Hay momentos que deberian ser eternos.

Horas después, cuando el servicio de cenas acaba, siento que estoy agotada. Edward me manda un mensaje para decirme que me espera fuera con Olimpia y, tras despedirme de mis empleados, salgo a la calle. El recibimiento que me hacen los dos es como para sentirse tremendamente especial y él, enseñándome una bolsa que lleva, dice:

—Mira lo que te he comprado.

Miro con curiosidad y murmuro al ver una tarrina:

—Helado de huevo Kinder..., ¡me encantaaaaaaaa! Y a Olimpia también.

Edward ríe a carcajadas y, tras darme un beso, dice:

—Venga, vayamos a casa y te lo comes.

Una vez allí, me quito la ropa, estoy deseando deshacerme del sujetador. Y cuando salgo al salón vestida solo con una camiseta de tirantes y las bragas, veo que Edward se toca la cabeza.

—¿Qué te ocurre? —pregunto.

—Nada.

—¿Seguro?

Él asiente y luego indica sentándose en el sofá:

—Me duele un poco la cabeza, pero no te preocupes, que estoy bien.

Vale, debo confiar en él. Cojo la tarrina de helado, la destapo y, tras hundir en ella una cuchara, la lleno de helado y la saboreo.

—Oh, Dios... —murmuro—, ¡gracias por crear el helado!

Edward me mira. Le ofrezco helado, pero no quiere, y estoy disfrutándolo cuando pregunta:

—Oye, ¿Nina de qué va? —Según oigo eso, lo miró y añade—: Me ha contado mi hermano que la vio con otro y...

—¡Un momento! —lo corto.

Edward calla, y pregunto:

—¿Acaso Alec y Nina tienen una relación y yo no me he enterado?

—Creo que no.

—¿Entonces...? ¿Por qué me preguntas de qué va ella?

Edward me mira, no sabe qué responderme.

—Nina y Alec son dos personas solteras, sin compromiso, y pueden salir con quien les dé la gana —indico—. A tu hermano apenas lo conozco, pero a Nina sí, y te aseguro que el hecho de que ella se haya acostado con él varias veces no significa nada. Solo que lo pasó bien y decidió repetir.

Edward asiente y luego, con gesto serio, musita:

—Me sorprende la frialdad con que lo dices.

Me río, me troncho, e incapaz de callar suelto:

—Mira, cariño, como mujer soltera e independiente que he sido durante mucho tiempo hasta casarme contigo, al no tener pareja he hecho lo que me ha dado la real gana con mi cuerpo, mi tiempo y mi sexualidad. Y eso es justamente lo que hace Nina y lo que seguiría haciendo yo si no me hubiera casado contigo.

Edward no contesta. Solo me mira. Y, tras tragar una cucharada de helado, susurro:

—Perdona, pero el que me sorprende eres tú a mí. ¿Cómo que frialdad? ¿Acaso acostarse con alguien implica amor o exclusividad? Por Dios, Edward, que estamos en el siglo XXI.

Edward cabecea. No sé lo que piensa, pero dice:

—Pues mi hermano está jodido.

—¿Por qué?

—Porque tu querida amiga le gusta mucho... Tanto que se ha pasado toda la sesión de quimioterapia hablándome de ella. Y mira lo que te digo. Conozco a Alec, y nunca me ha hablado de una mujer así.

—Será porque no va detrás de él.

—Posiblemente —afirma.

Permanecemos unos segundos en silencio y luego él pregunta:

—¿Le digo entonces que se olvide de ella?

—Claro. —Me río.

Estoy encantada de dar por finalizada la conversación, pero Edward insiste:

—Cuando tuviste sexo conmigo la primera noche en tu restaurante, ¿pensaste que no implicaba nada?

—Por supuesto.

—Y si no te hubiera invitado a salir al día siguiente en el hospital, ¿habrías pasado de mí?

—Posiblemente.

Según digo eso, siento que su mirada cambia, y pregunto resoplando:

—Eh... ¿Qué pasa? ¡Soy sincera!

Edward no contesta, y aclaro:

—A ver, cariño, reconozco que esa noche me pareciste mono e interesante, pero simplemente me divertí.

—¡¿Simplemente?!

Boquiabierta porque no entiendo qué le pasa, afirmo:

—Por supuesto que simplemente. No te conocía. Para mí eras un hombre más.

—¡¿No signifique nada más para ti?!

—Pues no.

—Vaya... —dice con gesto serio.

Yo me río. No sé por qué lo hago, pero me río. Y tomando aire añado:

—Venga, vale. Reconozco que al levantarme al día siguiente pensé en ti y me arregle por si te veía por el hospital al ir a ver a Emmet. Pero también te digo que, si no hubieras entrado en la habitación donde estaba mi hermano, yo no te...

