Infamia y deshonra a la cruel Rumiko, por crear tal desgracia, ilusionándonos como un vicio. De ella es toda la culpa que nosotros esclavizados la imitemos, hasta perder todo aliento de esperanza, a su obra de Ranma ½ tan dulcemente, como a la vez inconclusamente, elaborada.


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CUENTOS DE LA LUNA TALLADA

-2013-

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El rey loco paciente aguardó.

¿Quién se atrevió así tan ciego?

Al que primero osado narró

Qué mal, ¿sobrevivió a aquello?

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Eternamente hermosa

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Era tan hermosa. La manera en que se entregaba a él cada noche aceptando sus más dedicadas promesas de amor. Ella era dócil, sumisa a todos sus ruegos, dispuesta y cándida a recibirlo. Antes jamás se lo permitiría. Lo rechazaba con brusquedad, lo odiaba, le gritaba: «pato estúpido»; y laceraba su corazón con odiosa indiferencia.

Había cambiado tanto desde entonces que se admiraba.

Las manos le temblaron de emoción, con la misma intensidad e igual timidez que la noche primera que gozaron juntos. Las deslizó por los muslos suaves; tan delicados, femeninos, frágiles. Y espero. Ella en silencio aprobó su rudeza, lo hizo valiente, subió las manos hasta alcanzar la piel por debajo del ajustado vestido chino, en búsqueda de la prenda íntima que ocultaba el último de sus secretos.

No se detuvo. Azorado, con la respiración agitada de un animal en celo. Las manos se enredaron con los bordes de la delicada prenda y la jaló, arrastrándola hasta que apareció por debajo del vestido. Ella dejó caer una pierna, juntándolas, ayudándolo en la tarea cuando terminó de llevar las bragas hasta los tobillos y, con un cuidado casi sagrado del cuerpo tan amado, la sacó por debajo de uno de sus pequeños pies dejando que colgara alrededor del otro; olvidándose de la prenda con la misma rapidez con que antes lo había obsesionado.

Antes la guerrera tan dominante, siempre dirigiéndolo, siempre castigándolo con su férrea voluntad y su corazón inconmovible; ahora lo miraba con sus ojos oscuros y profundos. Y se dejaba hacer, tocar, lamer, adorar, amar. Recostada de espaldas parecía haberse acomodado únicamente para él.

Era dichoso, no sabía cómo expresarlo con palabras. Finalmente ella había aceptado sus sentimientos. Cada noche era igual para los dos. Ella pagaba con sus gestos solícitos, con su silencio afectuoso y una sumisión tierna, todo el daño que antes le había provocado con su frialdad.

Desabotonó el vestido. Y ella no detuvo su mano como antes hubiera hecho. Abrió el todo su escote y expuso la belleza de tan exuberantes senos. Los acarició con la punta de los dedos, jugó como un niño buscando el alimento, insaciable, humedeciendo con la boca, apretando con fuerza.

Impaciente levantó el borde inferior del vestido hasta las angulosas caderas. Ya nada podía ocultarse de la mirada voraz del joven amante. Pero ella nunca fue recatada, ni se avergonzó de exponerse a su pasión. Mientras la besaba con ardor, cuando ansioso ya no aguantaba más esa presión bajo su vientre, deslizó su túnica bajándose los pantalones. Acomodó las rodillas empujando con cuidado las piernas de la amazona que se abría únicamente para satisfacer su necesidad.

El aroma dulzón de la habitación lo estremeció como cada noche. Entonces se recostó sobre ella, fundiéndose ambos como uno. Se hundió en su cuerpo, afirmándola por las caderas. La otrora orgullosa guerrera ya no cedía a la arrogancia. Porque en sus brazos era muy distinta: sumisa, dócil, delicada, entregada únicamente a su placer.

Como siempre la vieja Cologne había estado en lo cierto: la última pócima que entregó a su bisnieta para apoderarse del corazón de Ranma no había fallado. Lo que Shampoo nunca imaginó es que Mouse había escuchado el plan. El mismo día en que ella se preparaba para salir y ejecutar su propósito, él fue más astuto y hurtó la pequeña botella de cristal púrpura. Y ya no cometiendo dos veces el mismo error de cuando la dejó escapar en Jusenkyo, no dudó en usarla en ella misma para ganarse eternamente su afecto.

