¿Echabais de menos la locura? Pues ha vuelto.

Disfrutad~


Capítulo 7: Demasiadas fuentes para tan poca agua y ocarinas asesinas

Tras la experiencia de visitar un pez por dentro y conseguir la última de las piedras espirituales, Mathew quiso llorar de alegría. Faltaba poco para salvar el mundo y poder olvidarse de toda esa locura. Pero lo primero era lo primero, y tenía que ir a ver al príncipe Francis para avisarle y preguntarle qué se suponía que debía hacer a continuación, de modo que volvió por donde había venido. El camino era empinado y tenía curvas absurdas, así que el pobre hyliano se despeñó un par de veces. En una de ellas acabó en el agua y, a pesar de que la escama le permitía nadar, casi se ahoga por culpa de la fuerza de la corriente. Nada de lo que Antonio no intentase consolarlo diciendo que había pasado cosas peores. Pero agotado, empapado y helado; Mathew no era capaz de ver exactamente qué tenía eso de bueno. Por lo menos llegaron a la ciudadela rapidito. El problema surgió cuando se dieron cuenta de que, a pesar de ser pleno día, el puente estaba subido, y que si se acercaban, el cielo se oscurecía misteriosamente. Presintiendo que lo que iba a ocurrir no era demasiado bueno, el hyliano decidió dejar la visita real para otro momento.

Volvió al Bosque Kokiri para ver de nuevo a todos los compañeros con los que había convivido toda su vida hasta que el Gran Árbol Roma le habló sobre su destino, y los cuales apenas le veían más que de vez en cuando debido a su invisibilidad. Tras comprobar que su casa seguía en las misma condiciones en las que la había abandonado y que nadie parecía reparar en su presencia (salvo el extraño vendedor que tanto asustaba al hyliano y que parecía encontrarse por todas partes) se dirigió al bosque perdido sin saber muy bien por qué. Cuando entró, se dio cuenta de que a canción seguía sonando, pero que ya no era más fuerte si iba por el camino correcto, de manera que no sabía por dónde ir. Como si se perdía no pasaba nada, simplemente eligió una salida al azar. Terminó en una zona vacía salvo por un tocón y una rama. Sobre ella había un niño vestido con ropas raras y gruesas cejas que se dedicaba a hacer explotar petardos. Mathew se dio un susto por culpa del ruido, y se le cayó una de las máscaras que había cogido para terminar de entregarlas todas. El chico dejó los explosivos unos segundos para acercarse y examinar a máscara. No era bonita, pero llevaba mucho tiempo queriendo una sin saber por qué y no pensaba quejarse. Le pagó a Mathew por ella y se la quedó.

Un poco desconcertado, ambos protagonistas continuaron su camino para seguir perdiendo el tiempo. De nuevo en la llanura, vieron a un chico joven y algo atlético que se dedicaba a correr constantemente, sin detenerse para nada. Antonio sintió mucha curiosidad al verle, de manera que instó a Mathew a que le siguieran y le preguntasen por qué no paraba. Pero el corredor rubio no les contestó y el hada fue tan insistente que el hyliano se vio obligado a seguir al desconocido el resto del día hasta que, al caer la noche, se detuvo misteriosamente. Y parecía muy aliviado.

—¿Por qué nos ignorabas? —exclamó Antonio, por haber estado volando todo el día detrás del corredor. Mathew estaba tan cansado que ni siquiera podía hablar.

—Lo siento—se disculpó él, mientras recuperaba el aliento —. Mi nombre es Tino y sufro una maldición que me obliga a correr desde que sale el sol hasta que se pone, ignorando todo lo que me rodea sin poder evitarlo. La única manera de quitarme la maldición es ponerme la legendaria máscara de conejo. Pero nunca he conseguido encontrarla—se lamentó.

Entonces Mathew recordó que habían conseguido una en la tienda de las máscaras felices y decidieron ofrecérsela. A Tino le brillaron los ojos y les llenó la bolsa de rupias por completo a modo de agradecimiento, ahuyentando definitivamente todas las arañas que aún persistían en el intento de vivir en la ya no tan vacía bolsa de rupias de Mathew.

