ĒTERU

Capítulo LIV

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Kagome visionó la energía de la llama que tenía ante ella e intentó canalizar toda esa fuerza en el espacio que había creado entre sus manos. El intento ya había fracasado una vez y era consciente del paso radical del tiempo fuera del aura que se había creado entre ella y la llama que debía obtener. En su mente parecía haber un reloj que marcaba sonoramente el paso de los segundos, o quizás las horas, y con ello el nacimiento de un nuevo sol.

Buscó en su interior la fuerza para atraer al fuego, notando en todo momento la resistencia de aquella energía que parecía inamovible. Respiró hondamente, mientras intentaba ignorar la tensión que se generaba en sus antebrazos. Recordó el mantra destinado a elemento fuego y lo recitó sintiendo, a cada instante, el modo en que la debilidad se iba asentando en su cuerpo.

Fuego, trae la verdad de la vida.

Fuego, trae la energía de una nueva idea.

Fuego, trae la certeza que rodea al alma.

Fuego, trae la luz que guía al espíritu.

Dicho aquello, soltó el aire con fuerza, jadeó una vez y volvió a respirar de forma profunda, para poder expresar lo que le faltaba por decir.

Deidad del Fuego, Suzaku. En conexión con el equilibrio universal y con el amor como la primera energía emanada de la perfección, te pido que me otorgues tus dones.

Se sentía agotada, las piernas ya no la sostenían y por un momento tuvo la sensación de estar a punto de desfallecer. En ese instante notó que era sostenida desde la espalda. Las manos de InuYasha la soportaba por la parte baja de los codos y Kagome lo agradeció en medio de un silencio destinado a retener su fuerza. Cerró los ojos y deseó dejarse ir y parar de exigir la energía de la ofrenda desde su canal de energía; simplemente quería abrir su protección y dar todo lo que tenía. En ese instante comprendió algo que resonó dentro de ella como una verdad y esa sensación le dio un nuevo brío.

Volvió a centrar su energía, a la vez que notó que InuYasha la iba liberando con cierta cautela. Una vez consiguió poner la atención en la tarea acordada y no en el cansancio que tenía, se permitió pedir a la llama que viniese a ella. Esta vez no se esforzó en atraerla y puso su intención en mantener abierto el espacio del aura que ocupaban, reconociéndose como parte de una misma fuente. Hubo un instante en que la llama parpadeó y Kagome comenzó a sentir que se le calentaban las manos. El fuego frente a ella empezó a convertirse en una flama más pequeña, mientras tanto en las palmas se iba formando la misma energía, produciéndose la transferencia.

—El pergamino —pidió con suavidad.

En cuestión de un instante la llama estaba completamente con ella y se inclinó para acercarla al pergamino que su compañero acababa de extender a sus pies. Pudo ver una chispa saliendo de las llamas que danzaban y esa chispa pareció encender por completo el pergamino. Kagome tuvo que obligarse a confiar, más aún cuando la llama entre sus manos se trasladó totalmente a ese fuego que se expandía sobre el hechizo escrito en el grueso papel. Contuvo el aliento durante un instante y, a pesar del cansancio, puso toda su voluntad en no pensar de forma disruptiva; necesitaba que la ofrenda llenase con su magia el pergamino. Se sintió aliviada cuando observó el modo en que el fuego se reunía sobre los trazos escritos por ella misma y los iluminaba como piedra fundida. En ese momento Kagome creó la figura de un sello en el aire, para asentar el trabajo. Después de eso sus hombros se relajaron, al igual que su espalda y todo su cuerpo que no podía mantener más la posición. Cerró los ojos y se sintió acunada en los brazos de InuYasha.

Se mantuvo el silencio ante el repaso mental de todo lo sucedido en el Templo del Fuego, mientas observaba a su compañero dormido a un lado de ella. InuYasha permanecía sentado, con la espada sostenida hacia el cuerpo y éste reposado hacia la pared de la cabaña que Kagome reconocía como la de Shippo. Era de día y pensó en levantarse, sin embargo intentó quedarse un poco más sobre el futón, sin hacer ruido, para que InuYasha descansara. No le eran ajenas las escasas horas que dormía desde que todo esto había empezado. Sabía que su compañero no necesitaba el mismo tiempo de descanso que ella y aun así, durante los años que compartieron juntos en el Sengoku él parecía sentirse más relajado y dormía junto a ella en el futón, además de amanecer siempre a su lado.

