Y, más pronto que la última vez, aquí os traigo el siguiente capítulo de esta parodia. Espero que os guste.

Disfrutad~


Capítulo 4: La montaña con el camino que daba al bosque

(Título alternativo: Tralalalá lalala hihoo tralala hihoo tralala hihoo, Tralalalá lalala hihoo tralala hihoo)

Cuando Mathew volvió a sentir el aire fresco, descubrió que ya era de noche.

—¡Maldición! ¡Me cago en la puta! ¡¿Quién coño ha sido el gracioso que se ha cargado la tumba, joder?!

Y también escuchó los berridos e insultos enfurecidos de alguien. Ese alguien se trataba del enterrador, un hombre sorprendentemente joven, castaño y con un rulo que giraba hacia el lado derecho de su cabeza, desafiando las leyes de la física como muchas otras cosas en esta historia. Ah, y también tenía una mala leche tremenda.

—¡Hola! —saludó el hada al verle— ¡Soy Ant...!

El mencionado no fue capaz de finalizar su frase porque una de las manos de Lovino, el enterrador, le agarró y comenzó a estrujarle con todas sus fuerzas. La otra se encargaba del pequeño hyliano.

—¡Muy bien! —les gritó a la cara—¡Vais a decirme cómo coño os habéis cargado la tumba! ¡Y vais a pagar hasta la última rupia, ¿me oís?! ¡O si no mandaré a toda la mafia fantasma contra vosotros! —amenazó.

—¡Lo siento, lo siento, lo siento, lo siento, lo siento! —chillaba Mathew aterrorizado.

Con tanta sacudida que estaba sufriendo, al pequeño de verde se le cayó la carta del príncipe Francis al suelo; captando la atención del enterrador, que le dejó caer al suelo sin contemplaciones y la recogió. La carta, firmada por el mismísimo Francis («Un niño pijo mimado, seguro» pensó Lovino sin errar del todo) aseguraba que Mathew había sido enviado por la familia real. Al enterrador se le encendió la bombilla al leerlo. Si al crío ese lo mandaban los mandamases de Hyrule, significaba que eran responsables de él. Y que podría sacar tajada con la excusa de la tumba.

Con una sonrisa maliciosa, Lovino se quedó con el papel y entró en su casucha a medio derrumbarse para salir de nuevo como un jefe mafioso a los pocos minutos. Tras convocar a varios fantasmas de la susodicha mafia para que le acompañasen a su viaje al castillo y le ayudaran a «negociar», se dirigió a Mathew.

—Tienes suerte—le dijo—. No lo voy a pagar contigo. Pero me quedo con tu carta; y más vale que no vuelva a verte mientras viva, ¿capisci?

Dos segundos más tarde, Mathew y Antonio habían salido corriendo y volando (respectivamente) del pueblo como si fueran a morir por permanecer allí. Tal vez ese fuera el motivo.


El camino hacia la cima de la Montaña de la Muerte era empinado, pedregoso, duro y estaba plagado de monstruos de los cuales Mathew trataba de huir. Pero esas cosas no dejaban de pegar saltos e impedirle el paso, de manera que el hyliano se veía obligado a acabar con ellos. Consiguió llegar, sin embargo, a la cima (aunque tardando más tiempo del mínimamente aceptable) y entró en la gran cueva que había. Ya dentro se encontró con un extraño ser marrón con piedras en la espalda que pertenecía a la raza de los gorón. Al ser le rugían las tripas tan fuerte que Mathew apenas podía oír sus propios pensamientos. Antonio le preguntó qué le pasaba.

—Vino un hombre feo-goro, y tapó la cueva en la que encontramos rocas como alimento-goro. Luego la llenó de monstruos-goro (¿por qué lo hizo si ya no puede entrar nadie-goro?). ¡Y lo peor es que como hace mucho que empezamos a comer sólo esas rocas por ser las más sabrosas, hemos sufrido una extraña mutación-goro, y cualquier roca que no provenga de allí nos resulta venenosa-goro! Me muero de hambre-goro... —finalizó.

Mathew y Antonio se miraron y decidieron alejarse del gorón, el cual les ignoró y se enroscó sobre sí mismo, mimetizándose con el resto de las rocas.

Ambos viajeros, viendo que la cueva tenía una extraña estructura similar a un cono, decidieron bajar a la parte inferior con las escaleras (esquivando por los pelos a un gorón que no dejaba de girar y que les atropellaría sin piedad y sin darse cuenta como no tuviesen cuidado). Por el camino vieron unas extrañas pelotas con hojas y una mecha; y por lo que mencionaban los gorones que todavía no se encontraban lo suficientemente hambrientos como para caer desfallecidos, se trataban de flores bomba. Mathew decidió no acercarse mucho a ellas por si acaso.

