Aquí tenéis otro pedacito de felicidad (?) y desvaríos de una servidora.

Disfrutad~


Capítulo 6: Cosas que pasan cuando un guardián decide comerse a sus protegidos

Una vez más en la pradera de Hyrule, Mathew y Antonio decidieron continuar con el viaje. Cuanto antes continuasen, antes terminaría, y el hyliano no veía el momento de acabar con toda esa locura y poder tumbarse de nuevo en su cama tranquilamente, siendo agraciadamente ignorado por todos su compañeros kokiris, así como invisible. Y, aunque para Mathew los deseos del hada eran una incógnita (aunque se podían resumir en echarse una buena siesta un día soleado), estaba claro que también tenía ganas de tomarse un merecido descanso. De tal manera que ambos, hyliano y hada, ni cortos ni perezosos, comenzaron a ascender la corriente del río para llegar hasta la zona en la que vivían los zora. Y, sí, había sido la inspiración divina la que les había indicado que ese era el lugar en el que se encontraba la última piedra espiritual necesaria. Concretamente, fue Natasha quien se lo dijo después de que ellos, totalmente perdidos, tocasen la canción para poder hablar con ella. la conversación fue, más o menos, así:

—¿¡Por qué me molestas y qué es lo que quieres?! —se oyó tronar y rugir la dulce y enfurecida voz de Natasha por haberla interrumpido mientras hacía... lo que fuera que estuviera haciendo.

—¡Maplemaplemaplemaplemaplemaplemaplemaplemaplemap le! —había chillado Mathew, histérico de terror.

—¡Hola, Natasha! —había saludado Antonio como si nada—. Estamos un poco perdidos. Ya tenemos dos piedras espirituales—explicó—. ¿Sabes dónde está la última?

—¡La piedra espiritual del agua la tienen los zora, idiota! Eso lo sabe todo el mundo.

—Ajá—asintió Antonio—. Y los zora viven ¿en...?

Natasha deseó poder teletransportar sus cuchillos. Para fortuna del hada, éste no se cumplió.

—En el origen del río zora—respondió la cosa más obvia del mundo.

—¡Ajá! —exclamó Antonio, comprendiendo— ¿Y cómo viven en el origen de un río?

Pero Natasha ya había cortado la conexión mental-musical (?) y nadie respondió.

—Bueno, no importa. ¡Vamos, Mathew!

Pero el hyliano hacía mucho tiempo que se había desmayado.


El pequeño hyliano tardó un día entero en recuperarse del susto y, para cuando despertó, Toris ya estaba a su lado, diciéndole que si quería encontrar a los zora, tenía que tocar la melodía de la familia real.

Cuando el búho se marchó, Mathew y Antonio avanzaron siguiendo el curso del río hasta su origen. El camino estaba húmedo y resbaladizo, y había plantas por todas partes, tiñendo el escenario de verde y azul gracias al agua. El hyliano habría disfrutado de verdad con el paisaje de no ser porque apenas sabía nadar, había muchas rocas afiladas como cuchillos que podían partirle en cachitos sólo con que las mirase, tenía que saltar a diferentes alturas (con el consiguiente riesgo de caer al agua) constantemente para poder avanzar, el río se retorcía de una manera muy extraña y los monstruos del agua no dejaban de lanzarle rocas cuando le veían, como si el chico fuera una diana.

Afortunadamente, Mathew consiguió llegar a una cascada de la que nacía el río y con el símbolo de la Trifuerza grabado en la piedra. Mathew se situó sobre ella y tocó la canción. Entonces la cascada, misteriosamente, dejó de echar casi toda su agua, quedando más seca que la mojama y revelando una entrada secreta y visible a simple vista, mientras la cámara se alejaba épicamente de nuestros protagonistas. Mathew saltó hacia la entrada.

Ya en la región de los zora, Mathew se limitó a avanzar hasta la cámara del rey. Éste no sólo era particularmente grande, sino que llevaba una extraña máscara blanca que impedía verle los ojos y un sombrero rojo un tanto raro (Mathew ignoraba que su nombre era «fez») y con un rulito extraño en la nuca. El rey zora se encontraba gritando barbaridades y moviendo a los soldados de un lado para otro mientras farfullaba más maldiciones contra nada ni nadie en particular (si bien mencionaba los gatos sarnosos con especial frecuencia).

—¡Mi hijo! ¡Mi hijo! ¿Dónde está el príncipe Elíseo*? ¡Como encuentre al que lo ha raptado, me aseguraré de que se arrepienta! —rugía, furioso. Entonces pareció reparar en la presencia de Mathew y le encaró— ¡Tú! ¡Has sido tú, ¿verdad?! ¡Te encarcelaré! ¡Guardias! ¡Guardias!