No puedo terminar, pues Edward se levanta y se va dejándome con la palabra en la boca.

¿En serio?

Eso me molesta. Él no es así. Y, dejando el helado sobre la mesa, me levanto yo también y voy tras él. Al ir a la habitación veo que está en el baño lavándose los dientes. Entro y pregunto:

—¿En serio te has enfadado?

Edward me mira a través del espejo y, cuando se enjuaga la boca, musita:

—No sigas. Mejor dejémoslo.

—Pero...

—¡No me has escuchado!

Sorprendida asiento y, sin poder callar, murmuro:

—Dos veces la palabra no para comenzar dos frases. Sin duda la negatividad se está apoderando de ti...

—Isabella, ¡vale! —repite.

Boquiabierta, me río. Se está comportando como un niño caprichoso, y entonces pregunta:

—¿Se puede saber de qué te ríes?

—De ti —respondo apoyada en el quicio de la puerta.

Uf..., ¡qué miradita! E, intentando destensar el ambiente, indico:

—Vamos a ver, cariño, me río de lo absurdo de la situación.

—Absurda tú.

—Oye, ¡vete a la mierda!

De inmediato me doy cuenta de que en esta ocasión no le hace gracia que le diga eso, pero, incapaz de callar, prosigo:

—Me preguntas por Nina. Te respondo. Luego me preguntas por nosotros, respondo, y como no te gusta lo que oyes, ¡te enfadas! Pero, Edward, ¿qué te pasa? Y no me digas que he herido tu orgullo de machito porque entonces sí que flipo...

Él se seca la boca con la toalla y, volviéndose para mirarme de frente, señala:

—Lo de «machito» te lo podrías haber ahorrado.

Rodeándome, sale del baño y entra en la habitación.

—Vamos a ver, cariño —murmuro—. Esto es ridículo. Y en cuanto a lo de «machito», ¡es una forma de hablar! Si hay alguien que no es así, ese eres tú.

Edward no responde, solo me mira, e insisto:

—Por favor, dime qué te he dicho que te ha molestado tanto.

Edward va de un lado a otro de la habitación, piensa qué decir, y finalmente suelta:

—Me molesta saber que solo fui el tipo de esa noche para ti.

Joder, ¡qué susceptible está!

—Vale..., te entiendo —indico—. Pero si pensé eso ¡es porque no te conocía! Y fuiste tú como podría haber sido otro.

Según digo eso, me doy cuenta de que no estoy acertada. Cada vez que abro la boca, la cago más. Su mirada me traspasa, y musito:

—Está visto que esta noche no acierto en nada.

Edward se da la vuelta, no me mira, y tras resoplar dice:

—Isabella, en este instante no estoy de muy buen humor. Mejor vamos a dejarlo aquí.

Joder, la que se ha liado en un momento. Como ya me dijo, sus cambios de humor podían ser drásticos, e, intentando reconducir el momento, voy a hablar cuando él pide sin mirarme:

—¿Te importa salir de la habitación para que pueda acostarme y apagar la luz?

—Vamos a ver...

—Por favor —insiste.

—Pero, cariño...

—Isabella, te lo estoy pidiendo por favor —me corta en tono seco.

Una parte de mí quiere gritarle que es gilipollas. En ningún momento lo que he dicho ha sido para molestarlo ni para hacerlo de menos. Simplemente he sido sincera con él como siempre. Pero, intentando tranquilizarlo y entender el momento, doy media vuelta y salgo de la habitación. Según lo hago, oigo que cierra la puerta y entonces me detengo y siseo mirando al techo:

—¡Me cago en la leche!

Es la primera vez desde que nos conocemos que nos decimos una palabra más alta que la otra. Nunca habíamos discutido. Edward no es de discutir, al revés, es de aplacar, pero hoy aplacar, aplacar..., como que no.

Molesta, me encamino hacia el sofá y, al llegar frente a él, me tengo que reír. En mi ausencia, Olimpia se ha dado un buen festín con el helado que he dejado sobre la mesita baja. Se lo ha comido todo, y ahora se rechupetea la cara.

La perra me mira con ojos de «yo no he sido», y, entendiendo que he dejado la tentación demasiado a su alcance, recojo la tarrina vacía, la tiro a la basura y, sentándome en el sofá, pongo la tele y le advierto a Olimpia:

—Mejor que no se entere el enfadica, o te la liará a ti también.

Según digo eso, la muy descarada se sube también al sofá, se hace una bolita a mi lado y se queda dormida. Minutos después intento dormirme yo también. Siempre me ha gustado dormir en el sofá, pero nada, no lo consigo.

No puedo dejar de pensar en Edward.


El tema de los cambios de humor de una persona que está en quimioterapia, son cosas bastante serias… veamos cómo amanece.