Vaya vaya, ¿Qué fue eso? No lo entiendo. ¿Estoy vivo o muerto? No lo sé, no lo comprendo. ¿Qué clase de castigo se me ha impuesto? Aún lo desconozco.

Pero no puedo dejar que la esperanza tome posesión de mi cuerpo, porque fácilmente luego puede terminar siendo demolida por la decepción. Una cruel y dura decepción.

Orbes doradas y carmines debatían entre ellas.
Hostilidad y duda versus confusión infantil y una odiosa inocencia.

¿Cómo sé yo que aquella criatura de piel nívea no era fantasma al igual que yo?

Aún no me convencía, después de todo, luego de tanto, fácilmente me podía tragar la teoría de que este chico pudiese ser ni más ni menos que el mismo Diablo invitándome a su infierno utilizando una máscara infantil.

Pero bueno, aquella teoría no duró mucho tiempo.

– ¡Shun! –Se chilló a lo lejos.

El chico, reaccionando ante el nombre, volteó su cabeza nerviosamente, mientras que una pequeña chica de unos nueve años se abría paso entre el gentío de niños, dirigiéndose hacia el mencionado azabache de forma apresurada.

– Red-chan… –susurró el chico, mientras un leve rosa se apoderaba de sus mejillas.

Era obvio que él gustaba de la muchacha. Lo tenía escrito en todo el rostro cual libro abierto.

Pero aún así; por mucho que mirase al niño y pudiese leerlo a la perfección, había algo indescifrable en él que me irritaba, pero al mismo tiempo me incitaba a acercármele para descubrir su secreto.

Lo mismo me pasaba con la chica.

Ahora que la veía de cerca, mis ojos cayeron rápidamente en sus grandes orbes rojas, las cuales no demoraron mucho en pelear con las mías. Ho, la muchacha tiene agallas.

Algo me decía que esta pequeña mocosa era detestablemente igual a mí, y eso me cabreaba. La única diferencia notable que teníamos, era su detestable y resplandeciente cabellera rubia. El rojo y el amarillo hacían una aterradora combinación en la chica.

Antes de que siquiera pudiese reclamarle su molesta interrupción, ella se me adelantó, con un tono cuidadoso.

– Shun, sabes que no debes hablar con extraños –lo sermoneó, mientras le tiraba con fuerza del brazo, alejándolo del alcance de mi mano.

El chico simplemente se limitó a tartamudear algo incomprensible, mientras sus mejillas se encendían con más fuerza, seguramente porque la chica estaba colgada de su pequeño brazo.

– No tiene por qué preocuparse señorita~ –le repliqué, comenzando una silenciosa batalla de miradas con ella–. El pequeño Shun sólo me estaba tratando de ayudar, ¿Verdad? –pregunté, buscando el contacto visual con el dorado de sus ojos.

Nuevamente, sin poder gesticular bien, el pequeño asintió de manera tímida, escondiéndose detrás de la chica.

– ¿Y quién eres tú? –Exigió saber, interponiéndose entre mí y el pequeño Shun.

– Oh, nadie más que un humilde ciudadano jovencita –le respondí, dedicándole una sonrisa traviesa.

– Pues para mí sólo eres un viejo pedófilo más –escupió asqueada, retrocediendo un paso, aún protegiendo al chico de porcelana.

– ¡Pero qué palabras, pequeña! –Exclamé de manera teatral, mientras me apretaba el pecho con una mano para hacerlo más convincente–. ¡Sólo soy un simple trabajador que pasó a tomarse un descanso! No creo que entiendas lo que es trabajar todo el día, ¿O sí?

De alguna manera, esta chica lograba sacar mi viejo yo, y aquello me entusiasmaba.

– ¿Trabajar? Para mí te ves como un hombre decrépito y malo. No logro fiarme con la gente que posee tu misma mirada –contraatacó, mientras me inspeccionaba minuciosamente con los ojos.

– Pues por lo que veo, tengo tus mismos ojos muchacha así que no sé de qué me hablas.