Y Mathew y Antonio se vieron obligados a correr por su libertad tirándose al agua y sin darse cuenta de que al hyliano se le había enganchado una extraña escama plateada. En el agua, y siendo perseguido por los guardias zora, se dio cuenta de que la escama le ayudaba a nadar y se metió por un agujero con la esperanza de salvarse.

El hyliano apareció en un lago enorme llamado Lago de Hylia (redundante, él) por ser el único lago que existía en todo el mundo, y al cual llegaban las únicas aguas del único río que existía en todo el mundo. Cómo pequeñas hadas y Grandes Hada tenían agua en sus fuentes, es otro de los muchos misterios de esa historia absurda.

Pero lo único que verdaderamente importa de esa parrafada es algo que no he comentado, y es que Mathew no estaba solo, y no porque Antonio revolotease a trompicones, luchando por secarse las alas y lograr ganar algo de altura; sino porque un zora les había seguido. Pero debía de ser un pacifista ecológico porque, en lugar de atacarles, se limitó a decir que el río arrastraba hasta el lago cosas muy diversas. Al ver que el zora no parecía tener intenciones de hacerle daño, Mathew se acercó a él para preguntarle qué era lo que había pasado con el príncipe, pero el ser acuático sólo repetía la misma frase una y otra vez.

Así pues, el hyliano interpretó que tenía que hacer de basurero y recoger esas «cosas diversas». Con un suspiro de resignación, comenzó a bucear y a sacarlas del agua. Entonces, bastante sorprendido, se encontró con una botella con un mensaje dentro. Se dirigió a la orilla (notando que el zora había desaparecido) y sacó el mensaje. Este decía: «Hola. Estoy dentro de Jabu-Jabu. ¿Puedes decirle a mi padre que no se preocupe? Elíseo»

—¿Jabu-Jabu? —se preguntó Antonio—¿Qué es eso?

—Es el pez guardián de los zora—les respondió una voz somnolienta tras ellos.

Ambos se giraron, sobresaltados, y vieron a un hombre joven de pelo castaño con un extraño rulo en la cornilla.

—Mi nombre es Heracles—se presentó— y vivo aquí. No hay nada mejor que una siesta a la orilla del lago. ¿Queréis dormir conmigo?

—¡Nos encantaría! —exclamó Antonio, ante la perspectiva de dormitar.

—¡Pero tenemos prisa! —se apresuró a añadir Mathew. Tras tanto tiempo junto, el pequeño hyliano sabía lo difícil que era convencer a Antonio de que ya era hora de levantarse. Y aún quería terminar con su misión cuanto antes—¡Tenemos que volver con el Rey Zora para rescatar a su hijo! —se inventó.

—¿Con Sadiq? —murmuró Heracles, algo molesto—. En el lago hay una entrada que te llevará al río zora.

—¡Muchas gracias! —gritó Mathew mientras comenzaba a nadar hacia el lugar (que era por donde habían venido, por cierto) mientras arrastraba a Antonio con él.

—¡Te prometo que un día nos echaremos una buena siesta los dos! —gritó Antonio.

Heracles les despidió con y se encogió de hombros. Después se tumbó para dormirse, como les había propuesto. De la nada aparecieron una miríada de gatos que se enroscaron a su alrededor y se durmieron con él.


De nuevo en el reino de los zora, Mathew quiso asegurarse de no había nadie vigilando. Descubrió que todos los guardias estaba alerta y al acecho para poder encontrar a aquel que había raptado a su legítimo heredero al trono. Le detectaron en cuanto un fragmento de sus verdes ropas asomó por la entrada y le apresaron sin miramientos. A Antonio le cogieron echándole agua para que no pudiera volar y metiéndole en un saco. Entre unas cosas y otras, el pobre hada casi se ahoga. Luego los zora les arrastraron en contra de su voluntad para llevarlos de nuevo ante la presencia del rey Sadiq. Éste parecía furioso.

—¡Ahora vais a decirme dónde está mi hijo! ¡Y, teniendo en cuenta que habéis vuelto desde el lago, seguro que estáis compinchados con el gato sarnoso ese que dice investigar! ¡Guardias, acabad con ellos!

—¡Pero si aún no te hemos dicho nada! —trató de razonar Antonio. Si los métodos del rey de razonar eran tan deficientes, no le extrañaría nada que el príncipe «despareciera» con frecuencia.