Extendió la mano y quiso tocarlo, no obstante, sabía que probablemente él se pondría alerta. Se contuvo y lo observó, deteniéndose en el gesto relajado de su boca entre abierta mientras respiraba. InuYasha pocas veces descansaba entregándose al sueño, sólo lo hacía cuando se sentía seguro o cuando estaba demasiado cansado; Kagome no tuvo duda que sería por lo segundo.

No sabía cuánto tiempo llevaba dormida y tenía el cuerpo fatigado de la postura y de estar recostada sobre un futón. Se sintió molesta al comprender que si se movía terminaría por despertar a InuYasha, sin embargo necesitaba hacerlo. El primer movimiento que hizo fue muy lento, buscaba quedar sobre su costado. Pudo ver que su compañero sacudía ligeramente las orejas y Kagome supo que dentro de un instante abriría los ojos. Cuando lo hizo ella lo estaba mirando y le sonreía para que él supiera que todo estaba bien.

InuYasha notó el suave murmullo de la tela contra la tela, sus sentidos le anunciaron que sucedía algo y de inmediato pensó en Kagome. Abrió los ojos y se encontró con su mirada tranquila y una sonrisa suave en los labios, eso lo tranquilizó de un modo que no había concebido durante el tiempo que llevaba dormida; más de un día. Verla derrumbarse después de las largas horas que se mantuvo en estado de concentración lo llevaron al borde de su estoicismo. Recolectar las ofrendas se estaba convirtiendo en algo cada vez más exigente para su compañera y él habría dicho basta, a todo esto, si no estuviese Moroha de por medio.

—¿Cómo te sientes? —fue lo primero que atinó a decir, sin dejar de mirarla. Kagome profundizó la sonrisa y dio una escueta respuesta.

—Bien.

Bien —aquello no era suficiente para toda la angustia que InuYasha sintió dentro del templo y luego con ella aquí; no era suficiente para la inquietud que aún llevaba dentro. Dejó la espada a un costado y se arrastró por el suelo un par de palmos hacia ella.

—¿Bien? ¿Sólo eso me dirás? —exigió— Han pasado más de dos días desde que entramos a ese templo y llevas un día completo dormida.

Kagome se sorprendió al recibir esa información. Se incorporó, sentada sobre el futón, en tanto su mente comenzó a trabajar de inmediato, dando así con una respuesta.

—El tiempo durante el estado de conexión para mí era diferente. Lo que para ti pudieron parecer horas, en el trabajo espiritual eran minutos —expresó. Sabía que probablemente le estaba dando una pobre explicación a su compañero, después de la angustia que él disfrazaba de malestar.

—Estabas agotada —insistió.

—Sí —bajó la mirada. Por un momento temió que hacer ese reconocimiento pudiese significar parar con la búsqueda que estaban haciendo. Luego se obligó a recordar que InuYasha deseaba tanto como ella volver con Moroha—. Conseguir esta ofrenda me exigió mucha más concentración y energía.

Lo escuchó suspirar y enfocó sus ojos en él. Su compañero estaba cansado, a Kagome le resultaba evidente por la forma en que se tensaba su rostro. Era mucho tiempo de compartir momentos de distinta índole; preocupaciones, alegrías, incertezas y también amor.

—Descansa —le pidió, extendiendo su mano hasta él para tocar la que InuYasha mantenía sobre una de sus rodillas flexionadas.

Lo escuchó bufar despacio, probablemente porque no podía dar una respuesta coherente a una negativa que estaba en la punta de su lengua.

—Descansa, por favor. Así podré hacerlo yo también —insistió y pudo ver un ápice de duda en la mirada dorada de su compañero—. Es más ¿Por qué no nos quedamos hasta pasar la luna nueva?

InuYasha la miró sorprendido.

—¡Qué dices! Para eso aún quedan cinco días —fue la respuesta inmediata que recibió, con un InuYasha que echó el cuerpo un poco más adelante y hacia ella, dando mayor dramatismo a su negativa. Estaba claro que buscaba fulminar su idea. Sin embargo, Kagome ya se había visto en situaciones como ésta antes y aunque ansiaba volver con su hija lo antes posible, también reconocía el agotamiento de sus cuerpos físico y mental, lo que mermaba claramente su energía.

