Aquí está el segundo capítulo. Muchas gracias por los reviews y espero que este también os guste.

Os juro que los papeles de todos los personajes que salen en este capítulo han sido al azar. ¡Lo juro! ¡Incluso Zelda y Ganondorf! Salvo las diosas. A ellas las recordé y asigné cuando estaba escribiendo esto. Y, por cierto, en esta historia no va a haber parejas, a pesar de los papeles que les han tocado los tres personajes principales del juego (bueno, y de la saga) que pueden inducir a ello. Y os recuerdo que no le he hecho a propósito xDDD

Disfrutad~


Capítulo 2: De camino a París, quiero decir, Hyrule.

Una vez fuera del árbol al que ambos juraron no volver a entrar, Antonio revoloteó, feliz al sentir la luz del sol de nuevo sobre él. Mathew se tumbó sobre la hierba, agotado. El Árbol Roma les saludó alegremente al notar que estaban fuera de nuevo.

—Felicidades. Parece que habéis logrado acabar con la maldición

—¡Sí! ¡Lo logramos! —confirmó Antonio— ¿Cómo lo sabes?

El Gran Árbol Roma se rio.

—Si no lo hubieseis hecho, no habríais salido.

Mathew la sala en la que creyó que se quedaría atrapado para siempre y se estremeció.

—Bueno, Mathew, tengo que contarte una historia. Y siento tener que decirte que una fuerza superior me impide ser piadoso y dejarte descansar. Tienes que tragártela ahora.

El kokiri suspiró con resignación y se acomodó. Tenía pinta de ir para largo.

—Hace mucho tiempo yo era un arbusto pequeño rodeado de árboles más grandes. En esa época soñaba con frecuencia con que me convertía en una nación. ¿No es gracioso? Bueno, lo que importa es que, aunque era pequeño, yo...

Mathew y Antonio se miraron y, de mutuo acuerdo, se tumbaron y se quedaron fritos mientras el Gran Árbol Roma les seguía relatando cómo las ardillas que se habían instalado en él cuando era un árbol adolescente se habían enfrentado a las skultulas en la Gran Guerra de las Ardillas y las Skultulas


—El caso es...

Mathew comenzó a despertar, mucho más descansado, para descubrir que estaba amaneciendo y que llevaba un día entero durmiendo. Y que despertaba justo para escuchar lo más importante.

—... que un hombre del desierto, desierto que una vez fue un mar plagado de piratas...

—¿Eso no es de otro juego*? —interrumpió tímidamente Mathew

—¡Uy! — el Árbol Roma se había confundido—. Bueno, da igual. Esta parodia es así. Navegan en barcos y todo. ¿O lo dejaron hace un par de años? —Roma calló, pensativo. — ¡Bueno! ¡Da igual! Lo importante es que fue él el que me echó la maldición que tú has roto; y así me has salvado la vida.

—¿Y por qué te maldijo? —le preguntó el hada.

—¡Porque ese malvado quiere conseguir el poder de la Trifueza!

Mathew parpadeó, incapaz de comprender la conexión entre esas dos oraciones.

—Verás, Matt—comenzó a explicar el Árbol Roma, recordando que hasta ese momento el chaval había sido invisible y, por tanto, nunca le habían invitado a las historias que él les contaba al resto de los kokiris, de manera que era el único ignorante de ese mundo que desconocía la leyenda de la creación de Hyrule—, Hyrule fue creado, tiempo ha, por tres grandes diosas a las que me gustaría llamar Venus, Diana y Juno; pero entonces me lo estaría inventando. Estas diosas eran tres: Seychelles, que con su poderoso pez labró la tierra y creó el mundo que pisamos. Emma, quien con su sonrisa gatuna estableció las Leyes de los Gatos, por las cuales se rige el mundo. Y la última era Lily, cuya monosidad (si es que esa palabra existe) hizo aparecer la vida con el único objetivo de contemplar lo mona que era y que te diesen ganas de abrazarla, protegerla y tomar el té con ella. Tras la creación, las tres Diosas abandonaron el mundo; y en ese punto dejaron un triángulo que contiene un poder infinito y perfecto para que el Mal luche por conseguirlo y dominar el mundo; así no nos aburrimos. Y ese momento ha llegado—el Gran Árbol Roma tomó un aire solemne—. Alfred, debes coger esta esmeralda y partir al Castillo de Hyrule para encontrar al príncipe; él te dirá más cosas (yo ya me he cansado). ¿Alguna duda o todo es una inmensa duda?

