Un capítulo más de esta historia absurda. Muchas gracias por los reviews ^^

Disfrutad~


Capítulo 5: Volcanes, hadas y otras cosas.

Al salir de la cueva de los gorón con el brazalete que le permitía coger flores bomba y que Im-Yong-Soo le había regalado un poco porque sí, Mathew se dirigió hacia la derecha, donde se encontraba un gorón y una flor bomba justo al lado de un precipicio. Desde allí se podía ver la entrada tapada de la cueva, varios metros más abajo tras una caída en picado. El hyliano también contempló la flor bomba, que parecía pedir a gritos que alguien la arrancase y la lanzase precipicio abajo para hacer estallar la roca que bloqueaba la entrada de la cueva. Decidiendo cumplir con los deseos silenciosos de la flor, Mathew decidió probar. Y el blandengue del hyliano pudo arrancar la flor sin problema, haciendo que se activara al instante. Dejando que cundiera el pánico, Mathew lanzó la bomba precipicio abajo para que no le explotase en la cara. La pared se rompió gracias a la explosión y la entrada a la cueva volvió a estar abierta para que entrase todo el mundo. Y allí donde hubo una flor bomba creció otra con un «puf». El gorón no se inmutó y Mathew y Antonio bajaron por la ladera de la cueva para llegar a la entrada, dónde descubrieron que todavía quedaba otra pared de rocas bloqueándola. Las flores bomba que había al lado se encargaron por Mathew y entonces él se internó en la cueva.

Para le hyliano, ver lo que le esperaba era una pesadilla. La zona en la que se encontraba era amplia y se encontraba elevada sobre un lago de fuego. Frente a él había una calavera gigante de un monstruo del cual esperaba que no quedasen familiares vivos. Y la única manera de atravesar el lago y llegar a la zona central y poder alcanzar las puertas de los laterales consistía en saltar sobre unas rocas estrechas y quebradizas que parecían romperse con la mirada.

Mathew se negó a dar un sólo paso más, pero Antonio le convenció de que siguiera; básicamente porque si no lo hacía, no podrían ayudar al príncipe Francis ni avanzar y se quedarían atrapados en esa zona para siempre.

El hyliano se resignó a su (mala) suerte y, con las piernas convertidas en gelatina, saltó hacia la primera roca. Ésta aguantó, estoica, y Mathew se apresuró a seguir avanzando, por si acaso. Fue hacia la parte de la izquierda y abrió un cofre que contenía un mapa del lugar viejo, quebradizo, lleno de polvo, casi ilegible y medio roído por los ratones. Éste hizo honor a su vejez y mal estado y se desintegró en cuanto Mathew lo tocó. Con un suspiro de resignación, Mathew se vio obligado a atravesar el lago de lava de nuevo para llegar a la otra parte. Una vez allí, atravesó el túnel y se enfrentó a unos monstruos que explotaban al morir, además de encontrar una puerta y un botón azul en el suelo. Si Mathew lo pisaba, la puerta se abría; pero en cuanto se apartaba, la puerta se cerraba de nuevo. Antonio tardó bastante en descifrar el mecanismo del puzle, pero Mathew ya había comenzado a empujar una extrañ, pesada y enorme estatua de piedra hacia el botón, quedando tan agotado que casi escupe sus pulmones. Cuando la puerta se abrió, llegaron a una sala completamente cubierta de lava que flotaba misteriosamente (porque la sala inferior NO tenía lava y no había nada separando una y otra sala) con algunas piedras (flotando misteriosamente también) y un par de lizalfos que no dejaron al chaval en paz, obligándole a jugar al pilla-pilla.

Tras mucho correr y recibir muchos gritos inútiles por parte de Antonio, quien revoloteaba a una distancia segura, Mathew fue capaz de acabar con ellos sin tener ni idea de cómo. La otra puerta se abrió y el chico pudo avanzar. Allí se encontró con dos Dondongos hechos y derechos, con brazos, una piel dura como una roca (literalmente), escupiendo fuego y explotando al morir también.

Mathew encendió todas las todas las antorchas y pulsó un botón que accionaba las rejas de la puerta que se encontraba al otro lado del lago de lava de la primera zona.

—¡¿Por qué?! —chilló, desesperado, al ver que eso no se acababa nunca.

Antonio intentó razonar con él, pero el pobre Mathew estaba histérico después de que cinco dodongos le hubiesen intentado explotar en la cara y la pesadilla todavía no fuera a terminar pronto. Pero, resignado a su suerte y aún con lágrimas en los ojos, Mathew se apresuró a continuar hasta llegar a una sala en al que había tres estatuas custodiando un cofre. El hecho de que al entrar en ella, una verja descendiera por la puerta, impidiéndole salir, le dio muy mala espina. Pero el crío inocente se acercó a las estatuas para empujarlas y recoger su tesoro cuando una de ellas cobró vida y empezó a pegarle dando saltitos. Mathew retrocedió sin prisas porque la estatua era muy lenta, y le lanzó una flor bomba que había por allí. Ésta explotó, haciendo que la estatua también saltase por los aires.