—Sí y no llega a ser una semana, me dará tiempo para recuperar fuerza —reconocía que estaba dando énfasis justo a lo que InuYasha necesitaba oír para soltar la tensión y aceptar; no obstante, no se arrepentía, ambos necesitaban el descanso.

Su compañero se quedó en silencio, deliberando, sin quitar su mirada en ningún momento. Kagome se distrajo durante un instante, pensando en lo infinitamente hermosos que eran los ojos de InuYasha, llenos de matices que sólo era posible apreciar a una distancia tan corta como la que ellos mantenían ahora mismo.

—Está bien —aceptó a regañadientes—. Sólo hasta la luna nueva —instó— y nada de andar de aquí para allá haciendo todas esas cosas que haces en la aldea —advirtió.

Kagome le sonrió y se acercó un poco más a él para dejar un beso suave en sus labios. No esperó la respuesta hambrienta de InuYasha, que le enlazó los dedos en el pelo y le sostuvo la cabeza para hacer del contacto algo más intenso y cargado de necesidad. Kagome lo escuchó respirar hondo por la nariz, mientras a ella le faltaba el aire. Luego, cuando se decidió a aligerar la fuerza del toque, descansó la frente sobre la suya y le murmuró.

Kuso, Kagome, me asusté mucho.

No había violencia en esas palabras, ni siquiera había enfado; eran palabras plagadas de emotividad y de un dolor que Kagome ansiaba calmar.

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De entre las cosas que InuYasha se pensó haciendo durante esos días en la aldea de Shippo, la última que imaginó fue la de estar dando caza al espíritu de un guerrero bushi, un samurái, que deambulaba por un valle relativamente cercano a la aldea en la que vivía Shippo. Les había tomado un par de horas llegar hasta ahí, él había corrido por en medio del bosque, disfrutando de la libertad que le deba el viento creado por su paso. Shippo se mantenía a la par en uno de sus hechizos voladores, una gran hoja. La había sacado de un bolsillo de su pantalón y la lanzó al aire para que aumentara su tamaño y así poder viajar en ella.

Sube —le ofreció a InuYasha y éste le sonrió justo antes de echar a correr.

Se sentía orgulloso de los progresos de su amigo y aunque la nube del tiempo perdido amenazaba con nublar sus pensamientos luminosos, InuYasha la apartaba para quedarse, al menos de momento, sólo con las emociones que le eran útiles; algo que Kagome le había enseñado.

De ese modo llegaron a la aldea dentro del bosque de Sasaki, desde donde enviaron el mensaje de ayuda a Shippo. Por las explicaciones que les dieron, el lugar había sido un antiguo asentamiento feudal y aunque entre los habitantes había youkais y algún hanyou, no les era posible presentir al espíritu que los acosaba. El onmyouji del palacio no vendría hasta dentro de un par de semanas y el espíritu ya había dejado un muerto y varios heridos.

—Ahora es cuando extraño a Miroku —mencionó Shippo, mientras recorrían la zona en busca de algún indicio del espíritu.

InuYasha sonrió con cierta melancolía que Shippo captó al instante.

—Quizás debimos traer a Kagome —se animó a agregar, tal vez demasiado optimista. La respuesta que recibió entonces fue un corto gruñido oscuro que le hablaba de una clara negativa.

—Ella necesita recuperarse —objetó InuYasha—. Además ¿No llevas años practicando ilusionismo? ¿De algo tendrá que servir?

Shippo soltó una leve risa que casi se convirtió en una carcajada.

—Lo mío es para disfrazar, no para descubrir a otro —aclaró.

InuYasha lo sabía.

El crujir de unas ramas a un costado, a varios metros de ellos, los alertó a ambos. Era cierto que InuYasha tenía mejor oído y olfato que Shippo, sin embargo a esa distancia el sonido fue claro para ambos.

InuYasha hizo un gesto, indicando que avanzaba y Shippo respondió con otro movimiento silencioso.

Ambos se abrieron unos pasos y avanzaron todo lo silentes que les fue posible. InuYasha subió a una rama baja, para desde ahí observar cualquier movimiento que indicara la presencia de algo invisible; no obstante, el primer aviso que tuvo de la presencia del espíritu fue la hoja de su katana atravesando su costado.

—¡Kuso! —exclamó y a continuación advirtió a su amigo— ¡Shippo, a tu derecha!

