Fragmento del capitulo anterior:
Si Arthur se hubiese bajado del auto, un par de pasos lo hubiesen acercado a él de nuevo, tan sólo un par de pasos les hubieran permitido estar frente a frente, confrontar los conflictos en que se habían involucrado. Pero desde luego ambos resultaban ser muy propios y firmes en sus decisiones. Ninguno de los dos se movió. Arthur recordó que ahora tenía un compromiso, Kiku recordó lo inalcanzable de ese hombre, lo lejano, lo terco, lo impensable ; la obviedad de que aquel hombre de cabellos de trigo , no se sentía por él de la misma forma e intensidad que el chico sentía por Arthur. Era una sensación oprimente. Kiku desvió la vista, levantó el abanico y lo sujetó con fuerza antes de ver a su hermano llegar. Arthur admiró esa escena, con el surrealismo de quien admira un oasis. Absorto y ensimismado, conmovido y desesperado, en un último arrebato de cordura, arrancó el auto alejándose lo más que pudo de aquél punto. Lejos, lejos, lo más que pudo alejarse de Kiku.
A veces con amar no basta, a veces con anhelar no es suficiente y dos personas no pueden estar juntas.
Capitulo 9
La boda sería en el mes de noviembre, las fechas estaban fijadas, todo estaba básicamente preparado para el evento. Faltaba un solo mes y lo único que no estaba dispuesto, era el novio. No era que Arthur Kirkland no hubiese aceptado del todo su destino pues, había abrazado esa realidad de forma resignada. Sin embargo mostraría protesta lo mejor que se pudiera para poder mostrar su desacuerdo. Durante las cenas familiares apenas y aportaba algo, durante los cocteles y reuniones, el chico se aislaba de todos, sobre todo cuando su prometida saltaba en escena. No la odiaba –quizás- pero no podía decir que realmente ella pudiese resultar siquiera una buena compañera y mucho menos para el resto de su vida- que era como se suponía debía ser.
Una fría mañana de principios de octubre, Marianne llegó acompañada de dos chicas –chaperonas- cargadas con amplias canastas con las invitaciones de la boda. Las chicas que se encontraban presentes, así como la madre de Arthur estallaron en regocijo, los caballeros –los pocos- que se encontraban presentes también vieron con beneplácito aquellas invitaciones elaboradas en la técnica de tarjetería española. Siempre lo más suntuoso, delicado y fino. Arthur desdobló una de las tarjetas y acaricio su propio nombre resaltado en el relieve del papel. No lo podía creer. "Arthur Kirkland" su nombre unido al de otra persona. No –pensó- su nombre definitivamente no pertenecía ahí, se veía demasiado fuera de lugar.
"¡Las enviaré de inmediato!" dijo ella con enjundia seguida de un grupo de chicas. Arthur prestó poca o nula atención a sus palabras y se limitó a sentarse a beber una copa de oporto en el salón. Su madre le observaba detenidamente con una expresión de intriga y preocupación, después de todo, los años habían fluido rápidamente y ahora se encontraba en una situación en que no podía interpretar los gestos de su hijo. Ella sintió el remordimiento por haberse alejado de él por una cosa tan banal y entonces se dirigió a sentarse con él.
"¿Estas bien cariño?"
Arthur la miró unos instantes, obviamente contrariado por el hecho de que su madre, después de mucho tiempo, estuviese ahí, sin motivo aparente preguntándole por su estado de ánimo. Desde luego, ella le daría ánimos para continuar con aquella boda que él no quería si es que él se atrevía a decirle la verdad.
"Si… sólo son los nervios supongo" mintió y ella suspiró levemente reconociendo la mentira en la voz de su hijo. Sin embargo no añadió nada más a eso.
Sin embargo, ella no pudo quedarse tranquila al escuchar esas palabras, al ver el poco brillo en los ojos de su hijo, lo cansado de su voz y el tono ligeramente agudo en ella. No podía soportarlo, ¿En qué momento Arthur había dejado de ser un chiquillo que brincaba alegremente por las alfombras de la residencia? ¿Cuándo había dejado de disfrutar perderse entre los jardines?
¿Cuándo había dejado de ser él mismo?
Tuvo un ataque de remordimiento, quizás no era su culpa enteramente, pero había contribuido ampliamente en ello. Se debatió, su ser entero se dividió, ¿Qué debería hacer? Su marido, desde luego no pensaba igual y si lo hacía, por seguridad que no cedería.
Entendió, que ella tendría algo importante que hacer, una última palabra que quizás no cambiaría la situación del todo, pero tenía que intentarlo.
