Buenas a todos. Siento mucho la espera del siguiente capítulo pero he llegado a considerar que el universo estaba en contra de una actualización: que si tengo trabajos, que si estoy con pocas ganas, que si tengo exámenes, que si me rompo una muñeca, que si me sale papeleo de los intercambios internacionales de debajo de las piedras (aún no he terminado y se supone que marcho el 1 de septiembre...). Una locura, vamos. Pero por fin que conseguido pasar a limpio otro capítulo, y aquí os traigo la tercera parte de esta historia. Y no, no voy a abandonarla :D
Disfrutad~
Capítulo 3: Un montón de tonterías
A pesar de saber que su destino era la Montaña de la Muerte (nombre halagüeño donde los hubiera) Mathew y Antonio, por razones desconocidas, decidieron encaminarse al centro de la Llanura, dónde se erigía la única edificación del lugar: una granja. Como los monstruos eran unos pesados, el hyliano tardó tres días con sus noches en llegar y, además, lo hizo para el arrastre. Pero en cuanto entró allí, a plena luz del día, supo que estaba a salvo porque los monstruos nunca se aventuraban dentro de una ciudad o similares por culpa de las leyes no escritas de ese mundo. Pero eso es otra historia; lo que verdaderamente importa es que Mathew y Antonio, comenzando a explorar ese sitio, entraron por una puerta que había a su izquierda. Allí se encontraba ese tío tan raro («¿Ese tío?» Por favor, dime alguien normal en todo el fic) llamado Feliks pintándose las uñas y rodeado de cucos de colores que tenían un comportamiento similar al de su dueño.
—Oh, eres tú—sonrió el dueño de la granja al verlos entrar—. Bienvenido, o sea. El vestido era tan súper fabuloso... ¡Y me quedaba divino! —comenzó a fantasear—. Pero me temo que no puedo dejar que te lo pruebes. ¡No puedo permitir que se estropee! —añadió, extrañamente dramático, a pesar de que ni el niño ni el hada le habían dicho nada al respecto. Y mucho menos para probarse un vestido—. Sin embargo, puedo dejaros probar un fantástico juego. ¿Queréis, o sea?
Mathew no estaba seguro de querer saber con qué clase de juegos se entretenía semejante espécimen, pero Antonio; tan jovial como siempre, respondió más de cinco veces seguidas de manera afirmativa. Entonces el granjero les explicó las reglas: de todos los cucos que había allí, tenía que encontrar a sus tres predilectos. Mathew, que se había fijado en el color del pintauñas, supuso que serían de color rosa. Pero, si bien abundaban los colores chillones, ninguno de los cucos había tenido la desgracia de haber sido teñido así. Eso le desconcertó bastante, y comenzó a examinar a los animales uno por uno en busca de algo que le diese alguna pista. Al final encontró que tres de ellos tenían la parte interior de las alas pintada de rosa, y ganó el juego; librando a Antonio de recibir más picotazos de los que ya había sufrido por ser, según los cucos, la lombriz voladora luminosa más extraña pero, sin lugar a dudas, más sabrosa que nunca habían visto (además de la única).
Feliks le regaló una botella de leche como premio para que no se muriera de hambre (aunque ya podría haberle dado cecina, que para algo tendría las vacas) y siguió a su rollo, pintándose las uñas. Mathew y Antonio salieron de allí y se dirigieron a la puerta que había en frente. Dentro de la estancia había un extraño hombre de pelo blanco que se encontraba amontonando carne en el lugar establecido para ello, en medio de la habitación y con el objetivo de molestar a todo el mundo. Fue entonces cuando los aventureros del Bosque Kokiri, realmente sorprendidos, descubrieron que en los establos no había vacas, sino osos. El hombre albino los vio y comenzó a reír de manera extraña. Antonio también se unió a sus sonidos indescriptibles («Kesesesese» y «Fusososososo» creyó comprender Mathew).
—Disculpad a este asombroso servidor—les saludó—pero soy tan increíble que me encontraba totalmente entregado a mi trabajo y no os oí.
—¡Hola! Yo soy Antonio y este es Mathew. Estamos de viaje y hemos acabado aquí. ¿Dónde estamos exactamente? —le preguntó el hada.