Esperaba que el muchacho fuese lo suficientemente agudo como para captar cualquier movimiento, sonido o sensación que lo ayudase a enfrentar al espíritu. Lo vio retroceder varios metros y prestar atención, girando las palmas de las manos hacia arriba e iluminando éstas con dos llamas de fuego azul que InuYasha esperaba tuviesen alguna finalidad más que la de mostrar fuerza.

Se maldijo a sí mismo cuando descubrió que deseaba a Kagome aquí. Ella podía ver la energía, podía percibir cosas que para él eran invisibles y eso lo estaba poniendo en total desventaja ante este espíritu. Se miró la mano con la que había tocado el costado herido y comprobó que no había corte y aun así tenía dolor. Pudo ver el modo en que Shippo intentaba amedrentar al bushi fantasma e intentó recordar algo más de lo dicho por el líder de la aldea, un youkai anciano llamado Jiro.

Les habló del asentamiento feudal y de la posibilidad de estar ante un espíritu ligado al lugar. Sabían que era un bushi porque se le había aparecido a uno de los heridos. Lo que no conseguían saber era por qué no se manifestó antes, dado el tiempo que llevaba la aldea en el lugar.

—Debe ser un espíritu ligado a un objeto —InuYasha escuchó una voz junto a él y de inmediato la reconoció como la voz de Myoga.

—Vaya, anciano, no creí volver a verte. Supongo que no va tan mal el enfrentamiento —oprimió la empuñadura de Tessaiga, pensando en qué utilidad podía tener el desenvainar; no conseguía distinguir un objetivo al que poder dar.

—No se confunda, señor, yo sólo pasaba por aquí.

Dicho aquello InuYasha notó el pinchazo sobre la piel del cuello y suspiró antes de sacudirse al pequeño youkai. A continuación se lanzó hacía el espacio en que Shippo estaba poniendo su atención y cortó el aire con sus garras. No llegó a notar algo material, no obstante tuvo la sensación de que el aire era más denso en ese sitio.

—¿Tienes algo? —le preguntó a Shippo, una vez se encontró junto a él.

—Nada, sólo sensaciones —respondió y el aire, junto a una de las llama de fuego fatuo se movió con fuerza, indicándole el lugar en que estaba el espíritu.

—Y si uso el meido —ofreció InuYasha, poniendo nuevamente la mano en la empuñadura de Tessaiga y sin apartar la atención de cualquier movimiento particular alrededor.

—Y ¿Crees que un espíritu puede ser enviado al inframundo? —preguntó Shippo, sin bajar la guardia.

—Sinceramente…

Lo cierto es que InuYasha sólo podía presuponer el resultado de un intento, no asegurarlo. También era cierto que si usaba la técnica ofrecida se llevaría por delante una parte del bosque. En ese momento una nueva ráfaga de aire removió el fuego en la mano de Shippo y éste se quejó, apartando uno de sus brazos. InuYasha supo de inmediato que su amigo había sido herido. Gruñó ante la imposibilidad de salir de esta situación. De momento ambos habían sido alcanzados por el espíritu del bushi y ninguno de los dos llegaba a verlo.

—¡¿Qué quieres?! —exclamó InuYasha al aire.

Desde un punto, junto a ellos, se escuchó una risa oscura que se fue moviendo con rapidez. Shippo fue el que razonó algo que les sirviera de momento y los encerró en un círculo de fuego azul que al menos les permitiría saber si el espíritu se acercaba.

No tienes lo que yo quiero —escuchó la queja, venida de una voz casi tan oscura como la noche que se avecinaba con rapidez.

—Y ¿Qué es? —preguntó, a pesar de saber que probablemente la entidad tenía razón.

Hubo un largo instante de silencio.

A mi hija —se escuchó la voz en un tono indefinible.

InuYasha no pudo evitar sentir dolor ante la declaración. Cualquiera que buscase a una hija, vivo o muerto, lo haría sentir igual.

Shippo le dio una mirada de soslayo que él ignoró.

—¿Dónde está? —preguntó InuYasha a la presencia.

¡PERDIDA! —gritó el espíritu, cruzando con su ira el fuego fatuo que Shippo había creado. Ambos se cubrieron y siguieron la estela con la mirada, comprendiendo que ésta se perdía en dirección a la aldea.

De pronto, un trabajo que parecía relativamente fácil se había convertido en un problema.