El kokiri, un poco tímido por contradecirlo, mumuró.

—Soy Mathew

—¡Eso! —exclamó Antonio, muy animado pese a todo— ¿Quien es Alfred?

Pero el Árbol Roma no podía responder a esa pregunta porque desconocía la respuesta.

—¿Dónde está el castillo?

—Fuera del bosque. Seguro que si lo buscas, lo encuentras. Debería ser grande—repuso la sabia planta.

Eso alarmó al chico. ¡Era un kokiri! ¡Si salía del bosque, moriría! Y así se lo comunicó al Árbol, el cual se rio.

—Oh, cierto. Olvidé decirte que, en realidad, tú no eres un kokiri, sino un hyliano; de manera que no te pasará nada. ¡Suerte!

Y el Árbol hizo aparecer la Esmeralda Kokiri antes de echarse a dormir. Mathew, traumatizado por saber que toda su vida había sido una gran mentira, recogió el objeto volvió a su casa porque Antonio quería echarse otra siesta. Mirándolo por otro lado, a él tampoco le iría mal descansar un poco más.

Al día siguiente (porque a los héroes/protagonistas no se les mete prisa) hyliano y hada se dirigieron a la entrada del poblado para cruzar el puente y salir del bosque. O, más bien, para intentar cruzar el puente, porque en el medio del mismo se encontraba una kokiri bella como una muñeca de porcelana, y aterradoramente peligrosa. No eran pocos los kokiris desgraciados que, debido a su estupidez (las más de las veces) e ignorando las advertencias de la fémina, habían terminado con «accidentes» por culpa de sus cuchillos. Su nombre era Natasha.

Mathew tragó saliva al verla, asustado. Para su desgracia, ella le vio porque comenzó a dirigirse hacia él. Temblando, el kokiri... perdón, el hyliano esperó a que uno de sus cuchillos cayese sobre él, deseando una muerte rápida e indolora. Antonio, que no entendía nada, revoloteaba feliz por el lugar.

Finalmente, la kokiri se detuvo frente al asustado chico y le agarró una mano para depositar sobre ella la Ocarina de las Hadas. La aterradora y bella Natasha le miró a los ojos.

—Úsala bien—le dijo.

Y después se marchó, dejando al chico al borde de un ataque.

Tras el susto y haber guardado bien el instrumento (no fura a tener un disgusto después). Mathew terminó de cruzar el puente y salió del bosque por primera vez e su vida. Ya era hora. Sin embargo, no había dado ni dos pasos antes de encontrarse con un par de árboles moribundos que no parecían tener ninguna razón de ser, pero que ahí estaban; y a un búho sobre uno de ellos.

—¡Hola! ¿Qué tal estás? —le saludó el animal—. Mi nombre es Toris.

Antonio saludó por los dos y les informó de los nombres de ambos.

—Bueno, Mathew, ¿preparado para enfrentarte al mal y salvar al mundo? —le preguntó el búho, entonces.

—¡¿Qué?!

—¡Claro que sí! —exclamó Antonio, emocionado por la aventura.

—Muy bien—aprobó Toris, ignorando al niño hyliano—Pues el príncipe te espera en el castillo. Suerte. —le deseó, antes de alzar el vuelo y desaparecer; demostrando que su presencia allí era inútil porque eso era algo que los protagonistas ya sabían, más o menos.

Una vez el hyliano y el hada se quedaron solos de nuevo, decidieron continuar hacia la Llanura de Hyrule. Ésta era una enorme llanura, valga la redundancia y como su propio nombre indicaba, con un par de árboles y que por su situación se trataba del centro del mundo conocido. Además, desde allí se podía ir a absolutamente todas partes. El caso era que siguiendo el camino llegó a una ciudad dos semanas más tarde. Y no tardó dos semanas porque se encontrase lejos, sino porque fuera de ciudades o lugares importantes, el tiempo iba mucho más rápido de lo norma por motivos desconocidos. Ningún científico había sido capaz de descubrir las causas de semejante fenómeno, pero sí habían podido determinar que no afectaba en modo alguno a la salud. Desde luego, a los monstruos no les ocurría nada extraño salvo el hecho de que, bueno, eran monstruos. Además, para entorpecer todavía más los pasos del pequeño hyliano, por las noches la Llanura estaba plagada de unos monstruos esqueleto llamados stalchild que le impedían seguir su camino hasta que no eran reducidos a huesos sueltos y polvo. Ni que el lugar hubiera sido un cementerio gigante, vaya.