—¡¿Por qué aquí todo explota?!

Antonio se rió solo.

—Eh, Matt, ¿te imaginas como sería la explosión de algo del tamaño del cráneo ese que vimos en la entrada? —le preguntó, sonriente.

Al hyliano casi se desmaya sólo de pensarlo. Se apresuró a abrir el cofre para quitarse malos pensamientos y a que allí sólo había una brújula rota. Después salió de allí y subió por unas escaleras celosamente custodiadas por una ejército de flores bomba que le miraba mal literalmente y llegó a una sala en la que un keese envuelto en llamas, pero misteriosamente vivo, tuvo la bondad de quemarle el escudo hasta reducirlo a cenizas. El hyliano se lo agradeció partiéndole en dos.

Mathew siguió avanzando por la cueva, cruzando un puente colgante sobre lava, acabando con lizalfos y dodongos, realizando puzles que insultaban a su inteligencia, encontrándose con un saco de bombas (100% tripas de Dodongo. Última existencia en las Rebajas Mortales de la Montaña de la Muerte) para poder hacer explotar lo que él quisiera cuando él quisiera y con veinte bombas dentro porque sí. Tras eso, llegó a la sala inicial, ero por un piso superior junto al cual había una piedra con un poema grabado:

«¡Oh, Dodongo, oh, Dodongo! ¡Cuán rojos son tus ojos! ¡Oh, Dodongo, oh, Dodongo! ¡Cuán verdes son tus mocos!»

Mathew y Antonio se miraron tras leerlo. Pero como no eran críticos literarios, sino dos pobres desgraciados a los que les habían encasquetado la misión de salvar al mundo de un pirata borracho y con mal gusto, se limitaron a avanzar por el puente colgante que había sobre el cráneo y dejar caer un par de bombas sobre los ojos. En vez de el cráneo reventar, los ojos se volvieron rojos y la boca se abrió, revelando una puerta.

Mathew cogió otro escudo de madera que había en un cofre cercano y, tragando saliva por no encontrarse nada raro y sobrevivir, se tiró puente abajo y entró por la puerta. Tras avanzar un poco más, llegó a una sala con un enorme lago de lava en el centro y un pequeño caminito de piedra por el que avanzar.

Y detrás del hyliano se encontraba el Rey Dodongo, también conocido como Godzilla y con la capacidad (sin duda) de crear una explosión impresionante al morir. Tenía un hambre tremenda y estaba más que dispuesto a zamparse a Mathew de un bocado, tal y como demostró al abrir la boca y aspirar con todas sus fuerzas. Mathew consiguió agarrarse al suelo y evitar terminar dentro de la boca de aquel monstruo, así como Antonio se agarró a su pelo. No tuvo tanta suerte una de las flores bomba que había por allí, decorando la sala; y que fue cruelmente devorada por el monstruo-aspiradora. La plana se vengó explotándole en el estómago y, el monstruo, enfurecido, comenzó a perseguir a los intrusos rodando porque correr estaba muy visto. Ellos huyeron pero, el dodongo, con mucha mala suerte, se chocó contra una pared, rebotando y cayendo al lago de lava, y desintegrándose al instante (sin explosiones inimaginables de por medio).

Como el jefe de la mazmorra había muerto, un teletransportador azul apareció en medio de la lava, y el hada no tuvo otra que usar sus casi inexistentes fuerzas para llevarle al mismo y dejarle caer, mientras el hyliano rezaba por no fundirse en la lava. El teletransportador pareció oír sus súplicas, porque en lugar de arder por los cuatro costados, aparecieron fuera de la cueva.

Ya a salvo, vieron como llegaba Im-Yong-Soo, el cual, y gracias a una fuerza superior, sabía que el chico había tenido éxito. Le abrazó hasta romperle a mitad de los huesos y le manoseó los pechos hasta quedarse a gusto. Después le comenzó a contar como la culpa de todo la tenía un hombre rubio con armadura hortera que había exigido la piedra espiritual del fuego. Después le entregó el preciado objeto en recompensa por haber ayudado a los gorón y le recomendó ir a ver al Gran Hada que vivía en la cima de la montaña. Tras esas palabras, comenzaron a llover gorones y a acercarse a Mathew cuales zombies hambrientos de cerebros de niños hylianos. El pobre Mathew tuvo que huir para salvar la vida y el resto de los huesos que no le habían roto todavía corriendo montaña arriba. Tras cruzar la zona por la que llovían piedras protegiéndose con el escudo de metal (se quedaba debajo de él, para ser más exactos), subió por una ladera convenientemente decorada con tablones de madera hasta llegar a la cima. Allí se encontró con el búho Toris de nuevo mirándole afablemente.