—Hay un cementerio, señor InuYasha —escuchó a Myoga nuevamente junto a él—. Está a medio camino hacia la aldea. Quizás a quien busca esté ahí.

Shippo y él comenzaron a correr por el camino que creían había hecho el espíritu.

—Y ¿No crees que el espectro ya lo sabe? —rebatió InuYasha— Él busca otra cosa.

El anciano hizo un sonido especulativo, mientras se sostenía con fuerza del pelo de su señor.

—Quizás el hombre no sea un bushi, quizás sea un rōnin —acotó.

Rōnin —repitió InuYasha, comenzando a entender lo que podía suponer aquello.

—Claro, eso debe ser —agregó Shippo—. Su familia estará en una tumba sin nombre.

InuYasha notó el frío recorrerle la espalda. Pensó en una hija solitaria.

—Volvamos a la aldea, ahí sabrán algo —decidió.

Cuando llegaron al lugar el caos ya se había apoderado de los habitantes. InuYasha no entendía cómo era posible que un ser incorpóreo causase ese nivel de daño en cosas y personas. Su propio costado era una evidencia de ello.

—¿Qué tal el brazo? —le preguntó a Shippo, mientras buscaban al líder de la aldea.

—Arde, pero estoy bien —respondió.

En cuánto vieron a Jiro se acercaron a él. El youkai, cuyas características a su llegada resultaban muy humanas, ahora parecían mucho más salvajes. El pelo de la nuca se le había erizado, convirtiéndose en verdaderas agujas, así como unos cuántos gruesos vellos en los brazos que perfectamente podían rasgar a alguien.

—He mandado a buscar al onmyouji —gruñó el hombre e InuYasha se tragó su propio gruñido—. Tardará, pero al menos creo que podrá detener esto.

—¿Había algún cementerio en el asentamiento al llegar? —InuYasha ignoró deliberadamente las palabras del hombre.

—Tras la colina —indicó, en tanto los gritos de algunos seres se acercaban hacia ellos.

—¡Aquí! —indicó Shippo, creando nuevamente un halo de fuego alrededor de él y de las personas.

Ambos sabían que aquello no era una protección, más bien era un aviso de la dirección que podía tomar el espectro, tal como sucedió. InuYasha se adelantó para estar entre él y los aldeanos y recibió un nuevo toque invisible de la espada del bushi, esta vez en el brazo. Desenvainó a Tessaiga, casi de forma refleja, con el ansia de defenderse de algo que no podía ser cortado por ella. En ese momento deseó que hubiese alguna técnica secreta más que su espada pudiese integrar y que le permitiese enfrentar a los espíritus. Nuevamente extrañó a Kagome, aunque de inmediato se sintió aliviado de que ella estuviese lejos de todo esto.

—¡Tras de ti, InuYasha! —escuchó a Shippo y se giró asestando un mandoble inútil con este rival, no obstante, aun así el espíritu pareció lo suficiente enfadado como para exponerse.

Los aldeanos se mostraron inquietos y el fuego fatuo que los rodeaba se apagó de golpe. En ese momento InuYasha vio una bola de energía que se formaba en torno al espíritu, unida a la mano de Shippo por un cordón, también de energía. Pudo ver la intención de aquel espectro de escapar de la barrera, sin embargo sus esfuerzos eran vanos. Un nuevo grito furibundo salió de él y desapareció.

—¡Dónde ha ido! —InuYasha se puso en alerta.

—Sigue ahí —aseguró Shippo.

—¿Cuánto dura esto? —preguntó, sin relajar la guardia.

—No mucho, quizás lo soporte hasta que anochezca —explicó.

InuYasha fue consciente de la fuerza que estaba ejerciendo Shippo sobre el cordón de energía. Aquello era un hechizo con la utilidad suficiente para darle tiempo.

—Bien —InuYasha aceptó la respuesta de su amigo y luego se dirigió al líder de la aldea—. Creemos que es un rōnin —se tocó la herida invisible a pocos centímetros bajo el hombro izquierdo— ¿Qué pasó antes que el espíritu atacase por primera vez?

—Urara y Yasu —indicó a dos habitantes de la aldea— quisieron reconstruir la cabaña que está junto al puente y comenzaron a tener problemas; se les caían maderas y rodaban las rocas hacia el río. Hasta que un día el espíritu se les apareció y gritó algo que nadie supo interpretar.