Y vaya que era cierto, ella poseía el mismo filo que tenía mi viejo yo.

Aquello tenía que ser una bendición.

– Red-chan, y-ya es mucho… –trató de interponerse el chico, aunque sin mucho éxito.

– Tú cállate –lo silenció, fulminándolo con una aterradora mirada.

Mi boca se curvó en una sonrisa.

–Pareces ser muy autoritaria, pequeña –le comenté, volviéndome hacia ella.

–Y tú pareces ser del tipo hablador –contestó, también sonriendo.

Su sonrisa era tan segura y aterradora, que casi me impulsó a retroceder.

Esta muchacha poseía un don. Un don divino.

– Hm… Les propongo un trato –le ofrecí más a la chica que al chico. Tenía claro quién era ella la que tomaba las decisiones en este lugar.

La rubia me miró con cierta perspicacia, considerándolo unos momentos.

–Haber, te escucho –comentó, surcando una encantadora sonrisa infantil que en el fondo tenía quién sabe qué propósito. Lo más absurdo de todo era que me comenzaba a gustar.

– Les compro un helado ambos y a cambio me regalan una conversación. ¿Qué les parece?

Al azabache se le iluminaron los ojos ante la propuesta, cosa esperable por parte de un niño de siete años, aunque no tardé en darme cuenta como unos ojos carmesí me acosaban, transmitiéndome el claro mensaje de "¿Estás de joda?".

– ¿Nos crees idiotas, verdad sabelotodo? –Me atacó casi inmediatamente.

– La verdad, son humanos cualquiera, y luego de tantos años a uno ya le quedan claras las cosas que atraen a los niños –respondí, como si fuese lo más obvio del mundo–. Dulces, caramelos, helado, chocolate, un juguete nuevo. Todos los chicos de su edad ceden ante ellos.

– Pues para tu información, nosotros no cedemos –respondió la chica, cruzándose de brazos.

– Para mí que tu pequeño acompañante está más que convencido – al decir eso, observé como la chica fijaba su afilada mirada en el azabache, el cual retrocedió inmediatamente con inminente terror–. Pero ahora mi pregunta es… ¿Por qué tú no?

Ella rodó los ojos, al parecer aburrida de todo.

– Porque sé que están los pedófilos como tú que utilizan aquellas excusas baratas para atraer a los niños. Luego de que uno cae en el anzuelo, no hay vuelta atrás. No soy tan estúpida como para ceder a tus pequeñas jugarretas sarcásticas como todo el mundo.

Arqueé las cejas algo sorprendido. ¿Desde cuándo los críos de nueve años son así de minuciosos? Pfff…

Reí sonoramente, claramente sorprendido por el intelecto de la chica.

– Seas estúpida o no, no tiene relevancia al tratarse de simples cosas como los gustos infantiles. Por mucho que uno intente ganarle a la tentación, siempre termina mordiendo el anzuelo, es el ciclo de los humanos –le informé, riendo entre medio–. Si te fijas bien, nunca se han considerado las opiniones infantiles en el mundo de los grandes, y es por eso que, cuando un pequeño crío se encuentra con un pedófilo, no le queda otra que ceder como lo ha hecho toda su vida cuando interactúa con los adultos. No es su culpa, es algo que se le inculcó a través de su niñez.

El llamado Shun estaba perdido, se le notaba en la mirada. Pero, por el otro lado, la rubia se había partido a reír.

Su risa la hacía ver más malévola de lo que ya era, aunque de alguna manera también le impartía cierta inocencia infantil.

– ¿Cuál es tú nombre? –preguntó, con aquella sarcástica sonrisa plantada en sus labios.

– Sakuraya –respondí tranquilo.

– Mientes, quiero saber tu verdadero nombre. –insistió, acuchillándome con los ojos.

– Psyche.

– Ese tampoco es.

– Roppi.

Rodó los ojos nuevamente.

– ¿Me estás tomando el pelo?

