Fragmento del capítulo anterior:
Yao y otros trabajadores iban de un lado a otro como en cualquier otro día de trabajo, incluido Kiku mismo, quien iba dejando las ordenes en la mesa de los comensales, todo como si fuese un día normal, como si aquel brinco que lo había alejado de ese lugar jamás hubiera tenido lugar.
Entonces, algo le recordó que en efecto todo eso había pasado. Que había sido real.
Allá en una de las mesas más alejadas de todo el establecimiento, sus ojos divisaron a la alta figura de un hombre de alborotados cabellos rubios y mirada seria, Kiku entonces apresuró ligeramente sus pasos hasta Ned. ¿Qué estaba haciendo ahí? El hombre en cuestión alzó la mirada impávidamente.
"Kiku…"
Capitulo 8: No basta.
Kiku tomó asiento frente a su repentino visitante aunque, francamente en aquellos momentos lo que me nos deseaba era tener que ver con algo relacionado a la familia Kirkland. Era como si se tratase del el último grito de su dignidad.
"En la mañana todos supieron que te habías ido, quizás fue lo mejor, pero me hubiera gustado despedirme de ti"
Aquellas fueron las palabras exactas de Ned quien ahora se entretenía removiendo el azúcar en su bebida, por extraño que pareciese, Ned tenía cierta afición a las cosas dulces. El silencio sin embargo, no fue incomodo, Kiku sólo asintió levemente.
"Lo lamento" dijo después de cavilar sobre sus palabras "ni siquiera yo supe de aquellos planes…. Hasta ese momento"
"No te voy a pedir que lo comprendas o lo perdones, después de todo, mi primo es un imbécil"
Kiku asintió levemente, tenía demasiadas dudas, no podía evitarlo. ¿Qué es lo había sucedido después? ¿Le habrían reprendido? ¿Cuáles habían sido los motivos de Arthur? Había demasiadas preguntas en el aire pero Kiku sintió, que no tenía siquiera el derecho de formularlas. Ned entonces le miró fijamente, cada reacción y movimiento de Kiku era transparente, reflejaba duda. Pensó –como en más de una ocasión- que Kiku bien poseía una curiosidad felina. Los pequeños y rasgados ojos de Kiku se posaron en las manos de su interlocutor a medida que Ned dejaba de remover el azúcar en el fondo de su taza.
"¿Quieres saber que pasó después, cierto?"
Kiku no dijo nada, tampoco asintió, tan sólo dirigió la mirada hacia la ventana permaneciendo en silencio. Otorgando, dejando que los sentidos y la intuición natural de Ned le dieran la palabra para continuar. Kiku mismo no podía dar su brazo a torcer y admitir su curiosidad, interés y preocupación.
"Era una fiesta de presentación, ¿No es cierto? Era demasiado arriesgado para la posición de mi tío si Arthur jugaba tan arriesgadamente. Quizás el mismo Arthur lo sabía, porque…" Ned se quedó callando mirando a Kiku, a sus reacciones. En búsqueda de una señal para que se detuviera. Ned no quería continuar con su relato, lo sabía, si continuaba, muy probablemente terminaría hiriendo a Kiku con aquella información. Ned rechinó los dientes sin quitarle la vista de encima, Kiku aún miraba por la ventana aparentemente desinteresado, recargando el mentón en una mano delicada decorada con un hermoso anillo de diamante oscuro. "Maldición" pensó Ned "¿Por qué tenías que quererlo a él?"
"…anuncio su compromiso con Marianne"
Aquellas palabras retumbaron en su cabeza cómo si hubiera un eco permanente, así mismo un dolor se alojó en su pecho, como un peso que le dificultaba el respirar. Una opresión que básicamente provocó que Kiku se olvidara unos segundos de respirar.
"Ya veo…"
Aquella vaga respuesta fue lo único que tuvo para articular. De manera que así habían sido las cosas, todo giraba en el orden correcto Arthur y los suyos en su mundo, Kiku en el propio. Tal y como siempre debió haber sido. ¿Qué había sido toda la parafernalia de los días anteriores? Entonces Kiku entendió -o eso creyó- que al final el plan inicial de Arthur había sido llevado a cabo.
Al finalizar el día, y después de la visita de Ned, Kiku se resguardó en s habitación, con la absoluta seguridad de quien decide no volver a tener contacto con nada relacionado con algo. En tal caso, Kiku había decidido a separar su existencia de la vida de Arthur Kirkland; de la misma forma en que Arthur debía desaparecer de la suya.
