Contemplé con cierto desconsuelo como el cielo lentamente se apagaba y el sol comenzaba a bajar, escondiéndose tras el horizonte. El crepúsculo le daba la bienvenida a una bella luna nueva, la cual a su vez anunció el comienzo a mi nueva vida. Que absurdo.
¿Cómo planean que un dios como yo viva bajo estas circunstancias? Los humanos me deben su existencia completa, me deben solemnidad y respeto infinito. Merezco que me alaben de por vida. Oh espera, para empezar ya no estoy vivo, así que no puede ser de por vida. HA…
Todo esto es una estupidez. ¿Es que acaso nunca podré despertar de esta pesadilla? Todo se volvió tan irreal, tan estúpido e irracional, ¿Quién pensaría que el gran Orihara Izaya se convertiría en un vil espíritu fantasmal? ¿Quién creería que todo acabaría de una manera aún más cruel que todos los planes que ideé a lo largo de mi humilde y corta vida como informante?
¿Es esto en verdad la realidad y no un juego mental? ¿Una pequeña jugarreta que los seres divinos me impusieron por ser una existencia más perfecta y pura que Dios mismo?
Incliné la espalda y apoyé los codos sobre mis muslos, para luego hundir mi rostro entre el hueco de mis palmas, en un intento de ordenar mi mente. Me encontraba sentado en mi propia tumba, pensando en cómo todo se había derrumbado en el pasar de unos segundos. En el pasar de un solo disparo. Que ironía más grande. Yo, sentado sobre mi propia tumba.
El funeral era mío, estoy muerto. Morí aquel día bajo la nieve. ¿Cuándo fue? No podría estar seguro, mi noción del tiempo se esfumó hace mucho tiempo atrás, y cada vez que intento recordar aquel trágico momento mi mente se nubla. ¿Serán los efectos secundarios que la muerte trae consigo? No es solo eso, si no que ahora también escucho voces, que saltan dolorosamente dentro de mi cabeza, provocando dolor, mucho dolor. ¿Será que todo esto una alucinación creada por mi mente?
No no, Debo mantenerme positivo.
Soy una persona cuerda y sana, totalmente racional. Soy alguien totalmente normal, no me parezco en nada a aquellos dementes acusados de locura que son considerados como un peligro público si no se les mantiene firmemente atados y encerrados en un cuadrado incoloro dentro de un hospital psiquiátrico.
Pero… Aún pensando así, las voces no quieren desistir, me acosan, en un simple deseo de querer derribar la serenidad que me mantiene de pie en este momento.
Esas palabras aún retumban como un tambor dentro de todo mi cráneo. No estoy muy seguro, pero suena como un susurro ronco que a la vez es más entendible que el grito de una profesora de primaria. Un pequeño murmullo que sin desistir ronronea dentro de mi subconsciente descaradamente
"Eres un fantasma. Un espíritu, un ser no vivo. Una criatura maldita."
¿Esto es lo que merezco luego de tanta diversión? ¿Esto es lo que el gran Orihara Izaya se merece?
Suspiré.
Ya todos se habían ido a recuperar sus vidas, a continuarlas como debería ser. Menos mis hermanas, y por razones más que obvias, yo. Alcé mi mirada, sólo para encontrarme con un cuadro más trágico que el del dolor de una madre al perder a su hijo. Me rompía, pero a la vez me incitaba a carcajear, como solía hacerlo en mi vida pasada cuando yo mismo era el que provocaba todo el conflicto.
Mairu se encontraba firmemente abrazada a Kururi, llorando como si no hubiese un mañana al cual ir. De sus ojos lloviznaban brillantes lágrimas transparentes, que incluso a mí se me hacían muy difícil de creer que procedieran de una niña que fuese peor que el demonio mismo cuando tenía ganas de joder al prójimo. Me impresionaba lo triste que se le veía, ya que a lo largo de los años nunca había mostrado ninguna clase de afecto hacia mí. Quizás se arrepentía de eso mismo, de haber abandonado a su hermano mayor de la misma forma que sus padres lo hicieron hace mucho tiempo atrás.
Aunque bueno, no siempre fue así… Cuando estaba en la escuela media ambas parecían tener un incorregible afecto hacia mí, siempre acudían a su hermano mayor para todo, y aquello –debía aceptarlo– me hacía feliz… Aunque eso se derrumbó luego de que cierto inconveniente apareciera y las arrebatara de mi lado insensiblemente… Pero bueno, eso ya es historia. Mis padres ya las habían dado por perdidas y se marcharon hacía unas cuantas horas atrás. Podría decirse que ellos fueron uno de los primeros en irse. Me imagino que tenían reuniones y conferencias importantes a las cuales atender, mucho más importantes que la muerte de su hijo.