A la mañana siguiente se despidieron sin que Tino tuviera que correr como si le fuera la vida en ello, y decidieron volver al río zora. Que dieron una vuelta tonta, vamos; pero cualquier sitio parecía mejor que la ciudadela. De manera que, tras intentar no matarse de nuevo subiendo río arriba, volvieron al territorio de los seres acuáticos. Saludó al príncipe y fue hasta el lago de Jabu-Jabu. Pero como esa vez no tenía nada que ofrecerle, el enorme pez le ignoró. Mathew nadó hasta una zona con tierra firme en la que destacaba una roca oscura. El hyliano puso una bomba para que estallase, pero fue toda la pared contigua la que voló en pedazos. Nada tenía sentido, pero al menos podían acceder a una cueva secreta, de manera que quedaron conformes.

Una vez allí, comprobaron que las paredes eran de mármol y que había agua por todas partes, confirmando que estaban a punto de encontrarse con otra de las grandes hadas. Mathew no sabía cómo sería su personalidad, pero tocó la ocarina para descubrirlo. La respuesta consistió en un hombre muy alto con un abrigo muy grueso y una bufanda. Mathew se sintió un poco intimidado por el tamaño, pero no le pareció especialmente desagradable... hasta que vio el grifo de metal que tenía en una de sus manos. Extrañamente, toda el agua de la zona se había congelado y la temperatura había descendido mucho.

—Soy el Gran Hada de la Magia, Iván. Te ayudaré si accedes a hacerte uno conmigo, ¿da?.

Ni Mathew ni Antonio sabían a qué se refería exactamente con eso, pero estaban seguros de no querer saberlo. Ni ese día ni nunca.

—¡Pero se supone que nosotros somos los héroes y que tu tienes que ayudarnos sin compromiso!

—¡Pero no es justo, da! —protestó el Gran Hada—. Yo llevo aquí encerrado toda la vida y estoy muy aburrido, da.

—¡Hemos abierto una entrada que ya no se cerrará nunca! Eres libre de ir dónde quieras—trató de razonar Mathew.

Iván contempló el agujero por primera vez y decidió que su libertad sería precio suficiente. Al fin y al cabo, si salía de allí, el mundo se haría uno con él, ¿da? De manera que empuñó su grifo y se lanzó contra el hyliano mientras este gritaba de terror. Golpeó el suelo a escasos centímetros del chico para revelar una baldosa sobre un compartimento secreto. Allí se encontraba escondido un objeto similar al de Peter, pero con una esfera verde. El Hada la cogió y se lo entregó a Mathew.

—Esta es mi ayuda, da. Se trata del Viento de Lily. Cuídalo bien.

El hyliano lo cogió con una mano temblorosa. Iván caminó hasta la salida y nunca más se le volvió a ver, convirtiéndose por siempre en un Fugitivo de la Policía Interdimensional de los Personajes que Ayudan a los Protagonistas. Su captura tenía el precio más alto de todos. Nunca le encontraron.

Mathew se desmayó.


Cuando recuperó la consciencia, estaba amaneciendo de nuevo; y como no tenía nada más con lo que perder el tiempo, no le quedó más remedio que ir a la Ciudadela de Hyrule y desencadenar la sucesión de eventos inevitables para continuar con todo ello. Hacía un día hermoso que empeoraba cuanto más se acercase a las murallas de piedras.

Finalmente, se acercó lo suficiente: la cámara enfocó a la Montaña de la Muerte con su halo celestial rodeado de nubarrones aparecidos de repente mientras caían relámpagos varios, igual que cada vez que iba a ocurrir algo malo o el malo de turno hacía su aparición. Comenzó a llover de repente y el puente de madera bajó. Al poco rato apareció un caballos al galope sobre le que montaban el príncipe Francis y su ayo Alfred. A pesar de las terribles circunstancias en las que se encontraban (y que Mathew aún ignoraba) el sheikah reía a carcajada limpia, feliz porque al fin podría demostrar que él era el único héroe de esa historia, mientras sujetaba las riendas con una mano y con la otra agarraba una hamburguesa y un refresco. Era increíble que no se hubieran caído todos del caballo todavía.

Francis, por otro lado, parecía mucho más afectado por la situación. No sólo tenía que llevar esa horrible ropa de fugitivo que no combinaba con nada o tener que subsistir con la comida de Alfred le preparase, sino que esa situación se prolongaría mucho tiempo. Y no sabía que era peor, si lo que cocinaba Alfred o lo que destruía el gerudo. Porque a eso no se le podía llamar «cocinar».

Entonces el príncipe detectó a Mathew y, sabiendo que era el único que podía salvarlos a todos del horrible destino en que ese hombre malvado que no conocía el gusto por la moda ni por la comida dominase el mundo, le lanzó la legendaria Ocarina del Tiempo. Esta se estrelló contra la cara del hyliano, golpeó al hada de rebote y cayó al foso que rodeaba la ciudad. Entonces, caballo y jinetes desaparecieron.