Era doloroso y al mismo tiempo le aliviaba, ya antes lo había pensado, estar lejos de él, de aquél hombre que había transformado su vida en tan sólo unos instantes, parecía lo más sensato, no sólo para su propio bien, sino también por el bien de su familia, y de Arthur mismo. A esas alturas, Kiku ni siquiera entendía el por qué debería interesarse tanto en el destino de Arthur. Solo lo hacía – quizás – de manera terca. Quería odiarlo, ciertamente, quería detestarle, olvidarlo, dejar guardado cualquier recuerdo que tuviese que ver con él, allá en un armario, oscuro, profundo y dónde el mismo Kiku no quería volver a tener acceso. Y sin embargo, una parte mucho más honesta de su humanidad, le aseguraba que guardaría el recuerdo de Arthur Kirkland en la zona más cálida y céntrica de su pecho, ahí. En su corazón.
Esto era, quizás, lo que más se reprochaba a sí mismo, no sus malas decisiones, no el destino en el que se había envuelto, no el dolor que se estaba aguantando, sino la incapacidad de dejar de pensar en él. Era absurdo, completamente de locura y carecía completamente de sentido. ¿Cómo era posible que se infatuara de aquella manera con un hombre que había actuado de aquella forma? Aquello, era posiblemente, lo que más le molestaba. Nadie dijo que amar fuese fácil, nadie nunca escribió un manual para enamorarse y mucho menos para desenamorarse.
Desde aquella visita, Ned no se apareció en café, aun cuando él mismo hubiese deseado hacerlo. Él tampoco se podía permitir estar tan cerca y tan lejos de una persona por la cual, había terminado por sentir una admiración casi única. Un afecto que iba más allá de lo que él mismo se tenía permitido. Había no solo admirado la determinación de un chico por cumplir con una enmienda o guardar un secreto de una forma tan compleja y absoluta; más bien, había terminado por admirar, la certeza de sus palabras, la entereza de sus movimientos, el valor de su mirada y la firmeza de sus pasos. La defensa de la dignidad y del honor que Kiku mismo representaba, habían despertado en él, algo más que la admiración, pues el dueño de semejante dignidad, era además, una creatura demasiado grata a la vista. En efecto, lo que Ned evitaba era, caer en la trampa del destino, en el juego de la vida que lo llevaba a un punto sin retorno en que peligrosamente se estaba infatuando amorosamente con aquel chico.
No era para nada sano.
Por supuesto, aquella falta de visitas, en principio, contrarió a Kiku, lo suficiente para cuestionarse, si incluso aquella separación de su mundo con el de Arthur incluía la pérdida de la amistad y la cercanía de Ned. La respuesta era inminente, era obvia, Ned pertenecía a ese mundo, y justo al igual que Arthur, él habría de desaparecer de su vida. Aun así, no pudo evitar sentirse vacío al dar con aquella conclusión.
Pero permanecer fuera de la vida de Arthur Kirkland era aún más complicado que no recibir las visitas directas de la familia en el café, más aún, aquél hombre – Ivan- que siempre visitaba a Yao, parecía tener presencia en el establecimiento de manera cada vez más frecuente. Esto no pasó desapercibido por los ojos de Kiku. Pero no iba a ser él, quien hiciese un comentario de la menor índole.
Así el chico tuvo que aprender a lidiar con el nuevo mundo a su alrededor pero sobre todo consigo mismo y aquel sentimiento de dolor y desesperanza que se alojaban en su pecho.
Habían pasado ya dos meses desde que la fiesta de compromiso fuese llevada a cabo, desde entonces todo giraba en un ritmo vertiginoso para Arthur. Su familia –desde luego- se encontraba plenamente satisfecha con la resolución que el muchacho tuvo a última hora. Ninguno de los dos padres se había siquiera molestado en preguntar lo que estaba ocurriendo, ellos simplemente se limitaron a observar a su hijo y heredero presentar a una muy desconcertada Marianne como su futura esposa. Lo que ella ni aquellos padres podían imaginar era el verdadero estado de ánimo, pensamientos, motivos y dolor que Arthur albergaba.
Dicen que los mayores sacrificios, son los que se hacen por amor. Quizás nadie podría entender de manera exacta en qué consistía aquél sacrificio que había llevado a Arthur a desprenderse de la única persona a la que pudo mostrar una pequeña parte de sí mismo. A la única persona que lo había hecho anhelar algo mejor para alguien que no fuese él mismo. Kiku había sido para Arthur, el motivo para convertirse en una persona mejor. Y ese fue el principal motivo para dejarlo ir.