—¿Qué dijo? —insistió.

—Perdida —habló Urara, la mujer youkai.

—Ahí debió vivir la hija —habló Myoga, sobre el hombro de InuYasha, éste asintió antes de dirigirse al líder nuevamente.

—Lleva a tu gente al bosque, aléjalos de aquí —el youkai asintió y los habitantes no tardaron en alejarse. La noche se aproximaba con rapidez.

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Kagome permanecía sentada en un banco de madera que había fuera de la cabaña de Shippo. Al estar ésta en uno de los extremos de la aldea, le permitía observar el movimiento que había en el lugar, sin tener que involucrarse en él. El sol calentaba gratamente y pronto llegaría a su cénit. Había pasado un par de días desde que despertó, después de conseguir la ofrenda del elemento fuego, y aunque se sentía bastante recuperada le vendría bien un poco más de descanso. Aun así, habría querido ir con InuYasha y Shippo el día anterior. No podía dejar de pensar en ellos y en la dificultad que podían encontrar a la hora de enfrentar a un espíritu. Shippo tenía sus hechizos e InuYasha su espada y su fuerza, sin embargo un espíritu era otra cosa y ella lo sabía. Tocó el arco que mantenía a su lado y tuvo el presentimiento que esta tampoco era la herramienta adecuada para tratar con un ser que ahora mismo sería pura energía.

En ese momento pudo ver a Taki, uno de los hijos de Shippo, que se mantenía a cargo de la aldea ahora que su padre no estaba. El hombre le sonrió y Kagome lo hizo de vuelta, movida por el parecido que tenía con su amigo. Tenía el pelo rojizo, como el de Shippo, aunque algo más oscuro por la genética heredada de su madre. Sin embargo, cuando lo tuvo a corta distancia, volvió a encontrarse con el color esmeralda de los ojos de su amigo.

—¿Qué tal está hoy, Kagome sama? —preguntó el hombre, con cortesía.

—Muy bien, muchas gracias Taki sama —respondió y agregó—. Aunque me sentiría mejor si sólo me llama Kagome, sin el apelativo de cortesía —tomó su arco y lo puso de pie junto a ella, dejando un espacio para que el hombre se sentara en el banco de madera.

—Siempre que usted haga lo mismo —aceptó la petición y el espacio para sentarse.

—Hecho —Kagome se animó.

El silencio permaneció entre ambos por un instante. Kagome repasó sus pensamientos anteriores, que al parecer iban de la mano de los que traía consigo Taki.

—Supongo que mi padre y el señor InuYasha regresarán pronto —mencionó el hombre.

—De hecho, creo que ya deberían estar aquí. Me preocupan —aceptó Kagome.

—No debería preocuparse, si el señor InuYasha es todo lo que mi padre nos contó, sabrán solucionar esto —el hijo de Shippo parecía realmente emocionado al mencionar aquellas palabras, Kagome pudo percibirlo en su voz y en la energía calma que emanaba de él.

—Y ¿Cuáles eran esas cosas que contaba Shippo? —quiso saber. Sentía curiosidad por toda esa vida que había sucedido. En más de una ocasión, a pesar de lo sensible que era para ella saberse lejos de su hija pequeña y el anhelo que tenía por regresar, comprendía el privilegio que le significaba estar aquí ahora y poder ver lo que, desde el Sengoku, era el futuro.

—Oh, bueno, podría comenzar y no terminar. Siempre tenía algo que decir del señor InuYasha y de usted, claro —comenzó a decir, sin perder el entusiasmo—. Sin embargo, hay una historia que era la que más nos repetía e incluso los niños de la aldea le pedían una y otra vez que la contara —Kagome se mantuvo atenta. Taki la miró y le sonrió—; la historia de cómo conoció a InuYasha, un poderoso hanyou, y a Kagome la sacerdotisa de otro tiempo.

Kagome no pudo evitar la sonrisa que se fue formando en su cara y que decantó en lágrimas de emoción que se esforzó por contener.

—Shippo siempre ha sido adorable —se animó a decir, colmada del sentimiento de amor que tenía por el niño que había dejado en el Sengoku y que volvía a encontrar hecho un hombre.

—Bueno, adorable no es lo que yo diría de él. Es un gran maestro, eso sí —el hombre miró al horizonte.

