera, el sol está a punto de ocultarse y no queremos hacer esperar a esos cadáveres andantes, ¿verdad?

—Verdad —sonrió Tyren, y tras coger su espadón y cruzárselo a la espalda, siguió a Alistair al exterior de la Capilla, donde el resto de sus compañeros y la milicia local ya aguardaban la llegada inminente del enemigo.

oOoOoOo

La luz acerada del amanecer comenzó a extenderse por el cielo, un nuevo día rompía sobre los defensores de Risco Rojo, que daban cuenta de las últimas criaturas; había sido una noche larga, agotadora, terrible, pero la victoria era suya, aunque también habían tenido que pagar un precio; algunos milicianos no lo habían logrado, cayendo bajo el acero y las flechas de sus enemigos en defensa de su villa, de su hogar, pero ningún cadáver andante había superado su última línea de defensa y la gente que se refugiaba en la Capilla estaba a salvo. Habían perdido gente, sí, pero otros muchos habían sobrevivido y la villa se mantenía en pie. Con la llegada de los primeros rayos de sol, los gritos de victoria y alegría se extendieron por todos los defensores.

—¡Lo conseguimos! —Exclamó Alistair sonriendo de oreja a oreja, la armadura salpicada de sangre ajena.

—¿Es que lo dudabas? —preguntó Tyren, mientras se dejaba caer al suelo para sentarse, el sudor escurriendo por su cara manchada de polvo y sangre. Sombra se echó junto a ella; el mabari había luchado bravamente, cubriendo sus espaldas.

—Por un momento tuve mis dudas, sí —contestó el ex templario, siguiendo su ejemplo y sentándose en el suelo, dejando a un lado el pesado escudo y la espada —. ¿Y cómo ha quedado el tanteo final?

—¿Aún seguís con esa tontería? —inquirió Morrigan no muy lejos de ellos.

—Pero ha sido divertido —comentó Leliana sentándose entre los dos Guardas y comenzando a desencordar el arco.

—Sí —sonrió Tyren—, deberíais haber participado también —añadió mirando a la bruja y a Sten, el qunari estaba apoyado en la pared frontal de la Capilla, en la que entraban algunos milicianos para comunicar la buena nueva.

—No veo la utilidad de contar los enemigos abatidos, se les reduce y ya está —dijo el qunari, su expresión inmutable.

—Al fin, alguien con sentido común —suspiró exageradamente Morrigan.

—Bah, no sabéis divertiros —apuntó Alistair—. Si no he perdido la cuenta, han sido veinticinco.

—Me sorprende que sepas contar más de los dedos de las manos —le dijo Morrigan mordaz.

—Claro, también tengo los de los pies y los de todos vosotros, eso suman unos cuantos dedos —contraatacó Alistair; Tyren y Leliana rieron las palabras del rubio.

—Con el último, yo cuento treinta y tres —dijo la elfa, que ya empezaba a acusar el peso de la armadura, además, si no quería que la sangre se oxidase sobre el metal, dentro de poco debería quitársela y limpiarla, así como el espadón que descansaba a su lado.

—Mmm… Yo diría que ese último ha sido más mío que tuyo —intervino Leliana—, una de mis flechas le acertó en el cuello.

—Pero aún se movía cuando yo lo atravesé con la espada, así que es mío —dijo Tyren sacando pecho y arrancando sendas carcajadas de Alistair y la pelirroja.

—Parece que lo estáis pasando bien, nadie diría que acabáis de pasar una noche como ésta —comentó Wynne acercándose a ellos; tras la batalla, la maga había ido a comprobar el estado de los heridos más graves, que habían sido llevados al interior de la Capilla, de la que ya comenzaban a salir aldeanos, en sus ojos brillando algo cercano a la sorpresa, como si no pudieran creer todavía que habían sobrevivido.

—Hemos ganado, es un buen motivo para estar contentos —dijo Tyren; la verdad es que el juego del conteo había sido idea suya, algo que hacía cuando salía de cacería con Fenarel y Tamlen, le había parecido una buena forma de recordarles y aquello le había dado ánimos al comienzo de la batalla, cuando la cantidad ingente de enemigos le había hecho albergar las mismas dudas que a Alistair.

Y aunque el combate había sido duro y sostenido, y los enemigos habían estado cerca de desbordarles en más de una ocasión, finalmente habían resistido, codo con codo o espalda contra espalda, vendiendo cara la tierra que iban cediendo, se habían hecho con la victoria. El sol se alzaba ya en el cielo del este y aquella noche de horror, sangre y muerte quedaba por fin atrás. Mas no todo había terminado aún; Tyren alzó la mirada hacia el imponente castillo que se alzaba en lo alto del risco, como si vigilase la villa desde aquella altura casi inexpugnable.