Ya abajo, se encontró con una especie de jarrón gigante, una puerta cerrada y otra bloqueada por rocas. Frente a la puerta cerrada había una alfombra que Antonio, sin poder evitarlo, señaló como lugar importante. Mathew se puso encima y, por probar si la canción hacía algo con esa puerta, tocó la Nana de Francis. Y la puerta se abrió. Ambos se adentraron en la cámara del jefe de los gorón, Im-Yong-Soo, un gorón de pelo castaño y con un rulo con carita. El jefe gorón se enfadó al ver a Mathew. ¡Al oír la canción había pensado que habría llegado un emisario real, no un crío!

—¡Fuera de aquí-daze! —le gritó enfadado porque no tenían comida, porque la cosecha de bombas había sido pésima, porque no podía tocarles los pechos a otros gorons— ¡Ya tengo suficientes problemas-daze! ¡Y soy un gorón orgulloso-daze, no aceptaré tu ayuda-daze!

—¿Por qué dices «daze» en vez de «goro»?—le preguntó Antonio, a su vez.

—¡Fuera-daze!

Mathew decidió agarrar al hada y salir de allí corriendo, no fuera a ser que el gorón se enfadase aún más y quisiera aplastarles con toda su mole rocosa. Pero uno de los palos que Mathew guardaba en su mochila invisible se prendió en la única antorcha de la habitación (y de la cueva), y en su carrera apresurada prendió una de las flores bomba que habían crecido en la pared, justo al lado de la roca que bloqueaba la entrada a otra cámara. Sacando el palo de la mochila para no quemarse la ropa, el hyliano se adentró en la sala para descubrir que se trataba de una tienda cuyo vendedor era un extraño gorón rubio con el pelo como un tulipán y que fumaba una pipa tranquilamente mientras leía el libro de poemas «Amor de un zora en el Lago Hylia». Mathew marchó de la tienda para no volver a entrar.

Aún con la antorcha en la mano, subió al piso de arriba y se dio cuenta de que sonaba una canción muy alegre y animada. Siguió el sonido (que había hipnotizado a un gorón) y descubrió que salía desde un pasillo bloqueado por rocas y con unas flores bombas convenientemente situadas al lado. Mathew prendió una para que estallase y despejara el camino. Después la antorcha se consumió y desapareció para siempre. Mathew se dirigió al final del pasillo.

Reapareció en un cuadrado rodeado por árboles, revelando que había aparecido en medio de un bosque. También había cuatro troncos huecos gigantes que llevaban a diferentes sitios, pero que no se podía ver a través de ellos por culpa de un vacío negro.

—¡Hola, Mathew! —saludó el búho Toris desde una rama cercana— ¿Qué tal?

—¡Genial, gracias! —respondió Antonio.

El hyliano se encogió de hombros, tímido. Había estado peor.

—Estás en el Bosque Perdido—le informó el Búho—, pero no te preocupes. Para llegar a tu destino sólo tienes que seguir la música.

—¿Y si aún así nos perdemos? —preguntó el hada, alarmado.

—Apareceréis en el Bosque Kokiri. Suerte.

Y tras esas palabras, Toris salió volando. Mathew decidió seguir su consejo para poder avanzar por allí. Tras cruzas varios lugares iguales por donde la música se oía más fuerte, llegó a una zona abierta y con un pasillo al frente bloqueado por unas rejas. En cuanto Mathew se acercó un poco, apareció de la nada un wolfo (un lobo semibípedo con cara de loco. Creo que tienen la rabia) que se puso a girar a su alrededor y a intentar arañarle con sus garras(que, extrañamente, rebotaban contra el escudo de madera). Como era un monstruo muy ágil, al hyliano le costó acabar con él. Bueno, porque era muy ágil, porque bloqueaba los ataques de la espada de Mathew, porque éste no era ningún experto y porque Antonio no dejaba de gritar cosas como «¡Oye! ¡Escucha! ¡Hey! ¡Escucha! ¡Escucha!». Sea como fuere, lo importante es que el wolfo terminó consumido en llamas azules y que la verja desapareció; así como que los malos fueron desterrados al Reino del Crepúsculo. Espera, no; eso es de otro juego...

En cualquier caso, Mathew avanzó por una zona llena de matorrales deku que sólo le atacaban cuando se alejaba de ellos. Ya al final llegó hasta unas escaleras gigantes que le llevaron a una zona con un templo olvidado. El edificio resultaba inaccesible debido a que las escaleras estaban derrumbadas. Y también había una especie de altar con la Trifuerza y un extraño dibujo verde pintado. A un lado destacaba un tocón porque en él se encontraba sentada la bella y letal kokiri Natasha, afilando un par de cuchillos. En cuanto la vislumbró, Mathew rezó porque ella no le hubiera visto y comenzó a retroceder, pero las diosas no debieron escucharle y la kokiri clavó su mirada en él a los pocos segundos, congelándolos (metafóricamente) en el sitio. El hada, recordando que la vez anterior no se habían presentado, se apresuró a cumplir con el saludo:

—¡Hola! Me llamo Antonio, ¿y tú? —le gritó alegremente.

