Hay momentos que deberian ser eternos
Emmet y Rose se van a Groenlandia.
El viaje durará tres semanas y, aunque me muero de envidia, sé que no es el mejor momento para que yo vaya. Emmet, divertido al ver mi mohín por la rabia de no ir, me promete que iremos algún día.
¡Será nuestro viaje de bodas!
James está cada día mejor. Lo he visto este fin de semana en casa de mis padres. Ver cómo mi hermano se esfuerza para salir del agujero en el que está me emociona. Y, aunque lo apoyamos y confiamos en él, sé que, pese a que no lo hablemos, todos tenemos miedo de que vuelva a caer.
Pasan los días y, tras vaciar el ático de Edward, la empresa de transportes que hemos contratado lleva todas sus cosas a mi casa, que ahora es la nuestra.
Durante horas, los operarios de la mudanza no hacen más que meter y meter cajas, y cuando por fin se marchan, Edward, mirando cómo está el comedor, pregunta:
—¿En serio es mío todo esto?
Asiento, es increíble lo mucho que uno puede llegar a almacenar en su casa, y musito:
—Sí, cariño. Al parecer, todo esto es tuyo.
Me muevo entre las cajas. Olimpia salta por encima de ellas y yo, cogiendo una, voy a cambiarla de sitio cuando Edward corre a quitármela de las manos y dice:
—Desde ya te prohíbo que cojas una sola caja, ¿entendido?
Eso me hace reír. Como siempre, Edward vuelve a protegernos al Caramelito y a mí. Y viendo que espera contestación, afirmo:
—Vale, de acuerdo.
Una vez que deja la caja en el suelo, nos abrazamos, nos besamos, y a continuación él musita mirando a su alrededor:
—Esto es un desastre.
Me río. ¡Es un enorme desastre!
Las cajas apenas nos dejan movernos, pero, mira, ¡eso da igual!
Lo único importante es que estamos juntos, él está bien, y aun sabiendo que deberíamos ordenar este desastre para quitar cajas de en medio, cojo la correa de Olimpia y propongo:
—¿Nos vamos a dar un paseíto?
Sin dudarlo, él asiente, e ignorándolo todo nos vamos de casa.
Cuando ya estamos regresando, nos detenemos al pasar por delante de una tienda de bebés. Hay un cochecito rojo de tres ruedas que nos llama la atención a los dos. Lo observamos con curiosidad, y luego Edward pregunta:
—¿Qué te parece para el Caramelito?
Parpadeo sorprendida. Hasta el momento no hemos comprado nada para el niño, estamos demasiado ocupados con lo que le sucede a Edward, y riendo cuchicheo:
—¿Más trastos en casa?
Él asiente.
—En cuanto todo esté ordenado y yo esté mejor, comenzaremos a montar la habitación del bebé.
—Me parece bien —respondo.
Y, dicho esto, proseguimos nuestro camino hacia casa. Poder caminar junto a Edward por la calle cogidos de la mano y, sobre todo, ver cómo sonríe y habla como siempre me llena de positividad.
Sé que pronto tendrá que darse otra sesión de quimio y..., uf, no quiero ni pensarlo.
Cuando llegamos a casa, Olimpia salta las cajas y, mientras él aparta algunas de en medio, yo lo miro y pregunto:
—¿Te apetece cenar noodles con pollo y verdura?
Edward asiente, sé que va a cenar poco, no come casi nada, pero con su habitual sonrisa afirma:
—¡Genial!
Gustosa, y mientras él rebusca en unas cajas, me dedico a preparar la cena al tiempo que lo observo desde la cocina abierta.
Veo que saca varios libros, los contempla. Luego mira a su alrededor, y yo indico:
—Si quieres puedes ponerlos junto a los míos. Si los agrupas, creo que entrarán.
Encantado, asiente y los coloca. Es conformista, siempre es así.
Todo le parece bien. Tras eso saca CD de música, discos de vinilo y varios objetos de decoración. Me pregunta dónde ponerlos y yo, dispuesta a que se sienta en su casa, le digo que eso lo ha de decidir él.
Contenta, veo que pone sus CD junto a los míos y, sacando uno, enciende el equipo de música y lo introduce. Segundos después comienza a sonar la canción September Morn de Neil Diamond y pregunta mirándome:
—¿La conoces?