—¡En una granja de osos! —exclamó el de ojos rojos, orgulloso de trabajar en un lugar tan inusual y, por tanto, lo suficientemente increíble para él. En su cabeza pió un pollito de cuco cuyo crecimiento había sido detenido mágicamente por entes desconocidos, lo que lo convertía en el ser más grandioso e increíble de todos cuantos poblasen la faz de ese mundo.
—¡Es genial! —exclamó Antonio, que parecía haber olvidado los picotazos de los cucos. Porque, si unos simples cucos casi se lo comen, ¿qué no harían con él unos osos hambrientos?
Tras una animada charla entre Antonio y Gilbert sobre lo grandioso que era el lugar y lo increíble que era él mismo (y lo poco grandiosos que eran los vagos dueños de la granja); y dejando a Mathew en un segundo plano, devolviéndole su antigua invisibilidad, el hada y el hyliano se despidieron del trabajador y se dirigieron a la parte central de del rancho, donde unos cuantos osos paseaban despreocupadamente.
En el centro, y con un violín entre manos, se encontraba el niño semi aristócrata, el tal Roderich. Niño y hada se acercaron a él y lo saludaron, interrumpiendo así su canción (la cual en realidad, y misteriosamente, no había dejado de sonar a su alrededor) . Roderich se irritó, pero sus modales le impidieron mostrarlo de otra manera que no fuese tocando el violín, y como le estaban hablando no podía hacerlo.
—¿Qué estás tocando? —preguntó Antonio.
Roderich aprovechó la oportunidad para mostrarles su irritación repitiendo la eterna canción del lugar. Ninguno de los dos viajeros comprendió que se encontraba enfadado, pero entonces a Antonio se le encendió la bombilla y le dijo a Mathew que sacase la ocarina. Roderich pensó que se trataba de un instrumento muy rudimentario; que un piano o una flauta travesera tendrían más elegancia. Pero el chaval había salido del bosque. A Roderich no le sorprendería saber que comía con las manos. Cosa que el hyliano de verde hacía porque resultaba muy complicado comer bocadillos con cuchillo, tenedor y cuchara. Pero Roderich no le juzgó (más) y le enseñó la canción de ese sitio, compuesta por seis miserables notas. Muy triste para alguien con aires de aristócrata, pero la programación era la programación.
Mathew repitió la canción sin esfuerzo, aprendiéndola; y entonces vio como un osito de la granja (la única cría en realidad) se acercaba a él, atraído por la canción. O quizás por su olor a carne, quién sabía. Acababan de hablar con Gilbert al lado de un montón de comida, después de todo. Mathew se fijó en que el osito, que se acababa de sentar a su lado, mirándolo; era blanco. Le preguntó por el detalle a Roderich.
—Es un oso polar—le informó—. No sabemos si por milagro o por mutación aberrante, porque todos los osos que hay en la granja son pardos, de la Montaña de la Muerte. Pero ahí está: blanco y con una capa de pelo y grasa que resulta sorprendente que no se esté cociendo vivo. Se llama Kumajiro.
Mathew y Antonio saludaron y acariciaron al animal, si bien Antonio tuvo que alejarse, en prevención en prevención a los mordiscos que casi le daba el osito.
—Por cierto—saltó Roderich, como si se acabase de acordar—, ¿mi padre os acaba de dar una botella de leche? —ellos asintieron—. Tened cuidado. La leche de osa tiene dos posibles efectos: os cura todas las heridas, os devuelve la energía y os hace invulnerables mucho rato; o bien os deja medio muertos, os provoca todas las enfermedades posibles y os morís en un par de días. Eso es todo—y el niño aristocrático siguió con su violín y su triste canción de seis notas, mientras Mathew palidecía y tomaba la decisión de tirar la leche a la primera oportunidad (el árbol que había a la entrada de la granja se pudrió en cuestión de segundos).