Me puse de pie y la miré hacia abajo, cruzándome de brazos.

– ¿Cómo sabes que miento?

Se encogió de hombros.

– No te quedan los nombres. Además, tus ojos me dicen que mientes.

Traté de no inmutarme a lo que me dijo, respondiendo con el tono más relajado que se me permitió.

– ¿De qué hablas? ¿Acaso lees miradas? –una vez escuché de algo así, pero era imposible que esta chica-.

Asintió enojada, al parecer porque aún no respondía su pregunta.

– Izaya – le comenté de broma.

Veamos si ahora me cree.

– Soy Red –dijo con una sonrisa gentil (claramente falsa) plantada en el rostro –. Y este es Shun. Un gusto Izaya.

Sin honoríficos ni nada, esta chica era realmente algo. Me sorprende. Por primera vez en mi vida estoy realmente sorprendido de un humano, más aún siendo crío.

– Un gusto Red-chan, Shun-kun~ ¿Quieren sentarse en una banca a conversar? –Ofrecí, genuinamente interesado por recolectar más información sobre ellos. Aunque sabía que aquella información no me serviría de nada, de alguna manera… Me sentía muy curioso.

El chico miró a la rubia, esperando por una respuesta.

Resignada, la chica asintió una vez, para luego girarse con aire altanero hacia las bancas.

– Estás bajo el cuidado de una chica bastante especial, eh~ –le susurré de broma al chico, que en un principio enrojeció con furia, pero lentamente su rostro fue tomando una posición indiferente.

– No estoy al cuidado de nadie –se limitó a responderme, para luego fulminarme con una cara carente de emoción.

Si siguiera siendo humano, estaría teniendo una gran serie de escalofríos. Ambos, la chica y el chico, son mucho más interesantes de lo que pensé.

Llegamos a las bancas más alejadas a paso veloz, ya que al parecer Red no estaba dispuesta a perder su tiempo con retrasos. Parecía una adulta joven.

– ¿Y sobre qué quieres hablar? –exigió saber, mirándome de pies a cabeza.

Suspiré. Algo me decía que sería complicado sacarle información.

Y sí que lo fue.

Todas sus respuestas, al igual que las de Shun, fueron evasivas. Lo único que logré sacarle hasta ahora fue su edad, –nueve y ocho años respectivamente. Red es la mayor– y que iban en la escuela primaria del instituto Raira. A Shun le gustaba el rojo y a Red el negro. Tienen un par de amigos en el parque, aunque suelen venir solos.

– ¿Y sus padres? –pregunté, poniendo mi mano sobre la boca de Red para que dejara contestar a Shun.

Por razones obvias, me resultaba más fácil convencerlo a él que a su pequeña amiga.

– No tenemos –contestó con brevedad–. Vivimos en el orfanato.

Oh, eso no me lo esperaba. Pensé que los padres de Red serían el típico estereotipo de padre que, tiene tan desatendido a sus hijos que estos adoptan una independencia propia o del tipo severo que espera lo mejor por parte de ellos.

Al tratarse de Shun, simplemente me imaginé a una familia feliz y cariñosa, siempre cuidándose entre ellos.

Bueno, al parecer estuve equivocado.

– ¿Y qué hay de usted, Izaya-san? –Me preguntó el azabache, al parecer agarrándome confianza–. ¿En qué trabaja?

Me helé unos segundos. Era un fantasma, no trabajaba ya que no sentía hambre y no tenía que dormir. Pero, si les digo en lo que trabajaba antes, de seguro no sería mentira y pasaría desapercibido ante la mirada de Red.

– Soy un informante –respondí.

Esta vez, ambos me miraron con confusión.

– Averiguo todo tipo de cosas que la gente quiere saber –expliqué en palabras simples.

– ¿Cómo un acosador? –se metió inmediatamente la rubia.

– No. No un acosador –a veces, esta chica lograba irritarme.

– Suenas como uno de todos modos –insistió, convenciéndose de su propia idea, totalmente ignorando la mía.