Asiento, a mi padre le gusta mucho ese cantante, y Edward explica:
—Cuando era pequeño vi muchas veces bailar esta canción a mis padres.
Oír eso me emociona. Los recuerdos son algo tan bonito para todos... Y, tras apagar el fuego de la cocina, me lavo las manos, me las seco con un trapo y, acercándome a él, pregunto dejando la cena para después:
—¿Bailas conmigo?
Sin dudarlo, Edward asiente. Le gusta mi propuesta. Y, abrazados en nuestra desastrosa casa llena de cajas de mudanza, mientras Olimpia duerme sobre el sofá, bailamos esa romántica y fantástica canción. Si para él es especial, también lo es para mí.
Cuando esta termina, nos besamos. Un beso nos lleva a otro y acabamos en la cama haciéndonos el amor con calma. Desde que Edward comenzó con la quimio, la intensidad en el sexo ha bajado, pero no pasa nada. Se lo hago saber una y mil veces. Incluso para desdramatizar lo hago cómplice en cuanto a jugar con Ragnar y Jamie. Eso lo hace reír y, oye, ¡lo disfrutamos! Lo importante para mí es que Edward esté a mi lado. Su cariño, su amor y complicidad son lo único que necesito. El sexo en este momento es algo totalmente secundario.
Una hora después conseguimos levantarnos de la cama y prosigo haciendo la cena. Esta vez, Edward colabora para acabar cuanto antes. ¡Me muero de hambre!
Una vez que terminamos los noodles, nos sentamos a cenar en la mesa de la terraza. Me encantan estos fideos. Sé que a él también le gustan, pero no lo agobio. Soy consciente de que el sabor de los alimentos ha cambiado para él. Aun así, come y, por poco que sea, eso es mejor que nada.
—Estoy pensando una cosa —dice de pronto.
—¿Qué cosa? —pregunto divertida.
Edward sonríe y luego, señalando hacia el salón, indica:
—¿Qué te parece si enviamos algunas cajas a la casa de Ibiza?
Asiento, me parece una buena idea, ya que la casa de Ibiza es más grande que el ático, pero pregunto:
—Cariño, son tus cosas, tus recuerdos..., ¿no los vas a echar de menos?
Edward niega con la cabeza y, cogiendo mi mano, me besa los nudillos y cuchichea:
—Teniendo a mi bruja, no echo nada de menos.
Suelto una carcajada y luego murmuro divertida:
—¡Serás zalamero!
Ambos reímos y a continuación Edward dice:
—Si mal no recuerdo, querías volver a vivir en Ibiza, ¿no?
Asiento, ese ha sido siempre mi plan. Pero creo que ahora, con el tratamiento de Edward, donde debemos estar es en New York.
—Pues sí —digo—. Por tanto, ya puedes comenzar a pensar que en cuanto mejores te presionare con eso.
Él cabecea divertido, sabe que ese momento llegará, y, sorprendiéndome, propone:
—¿Qué te parece si nos vamos unos días a Ibiza y lo pensamos?
Según oigo eso, parpadeo.
—¿Te encuentras bien para viajar?
Edward asiente, lo veo motivado, e insiste:
—Si nos vamos mañana podemos estar allí hasta que tenga que regresar para la siguiente sesión de quimioterapia.
Él y sus planes improvisados..., ¡me encanta!
Llevo sin trabajar al cien por cien desde que Edward comenzó a encontrarse mal. Ahora mi prioridad es él. Y, con Nina al frente del restaurante y Marcus en la cocina, todo está controlado. Pero entonces, recordando algo, pregunto:
—¿No me dijiste que con la quimio no era bueno el sol?
—No es mi intención tomar el sol —dice—, aunque tú sí puedes hacerlo. Si nos vamos, el Caramelito y tú podréis respirar aire puro. A todos, y me incluyo, nos vendrá bien. Y por las tardes, en vez de pasear entre el tráfico de New York, podremos hacerlo por la playa. ¿No te parece una excelente idea?
Asiento, me parece la mejor idea del mundo, y sin dudarlo me levanto de la mesa y, cogiendo mi ordenador portátil, rápidamente me pongo a buscar billete de avión. Si Edward tiene fuerzas para ir a mi isla, ¡no lo dudo ni un segundo!
Nos seguimos leyendo.
besos!