Natasha ignoró a la pelota voladora y le ordenó a Mathew que se acercase. El chico, que no era capaz de apartar la vista de los cuchillos que la kokiri tenía en la mano; y viéndose atrapado, se acercó con lentitud, deseando una muerte rápida e indolora. Pero Natasha no le atacó, sino que le preguntó por la ocarina. Como Mathew se encontraba demasiado aterrorizado como para hablar, Antonio respondió por él afirmativamente y consiguió que el aterrorizado hyliano se la mostrase. Natasha asintió, aprobando el cuidado que había recibido el instrumento, le dio la espalda Mathew y cogió varios cuchillos más.

—Escucha y repite—le ordenó.

Entonces lanzó los cuchillos contra unos frutos cercanos que explotaban al contacto, produciendo notas musicales. Mathew estaba demasiado asustado como para repetir la canción de seis tristes notas en buenas condiciones y se equivocó un poco; pero al segundo intento lo logró perfectamente. Natasha se dirigió a él.

—Recuerda este sitio porque será importante en el futuro. Con esta canción puedes hablar conmigo pero más te vale que no me llames por una estupidez. Y ahora márchate, este lugar es secreto y no quiero a nadie molestando—entonces el rostro de la kokiri se torno extremadamente amenazador—. Y más te vale no hablarle a nadie sobre él.

Lo siguiente que tanto Antonio como Natasha supieron fue que el pequeño hyliano corría tan rápido en dirección contraria que se llevaba por delante a todos los pobres matorrales deku que tenían la desgraciada idea de intentar atacarlo. Siglos más tarde, Mathew sería conocido entre ellos como «La estela de polvo asesina» y contarían su leyenda a los matorrales deku pequeños que no querían obedecer a sus mayores o se portaban mal.

Mathew no dejó de correr hasta encontrarse de nuevo en la segura cueva de los gorones que podían aplastarlo con el dedo meñique. Ellos no eran nada comparados con Natasha. Lo malo fue que quedó tan agotado que, en lugar de arrastrarse por los escalones, tuvo que tirarse al vacío hacia el nivel inferior. Cuando avanzó por delante de la tienda, el siniestro vendedor seguía inmerso en su lectura.

Por alguna extraña razón que desconocía, Mathew se dirigió de nuevo a la cámara del jefe gorón cuando recuperó fuerzas suficientes como para caminar; ayudado por Antonio (bueno, en realidad el hada apenas podía levantar el gorro del hyliano). Una vez se encontró delante de Im-Yong-Soo (el cual le dirigió una mirada de disgusto. ¡No sólo se atrevía a volver sino que sus pechos no merecían la pena!), empezó a tocar la canción que acababa de aprender, a pesar de la amenaza de Natasha de no llamarle para nada (y el pequeño hyliano nunca supo a qué se debió exactamente semejante arranque de estupidez). En cuanto oyó la primera nota, el jefe gorón cayó hipnotizado y comenzó a bailar como si le fuera la vida en ello (y de un modo bastante perturbador, cabe destacar). Cuando terminó, se encontraba de mejor humor e incluso sonreía exageradamente.

—¡Esa canción es genial-daze! ¡Cómo se nota que fue creada en mi casa, la Montaña de Fuego, junto con el instrumento!

Manto Mathew como Antonio acordaron silenciosamente no sacarle de su error (pues la canción era kokiri y la ocarina más vieja que respirar), por si acaso le enfadaban de nuevo.

—¡Escuchar algo tan mío ha logrado alegrarme-daze! —el gorón seguía a lo suyo— Soy Im-Yong-Soo, jefe de los gorón—aunque eso Mathew y Antonio ya lo sabían— ¿Queríais algo-daze?

—Pues sí—se adelantó Antonio, contagiado por la alegría que se había apoderado del gorón—. Nos gustaría que nos dieras la piedra espiritual del fuego. Tenemos que salvar el mundo y eso.

—¿Eh? ¡Pero si ese es el tesoro de nuestra raza-daze! —replicó Im-Yong-Soo, haciendo un puchero— ¡No quiero! —refunfuñó. Aunque luego pensó en la canción de la familia real que Mathew sabía, y (supuestamente) su conexión con ellos—. Hum. Bueno, podrás tener la piedra si quieres-daze. Pero esta se encuentra en una cueva sellada llena de monstruos.

—¡Por supuesto! —gritó Antonio.

Mathew sólo alcanzó a poner cara de horror.


Dampé/ El enterrador: Italia del Sur

Darunia: Corea del Sur


Espero que os haya gustado. Hasta pronto.