Usualmente quien revisaba el correo de la casa era Yao ya que 90% de las cosas que llegaban eran las cuentas por pagar y algunas promociones de índole interesante. Sin embargo aquél día, Kiku se levantó más temprano de lo habitual. Habían pasado ya meses desde la última vez que había hablado con Arthur y era –quizás- el momento de dejar ese sentimiento atrás. Simplemente no se podía permitir seguirlo amando. Era demasiado toxico.
Kiku avanzó hasta el buzón y comenzó a separar la correspondencia, algunas bien predichas eran las cuentas de la luz y del gas, otras eran promocionales y había una de un primo lejano de Yao que le escribía a menudo. Sin embargo había otra al final de las cartas, era un sobre liso y bien doblado, ligeramente pesado. Dirigido hacia él.
En el momento en que vio su nombre escrito en aquel sobre, se le revolvió el estómago, quizás porque sabía lo que estaba a punto de desenvolver y lo comprobó a medida que retiraba pegamento del sobre y extraía del interior una bonita tarjeta calada en papel español. Estaba siendo cordialmente invitado a la boda de Arthur Kirkland.
Aquello había sido mucho. ¿De qué se trataba todo eso? ¿Qué estaba sucediendo? o ¿Quién tenía la mente lo suficientemente retorcida para dedicar su tiempo en pensar aquellas cosas? Kiku supo la respuesta casi de inmediato. Marianne se había tomado el tiempo de escribir su nombre con su puño y letra en la pulcra invitación de la boda de ella y Arthur.
Todo un detalle.
Kiku se masajeó el puente de la nariz en un impulso por buscar paciencia en dónde se está agotando. En aquel momento Ivan cruzó el umbral hacia la puerta de la cafetería –haciendo caso omiso de Kiku, desde luego- y se internó en el local en búsqueda de Yao. Siempre era así. Cuando Yao salió al encuentro, lo único que Ivan atinó a decir fue: "Tu hermano está conteniendo un ataque de histeria", Acto seguido Yao se apresuró a ir a dónde Kiku.
El chico mantenía la tarjeta en sus manos estirándola cómo si estuviese a punto de destrozarla en mil pedazos. –Quizás después le prendería fuego. De pronto sintió un par de manos suaves, delicadas y ligeramente cálidas que le sujetaban por las muñecas para calmarlo.
"Tranquilo, tranquilo" La voz de su hermano mayor intentaba calmarle al tiempo que retiraba la invitación de sus manos. Por supuesto que Yao se enojó y sintió un impulso de rabia, pero no podía dejarse llevar, no cuando él estaba intentando calmar a Kiku, que después de esto había dejado la máscara de tranquilidad a un lado y se dejaba ver con los ojos brillando en una mezcla de rabia, desesperación, humillación y tristeza. Lo abrazó con fuerza, frotó su espalda en círculos.
"No hagas caso, te quiere herir porque te tiene miedo" Atinó a decir después de un rato. Yao sabía quién había hecho eso, después de todo, cuando las personas ven amenazados sus intereses, intentan de todo para defenderse. No la justificaba, pero explicaba sus acciones. Kiku asintió levemente, visiblemente más calmado, a veces dudada de su propia edad, se sentía como si tuviese que actuar como una persona, varios años mayor de lo que era, a veces, esto podía resultar, agotador y deprimente.
"Está bien" aseveró "Estoy bien" y después de eso, caminó hacia el café para dar inicio a ese día de trabajo.
Aquel día se fue como los últimos y cómo los que habrían de venir, a prisa, sin detenerse a pensar, forzándose en olvidar, obligándose a abandonar un sentimiento ambiguo que, aunque humano, hacía mucho daño. Kiku trataba de no pensar mucho en aquella invitación ni en la fecha plasmada sobre el papel pero resultaba muy complicado, difícil, tedioso. Todos parecían hablar de ello, los clientes del café –incluso los locatarios del barrio chino- comentaban, sin tener noción de la historia de Kiku, que los rumores de la boda del hijo del Sr. Kirkland, estaba cerca. Desde luego, esto provocaba en Kiku una melancolía y mal humor con los que él tenía que lidiar a diario, pero claro, si por él hubiese sido, hubiese prohibido hablar del tema en las mesas del café. Las personas que a menudo visitaban el café y que provenían de otras zonas de la ciudad también comentaban de ello, después de todo, incluso ella, Marianne, gozaba de una peculiar fama entre las personas, buena o mala, ella era tema de conversación.
Yao desde luego no podía permitir que tanta palabrería alcanzara los oídos de su hermano, no tendría sentido someterlo y torturarlo a escuchar los chismes y rumores; que si se casaban pronto, que si necesitaban un hijo, que si el hijo ya venía en camino, que él no quería, que era por conveniencia (…) Un sinfín de rumores y habladurías que hacían demasiado- pensaba Yao- no solo a su hermano, sino a la comunidad en general. Habían pasado ya, casi tres semanas desde la llegada de la invitación, Yao la mantenía guardada en su habitación, había pensado en destruirla, pero una extraña fuerza se lo impidió.