Mathew se giró y contempló a otra montura negra con un hombre encima cuya cara estaba siendo devorada por dos entes malignos de oscuridad. Pero, una vez más, resultó que sólo eran sus cejas. El caballo se encabritó porque sí y el Hombre de Las Orugas Peludas; quiero decir, el Hombre del Desierto (de las Gerudo, en realidad, pero ese título queda demasiado porno para esta historia) soltó un montón de improperios muy poco adecuados para el caballero que decía ser (cosa que Mathew desconocía también). Entonces percibió la presencia del hyliano. El pobre chico estaba temblando, la frente le dolía y Antonio no le podía defender porque el golpe con la Ocarina aún lo tenía algo atontado.

—Mi nombre es Arthur Kirkland, y me preguntaba si podríais ayudarme. Resulta que estoy persiguiendo a unos malhechores que se han escapado. Eran dos e iban a caballo. ¿Los habéis visto? ¿Podríais indicarme por donde se han ido? —un caballero es un caballero, no importan las circunstancias, y ha de tratar a su enemigo con cortesía. Especialmente si aún no sabes que lo es.

Pero Mathew se encontraba tan aterrado por sus cejas... digoooo, su presencia, que no pudo responder. Para desgracia de Mathew, Antonio se recuperó en ese instante:

—¡Nunca te lo diremos! ¡Y te derrotaremos para devolverle la paz a este mundo!

—Entonces lo sabes—confirmó el malvado Arthur, con una sonrisa de suficiencia.

Antonio comenzó a golpear al rubio subido a caballo con todas sus fuerzas, pero éste se deshizo de él de un manotazo. El hyliano quiso desmayarse de nuevo en esta historia, sin éxito. Sin embargo, el gerudo debió de decidir que su presa ya estaba lejos y se limitó a marcharse amenazándoles para que no se metieran en el camino de un pirata como él. Mathew salió del shock, las nubes desaparecieron mientras Antonio también daba muestras de recuperare milagrosamente y, tras recoger la Ocarina que continuaba olvidada en el fondo del foso, fueron hacia la cercana ciudadela.

En el instante en el que entraron, Antonio fue azotado por una visión que debería haber tenido el hyliano pero que, debido a su aparente incapacidad, recibió el hada. La visión consistió básicamente en un mensaje de Francis diciéndoles que llegaban tarde, pero que podrían solucionarlo todo si aprendía una canción más de las seis notas de siempre. Luego decía que tenían que ir al templo del tiempo y tocarla frente al altar, así como que las cosas estaban muy mal y que no necesitaba empeorarlas.

Como intuían que si no avanzaban, nada seguiría su curso natural, ambos se dirigieron al susodicho templo aunque no sin antes hacer una parada frente a la Tienda de las Máscaras Felices para decirle a Gupta que ya las habían vendido todas. Él lo celebró lanzando confeti sin que la expresión de su cara cambiase lo más mínimo y les prestó para siempre una de color blanco con un ojo que no tenían que vender. Como no les dijo nada más, ellos se dirigieron al templo, pues ya habían perdido tiempo suficiente.

Éste se trataba de un edificio de piedra más similar a una iglesia cristiana que a un templo politeísta; o lo que uno se imagina de un templo politeísta. Aunque el nombre era «Templo del Tiempo», cosa que resultaba desconcertante. ¿Acaso adoraban al tiempo como a un dios? ¿Y entonces qué pintaban las Tres Diosas Doradas? Nadie lo sabía con certeza (no, ni ellos estaban seguros. Había todo tipo de opiniones), pero lo importante era que al fondo se encontraba la Montaña de la Muerte, y que hacía bonito.

Al entrar en el edificio, la cámara mostró un lugar totalmente cubierto de mármol cual fuente de una Gran Hada, y en el que sonaba una versión muy guay de la canción que acababa de enseñarle Francis de manera extraña y telepática. Del templo colgaban varias lámparas con forma de Trifuerza y al final había un altar con el mismo símbolo, junto con otro más oscuro; además de una alfombra roja y dorada y otro altar con tres huecos (junto con una puerta cerrada y varias columnas que no venían a cuento, pero que también hacían bonito). Mathew se dirigió al altar, pensando en qué era lo que tenía que hacer. Destacaban tres huecos dorados.