Lo importante de todo esto era que Mathew había conseguido llegar a la ciudad. Y una vez allí quedó decepcionado al ver lo pequeña que era, pues tan sólo tenía una plaza y un callejón. ¡Hasta su pueblo era más grande! Pero luego recordó que, en realidad, no era un kokiri; y que lo más probable era que viniese de la ciudad. Suspiró mientras se dirigía a la tienda para comprar algo y recuperar fuerzas. En cuanto vio al dependiente (un hyliano con cara de mala uva y un extraño peinado en forma de tulipán que se encontraba leyendo los poemas de Amor de un kokiri en el Bosque Kokiri), Mathew cerró la puerta y echó a correr fuera de la ciudad, arrastrando a Antonio por el cambio de pantalla.

Allí les esperaba Toris de nuevo para darles la muy inútil información de que el castillo se encontraba más adelante; y es que para no verlo tendrías que estar ciego. El búho marchó justo después. Mathew tenía pensado seguir hasta llegar al edificio, pero un chico que había allí se lo impidió.

El niño, más o menos de su edad, tenía el pelo castaño y un extraño mechón hacia arriba; y vestía con un traje aristocrático morado. Antonio, atraído por el extraño pelo (como si su compañero hyliano no tuviera también un rulo rarito) trató de tocarlo, pero el propietario pe dio un golpe con una batuta.

—¡No toques a Mariazel! —le gritó, indignado y sonrojado.

Entonces tosió y recuperó la compostura.

—Mi nombre es Roderich—le informó, mientras le daba un papel con un dibujo de un vestido rosa—. Mi padre, Feliks, se encuentra más adelante. Dale esto y dile que le espero con uno en casa, a ver si viene de una vez.

—¿... Y por qué tengo que hacerlo? —le preguntó el hyliano.

—Una fuerza superior te impedirá continuar si no lo haces.

Y tras esas palabras, Roderich se marchó, dejando a Mathew un tanto confuso. Después Antonio se adelantó para poder informarle de que por el camino había una verja cerrada que no podían atravesar, de manera que el niño continuó con la costumbre de escalar enredaderas que había cogido en su periplo por el Árbol Roma, y se dirigió a la puerta por una elevación del terreno que le llevaba hacia unas escaleras de mano. Las bajó, pasando así al otro lado de la verja y encontrándose con varios guardias que, pese a tenerle frente a ellos, no eran capaces de verle. Con un suspiro, el hyliano atravesó el campo sin molestarse en tratar de pasar desapercibido y se dirigió hasta un lateral del castillo dónde encontró a un hombre rubio que parecía estar quejándose de todo con un acento bastante pijo.

—Eh... perdone—murmuró Mathew—, ¿es usted Feliks?

Pero nada. El otro como quien oía llover, seguía quejándose de que se había roto una uña, de que su ropa no combinaba con el color del castillo (un castillo horrible, o sea. ¿A quién se le ocurre pintarlo de ese gris tan feo?), de que las planchas del pelo no le funcionaban sin electricidad y otro tipo de desgracias similares.

—¡Hola, hola! —gritó Antonio de repente, asustando a ambos hylianos— ¿Eres Feliks?

—O sea, ¡pero qué susto! ¿Quién eres? ¡Y qué color tan feo, o sea! —exclamó el otro al ver la pelotita voladora brillante.

Todos callaron unos segundos en los que el rubio recordó que le habían hecho una pregunta.

—O sea, yo soy Feliks, propietario de una rancho súper divino que se encuentra en el centro de la Llanura de Hyrule.

Mathew , que quería acabar cuanto antes porque tantos «o sea» le empezaban a dar dolor de cabeza, le tendió el dibujo y le dijo que Roderich le esperaría con él en casa. A Feliks se le iluminó la mirada al verlo. ¡O sea, era tan súper divino de la muerte! Estaría ideal con esa ropa puesta. Se fue a los pocos segundos. Fue en ese momento cuando Mathew descubrió que ahora podía mover unas cajas para poder alcanzar una entrada (desagüe) que había en la pared. Rezando porque el agua estuviese limpia, el pequeño hyliano entró en el castillo plagado de guardias que ni le veían ni le oían (e ignoraban a Antonio pese a lo raro que era ver un hada solitaria por allí) hasta llegar al patio del castillo.