La fiesta de bodas cada día era más cercana, con la inminente situación futura, la que sería la futura esposa de Arthur disfrutaba de pasar el día planeando aquella celebración, desde el vestido hasta cada mínimo detalle. No tenía fin, ni descanso. Arthur además, no se involucraba demasiado en el proceso y si tenía que ser honesto, aquello no le importaba en lo más mínimo.
Después de todo, aunque no lo quisiese aceptar, aquello era una especie de castigo por los pecados e insultos cometidos al amor en el nombre del poder.
Harto, fastidiado y aburrido de aquella situación, se decidió por dar un paseo en auto, claro está, omitiría por completo el barrio chino de la ciudad, evitaría por sobre todas las cosas, pasar siquiera a 20 metros de aquél lugar. Tenía que resistir la tentación de ir a ese sitio, bajarse corriendo y abrir la portezuela de aquella bien conocida cafetería y buscarlo, tomarlo entre sus brazos, besarle como nunca lo había hecho y como siempre lo había deseado. Suspiró cansinamente mientras recorría las calles sin ningún rumbo fijo, no tenía un destino particular en mente, sólo quería perder el tiempo, alejarse de esa mansión, alejarse de las constantes preguntas relacionadas con la planeación de aquella boda. Su boda y la misma que odiaba, pero que era inminente. No la podía esquivar, estaría presente en el exacto momento en que él perdiera su completa libertad y condenara su alma a unirse con otra en un lugar en donde no pertenece.
Estaba ensimismado en sus pensamientos que poco se dio cuenta que había entrado en una zona poco habitual para sus paseo, sin embargo – y para su fortuna- se encontraba lo suficientemente lejos de aquel barrio chino. Arthur detuvo la marcha de su auto por unos instantes y suspiró mirando a la derecha tan sólo para descubrir la bien reconocida figura de aquel chico al que había impulsado a tomar una decisión apresurada. Kiku yacía sentado a la distancia abriendo y cerrando un gran abanico de seda roja. Parecía que el chico no se había percatado de su presencia ni de su intensa mirada pues, Kiku, permanecía perenne en su misma posición, en su entorno y libertad y Arthur no pudo sino sentir su corazón detenerse y su respiración perderse en el exacto momento en que posó sus ojos en él. Los recuerdos que le consumían cada día, asaltaban su mente, con las memorias de aquellos tiempos juntos, de esos efímeros y pocos abrazos y aún más de los escasos y frágiles besos y no eran para nada cercanos a la realidad. No hacían justicia suficiente para lo magnánimo frente a sus ojos.
Kiku –desde luego- se percató de la presencia que dirigía una intensa mirada cargada de anhelo y erotismo hacia él y su sorpresa no pudo ser mayor en el exacto instante en que le miró de frente, como ninguno de los dos pensó que se volverían a encontrar. Un suspiro escapó de sus labios, sus manos temblaron dejando caer el abanico entre sus piernas. Si no hubiese estado sentado, las rodillas le hubieran fallado y habría caído sin tener idea de cómo levantarse. Aquél no era más que el impacto que Arthur Kirkland provocaba en él.
Si Arthur se hubiese bajado del auto, un par de pasos lo hubiesen acercado a él de nuevo, tan solo un par de pasos les hubieran permitido estar frente a frente, confrontar los conflictos en que se habían involucrado. Pero desde luego ambos resultaban ser muy propios y firmes en sus decisiones. Ninguno de los dos se movió. Arthur recordó que ahora tenía un compromiso, Kiku recordó lo inalcanzable de ese hombre, lo lejano, lo terco, lo impensable ; la obviedad de que aquel hombre de cabellos de trigo , no se sentía por él de la misma forma e intensidad que el chico sentía por Arthur. Era una sensación oprimente. Kiku desvió la vista, levantó el abanico y lo sujetó con fuerza antes de ver a su hermano llegar. Arthur admiró esa escena, con el surrealismo de quien admira un oasis. Absorto y ensimismado, conmovido y desesperado, en un último arrebato de cordura, arrancó el auto alejándose lo más que pudo de aquél punto. Lejos, lejos, lo más que pudo alejarse de Kiku.
A veces con amar no basta, a veces con anhelar no es suficiente y dos personas no pueden estar juntas.
Fin del Capítulo 8
¡Gracias por tomarse la molestia de leer!
~ Ya estoy de vacaciones, estaba trabajado en mi tesina u.u sorry. Espero que les haya gustado. Ya sólo quedan 2 capitulos. jajaja
