Vista cansada

–Uhura, ¿puedes hacerme un favor?

La teniente detuvo sus pasos en el pasillo fuera de la enfermería y esperó hasta que el doctor la alcanzó.

–Claro Leonard.

–¿Puedes llevarle esto a Jim?– le dijo dándole una caja–. Son sus hipos personales para evitar un ataque de alergía mientras siguen las reparaciones de los conductos de ventilación, tiene que ponerse ya las primeras dosis. Preferiría que los tuviera cuando antes y ser yo quien se asegurase de que lo hace y no engaña a nadie para evitar las hipos, pero estoy ocupado con una fractura de tibia que debo llevar a quirófano y no puedo pasarme media hora dándole voces a nuestro capitán.

–No te preocupes– Uhura tomó la caja–. Estarán en su habitación en cinco minutos y él con las hipos puestas. Vuelve sin temor a tu trabajo.

–Te debo una. Recuerda: debe inyectarse primero la amarilla, luego la azul y luego la que lleva la etiqueta naranja. Puede que al terminar se sienta cansando, así que no te asustes si se queda dormido, y más ahora que ha salido de un turno doble– Uhura asintió con firmeza–. Gracias.

–No me las des, para mi esto es un pequeño placer perverso tras todas las tonterías que tengo debo soportar de él.

McCoy rió y se despidió de ella.

Tarareando una canción Uhura realizó el camino hasta las cubiertas dónde los oficiales tenían sus habitaciones y caminó hasta la zona en la que estaban las de Spock y Jim. Al llegar a la puerta de su capitán vio que estaba encendida la luz verde, y se adentró en los cuartos.

–Hola Jim, ¿puedo pasar?

–Adelante Uhura.

La voz llegó desde la habitación así que la teniente fue hacia allí encontrándose a Jim, con su ropa de dormir, tumbado en el sofá leyendo "Grandes Esperanzas" de Charles Dickens, y ocultando sus ojos tras unas gafas que nunca antes le había visto. Uhura desconocía la faceta lectora de su capitán.

–¿Qué haces aquí?– antes de que pudiese responderle Jim vio cómo la mujer agitaba la caja de hipos ante él y gimió–. Maldita sea.

–Sí, y tengo la fortuna de ser yo quien va a comprobar que tomas tus medicinas. Así que se un niño bueno y colabora.

Si bien Uhura esperaba una férrea resistencia por parte de su capitán se sorprendió gratamente al ver cómo este se sentaba en el sofá y abría la caja por cuenta propia.

–No sabía que usases gafas– le dijo siguiendo con atención los movimientos de sus manos que manejaban con facilidad las hipos.

–Tengo la vista cansada. Cuando paso mucho tiempo leyendo la vista empieza a fallarme y el dolor de cabeza aparece si no me pongo las gafas.

–¿Nunca has pensado en operarte?

–Sí, pero los oftalmólogos me advirtieron que tendría que someterme a revisiones periódicas de laser por que el problema reaparecería. Y pasarme la vida visitando voluntariamente a un médico es algo que no me entusiasma– dejó cargadas las inyecciones.

–La verdad es que es extraño– dijo Uhura–. Yo te he visto aguantar cuatro turnos seguidos en el puente y leer padds con facilidad sin llevar gafas– vio cómo una tímida sonrisa aparecía en los labios de Jim–. ¿Cuánto tiempo has de estar leyendo para tener que usar gafas?

–Digamos que un poco más.

–Pero eso… ¡eso significa que llevas más de veinticuatro horas sin dormir!

–A veces pasa. Los turnos en el puente pueden ser difíciles y el papeleo tedioso. Si juntamos ambos factores y lo unimos a demasiada adrenalina…

–Entonces no es que tengas la vista cansada, es que eres masoquista, capitán.

–Cuando usas ese tono imperativo me das miedo– dijo Jim haciendo un mohín.

–Cállate ya y toma tus medicamentos.

Jim musitó algo acerca de la absurda cantidad de monodosis justo antes de descargar tres pinchazos en su cuello, en el mismo orden que McCoy le había advertido a Uhura que debía hacerlo. Se deshizo de las cargas vacías tirándolas a la papelera de reciclaje, guardó el hipo y cerró la caja antes de bostezar.

–Dámela– dijo Uhura tomando la caja–. ¿Dónde va guardada?

–En el primer cajón de mi mesita– dijo Jim extrañado ante la repentina colaboración de la mujer que le dirigió una peligrosa mirada.

–Cómo te levantes del sofá te patearé el culo hasta llevarte a la enfermería para que el doctor McCoy te haga dormir.

Haciendo un saludo militar Jim asintió.

–Sí señora.

Uhura fue hasta la mesita y dejó la caja dentro del primer cajón, en el que había otros medicamentos que reconoció cómo de primera necesidad para su capitán pues McCoy había instruido personalmente a todos aquellos que acompañaban a Jim a las misiones para enseñarles a manejar las dolencias más comunes de su capitán y su rebelde sistema inmune.

Cerró el cajón y se volvió hacia su capitán dispuesta a amonestarle por su falta de sueño, pero la imagen que se encontró le ablandó el corazón: Jim se había quedado dormido recostado sobre el brazo del sofá, aún con las gafas puestas, y con los labios ligeramente abiertos. Con cuidado, puso las piernas del hombre sobre el sofá, tomó una manta de regulación de la flota que descansaba a los pies de la cama y le cubrió con ella. Le quitó las gafas y, en un impulso, acarició sus cabellos rubios olvidándose de que él era un capitán de la flota estelar y no un muchacho demasiado agotado cómo para poder llegar a su cama.

Dejó las gafas en la mesita y salió de la habitación bloqueando la puerta para que nadie molestase el descanso de su joven capitán.