—Eso puede esperar todavía —le susurró suavemente Wynne inclinándose a su lado—, ¿alguna herida o corte?

—Nada de importancia.

—¿Seguro? Incluso las heridas más pequeñas pueden agravarse si no se limpian y tratan debidamente —le advirtió la maga.

—Entonces bastará con que me de un buen baño —rió Tyren.

—Oh, esa es una gran idea —comentó Leliana.

—Y eso lo dice alguien que casi ni se ha despeinado —bromeó Alistair señalando a la juglar, cuya armadura estaba libre de manchas de sangre.

—Ventajas de ser arquera —la pelirroja le sacó la lengua.

—Muy bien, pues sugiero que vayamos a la posada y aprovechemos para bañarnos todos y descansar —indicó Wynne.

—¿No deberíamos pensar en ir al castillo y ver qué está ocurriendo allí? —inquirió Tyren apoyándose en su espadón para ponerse en pie; Alistair y Leliana hacían otro tanto.

—Yo estoy de acuerdo con Tyren —abundó Alistair.

—Qué sorprendente —se oyó decir a Morrigan, pero el ex templario decidió ignorar la pulla, con lo visto aquella noche su deseó por entrar en el castillo y encontrarse con Arl Eamon no hacía más que volverse ansiedad, algo muy malo estaba ocurriendo allí arriba y tenían que averiguar qué era.

—Por el Hacedor, niños, si apenas os mantenéis en pie —dijo Wynne en un tono de voz que a Tyren le recordó a las veces en que Ashalle le intentaba hacer ver el poco sentido de lo que estaba haciendo o diciendo.

—Pero…

—Nada de "peros" —advirtió la maga interrumpiéndola—, todos necesitamos descansar, ha sido una noche muy larga.

En ese momento, Tyren fue consciente de las miradas del resto, esperaban a que ella dijese la última palabra, hasta Morrigan y Sten aguardaban su decisión; la elfa les observó a todos unos segundos, Wynne tenía razón, estaban agotados, podía verlo en sus rostros, en la forma en que alternaban el peso de sus cuerpos de una pierna a otra, en la posición caída de sus hombros y ella misma se sentía al límite de su resistencia; habían pasado toda la noche luchando, desde la caída del sol hasta prácticamente su salida, y no eran los únicos, algunos miembros de la milicia yacían sobre los escalones de la Capilla dormitando, sin fuerzas ya para ir hasta sus casas.

—Descanso —dijo lacónicamente y enfiló hacia la posada en la parte alta de la villa—. ¡Sombra! —El mabari se levantó y fue tras su ama agitando su cola.

—Una sabia decisión —sonrió Wynne, siguiendo a la Guarda.

En la posada, les recibió una más que contenta Bella, la joven, que gracias a Tyren y la "valiente" muerte de Lloyd en la batalla, poseía ahora el local, les ofreció habitaciones y comida gratis y les preparó tinas de agua caliente para que pudieran sacarse la suciedad del cuerpo.

Tras el relajante baño, en el que casi se había dormido, Tyren entró en la habitación que compartía con Morrigan, la posada no tenía muchos cuartos y la elfa había creído más conveniente que Wynne y Leliana compartiesen uno y ella y la bruja otro, sólo los Creadores sabían hasta qué punto la paciencia de la maga y la juglar aguantaría los comentarios cortantes y sarcásticos de Morrigan, así que era mejor así. La morena estaba echada en la cama, si bien aún no dormía.

—¿No tienes sueño? —le peguntó Tyren mientras cogía de su bolsa un paño, aceite y la piedra de amolar.

—Es difícil dormir con el jaleo que están montando ahí abajo, no me extraña que los muertos anden en esta ciudad, no pueden descansar tranquilos —contestó Morrigan.

—Hm… —Ciertamente, el ruido de la celebración que algunos aldeanos estaban llevando a cabo en la sala común de la posada se podía oír perfectamente allí arriba.

—¿Y tú no piensas dormir? —inquirió la morena arqueando una ceja al ver cómo Tyren se sentaba en el jergón con el peto de su armadura entre las piernas y el aceite y el paño en las manos.

—Sí dejo mucho tiempo la sangre sobre el metal, se oxidará —explicó la elfa.

—Aunque me fastidie admitirlo, esa vieja maga tiene razón, necesitas descansar y dormir. Eso puede esperar.