A decir verdad, había un lado de Yao que el mismo Kiku ignoraba, el chico podría ser realmente pacifico, calmado y lleno de luz desde luego, pero así mismo aquel amor fraterno y dedicación a su familia y amigos a menudo lo llevaba a re considerar sus acciones. No podía mantenerse perenne, y sobre todo, aquello que Marianne había hecho no podía mantenerse impune. Quizás Kiku no iría a ese lugar, el día de la celebración –desde luego que no- pero nada impedía que Yao se presentara, después de todo, tenía invitación. ¿Cierto? Kiku no tenía que enterarse, pero Yao anhelaba presentarse en ese lugar, felicitar a los recién casados y restregar aquella invitación y sobre con el nombre de su hermano frente a Arthur. Desde luego, cuando Marianne hizo eso, no esperaba que Kiku fuera, ella solo quería fastidiar- pensaba Yao- pero claro, no contaba con el hermano mayor, no contaba que él no permitiría que todo se quedara así.
Yao clamaba venganza, muy a su manera.
Una semana, una horrible semana que amenazaba con irse rápido, muy rápido. Arthur miraba el calendario y el reloj y anhelaba retrasar el tiempo, o mejor aún… detenerlo y lentamente ir hacia atrás, al momento en que lo había dejado ir, al momento en que lo había perdido… quizás incluso al momento en que lo vio por primera vez. Y cambiarlo todo, absolutamente todo.
A su alrededor todo era lo que le esperaba en unos días, lo que le deparaba el futuro, el destino que él mismo se había creado, no le placía, se sentía atrapado, asfixiado sin siquiera tener la oportunidad de intentar escapar, de respirar. El movimiento ajetreado de la planificación de la boda era todo lo que se veía a su alrededor, lo que se hablaba, lo que se veía, lo que se comía, lo que se bebía.
Todo lo que se decía.
Sin embargo, y posiblemente por el estado apático de Arthur al respecto, el chico no se percató que, contrario a los primeros días de la planificación, su madre ya no participaba tan animosamente, desde luego ella había intentado acercarse de nuevo a su hijo, a preguntarle lo que estaba sucediendo y lo que cruzaba por su cabeza, ella lo sabía, su hijo no se encontraba en absoluto feliz por lo que habría de venir.
A tan sólo unos días de la celebración, ella decidió tomar acción sin consultar ni a su marido, ni a su hijo. Así que se preparó y fue en búsqueda de su sobrino, Ned bien sabría cómo ayudarla. Tenía que reparar el daño que había hecho, se consideraba –en parte culpable. Así, a la mañana siguiente, intentaría llevar a cabo su plan.
El sol aún no alumbraba las calles de la ciudad y sin embargo en el barrio chino se podían escuchar ya los ruidos de la gente laborando, con los carritos de metal yendo de un lado a otro cargados con mercancía, con las cortinas y puertas abiertas, el sonido de aquellos que abren los ojos al alba para comenzar su día.
El delicado paso de los tacones rojo escarlata por el adoquinado de aquel barrio se hizo presente en cuanto la Sra. Kirkland bajó del hermoso auto color obsidiana con rumbo a un determinado sitio. No iba sola –desde luego, pensaba ella, ¿Cómo podría ella a animarse a ir sola a un sitio así?- Se despojó de la vergüenza y se atavió con el arrepentimiento y quizás con humildad, al menos, la suficiente para admitirse equivoca y pedir ayuda. Ned, su sobrino caminaba a su lado, en manera ligeramente protectora y a sabiendas de dónde dirigirse. Él no quería –en absoluto- hacer lo que estaba por hacer y no deseaba muy dentro de sí mismo que aquello sucediese, pero no podía ser tan determinadamente egoísta.
No podía permitírselo.
Ella, elegante y de paso seguro – lejos de su interna realidad- caminó por dónde su sobrino le decía hasta llegar a la fachada del lugar y entonces contempló aquél café con la vista amplia y asombrada. No hubiera podido llegar ahí con sus propios pasos, por ello había tomado la decisión de pedir el apoyo de Ned y viajar hasta allá a escondidassin que el mismo Arthur se diese cuenta. Lejos de lo que ella hubiese podido pensar, ése lugar – el barrio en general, no sólo el café- no era un lugar de mala muerte, por el contrario, era un lugar acogedor y cálido, que, a tempranas horas se preparaba para recibir cálidamente a sus visitantes, como si se tratase de una bienvenida. Aquél café frente a sus ojos, anunciaba que aún no abrían al público pero ya se podía sentir la atmosfera entusiasta del nuevo día.