¡El resultado jamás pudo ser mejor! Se jactó de su victoria, mientras arremetía con todo su vigor, sudando, devorándola con húmedos besos. Y ella, al fin tan sumisa a sus deseos, se estremecía bajo cada embestida, como si únicamente existiera para complacerlo.

Enloquecido por la lujuria, los oídos del joven Mouse zumbaban de placer, ensordecido por las moscas que revoloteaban sobre su cabeza, en esa oscura habitación secreta en los límites del barrio de Nerima. Sus cuerpos danzaban, rebotaban sobre el colchón con cada bamboleo, apenas acompañados por la débil luz del farol de la calle, que apenas entraba por las rendijas entre los tablones que tapiaban las ventanas.

Y estalló de placer en un agónico final; llenándola una vez más de la esencia que ella, silenciosa, le pedía.

Si hubiera usado sus lentes aquel día, se habría apercibido de la clara advertencia que en su lengua natal se escribía en el costado de la botella. La pócima nunca había sido para Ranma, sino que era para Akane; para despejar definitivamente y de manera sutil el camino de la impaciente amazona. ¿Pero le importó acaso equivocarse? ¡Qué más daba ya! Así era mucho mejor, incluso perfecto. Porque ella ahora le pertenecía de una manera que jamás sospechó podría provocarle tanto placer. Shampoo ya no se negaba a sus demostraciones de amor.

Era muy hermosa, más que antes, perfecta como nunca lo fue. Cuando empapado de sudor la volvía a besar cogiendo su cabeza con ambas manos, acomodándola con mucho cuidado cuando escuchaba el crujir del delicado cuello; buscando con sus labios aquella boca seca, abierta, sin carne, rozando los dientes expuestos. Y su aliento avinagrado lo excitaba, al punto de desearla una vez más. Comenzando otra vez a amarla, como lo hacía cada noche, varias veces y en secreto, desde hacía meses que estaban juntos compartiendo esa habitación donde la protegía de los ojos curiosos del mundo que antes se atrevía a separarlos.

Pocos la habían extrañado, jamás nadie la encontró, por algo él era el maestro para ocultar lo que fuera. Y ni siquiera ese al que tanto decía ella amar se molestó con su desaparición. ¿Lo comprendía ella ahora? ¿Es que finalmente lo reconocía? Él era el único que la atesoraba.

Amaba la piel de esa mujer, en su nuevo tono grisáceo y café, que tirante se pegaba a sus huesos. ¡Huesos más hermosos jamás presenció mortal! Y el cabello largo, que no había parado de crecer, caía por los bordes del viejo colchón esparciéndose por el piso. Amaba también sus ojos cada vez más profundos, abiertos, que nunca dejaban de admirarlo demostrándole el amor que a él le tenía. Tan profundos que ya eran un par de oscuros y profundos agujeros con los bordes carcomidos.

¡Y esas piernas tan finas, tan delgadas y frágiles! Y no importando las veces que se unieran, ella cada vez era más estrecha, más excitante al roce, más que la primera vez en que entró en ella. Dura, pero de una dureza placentera, de un roce áspero que lo influenciaba a querer más.

Cada noche Mouse la amaba, a esa Shampoo que se entregaba a todas sus fantasías; su pequeña guerrera, su muñeca inerte de huesos y carne seca.

Las moscas que llenaban su pequeño nido de amor coreaban su dicha, y los gusanos danzaban de alegría, y como el sudor brillaban, trepando por ambos cuerpos cada vez que se unían. La dulzona fragancia lo envolvía hasta saturarlo como el incienso.

Era el aroma del amor.

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Fin

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El rey loco aburrido tras escuchar bostezó:

¿Con este grotesco y tonto final?

¿Es que querías mi cena amargar?

Sirvan a este pobre necio que lo intentó.

¡Filete jugoso, bien rojo y al punto mejor!

Si se resiste, pobre, a la fuerza ha de tragar.

Bien atado a la silla, ¡alimentarlo sin parar!

Eso merece por mi valioso tiempo ocupar.

Por cosas tan «aburritivas» que osó crear.

«Aburritivas»... «vomitivas»... ¡soy genial!

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En la novena luna roja se hará, llorando sangre todos la verán.