Tras la extraña experiencia, los viajeros se dirigieron al fin a Kakariko, pueblo al que llegaron en cuanto subieron unas escaleras que había no muy lejos de la ciudadela. En cuanto entraron, Mathew vio a un hombre de pelo rubio con una trencita y mirada de cabreo infinito. Germania, que así se llamaba, era el jefe de unos carpinteros inútiles que había en la ciudad y que hacían cualquier cosa menos trabajar: Katyusa se dedicaba a correr mientras le perseguían unos cucos y provocando pequeños terremotos debido al movimiento de sus pechos; Edward se dedicaba a navegar por internet en el único ordenador que había en ese mundo (cómo lograba la conexión o cargar la batería, era un misterio; pero el cacharro funcionaba) y un tal Berwald se encontraba sólo en una esquina porque su mirada aterraba a todo lo que quisiera acercarse a él.
Como ni Antonio ni Mathew podían hacer nada para ayudar al pobre carpintero jefe, se dirigieron directamente hasta la salida del pueblo, guardada por un tipo de pelo puntiagudo y alabarda en mano. El guarda en cuestión, que no dejaba de berrear que era el rey del norte, les impidió pasar alegando que era demasiado peligroso para un niño, pero el hyliano le enseñó la carta que le había dado el príncipe Francis. Cuando la leyó, el de pelo puntiagudo se rió sin disimulo pensando para sus adentros que mundo héroe había elegido el príncipe. Pero eran órdenes y tenía que obedecer, de manera que le abrió la puerta.
—Oye, chico; un momento— le paró—. ¿Podrías hacerme un favor? En la ciudadela hay una tienda de máscaras y quiero la de zorro. ¿Me la traes?
Antonio y Mathew se miraron. ¿Deberían? Durante un segundo tuvieron la sensación de que les resultaría útil... Entonces el guarda insistió y ellos aceptaron, aún sin saber exactamente por qué.
De nuevo en la ciudadela, Mathew y Antonio se dirigieron a la tienda y entraron. Ésta, de un extraño color morado y con la perturbadora forma de una boca, se encontraba regentada de un hombre de piel y ojos oscuros; y con un turbante blanco tapándole la cabeza. El dependiente les miró fijamente y Mathew se sintió algo cohibido, de manera que Antonio habló por él:
—¡Hola! Buscamos máscaras. ¿Podemos comprar?
Por toda respuesta, el callado dependiente señaló el cartel que había frente al mostrador. Mathew se acercó y lo leyó en voz alta:
«Tienda de las máscaras felices. Aquí no se venden máscaras, se prestan. Venderlas corre de tu cuenta. Suerte» El niño hyliano y el hada se miraron y miraron al dependiente. Él les devolvió la mirada.
Al final se llevaron dos. Las tenían que vender todas (según decía la letra pequeña) y así no darían tantas vueltas. Ya en Kakariko fueron hacia el guardia y le entregaron la máscara de zorro. El les pagó y se despidió de ellos, muy contento. Pero Mathew y Antonio, en lugar de seguir hacia la Montaña (de la Muerte) se dirigieron hacia el cementerio. No tenían motivos para ir, pero tampoco para no hacerlo. Allí había un niño caminando despreocupadamente por entre las tumbas y hablando con fantasmas que el hyliano no podía ver. El niño tenía una curiosa pinza con forma de cruz y un extraño rulo de pelo flotando independiente del resto del cabello.
El chico en cuestión miró a Mathew fijamente (y repentinamente) porque sabía que tenía una máscara interesante (se lo habían dicho los fantasmas, que eran unos cotillas) y se la pidió. Mathew le entregó una máscara con una forma rectangular y de color rojo con una cruz blanca y dentro, otra azul. El niño desconocido se quedó con ella aunque no hizo ademán de ponérsela y le indicó al hyliano que investigase unas tumbas que había por allí. No les pagó porque era un niño y no tenía dinero. Después se marchó a casa.
Antonio, muerto de curiosidad (aunque no literalmente) instó a Mathew a mover la más cercana a ellos. El niño no estaba seguro de querer molestar a su morador, pero no tuvo más remedio que aceptar. La piedra dejó ver un agujero por el cual entraba perfectamente. Sabiendo lo que tenía que hacer, Mathew rezó para sus adentros y se dejó caer por el aparente agujero sin fondo. A los pocos segundos llegó hasta una pequeña sala en la que había un cofre. En éste había un escudo hyliano de metal, muy bonito y lo suficientemente grande como para que Mathew no pudiera cogerlo y se viera obligado a agacharse bajo él. Suspiró, resignado, mientras lo guardaba en el inventario y se colocaba el de madera de nuevo.