No es como si no les importase mis hermanas, es sólo que ellos no se encontraban muy cómodos en mi funeral. Lo comprendí desde que posé mi mirada en ellos. Verán, yo nunca tuve una buena relación con mis queridos progenitores, de hecho, jamás fui capaz de entablar una conversación agradable con ellos. Siempre terminaba ignorándolos por las estupideces que escupían o me encerraba en mi habitación, a veces, simplemente salía de la casa y daba unas cuantas vueltas por los callejones más oscuros para luego volver a entrar a mi cuarto subiendo por un árbol que estaba instalado justo junto a la ventana de mi habitación. Admito que nunca tuve la mejor disposición para acerarme a ellos, pero ellos no fueron distintos con respecto a mí, ya que jamás se acercaron a hablarme por mi falta de afectuosidad, y jamás me consintieron como la mayoría de los padres lo hacen con sus hijos. No, nunca tuve el lujo de recibir regalos durante mis cumpleaños o durante las navidades. Ese papel les tocó a mis hermanas, y vaya que les tocó bien. De hecho, creo que mis hermanas fueron los "soles" de mis padres desde que fueron alumbradas, ya que gracias a esas dos mis padres no han hecho nada más que sonreír durante los últimos años.
Por mi parte, yo me dediqué a lo que ya muchos conocen. Amar a la sociedad humana de la misma manera en la que mis padres amaban a mis hermanas.
¿Creen que fue por envidia?
Ojalá hubiera sido eso, por lo menos eso podría considerarse normal. Pero no, Para mí es imposible ser normal.
Espera no. Haha.
Para mí fue imposible ser normal. Porque yo ya no soy humano, y ahora mismo –en mi condición actual– se me es imposible tener una vida mundana como la que pude haber tenido el día de ayer, o antes de ayer.
¿Es increíble escucharlo, no?
Estoy muerto.
Suspiré resignado. ¿Por qué no sentía tristeza…? ¿Será que los fantasmas no lloran? ¿No sufren?
Traté de levantar mis ánimos apoyándome en aquel pensamiento, pero era inútil, por mucho que fuese real o mentira, nadie me veía, soy totalmente invisible ante la sociedad, y ante cualquier ser vivo.
Alcé nuevamente la mirada y contemplé una vez a mis hermanas, que por lo visto eran las únicas personas a las que parecía importarles. Salté de la lápida con una expresión perdida, y luego de dedicarles una última mirada a las dos muchachas, comencé a encaminarme hacia la entrada del cementerio, susurrando un pequeño – Gracias – de agradecimiento hacia nadie en particular, con solo la gana de hacerlo y ya.
No podía seguir ahí. Cuando pasé al lado de las jóvenes, estiré el brazo para acariciarles los cabellos como una despedida definitiva y agradecimiento infinito, encontrándome con una nueva sorpresa. Otra más, pensé.
Mi mano atravesaba sus cabezas, literalmente. Mis dedos se volvieron totalmente transparentes y luego volvieron a aparecer en su lugar al retirar mi mano. Totalmente helado, detuve mi paso para mirarme las palmas con una cara en la que tenía escrita una notable confusión. ¿Qué había sido eso? ¿No puedo tocar a los humanos? ¿Mi tortura aún no terminaba?
Suspiré por milésima vez. No iba a dejar que esto me consumiera. No lo permitiría.
Jamás había sido alguien depresivo, siempre había pertenecido al grupo analítico y optimista. Pero ahora todo era totalmente diferente ¿Por qué me siento tan derrumbado y despreciado? Se supone que estaba muerto, que había vuelto a nacer. ¿No debería de sentirme alegre por tener más poder que los humanos? Ahora podía observarlos todo el tiempo, ejercería mi poder silenciosamente y ellos ni se darían cuenta.
…
Pero tampoco podría demostrarle esta nueva habilidad a nadie. Ya no habría nadie para verme. No podría exponer mi característica arrogancia con nadie. ¿Será por eso que siento este vacío tan desgarrador?
Concéntrate Izaya. Así no te comportas tú.
Tú no sufres.
Tú no sientes.
Tú eres lo más cercano a un Dios en este mundo.
Eres el Rey de todo y todos.
…
Pero… Un rey necesita de la alabanza de sus súbditos para sentirse poderoso, ¿No?
Mi cabeza estaba hecha un tremendo lío, y me encontraba totalmente indefenso e incapaz de deshacerlo.
Retomé mi camino, por fin alcanzando la salida del condenado mausoleo. Estaba harto, y de alguna forma también me encontraba cansado. A penas podía mover las piernas al caminar; me pesaban como ladrillos, y mi rostro de alguna forma había perdido su filo usual. Me sentía viejo y desgastado.
Por tonto que suene, por primera vez en mi vida, me sentí humano.
Y vaya que fue desagradable.
Ahora me encontraba una vez más recorriendo las calles de Ikebukuro, inseguro y desprotegido, cuestionándome si debería seguir caminando por estos rumbos o dirigirme a Shinjuku para descansar –o por lo menos quedarme un rato– en mi apartamento. Vaya, ¡Otra sorpresa más! Orihara Izaya está inseguro de sí mismo.