Ambos se mantuvieron un instante en silencio. El ruido de la aldea era un rumor que permanecía a una cómoda distancia. Kagome miró al cielo y comprobó que el sol llegaba a su lugar más alto; volvió a sentir la preocupación instalarse en ella, la misma que intentó apartar en beneficio de la conversación.

—Ya deberían estar aquí —manifestó.

—Insisto, no se preocupe, mi padre se maneja muy bien con los hechizos —Taki intentó transmitirle su ánimo—. Yo llevo mucho tiempo practicando, casi desde que tengo memoria, y ya ve que no he conseguido superarle —alzó levemente la manga de uno de sus brazos y Kagome pudo ver tres líneas perpendiculares sobre la piel, eran de color anaranjado como su pelo y parecían tatuadas.

—¿Qué es eso? —preguntó con curiosidad.

—Mi padre, mi hermano y yo, hemos concluido que es la versión hanyou de las colas que va obteniendo un kitsune —explicó. Kagome reparó en que no había mencionado a su madre.

—Oh, ya veo —asintió—. Eso quiere decir que ha conseguido el equivalente a tres colas.

—Así es, aunque una de ellas me la dieron por nacer —sonrió y en el sonido de la sonrisa Kagome también pudo encontrar a su amigo.

—Bueno, ese es un mérito en sí mismo —lo animó ella.

—Eso decía mi madre, también —aceptó Taki, como parte de la amena conversación.

—No lo olvide, las madres suelen ser sabias —las palabras salieron con total claridad, para Kagome constataban un hecho.

—Solemos ser, querrá decir —corrigió.

Kagome sintió el peso de una enorme piedra justo en la boca del estómago. No supo cómo responder y quizás fuese su silencio el que alentó a Taki a continuar.

—Moroha debió sentirse feliz de volver a verla —las palabras del hombre la sorprendieron del tal modo que por un instante se quedó en silencio, sin poder abordarlas. Él la miró y sólo entonces Kagome encontró el valor de decir algo.

—¿Usted la ha visto? —fue consciente de lo fina que sonaba su voz, casi podría decir que débil.

—Usted ¿No? —en la pregunta estaba implícita la sorpresa para él y probablemente en la expresión de Kagome, la suya.

—No —respondió, sin fuerza, haciendo un suave gesto con su cabeza como si no confiara en que su voz hubiese sido escuchada.

—Oh, lo siento, creí que… —se interrumpió.

Kagome pensó que Taki se silenciaba para no ahondar más en el tema y fue por eso que ella quiso insistir. Quería saber dónde encontrar a Moroha, quería saber si ella estaría bien. Sin embargo notó que su acompañante cambió la dirección de su atención y la puso a un costado del bosque, incorporándose con rapidez. Kagome observó en la misma dirección y a continuación tomó su arco y se puso en pie, notando una presencia.

—Tranquila —dijo Taki, entonces—. Sé quién es.

Al paso de un corto momento apareció una figura por entre los árboles y Kagome de inmediato lo reconoció como Tetsuo sama. Su sorpresa pasó de inmediato a la calma, después de todo sabía que el onmyouji solía visitar las aldeas y también tenía claro que venía a ésta dada las pulseras que llevaban algunos de los habitantes. Junto a él venía un joven youkai.

—Kagome sama, Taki sama —mencionó e hizo una suave reverencia el recién llegado, en cuanto estuvo ante ellos.

—Tetsuo sama —respondió Kagome, notando la tensión en las facciones del hombre. Tuvo que obligarse a calmar las preguntas que tenía relacionadas con su hija— ¿Pasa algo?

—Creo que sí. Jiro sama, de la aldea que está en el bosque de Sasaki, ha pedido mi ayuda con urgencia —aceptó—. Este chico ha viajado desde ayer.

Kagome se puso la mano sobre el estómago al sentir la tensión de la incertidumbre. Ya le parecía que InuYasha se estaba tardando demasiado y ahora confirmaba que tenía problemas.

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Continuará

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N/A

Les comparto un capítulo más de ĒTERU. He querido subirlo hoy, que la historia cumple dos años desde que comencé a publicarla. Lo cierto es que no pensé en el tiempo que me podía tomar escribirla, no obstante estoy contenta con ella. Espero que les guste y que me cuenten.

Un beso y muchas gracias por seguir leyendo y acompañándome con esta historia que amo.

Anyara