Hada y hyliano salieron de la tumba gracias a un antiguo sistema de levitación que había bajo el agujero y se dirigieron a la otra, que se encontraba sospechosamente separada del resto, como si se tratara de un lugar importante. Además, cuando se acercaban el cielo se nublaba y comenzaba a llover; pero si se alejaban volvía a brillar el sol. Mathew intentó empujarla por todos los ángulos, pero su fuerte no era la fuerza y la tumba no se movió ni un centímetro. Agotado, se sentó contra ella y entonces percibió el enorme dibujo de la trifuerza que tenía justo en frente. Antonio fue azotado por otro rayo de sabiduría divina y le dijo al hyliano que tenía que ponerse encima y tocar la canción que Alfred le había enseñado, la Nana de Francis. En cuanto tocó la última nota, un rayo cayó sobre la tumba y la hizo pedazos, aunque ninguno golpeó al hyliano en un momento de suerte milagrosa. Él casi se muere del susto por el rayo que casi le cae encima.
Algo más recuperados, Antonio y él entraron en el agujero que la tumba (también) había dejado al descubierto. El hyliano comenzó a plantearse si debajo de esas lápidas de roca había algo o todo eran tesoros olvidados y cámaras secretas. En la primera sala no había nada, excepto un par de keese que perecieron bajo la temblorosa espada kokiri en pocos minutos. La segunda era otra historia. Primero porque había cuatro enormes estanques de ácido frente a él, bloqueando su camino hacia la siguiente sala. Y, segundo, porque las partes que se libraban del ácido se encontraban guardadas por reDead. Y, como el niño ignorante que era, Mathew decidió enfrentarse a ellos. El primer monstruo al que se acercó le atrapó en cuestión de segundos y comenzó a absorberle su energía mientras el hyliano gritaba de terror y dolor. El hada gritó una cosa muy distinta...
—¡Oh! ¡Por las Diosas! ¡Lo está violando! ¡Y es un muerto! ¡Es necrofilia! ¡Es pedofilia! ¡Es necropedofilia! — el hada estaba horrorizada al frente al espectáculo que el reDead parecía estar ofreciendo con el hyliano.
Tras mucho forcejear, Mathew consiguió escabullirse del monstruo y lanzarse de cabeza contra el estanque de ácido más cercano, un lugar seguro al que los monstruos no le seguirían. Y por el ácido corrosivo que le destrozaba la ropa y la piel caminó hasta cruzar la sala. Y allí se encontró tan sólo con una tumba. La decepción se pintó en la cara del chico, al borde de las lágrimas. ¿De verdad había pasado por todo eso para nada? Y, mientras Mathew comenzaba a llorar desconsolado, Antonio se ponía a investigar rápidamente la sala; no porque Mathew le diera igual sino para asegurarse de que allí había algo de valor antes de que algo se derrumbara. Y encontró un poema vanguardista que el hada apenas era capaz de comprender, y que mencionaba algo del sol y los muertos. En una esquina de la tumba, tallada también para la posteridad, había una pequeña partitura compuesta por seis notas (joder, qué obsesión por las seis notas). Antonio voló a tranquilizar a Mathew y a mostrarle su descubrimiento. El hyliano, bastante deprimido pese a todo, tocó la Canción del Sol. No ocurrió nada destacable.
Por suerte, Mathew leyó el poema por él mismo antes de perder toda esperanza. Tampoco entendió nada, pero se le ocurrió la idea de tocar la canción en la sala anterior. Con un poco de suerte los reDead se desintegraban. Y si no... bueno, siempre le quedaría el ácido. Puso en marcha su plan antes de que ningún monstruo fuera capaz de dar un paso en su dirección y comprobó cómo éstos quedaron extrañamente petrificados. Mathew corrió hacia la salida como si fuera el fin del mundo, llegando fuera sin mayores contratiempos.
Personajes por orden de aparición:
Ingo: Prusia
Carpintero jefe: Germania
Carpintero 1: Ucrania
Carpintero 2: Estonia
Carpintero 3: Suecia
Vendedor de las máscaras felices: Egipto
Soldado guarda: Dinamarca
Niño del cementerio: Noruega
Y eso es todo de momento. Hasta el próximo capítulo (espero no tardar tanto en subirlo)
