Hay momentos que deberian ser eternos.

Son las tres de la madrugada y sigo con unos ojos como platos. La discusión con Edward me ha afectado tanto que soy incapaz de dormirme. ¡Pues vaya plan!

Me entra hambre. Voy a la cocina, abro la nevera y miro lo que hay dentro. Todo lo que tengo en el frigorífico es muy sano. Siempre he comido así, aunque ahora, con Edward, me estoy haciendo una especialista en preparar platos ultramegasanos.

Sin embargo, esta vez mi hambre no es de nada sano..., ¡quiero dulces!

Así pues, cierro la nevera, abro el congelador y cojo un helado, un rico bombón de chocolate y nata, y, tras abrirlo, tiro el papel a la basura.

Decido comérmelo en la terraza mirando las estrellas. Hace una excelente noche.

Antes de salir, cojo mi teléfono móvil y, una vez que me siento, busco en mi lista de Spotify y, muy bajita, pongo la playlist que hice con la música que he descubierto gracias a Edward. Rápidamente comienza a sonar For You de Kenny Lattimore, y salgo a la terraza.

¡Qué bonita canción!

Como dice la letra, por él movería el cielo, la tierra y lo que fuera necesario para continuar viviendo nuestra preciosa historia de amor.

En la vida imaginé que yo pudiera querer así, y menos que me quisieran como Edward me quiere, a pesar de que acabamos de discutir. Sé que lo ocurrido es algo que viene por lo que viene, y no dudo ni un segundo de su amor hacia mí.

Nunca hemos discutido. Es la primera vez que lo hacemos, y creo que eso es lo que ha provocado mi insomnio esta noche. Lo pienso y sé que su humor se debe a cómo se encuentra, por lo que no se lo voy a tomar a mal. Si hay alguien en el mundo a quien no le gusta discutir ese es Edward.

Olimpia viene a mi lado, se para delante de mí y me mira con ojitos. Hay que ver lo que le gusta a esta perra el helado. Pero no..., estoy en plan egoísta, e indico mirándola:

—Ni hablar, guapa, que te has comido toda la tarrina de huevo Kinder.

Ella, que es más lista que el hambre, según digo eso da media vuelta y se vuelve a subir al sofá.

Apoyando la cabeza en la silla donde estoy sentada, disfruto del placer de comerme el helado, escuchar musiquita y mirar las estrellas, hasta que de pronto oigo:

—¿Me perdonas?

Doy un brinco en la silla sobresaltada. Y mirando a Edward, que está a mi lado, murmuro:

—¡Dios, qué susto me has dado!

Él sonríe, lo que me hace saber que el enfado se ha disipado, y antes de que yo hable, añade:

—Cariño, me avergüenza cómo me he puesto. Lo siento..., lo siento...

En silencio asiento mientras me emociona ver cómo me mira. Lo quiero, lo adoro, sé que lo que pasa es algo que se le escapa de las manos, y susurro:

—Eres un petardo.

Edward se agacha delante de mí. Posa las manos sobre mi barriga y luego musita con mimo:

—A ti también te pido perdón.

Oírlo me hace sonreír. No pasa ni un solo día en que no le hable al bebé y, tras darme un beso sobre la tripa, me besa dulcemente en la boca y cuchichea:

—Te quiero, cariño. Eres mi carga de positividad.

Asiento. Me río y, tras sentarse en la silla de al lado, él dice:

—Qué buena música escuchas.

—Tengo un conocido al que le encanta.

—¿Y tu conocido es simpático?

—Un poco petardo a veces. Pero, sí, es majete.

Edward vuelve a sonreír y, mirándome, repite:

—Cariño, lo siento. ¿Estás bien?

Sé que lo dice en serio, y contesto:

—Estás perdonado —y cuando va a decir algo, añado mirándolo—: Pero que te quede claro que me ha faltado nada y menos para mandarte a la mierda mil veces más, aunque en esta ocasión no te haya gustado.

Eso le hace gracia.

—Menuda la que me has montado por una tontería... —reitero.

Edward asiente con gesto triste y luego musita:

—Tienes razón. De verdad que me siento avergonzado, y te pido disculpas. Pero hay momentos en los que el cuerpo se me descompone de tal manera que soy incapaz de razonar y controlar el malestar que ello me provoca...

No lo dejo terminar, pongo la mano sobre su boca y pregunto:

—¿Ahora te encuentras bien?

—Sí.

—Pero ¿bien... bien...? —insisto.

Edward asiente y yo, necesitando hacer algo con el bombón helado que tengo en la mano, se lo paso por la cara. Lo embarro de helado de nata y, al ver su gesto de sorpresa, indico conteniendo la risa:

—Es lo menos que te mereces.

Sin entender por qué he hecho eso, Edward no protesta. Entonces yo, deseosa de divertirme y de recibir cariñitos mimosos, me levanto de mi silla, me siento sobre sus piernas y, acercándome a él, saco la lengua, le chupo la mejilla embarrada de helado y musito:

—Mmm..., ¡qué rico estás con nata!

Edward sonríe, al igual que yo. Y sé que a partir de este instante ya todo vuelve a estar bien.


JAJAJAJAJA despues de una tonta pelea, viene lo mas divertido que son las reconciliaciones.