—¿Preocupándote por otra persona? Apenas puedo creerlo.

—Ja, muy graciosa. Muertos de cansancio los Guardas Grises no valéis mucho.

Desde algún lugar debajo de la cama, salió un quedo gañido.

—Ves, hasta esa bestia maloliente está de acuerdo conmigo —dijo Morrigan arrugando la nariz, un gemido siguió esas palabras—. Sí, me refiero a ti, perro.

—Vamos, Sombra no huele tan mal, ¿verdad? —un ladrido contento—. Además, creo que se ha dado un baño voluntario en el lago.

—Eso explica la peste a pelo mojado.

Uuuuooo

—Creo que has herido sus sentimientos.

—Es todo teatro, créeme.

—Bueno —suspiró Tyren, decidiendo dejar a un lado la tarea de limpiar la armadura—, sois tres contra uno, así que por esta vez os haré caso.

Dicho lo cual, y tras arrojarle un hueso al mabari y cerrar un tanto las contraventanas, se echó en la cama y se enrolló en una de las mantas, no tardó ni cinco minutos en dormirse profundamente.

Morrigan la observó desde su lecho; Tyren era la primera dalashana que había conocido, nunca antes había cruzado su camino con el de los elfos errantes y al principio le había parecido una criatura exótica, con los tatuajes que recorrían su frente, pómulos y barbilla, con esas palabras en su propia lengua que decía de tanto en tanto. La forma en que al principio se había aislado de todos salvo del mabari le había recordado un poco a ella misma, que siempre intentaba poner la mayor distancia posible entre ella y el resto del mundo, porque crear lazos con ellos era empezar a caer en la debilidad de los sentimientos y Morrigan no necesitaba de tales cosas y había llegado a creer que Tyren tampoco. Pero estaba equivocada; a la elfa no le gustaba estar sola, su aislamiento era por una simple razón racial, ellos eran los primeros humanos con los que tenía que compartir camino y destino, y por una simple razón de nostalgia por la pérdida de su clan, la Guarda echaba de menos a su gente, que había sido todo su mundo hasta que tuvo que marcharse. Sin embargo, según habían pasado los días y la camaradería había empezado a crecer en el grupo, Tyren se iba abriendo un poco más con ellos, la mejor prueba había sido aquel absurdo juego de contar los enemigos abatidos; la joven elfa había perdido a sus amigos de toda la vida, pero parecía más dispuesta a hacer nuevos entre aquellos que la acompañaban, pensó Morrigan frunciendo el ceño.

—Amigos —masculló quedamente girándose hacia la pared— ¿quién necesita amigos?

oOoOoOo

Tyren se encontraba en la antesala del salón principal del castillo de Risco Rojo, ajustando la aljaba cargada de flechas a su espalda, podía sentir las miradas que todos los que pasaban a su lado le dirigían, ella se había convertido en la última esperanza para salvar al hijo de su señor y acabar con el terror que se había adueñado del lugar; viajaría a la Torre del Círculo en una carrera contra el tiempo para traer consigo a un grupo de magos y el lyrium suficiente como para que uno de ellos penetrase en el Velo y pudiese hacer frente al demonio que había poseído el cuerpo del muchacho. Era consciente de que la solución más rápida y sencilla habría sido acabar con la vida del demonio enfrentándolo en el mundo real, pero había sido incapaz de tomar esa decisión, matar a un niño era algo que ni siquiera quería imaginar. Y la otra opción, sacrificar la vida de Isolde tampoco entraba en sus planes, salvar una vida a cambio de otra no era justo, por eso había insistido tanto en que Jowan les diese una tercera vía, más arriesgada y complicada, pero, con la ayuda de los Creadores, nadie tendría que morir para salvar a nadie.

Suspiró, no es que se encontrase al cien por cien de sus fuerzas, no después de abrirse camino por el castillo a golpe de espada, pero si quería hacer las cosas de aquella manera, no le quedaba más remedio que apretar los dientes e ignorar el dolor de sus recientes heridas y el cansancio que poco a poco iría creciendo en su cuerpo.

—¿Estás segura de que quieres ir sola? —le volvió a preguntar Alistair.

—Iré más rápido así. Además, no estaré completamente sola, Sombra viene conmigo.

El mabari ladró su acuerdo.

—Aún así creo que debería acompañarte.

—No, os necesito aquí por si las cosas vuelven a ponerse feas. No sabemos si lo que sea que posee al niño volverá a dar problemas. Es mejor así.