Entonces la lanza de uno de los zora chocó con la botella y la sacó del inventario invisible. Nadie supo nunca como ocurrió exactamente, porque sólo el Poseedor( o Poseedores) del Inventario era capaz de interactuar con él, pero ocurrió. Todos vieron la botella caer y les llamó la atención lo suficiente como para cogerla, sacar la carta y entregársela a su rey antes de convertir al niño en un colador.

—¡Una carta de mi hijo! ¿Y dice que se lo ha comido Jabu-Jabu? ¡Pero si es nuestro guardián! ¡Tiene que protegernos, no comernos! ¡Seguro que no es más que un intento de engañarme! ¡Guardias, acabad con ellos!

Y los guardias se dispusieron a agujerearles una vez más mientras ellos rezaban todo lo que sabían. Fueen ese momento en el que apareció un zora de la nada diciendo que habían encontrado algunas de las pertenencias del príncipe al lado de Jabu-Jabu, y que era probable que este se lo hubiera comido. Se hizo un silencio absoluto y un tanto incómodo.

—Bueno... —comenzó el rey enmascarado— desde que ese extraño hombre que va en barco por el desierto vino por aquí, el guardián se ha estado comportando de una manera extraña. Quiero decir, normalmente los peces no nadan panza arriba... ¡Pero seguro que te ha enviado ese doctor del lago!

—¡Somos enviados e la familia real de Hyrule! —trató de gritar Mathew, aunque apenas sonó algo más alto de lo normal.

Sadiq les miró fijamente. Venían del lago; ¡no podían ser de fiar! Pero estaba preocupado por su hijo y los zora tenían cosas que hacer y no podían ir a salvar al príncipe (nadar es eso que tienen que hacer, más importante que salvar al príncipe) de manera que no le quedó más opción que encomendarles a esos desconocidos la tarea de encontrar a Elíseo, así que comenzó a moverse lentamente hacia un lado para que pudieran acceder a un pasillo que llevaba hacia el pez gigante. El príncipe debía de poder atravesar paredes para llegar hasta Jabu-Jabu y que este se lo tragara. Luego les dijo que Jabu-Jabu era sagrado y que exigía ofrendas a cambio de poder entrar. Antonio y Mathew pensaron que dar una vuelta por el interior del guardián era más habitual de lo que parecía.

Y, así, Mathew se dirigió primero a una zona de aguas más bajas para poder atrapar un pez que darle al guardián. Tras perseguirles durante horas, darles espadazos, ataques circulares, lanzarles rayos y, más tarde, bombas; intentar asustarles con las máscaras que aún llevaba y tratar de asarlos con la magia del fuego; lanzó una nuez deku que los dejó ciegos y consiguió meter uno dentro de la botella. Los demás peces murieron de hambre porque ya no eran capaces de ver ni capturar alimento. Unos pocos sobrevivieron porque los zoras se dedicaron a cuidarlos como si fueran bebés y, con el tiempo, se convirtieron en la mascota preferida de muchos de ellos.

Mientras volvía hacia la entrada de Jabu-Jabu, Mathew detectó una alfombra que señalaba una sala que no había visto antes. Tras cruzarla se encontró en una tienda regentada por un zora con el pelo puntiagudo que le miraba con el ceño fruncido porque había interrumpido su lectura de poemas Amor de una Gerudo en el Desierto Gerudo. Antes de que Antonio se diera cuenta Mathew ya había huido.

Sin perder más el tiempo de manera voluntaria o involuntaria, se dirigieron a la zona en la que se encontraba el guardián de los zora. Este no era más que un pez gigantesco situado en un pequeño lago frente a un altar de piedra. Lo curioso era que, como bien había mencionado el rey, nadaba boca abajo. Y no porque hubiera estirado la pata (bueno, la aleta) sino porque quería. Mathew se acercó al guardián y dejó al pez en frente de él. En cuento lo vio (u olió, quien sabe), Jabu-Jabu se dio la vuelta a toda prisa y aspiró aire como si le fuera la vida en ello, demostrando que se trataba de un pariente lejano del Rey Dodongo, y tragando al pez, a Mathew y a Antonio en el proceso.

Una vez la boca del pez gigante se hubo cerrado, el hyliano comprobó que, para su horror, todo un ecosistema de monstruos vivía dentro del pez, además de unas extrañas burbujas que debían de ser de ácido sulfúrico. Tras contemplar el paladar del pez, lanzó una piedra con el tirachinas hacia una cosa blanca que había y una especie de compuerta palpitante y asquerosa se abrió, dejándole pasar. Mathew y Antonio avanzaron y, tras ser electrocutados salvajemente por una medusa voladora, descubrieron que dentro del pez también había cajas. Nunca supieron si el pez las había tragado o éstas surgían por generación espontánea. Tampoco les preocupaba.