Y lo admitió, sea como fuese, que el propietario de semejante lugar, debería tener un alma cálida y noble. Tocó la puerta esperando respuesta y cuando la puerta se abrió junto con el sonido de una campanilla sus ojos se abrieron como platos al encontrarse frente a frente con Yao, sus delicados ojos color miel en una mirada curiosa. Ella no pudo sino encogerse un poco, ¿Cuándo había sido la ultima vez que había estado de pie tan temprano? Se sentía cansada y ése hombre frente a ella lucía fresco a tan temprana hora.
"Soy la madre de ..." se interrumpió para suspirar "Arthur…aunque realmente no importa quien soy… ¿cierto?"
Yao los miró con los ojos abiertos de par en par, ya antes había visto a Ned, y quizá pudo haber cerrado la puerta y negarse a hablar pero Yao no pensó que aquello fuera necesario, si la mujer había ido hasta ellos, sus razones habría de tener. Suspiró levemente y miró al interior del establecimiento para cerciorarse de que Kiku aún no bajaba las escaleras, de que probablemente aún estuviese terminando de arreglarse para empezar a trabajar, así que Yao se hizo a un lado para dejarla pasar.
"Adelante." dijo de manera asertiva.
En cuanto entraron y tomaron asiento -por invitación de Yao- ella miró a los alrededores, el acogedor café se alzaba tranquilo y amigable, el dulce aroma de los panes elaborándose, del café recién molido de las flores en las macetas colgantes, el aroma de un lugar en que todo cumple una función amigable en vez de aparente.
Yao colocó dos pequeñas tazas de té frente a sus repentinos visitantes y les acercó la crema y azúcar para que endulzaran la bebida al gusto, justo después de eso tomo asiento frente a ellos. Era extraño para ella, una extraña y cordial hospitalidad en el mundo que ella había rechazado y despreciado, temió entonces por su propia integridad, admitiendo la ignorancia que por años la había dominado. Dio un sorbo al té y sintió el calor en su pecho, creciente y floreciendo como hacia años que no sucedía, como cuando era niña y corría por los jardines, como cuando su madre la abrazaba, cuando se enamoró por primera vez o cuando podía abrazar y ver a su hijo repetir aquellas escenas que ella había hecho en su infancia, abrazarlo y arroparlo y sentirse orgullosa de él. Como humano; el calor fue como el adquirido en una tarde de verano caminando por la orilla del lago, su corazón latió con fuerza de manera desequilibrada, alocada y nerviosa pero con júbilo, como si de repente, aquel corazón se hubiese dado cuenta de algo: estaba vivo.
Un par de lágrimas de incontenible emoción se formaron en sus ojos ¿Cuándo fue que se olvidó de las cosas sencillas? ¿En qué momento le tomó más importancia al lujo y delicadeza de los cubiertos con que comía en vez de mirar lo que había en su mesa? El té, era delicioso por que había sido preparado en sí, por alguien que trabaja con esmero por hacer sentir bien a otros, aquella era la realidad. Aquel lugar y su atmosfera oriental y sencilla, cálida y amigable le hizo recordar que ella en algún momento soñó con escaparse de su mundo y ver algo más, pero se fue opacando y esos sueños quedando relegados por las normas sociales, etiquetas y presión de su padre.
Hubiese deseado que su juventud se hubiese extendido, hubiese deseado dar un mejor ejemplo a su hijo.
No pudo contener más el llanto y terminó por derramar amplias lágrimas corriendo el maquillaje pulcramente aplicado, Yao la miraba fijamente y sorprendido; y tan solo ofreció un pañuelo de seda para que ella pudiese limpiar aquellas gotas de sal.
"Es mi hijo " dijo y repitió entre sollozos "yo no quiero que le pase lo que a mi" dijo hipando levemente.
Yao la miró atento, sin embargo aquella atención fue distraída cuando las escaleras hicieron un chillido cuando el menor de los hermanos hizo acto de presencia en ese lugar, mirando con los ojos abiertos y sorprendidos a la mujer sentada en una mesa, llorando y charlando con su hermano.
"… ¿Qué sucede?" – preguntó levemente en un delicado murmullo.
"¡Ah!...ahí estas… " Ella alzó la vista y lo miró con una mezcla de dolor y pena, con arrepentimiento y esperanza "perdóname… he cometido un grave error."
Fin del capitulo 9
¡Gracias por tomarse la molestia de leer!
Un poquitín más largo y complejo que el último.
*rasguña la pared mientras escribe el capitulo 10* ~ Voy a extrañar este fic cuando se acabe jaja pero ya habrá otros, lo sé uwu