—Los caminos son peligrosos, los Engendros Tenebrosos…

—Lo sé —cortó al hombre—, estaré bien, Alistair, los dalashanos tenemos cierta habilidad para pasar desapercibidos cuando queremos. Conozco el camino hasta la Torre y evitaré a cualquier grupo de engendros.

—Hm…

Viendo que el ex templario ya no tenía más argumentos con los que rebatir su decisión, Tyren terminó de ajustarse el justillo y las muñequeras de cuero que había encontrado en la armería del Arl; había cambiado su armadura pesada por defensas más ligeras que le permitieran avanzar más rápido y cansarse menos, por la misma razón, Yusaris se quedaría allí, el espadón sería más una carga y un estorbo en aquella carrera que otra cosa y había optado por el arco de su madre como arma principal, aunque sinceramente, esperaba no tener que hacer uso de él.

—¿Le has hecho cambiar de opinión? —Leliana se acercó a ellos, una venda le cubría el antebrazo derecho, allí donde la espada de uno de esos cadáveres andantes la había alcanzado; el espacio más reducido y estrecho del interior del castillo la había acabado obligando a prescindir del arco y hacer uso de sus dagas en combates cuerpo a cuerpo.

La verdad era que todos, salvo las dos magas, se habían llevado algún recuerdo de sus enemigos, aunque afortunadamente no pasaban de ser cortes y rasguños sin la mayor gravedad.

—No —contestó Alistair.

—Ni lo intentes —advirtió Tyren a la juglar antes de que ésta abriese la boca—. Ya os lo he explicado antes, así que no hay nada más que añadir, iremos Sombra y yo.

—De acuerdo.

Tyren frunció las cejas ante el rápido asentimiento de la pelirroja, junto con Alistair, Leliana había sido la que más pegas había puesto a su plan de ir por su cuenta a la Torre mientras los demás esperaban allí, le sorprendía que no intentase al menos una última vez disuadirla de su decisión.

—¿No tratarás de seguirme, verdad? —preguntó suspicaz.

—No —rió la juglar.

—Ey, a mí no me has preguntado eso —se quejó en un falso tono herido Alistair.

—Es que a ti conseguiría dejarte atrás nada más salir de aquí —dijo Tyren tratando de ocultar su sonrisa divertida.

—Mmm…, probablemente tengas razón, nunca fui muy rápido entre los otros novicios.

—Bien, es hora de irnos —el mabari ladró y agitó su cola mientras Tyren tomaba el arco que había dejado contra la pared—. Si las cosas se ponen feas aquí, no dudéis y haced lo que debáis.

—Ten cuidado —le dijo Leliana estrechándole el hombro.

—Cuida de ella, chico. —Sombra volvió a ladrar ante las palabras de Alistair.

—¡Guarda!

Isolde y Teagan vinieron a su encuentro justo cuando Tyren se dirigía hacia el portalón, se volvió hacia ellos.

—Yo… quería daros las gracias —le dijo Isolde, la mujer apenas se atrevía a mirarle a la cara.

—Lo que vais a hacer, va mucho más allá del deber de un Guarda Gris… Gracias—añadió Teagan.

—Dadme las gracias cuando vuelva con los magos y hayamos salvado a Connor —sacudió Tyren la cabeza.

Se giró de nuevo hacia el portalón, no sin antes dirigir una elocuente mirada a sus dos compañeros, que asintieron a su mudo mensaje, si todo se complicaba en su ausencia sabían perfectamente lo que deberían hacer, les gustase o no, no podían dejar que más gente muriera.

Una vez ella y el mabari estuvieron en el patio, echó a correr sin mirar atrás, el sol estaba todavía alto, así que podría recorrer un buen trecho antes de tener que parar a descansar. Debía ser rápida, deslizarse sobre la tierra como cuando seguía los leves pasos de los ciervos en el bosque; si todo iba bien, alcanzaría la Torre en unos tres días, dos si sacrificaba algunas horas de sueño. Sacudió la cabeza, todo iba a ir bien, debía ser así.


Nota de la Autora: Otro capítulo arriba; esta vez si he metido algún cambio, sobre todo la parte final, pero como ya dije, son añadidos para que la historia encaje mejor :)

Por cierto, minipunto para el que sepa identificar el guiño a cierta obra literaria que he hecho xD

Una cosilla, es posible que veáis objetos y personajes con los nombres distintos a los de la versión en castellano del juego, eso es porque yo jugué la versión en inglés y algunos de esos nombres no los estoy cambiando, así que si algo os chirría mucho es por eso xD

Muchas gracias a los que dejáis reivews ^^ y también a los que seguís leyendo este fanfic ^^.