Una vez en el patio, Mathew se encontró con un niño frente a él. Éste tenía su edad (¿es que todos los críos en este juego tienen diez años?) y estaba vestido con ropajes nobles y lujosos propios de los nobles. Mathew le saludó tímidamente pero el otro, que estaba mirando por la ventana que tenía en frente, no dio muestras de oírle. Entonces Antonio se acercó y le saludó gritando, asustando al chico. Éste se dio la vuelta y, milagrosamente, vio a Mathew, para luego acercarse a él con una sonrisa y de una manera algo femenina, pero elegante.

—Hola. Soy Francis, príncipe de Hyrule— se cruzó de hombros y le miró, crítico—. ¿Tú eres el niño que vi en mis sueños con la Esmeralda Kokiri? —esperó unos segundos por una respuesta— ¡Vamos! Tú también tienes que haberlo soñado.

—En realidad—intervino el hada— no tiene ningún sueño premonitorio y oscuro que le advierto de los terribles males que están a punto de asolar la tierra. Mi nombre es Antonio.

—Un placer—saludó el príncipe cortésmente. Entonces sacó un pañuelo de la nada y comenzó a morderlo de manera dramática mientras se dirigía a Mathew—. ¿No has tenido el sueño? ¡Entonces no eres el héroe y el mundo se sumirá en las tinieblas!

—P-p-pero ¡sí tengo la Esmeralda! —logró responder Mathew. Era una circunstancia demasiado desconcertante.

Francis se lo pensó un segundo.

—Bueno, valdrá. Ahora—tomó un aire solemne— debo contarte el secreto de la familia real de Hyrule.

Antonio le miró, emocionado por el importantísimo (seguro. Era la familia real después de todo) secreto que les iba a ser revelado a Mattie y a él; y fue a acomodarse entre los pliegues del gorro del chico que escuchaba con atención.

—En el lugar en el que las diosas abandonaron el mundo, dejaron la Trifuerza. Eso lo sabe todo el mundo—comentó—. Lo que ya no es tan conocido es que la Trifuerza concede deseos—informó con solemnidad (aunque eso también lo sabía todo el mundo) —. Si una persona buena y con buen gusto estilístico pide un deseo, el mundo será un paraíso. Pero si lo hace alguien malvado, el mundo será un infierno en el que nada tendrá colores que combinen y nos veremos obligados a llevar ropas feas y horteras—gimió, con lágrimas en los ojos solo por pensar en la clase de infierno que sería ese.

Francis realizó una pequeña pausa para relajarse y quitarse una visión tan espantosa de la cabeza.

—Pero, para evitar que ocurriese algo semejante, ese poder divino infinito fue escondido en un templo que sólo se abre con las tres piedras espirituales que guardan las razas de este mundo(tres de ellas) junto con el tesoro de la familia real: la Ocarina del Tiempo. Nadie podría entrar.

—Pero—interrumpió Mathew—, si alguna vez las tres razas se unieran y conspiraran sí que podrían acceder al templo.

Francis, sin ser capaz de encontrar un argumento frente a ello (porque, seamos realistas: nada es capaz de detener un ejército gorón bien organizado. Suerte que no existan), decidió cambiar de tema. Le señaló la ventana y le indicó que mirase por ella.

—En mis sueños aparecían unas nubes negras representando el mal. ¡Seguro que eran ese hombre!

El pequeño hyliano salido del bosque miró a través del cristal. Arrodillado frente al rey (se suponía, porque no podía vérsele por ningún lado) se encontraba un hombre rubio de ojos verdes (cómo lo sabían, teniendo en cuenta que los tenía cerrados, era un misterio más) y con unas orugas peludas enormes atacando su cara. ¡Huy, no! Que eran sus cejas.

—¡No ves esa armadura hortera y pasada de moda! —exclamaba el príncipe, mientras tanto—¡Y esas cejas! ¡Tiene que ser malvado! Además, preparó una comida de bienvenida y el catador real murió.

—¿¡Envenenó la comida!? —exclamaron Mathew y Antonio, horrorizados.

—No— repuso Francis, sorprendentemente— ya que había varios testigos y nadie vio que le echasen nada raro a la comida. Pero ese hombre es tan malvado es incapaz de cocinar algo comestible. Por eso tenemos que detenerle y demostrar que es malvado, ya que el estúpido de mi padre no me cree.

Mathew asintió, algo inseguro y sin terminar de comprender exactamente por qué se suponía que era malvado. Antonio, sin embargo, se sentía extrañamente eufórico y ansioso por derrotarle, como si se quisiera vengar de algo.