Oh bueno, esa es una de las otras cosas que me gusta de ella. Es decidida.

Aunque, eso puede jugarle en contra.

– Y tú incompetente –contraataqué.

– También eres infantil, no tienes por qué rebajarte al nivel de una niña de nueve años –comentó, de nuevo mostrando aquella sonrisa que lograba hacerme enojar.

– ¿No dijiste que no eras cualquier niño? –Respondí, enarcando una ceja.

– Okay, me atrapaste con eso.

Sonreí victorioso, no sabía que podía sentirse tan bien ganarle a una niña de nueve años en una batalla verbal.

– Estamos buscando a alguien que nos adopte… –prosiguió el pequeño.

En ese momento, se me prendió la lamparilla.

Carraspeé para llamarles la atención a ambos, que parecían totalmente sumidos en sus pequeños mundos. Un mundo que sólo les pertenece a ellos y me excluyen totalmente de él.

Giraron lentamente sus cabecitas con cierta molestia por el irritante sonido que abandonó mi garganta, y antes de que Red si quiera pudiese reclamar, me le adelanté con la voz más cariñosa que se me permitió.

– Oigan, ¿Qué les parece si los adopto?

Ambos me miraron en primera instancia con cierto vacío, pero inmediatamente sus rostros se iluminaron al captar el mensaje. Incluso Red parecía feliz.

– ¿Hablas en serio? –preguntó la de cabellos rubios, llena de asombro.

– Sip. De hecho, me podrían ser útiles para mi trabajo. ¿Qué les parece los trabajos de riesgo extremo? –Ofrecí con cautela.

– ¡Suena genial! –Gritó Shun, realmente motivado.

Red, a pesar de que lucía dubitativa, terminó asintiendo.

Al parecer, el trato que les ofrecía el orfanato no era el mejor de todos.

– ¿Nos podemos ir de inmediato contigo? –suplicó el chico.

Realmente, no querían volver a ese lugar.

– Claro –sonreí, revolviéndole los cabellos–. Yo arreglaré todo con el orfanato.

Aunque no fuese posible, sus sonrisas se alargaron aún más.

– Ahora, les daré sus nombres –comencé.

– ¿Nombres? –Preguntó Red–. ¿Por qué nos cambiarías nuestros nombres?

El azabache lucía igual de confundido que su ahora hermana.

– Porque, –expliqué con paciencia–. de esa manera podrán empezar una nueva vida. Será como un nuevo comienzo.

No podía dejar que alguien los reconociera con sus viejos nombres. No podía exponerme a ello.

Red pareció pensativa, pero terminó aceptando. Me salvé.

– ¿Y cuáles serán nuestros nombres entonces? –Preguntó, cruzándose de brazos y dándome aquella mirada cínica que tanto me convencía de que fuera mi 'hija'.

Me puse a pensar un rato. Tenían que ser nombres que impusieran respeto… Con los que pudieran ser aclamados.

– ¿Qué les parece Kanra y Hibiya? –ofrecí, ganándome miradas aprobadoras de los dos.

– Kanra… Me gusta –dijo Red, dibujando una pequeña sonrisa en sus infantiles labios.

Los dejé comentar a gusto sobre lo que querían, para así dejarme pensar tranquilo.

Quizás… podía utilizar a estos niños. En especial a la chica. Necesitaba aquella seguridad al hablar… Además, nadie podía sospechar de unos críos.

Quizás… No…

Estoy seguro…

Orihara Izaya iba a volver a la ciudad.

Shin: ¡Oh sí, nuestro IzaIza-chan volverá más retorcido que nunca! Digo… esa… no es la idea… ¡Tengo que hacer cambiar a Iza-chan a un alma benevolente que pueda descansar en paz!

A quién jodo~

Es obvio que nuestro IzaIza-chan seguirá siendo el mismo bastardo despiadado por un tiempo más ––risillas––.

Por cierto ¿Por qué no actualicé? No tengo idea, además de que tengo lista esta historia hasta el capítulo 9...