¿Cuál es la siguiente sorpresa, eh? Te aseguro que esta vez no lograrás asombrarme, ya he tenido suficiente como para reaccionar con tus tonterías.
¿A quién le hablo si quiera? ¡No hay Dios que me reciba ni un condenado purgatorio! Estoy totalmente encerrado.
Y, algo me dice, que esta vez no dispongo de ninguna clase de escapatoria.
De alguna forma u otra mis pensamientos habían empujado al tiempo con mucha velocidad, mucha más de la esperada, y antes de que me diese cuenta, ya eran más o menos las nueve de la mañana del día siguiente, y yo me encontraba varado en un columpio situado en el parque municipal de Ikebukuro, reconocido por su bella flora y fauna, incluyendo una gran cantidad de árboles Sakura, cuyas ramas estaban peladas y congeladas, al igual que mi cuerpo enterrado docenas de metros bajo tierra. Me columpiaba sin ánimo alguno, apenas arrastraba mis pies para provocar algún tipo balanceo, que fácilmente podía pasar desapercibido por obra de la brisa invernal.
Observé como los críos disfrutaban su mañana jugando despreocupadamente en los coloridos toboganes del lugar, sus caras llenas de júbilo y alegría juvenil. Por alguna razón –y para alivio mío– ningún niño se acercó a los columpios, parecían estar centrándose demasiado en los balancines.
Aburrido.
Era muy aburrido, demasiado aburrido, aburrido en exceso.
No hacían nada más que disfrutar de sus pequeñas infancias. Nada más.
Y eso me aburría un montón, aún siendo un fantasma.
Por alguna razón, mi amor a lo extraño persistía, aún más fuerte que antes, y aunque desconozco el por qué, aquello me aterraba.
Planté la mirada en el suelo, aún más confundido que al principio de todo, y vaya que para eso tenía que estar muy alterado.
No sé cuántas veces he suspirado entre ayer y hoy, pero sé que son más de las que jamás he suspirado en toda mi vida. Me sentía tan demacrado e inútil, que ni observar a mis preciados humanos me subía el ánimo.
Y he ahí cuando ocurrió.
Sentí como una pequeña mano me tironeaba de la manga de mi abrigo, llamándome tímidamente la atención. Levanté lentamente mi mirada, visualizando a una pequeña criatura de grandes orbes dorados y cabello negro azabache igual que el mío, le estimé unos seis u siete años, y me miraba con temor aunque a su vez con determinación. Sus pequeñas fisonomías temblaban dudosas, aunque al parecer el pequeño hombresillo estaba dispuesto a hablar.
– D-Disculpe… –comenzó, dudoso–. S-Se le ve un poco triste señor… –prosiguió, casi susurrando– ¿E-Está todo bien?
Seguí observándolo unos segundos más con mi usual y penetrante mirada, investigándolo de pies a cabeza. Era obvio que al muchacho no le permitían hablar con desconocidos, por ello tuvo que reunir mucho coraje para hablarme, además de que tenía pinta de ser del tipo de mocosos que satisfacen a los brabucones, aunque en el fondo poseen un corazón noble el cual no les permite abandonar a los desamparados en momentos de crisis. Típico héroe que muere al final de los libros, pensé.
– No te preocupes pequeño. –Le contesté, revolviéndole de forma amistosa los cabellos, cosa que le hizo reaccionar levemente, aunque no se atrevió a apartarse– Sólo…
¿Sólo qué? Ahora que lo pensaba, ¿Por qué estaba triste para empezar? ¿Qué era lo que -
Y entonces, todo me cayó como un balde de agua fría.
O agua cálida mejor dicho.
Mis pupilas se contrajeron, y, si aún fuese humano, de seguro estaría cubierto en un sudor más frío que el hielo y mis dientes estarían castañeteando descontroladamente.
Pero eso ya no importaba ahora…
Lo único que me importó en ese momento fue…
– Hey pequeño, –pregunté con una torpeza totalmente fuera de personaje–. ¿Puedes verme?
Y con una simple aprobación de cabeza y cierta confusión por parte del pequeño chico de porcelana, mi cabeza comenzó a darme vueltas una vez más, y fuertes risotadas llenas de burla se apoderaron de mi interior, trayendo consigo una gutural pregunta que me puso los pelos de punta.
"Hey, dijiste que no te volverías a sorprender, ¿Qué pasó con toda esa convicción?"
Se había esfumado. Porque ¡Maldición! Vaya que sí estaba sorprendido.
Y a la vez, aunque fuese sólo un poco, la vieja esperanza comenzó a desperezarse dentro de mi interior.
SHIN: Chicos aún no es marzo, lo sé, pero tengo 10 minutos de internet, y aunque aún no he hecho una corrección minuciosa, quise dejarles un cap de adelanto, les parece bien?
Ah, otra cosa. Lo que está escrito de "esta manera", es algo parecido al subconsciente de Izaya, o la voz de algún espíritu atormentándolo, aún no estoy muy segura de que escoger.
Quiero sus opiniones, ¡Ya ne!