Continuaron avanzando por la garganta hasta llegar a una extraña sala (o eso parecía) en la que había varios agujeros y una especie de tubo verde que se movía como si tuviera vida propia. Mathew no quiso ni acercarse a esa cosa. Entonces detectaron a un zora que vestía algo de ropa y que portaba una espada. Se sorprendió al verles y se acercó a ellos.

—Hola. ¿Qué hacéis aquí? Puedo ayudaros a salir, si queréis—se ofreció—. Mi nombre es Elíseo, el príncipe de los zora.

Mathew se extrañó de encontrarle tan tranquilo en un lugar tan perturbador. Antonio habló.

—¡Hola! Él es Mathew y yo Antonio. Nos envía a familia real de la ciudadela de Hyrule y venimos a salvarte de parte de tu padre.

Pero él se extrañó al oírles decir eso.

—¿Salvarme? ¿Y por qué ibais a salvarme?

El hyliano y el hada quedaron un poco desconcertados.

—¿Jabu-Jabu no te había comido? —preguntó Mathew.

El príncipe zora se rió.

—Oh, no. Vine a dar un paseo y explorar. ¿Y si vamos juntos? ¡Seguro que es mucho más emocionante!

Y antes de que el hyliano pudiera responder, el príncipe zora le agarró el brazo y se lanzó a uno de los extraños agujeros del suelo, arrastrando Mathew con él y obligando al hada a seguirles. Y, así, en contra de la voluntad del hyliano, para alegría de Elíseo y con un siempre sonriente Antonio, los tres se embarcaron en una aventura épica por las entrañas de un pez gigante, llena de extraños interruptores de moco, burbujas de ácido, gargantas profundas (y cerradas), masa muscular puntiaguda, vacas atascadas en las paredes de los intestinos, tentáculos violadores de colores, monstruos de todo tipo por todas partes, peces que navegaban entre los músculos, cofres de madera que tampoco veía a cuento pero que contenían un búmeran y otras cosas y se agradecía, más cofres del tesoro aparecidos por generación espontánea, campos magnéticos sin ninguna razón de ser, extrañas y perturbadores columnas de más masa muscular que se movían y te electrocutaban, más tentáculos violadores de colores y un monstruo con el que el príncipe acabó a base de espadazos, y en lugar de persiguiéndole como mandaba la norma. Sin embargo, a esta narradora no le pagan lo suficiente como para contar la historia completa.

Al final, ambos consiguieron llegar enteros (Mathew, un poco menos entero) hasta una sala en la que había una cosa gigante que despedía mucha, pero mucha electricidad. El hyliano quiso huir y el zora se lanzó a por él sin miramientos. El bicho, de nombre impronunciable, le electrocutó un poco. Pero el príncipe no se rindió, y después de que Mathew consiguiera golpear al monstruo con el búmeran y dejarlo lelo, Elíseo se lió con él a espadazo limpio. Después, la cosa se soltó de unos tentáculo de colores que lo tenían atado al techo y comenzó a rodar por toda la sala para intentar electrocutarles. Unos cuantos golpes más con el búmeran y la espada le hicieron convertirse en un tumor asqueroso y explotar.

Tras la pelea, apareció una luz azul en mitad de la carnicería y, mientras el zora le felicitaba por haber luchado tan bien y le proponía repetirlo, se dirigieron a ella. Mathew declinó la oferta amablemente. La luz los llevó a un tronco cualquiera caído al lado del pez guardián gigante. Mathew resbaló y, tras pegares un trompazo contra una rama, cayó al agua. Elíseo se tiró tras él y le entregó el Zafiro de los zora, la última piedra espiritual. No le dijo nada sobre que se trataba de una especie e anillo de compromiso. Eso era tonterías que se inventaban las zoras soñadoras que querían casarse con el príncipe.

Así, Mathew consiguió las tres piedras sagradas que tanto sufrimiento le habían causado. Ya faltaba poco para que pudiera descansar de una vez por todas.


Elíseo: Tras realizar una pequeña investigación, creo que es el nombre masculino más parecido a una contraparte de Elizabeta, de manera que le llamé así ; ) Y el nombre está en español en lugar de húngaro porque... porque... porque sí (Fue lo único que encontré, no me peguéis ;_;)


Personajes por orden de aparición:

Rey Zora: Turquía

Ruto: Hungría

Científico del lago: Grecia