—¡Tienes que poner las piedras en el hueco correcto! —adivinó Antonio, tras mirar el altar largo rato.

Pero Mathew ya se había dado cuenta hacía bastante y el único motivo por el cual no lo había hecho todavía era porque resultaba ser un poco canijo y no llegaba bien al altar. Por suerte encontraron una inscripción que llevaba delante de ellos todo el tiempo y que les recomendaba tocar la canción del lugar. El hyliano obedeció porque no tenía ninguna idea mejor y, cuando acabó, las Piedras Espirituales comenzaron a flotar como si hubiesen adquirido vida propia y quisieran rebelarse contra aquel que las poseía en ese momento (quien sabe si darle una paliza también). Pero en lugar de atacar al hyliano, al hada o a ambos se limitaron a brillar, quemándoles las retinas, y a colocarse en el hueco correspondiente. Sin embargo, no quedaron encajadas, sino que permanecieron flotando como si de se tratasen de entes místicos con voluntad propia. Y nada ni nadie pudo las mover jamás por los siglos de los siglos.

Y, en ese momento, el símbolo de la Trifuerza que adornaba la puerta cerrada que tenían en frente comenzó a brillar, abriendo la puerta y permitiéndoles el paso mientras una música épica sustituía los cantos místicos anteriores. Mathew y Antonio atravesaron el hueco sin más ceremonias. En la sala contigua vieron un pedestal en el cual descansaba la Espada Maestra que sólo el elegido de las Diosas podía empuñar. Se suponía que sólo aparecía en las leyendas y que nade conocía su aspecto verdadero, pero en los mercadillos de las fiestas siempre había varios puestos en los que se vendían replicas de madera exactas para que los críos aniquilasen los ahorros de sus padres y pudieran darse mamporros entre ellos.

Antonio quedó anonadado por el descubrimiento. Mathew también estaba sorprendido, pero quería acabar con esa locura cuanto antes y no se durmió en los laureles, dándose prisa para agarrarla. Sin embargo, cuando quedó frente al pedestal, dudó. La espada era casi tan grande como él, y si ya le costaba controlar la kokiri, se le antojaba un misterio el cómo conseguirá dominar eso. Pero Antonio sacó unos pompones diminutos no se sabía muy bien de dónde y comenzó a animarle. Al final, pensando que no podía ocurrir nada peor que hacerse un corte de vez en cuando, se decidió a sacarla. Subió al pedestal y la agarró. Tiró con fuerza y consiguió liberarla de su prisión de piedra.

«Me alegro de volver a verle, Maestro» se escuchó una voz en la cabeza de Mathew «Sin embargo, hay un 0% de probabilidad de que pueda interactuar con el Maestro a partir de este momento, de manera que cesaré la comunicación»* Y antes de que Mathew pudiera hacerse siquiera una pregunta al respecto, una luz azul comenzó a salir por todas partes y se quedó ciego.

En un lugar indeterminado en una época ignota, Arthur Kirkland se regodeaba en su suerte bebiendo uno de sus tés preferidos, dentro de su camarote de capitán en el barco, en el presente. Misteriosamente, Arthur podía oír todo lo que decía. Y, además, el malvado ser de cejas mutantes parecía dirigirse a él. Eso o el crío comenzaba a volverse paranoico con tanta aventura absurda. La risa malvada del Pirata del Desierto interrumpió sus pensamientos.

—No te mentiré, crío de verde. No tenía ni idea de que tú tenías las llaves ni de dónde se encontraban el Poder Sagrado o el Reino Sagrado. ¡Pero gracias a ti lo he descubierto!

Y luego volvió a reírse como el buen malvado de esta parodia estúpida que era; se bebió algo más de té y volvió a revisar las cartas de navegación, no fueran a encallar otra vez en arenas movedizas. Sacar el barco era una pesadilla y la última vez había sufrido dos motines.


Voz: Se trata de Fay, el espíritu de la Espada Maestra del Skyward Sword. No pude evitar ponerle un guiño.

Personajes por orden de aparición:

Skull kid: Hong Kong

Corredor: Finlandia

Gran Hada de la Magia: Rusia


Nota estúpida: A pesar de que describo a Rusia vestido normal, no puedo evitar imaginármelo con las ropas del rey de tréboles ._. (Cadverse, vamos)

Nota estúpida 2: Me siento mal por meterme tanto con las cejas de Arthur, pero no puedo evitarlo xDDDD


Hasta pronto :3