—¿Sabes, Matt? —habló el animal al verle— El anillo de humo de la Montaña de la Muerte refleja su estado de ánimo—le explicó muy serio, como si eso no fuese una memez increíblemente impresionante—. Y ahora debes ir a ver a Gran Hada que vive aquí al lado, tras las rocas que te impiden seguir. Te dará un nuevo poder. Y no vayas hacia el cráter, que te derretirás en vida. —le advirtió, refiriéndose al camino que había a su izquierda.

Mathew obedeció y, tras volar la pared, siguió avanzando. Llegó a una especie de túnel con paredes de mármol frente del cual se abría un pequeño camino del mismo material, rodeado por una charca y en la cual terminaban dos suaves cascadas de agua. Otro misterio que añadir a la lista es como el agua no se evapora, teniendo en cuenta que está al lado de un cráter activo y lleno de lava bastante calentita. Bueno, al final del camino de mármol había un dibujo de la Trifuerza hecho con ceras y un estanque con agua.

Imaginándose lo que había que hacer, Mathew sacó la ocarina y tocó la Nana de Francis. Entonces comenzaron a oírse disparos furiosos y un chapoteo al salir un joven rubio con boina y una escopeta, completamente empapado y el ceño fruncido, del agua. Mathew se acongojó al ver el arma, pese a que no debería conocer su propósito porque tampoco hay armas de fuego en este mundo.

—¡Maldita sea! —gruñó el desconocido, mientras se colocaba bien la boina—. Mira que le tengo dicho al búho que no vaya diciéndole a la gente por ahí como entrar—entonces pareció reparar en la presencia de Mathew—. ¿Quién eres y que haces atreviéndote a entrar en mi casa? —exigió saber, mientras le apuntaba con la escopeta.

A Mathew casi le da un soponcio, de manera que Antonio tuvo que responder por los dos, como era ya habitual. Al saber que querían salvar el mundo, el de la escopeta pareció relajarse.

—Bueno, yo soy Vash, Gran Hada del Poder. Esta es mi ayuda.

Y, a continuación, les tendió una pistola de gran calibre. Mathew y Antonio la miraron fijamente.

—No sé usar eso—murmuró Mathew tímidamente.

Vash soltó un suspiro hastiado.

—Oh, por la diosa Lily.

—¿La tuya no es la diosa Seychelles?

—¡He dicho por la diosa Lily! —replicó con un grito, asustándoles—. Bueno, entonces haré otra cosa.

Vash cogió su escopeta, les apuntó y disparó antes de que pudieran escapar. Mathew casi muere del susto otra vez, peor entonces notó que brillaba un poquito y que no estaba muerto ni herido.

—Ahora podrás lanzar un rayo con la espada cada vez que hagas el ataque circular, pero eso consume magia. Y debes visitar a las demás hadas para que te den más poderes. Una se encuentra cerca del Castillo de Hyrule. Y, ahora, ¡fuera de mi casa! —les echó, antes de desaparecer en el agua de nuevo.

Antonio y Mathew decidieron irse cuanto antes, por si acaso, y Toris, que seguía esperándoles fuera, se ofreció a bajarles volando ( y dando un rodeo). Ya en Kakariko (y evitando pasar por el cementerio por si acaso), Mathew se dirigió a la Pradera de Hyrule para poder seguir el consejo de Vash. Se detuvo en la Ciudadela par pagarle a Gupta por las máscaras y coger las dos que quedaban, y continuó hacia el castillo para llegar a un desvío del camino en el que había una roca. Puso una bomba y avanzó por el hueco que reveló la explosión. Entonces llegó a un lugar similar a aquel en el que vivía Vash, pero hecho enteramente de hormigón y concreto. Mathew tocó la Nana de Francis de nuevo y del agua salió un niño de su edad que le recordaba vagamente al hombre de la armadura hortera que era el mal, según el príncipe Francis.

—¡Hola! —saludó el recién salido del agua—. Soy Peter, el Gran Hada de la Magia. Vash me dijo que vendrías. Toma—le comentó, mientras le entregaba unas especie de caja romboidal con una esfera roja dentro—. Con él podrás crear llamaradas. ¡Y yo soy independiente de Vash, te diga lo que te diga! —les gritó, antes de desaparecer en el hada de nuevo.


Personajes por orden de aparición:

Gran Hada del Poder: Suiza

Gran Hada de la Magia (primera): Sealand


Hasta pronto :3