—Toma—Francis le dio una carta para que todo el mundo supiera que venía de parte de la familia real—. Mi ayo te enseñará una canción con la que podrás hacerlo casi todo. Suerte.

—Pero ¿qué tengo que hacer? —replicó Mathew, desconcertado.

—Conseguir las piedras, claro. Venga, vete —le echó Francis, muy animado.

Mathew se volvió hacia la entrada para descubrir que ahora había un hombre rubio vestido como un ninja sentado en el suelo. El hombre se encontraba comiendo («devorando» sería más correcto) una hamburguesa y bebiendo ruidosamente un refresco. El hombre pareció detectar que le observaban y se levantó enérgicamente.

—¡Hola! ¡Mi nombre es Alfred y soy el héroe que salvará al mundo! —entonces rebuscó entre sus bolsillos una carpeta en la que venía escrita «guión del Ocarina». Comenzó a reir ruidosamente al leerla —¡Esto está mal! ¡Está claro que el protagonista soy yo, no ese tal Mathew!

Vale. Creo que tengo el deber de intervenir. No, Alfred, no lo eres. Lo siento.

—¡¿Qué?! —exclamó, indignado—¡Entonces no pienso cooperar! ¡Tengo que salvar el mundo! —puso morritos, enfadado.

¡No seas infantil! Es lo que te ha tocado en suerte, yo no tengo la culpa. Mira, que podría haber sido peor. Alfred no parecía hacerme mucho caso. Está bien, está bien, entonces te diré que serás un personaje imprescindible para el final del juego (otra cosa es que tenga mucho diálogo, pero eso no tengo por qué decírselo). Alfred resopló y aceptó a regañadientes. ¡Y que no te vea rompiendo la cuarta pared de nuevo!

—Bien, Mattie—se dirigió el sheikah al hyliano de verde—. Ahora ten enseñará la canción que conoce todo el mundo y que, además de poseer poderes extraños en circunstancias inusuales, te servirá para demostrar tu conexión con la familia real. Escucha.

Entonces Alfred sacó un gorro de vaquero y una armónica y comenzó a tocar una melancólica melodía que las gerudo frente al fuego una vez al mes. La tos intencionada de Francis le interrumpió.

—Esa no es, Alfred.

El ayo sacó la lengua a modo de disculpa y comenzó a tocar la canción correcta (compuesta por seis míseras notas que se multiplicaban mágicamente). Mathew la repitió in equivocarse y, por órdenes del príncipe, Alfred sacó al Mathew del castillo llamando la atención de todo el personal y haciendo una paradita en la despensa real para conseguir «víveres de emergencia» según el propio Alfred.

Ya fuera del castillo, en la llanura y, más importante todavía, a salvo de las lanzas de los guardias reales; Alfred le señaló a Mathew una montaña (la única de más de tres metros de altura) con una aureola divina de humo cerca de la cima.

—Allí se encuentran los gorón y su correspondiente piedra espiritual—le informó el sheikah—. A los pies de la montaña se encuentra mi pueblo, Washington; digooo, Kakariko.

—¿Washington? —preguntó Antonio, ante la extravagancia del nombre.

Alfred comenzó a reírse.

—Es este príncipe, que tiene ideas muy raras y se me pegan—se excusó el mayor—. Está empeñado en llamar a la Ciudadela de Hyrule París cuando herede el reino—hizo una pausa—. Suerte en tu aventura. Y no te preocupes. Al final el héroe lo seré yo—le aseguró, mientras su pelo y su sonrisa emitían desconcertantes brillitos que se perdían en el aire.

Después lanzó una Nuez Roma al suelo, de manera que ésta soltó un destello cegador y se quedó completamente ciego. Se vio obligado a volver al castillo dando traspiés constantemente. Mathew y Antonio le vieron marchar.

—¿Seguimos? —preguntó el hada.

El hyliano asintió.


¿Eso no es de otro juego?: Del Skyward Sword, concretamente xDD


Personajes por orden de aparición:

Din: Seychelles

Nayru: Bélgica

Farore: Lietchestein

Saria: Bielorrusia

Kaepora Gaebora: Lituania

Vendedor hyliano: Holanda

Malón: Austria

Talón: Polonia

Zelda: Francia

Ganondorf: Inglaterra

Impa: Estados Unidos


Si supierais quién tengo pensado que sea el héroe... (temed, temed) Peeeeeero ya lo veréis. Nos vemos en el siguiente.