Hay momentos que deberian ser eternos

Irnos a la isla antes de la segunda sesión de quimioterapia fue la mejor decisión que podríamos haber tomado. Allí Edward volvió a ser el hombre de la eterna sonrisa, incluso comía más y mejor.

En mi coche, y junto a nuestra inseparable Olimpia, nos desplazamos por la isla. Quería enseñarle tantos sitios especiales a mi amor que a veces tenía que parar y pensarlo por un momento.

Sabía que Edward estaba bien, pero tampoco deseaba agotarlo.

Mis amigos estaban felices de que nos encontrásemos allí y, conscientes de su problema, un par de noches organizaron cenas en sus preciosos barcos, donde lo pasamos de lujo.

Durante siete días seguidos, solo existimos él y yo. Por las mañanas, cuando el sol pegaba fuerte y los turistas estaban en la playa, nosotros disfrutábamos escuchando música y leyendo en casita. Cocinábamos platos sanos, bailábamos como dos tontos, veíamos series y películas y hacíamos todo aquello que se nos antojaba.

Por las tardes, cuando el sol ya no apretaba y los turistas regresaban a sus hoteles, nosotros cogíamos nuestras hamacas, nuestras toallas y nuestra sombrilla, y nos íbamos a Cala Gració o a la Cala Salada. Nos sentábamos frente al mar cogidos de la mano y simplemente charlábamos de nuestras cosas y disfrutábamos del momento. ¿Acaso hay algo mejor?

Sentí que la isla recargaba de energía a Edward y con eso era suficiente, no pedía más.

Pero lo bueno se acaba..., ¡menuda mierda!, y al cabo de una semana tuvimos que regresar.

Hoy, acompañado por su hermano Alec, Edward se ha ido al hospital a darse su segunda sesión de quimio, y yo estoy que me subo por las paredes. De nuevo no me ha dejado acompañarlo, y por no discutir, he aceptado.

Estoy cocinando en el restaurante mientras escucho uno de sus CD. Madre mía, cada vez me gustan más. Suena la versión de Can't Take My Eyes Off You de Joseph Vincent y..., uf, ¡me encanta! La música que le gusta a mi amor es como él: dulce y tranquilizadora.

Como dice la canción, a veces todavía tengo que pellizcarme para saber que es verdad que un hombre tan bueno e increíble está en mi vida.

En ese instante Nina se acerca a mí.

—Preciosa canción. —Asiento y luego ella pregunta—: ¿Cómo está mi gorda preferida?

Oír eso me hace reír. En las últimas semanas mi tripa ha despuntado. De notarse poco el embarazo, ahora parece que me he tragado un melón.

—Bien —aseguro—. Estoy bien.

—¿Qué sabes de Emmet y Rose?

Pensar en ellos me hace sonreír, y le cuento mientras termino de preparar un plato:

—Me llamaron hace dos días. Iban a coger un barco para ir al cabo York. Allí querían ver icebergs y hacerse una foto en el monumento a Robert Peary. ¡Me muero de la envidia!

Nina asiente y yo añado:

—No he vuelto a hablar con ellos. Me dijeron que seguramente estarían unos días sin cobertura.

Una vez que termino el plato que estaba preparando, compruebo que todo esté en orden y, en cuanto limpio el borde, se lo entrego a Nina, que se aleja con él para servirlo en la mesa que lo ha pedido.

Salen platos.

Entran comandas.

Y, junto a mi equipo, todo funciona a las mil maravillas, aunque no puedo quitarme de la cabeza a Edward. ¿Estará bien?

A las siete de la tarde, cuando el restaurante está cerrado al público y estoy hablando con Nina, suena el timbre de la puerta y al abrir veo que son Edward y Alec, que regresan de la sesión de quimio.

—¿Todo bien? —le pregunto a mi marido.

Este asiente y me besa. Entonces Alec dice mirándonos a Nina y a mí:

—¿Me dais algo de comer? ¡Estoy que me caigo del hambre que tengo!

Sonriendo, ambos entran y voy a decir algo cuando veo que Nina coge su bolso de repente y dice:

—¡Woooo! Tengo que ir a la tintorería. ¡Hasta luego!

Y, sin más, sale del restaurante dejándome sin habla.

Eso me sorprende. Sé que Alec y ella se han visto después de la boda, y cuando voy a preguntar, Edward se me adelanta:

—¿Así estamos?

Alec nos mira y se encoge de hombros.

—Eso parece.

—¿Qué le has hecho? —quiero saber.

Él abre la boca atónito y, tras gesticular, responde:

—¿Por qué tengo que haberle hecho algo?

Suspiro. Conociendo lo mujeriego que es Alec no me extrañaría, y entonces añade:

—Pregúntale a ella.

Asiento.

—Espero no tener que partirte las piernas —amenazo acercándome a él.

—Señora, soy la autoridad y eso sería desacato —se mofa.

—¡Por mí como si fueras el Rey de Inglaterra!

Según digo eso, Edward y Alec se miran divertidos y se ríen. Como siempre, la complicidad que hay entre ellos y me hacen reír y, cuando todos dejamos de hacerlo, indico ya más en serio:

—Cuidadito con Nina o te las verás conmigo.

Alec asiente, no dice nada, y los tres entramos en la cocina, donde les preparo algo de comer.

Llega la noche y de nuevo arranca el servicio de cenas. Alec y Edward se han marchado ya, y en un momento dado cojo a Nina del brazo y pregunto haciendo que me mire:

—¿Qué ocurre con Alec?

—Nada.

Me río porque la conozco, y añado:

—Alec es un mujeriego que no se toma nada en serio, pero si te ha...

—He sido yo.

—¿Que has sido tú? ¿Qué has hecho?

Nina suspira y, bajando la voz, explica:

—Anteanoche me fui con Matías a tomar una copa y, al regresar a mi casa, Alec me estaba esperando y nos vio.

—¡No jorobes!

Ella asiente y se ríe. Yo también. Sé que nos estamos comportando como dos cabronas, y a continuación cuchichea:

—A ver, Alec es solo un amigo más y tiene que entenderlo.

—Pero me dijiste que te gustaba.

—Y me gusta. Pero esos ojitos azules llaman demasiado la atención de las mujeres y..., mira, paso de complicarme la vida. Ya tengo la edad suficiente como para saber que las mujeres necesitamos una razón para ser infieles, pero los hombres solo necesitan otra mujer.

—Eh, ¡no generalices! —protesto.

Nina ríe.

—Vale, tienes razón. No todos los hombres son iguales. Pero ya confié una vez en un guaperas de ojos azules y no pienso hacerlo otra vez.

Eso me hace gracia, su ex también los tenía azules, y cuando voy a decir algo, Marcus se nos acerca.

—Jefa, en la comanda seis piden solomillo de ternera y solo nos queda cerdo.

Eso me hace regresar a la realidad, y mirando a Nina digo:

—Ya hablaremos más tarde.

Y, dicho eso, seguimos trabajando. Ahora no es momento de cotillear.


una capítulo tranqui, nos estamos leyendo, besos!