Pijama de seda en raya diplomática; demasiado fino para esa estación, pero era incapaz de descansar usando otros tejidos. Le incomodaba como algunas telas se arrugaban bajó su cuerpo al girar entre las sábanas. Se enfundó en una abrigada bata y los pies en zapatillas acolchadas, luego se dispuso a acomodar la ropa de cama. Tenía servicio, que limpiaba cada tres días, pero en su habitación a diario solo podía entrar ella.
Avanzó por el pasillo alfombrado, se deslizó por las escaleras y traspasó la doble puerta del comedor. En el asiento presidencial se encontraba preparado el desayuno. El té estaba frío, ya que no era su hora usual. En un día normal Mycroft tomaba el desayuno puntual a las seis y media, mientras que ese día el reloj se acercaba peligrosamente a las nueve. Aquella misma noche había tenido que lidiar con algún asunto de más, retrasándola en su horario.
Los americanos pecaban de muros y rejas en su embajada, blindándose y recubriéndose de guardias armados con perros. Luego fallaban en lo básico. Había sido todo limpio y una advertencia muy clara. Una operación sencilla en la que se deja el cuerpo como sugerencia de que se retiren los involucrados, una demostración de poder. Porque sabe de orquestación y el infeliz cuya vida terminó esa madrugada no era más que un peón. Ahora iba el hecho de a quién pertenecía el peón.
Había un nombre que paseaba entre las conversaciones desde hacía más de media década, tan solo un fantasma escurridizo al que Mycroft intentaba no quitarle el ojo. Alguien a quién vigilar y que poco a poco se acercaba cada vez más; lenta pero inexorablemente, como la brea caliente. Ocupó su silla disipando esos pensamientos.
Extendidos frente a ella los dieciocho principales periódicos de Reino Unido reposaban doblados y alfabéticamente ordenados; ignoró todos ellos.
Ya sabía que titulares adornaban la prensa, ella manejaba toda la información que pudiese obtener el ciudadano medio. Cualquier cuestión económica, política o social debía pasar su filtro personal. Normalmente ojeaba los encarecimientos por simple constatación del trabajo bien hecho. Aquella mañana simplemente los desechó todos mientras tomaba la cucharilla.
Odiaba esos yogures dietéticos. Los había probado combinados con todo, desde fruta hasta cereales (dietéticos también) y en todas sus variables resultaban igual de insípidos. Pero seguía un estricto programa nutricional, era necesario, un deber, una responsabilidad.
Disfrutó de la paz que le brindaba aquella mañana tardía mientras untaba las tostadas en margarina, baja en grasa, troceaba la fruta y tomaba su frío earl grey, sin azúcar, ni leche. Había acordado con su asistente encontrarse a las 9:45 en Vauxhall cross, lo que le dejaba tiempo para revisar a su hermana. Había permitido una vigilancia algo más laxa desde que tenía una compañera de piso con los pies relativamente en el suelo. La doctora Watson había hecho una aparición totalmente inesperada. Para su sorpresa resultó mucho más adecuada de lo que había estimado.
Se encaminó hacia su estudio, donde tenía los ordenadores y teléfonos. Poseía varios móviles; uno exclusivo para Sherlock (y los asuntos directamente relacionados con ella), un segundo para el servicio de seguridad, otro para el MI6 y finalmente el de asuntos generales. El primero siempre lo llevaba encima, el resto rotaban entre los bolsillos.
Encendió varios portátiles a la vez, chequeó todas las terminales y corroboró que en sus cinco horas de sueño no había pasado nada prioritario. Con una clave de veinte dígitos, un servidor anónimo y traspasar varios firewalls consiguió acceder a las cámaras instaladas en el 221B. Mostraban a Sherlock tirada en el sofá de la sala principal sin ninguna intención de moverse. Sabía que llevaba días sin distracción, que el aburrimiento la devoraba, y que se volvía muy inestable durante esos lapsos de tiempo. Todavía recordaba cuando años atrás su hermana se dedicaba a robar en grandes almacenes por deporte. O como simplemente salía a perderse por la ciudad con una cantidad de cocaína alarmante en las venas, colgándose de cualquiera que le produjese un estímulo. Sin olvidar cuando se dedicó a crear metanfetaminas, o irrumpir en hospitales, o participar en pelas ilegales. Fue una época dura para Mycroft.
Suspirando salió de la habitación dejando todo apagado tras ella, dirigiéndose al vestidor. Allí se sentó frente al tocador y encaró todos sus pintauñas ordenados cromáticamente. La gente no daba suficiente valor a una manicura perfecta, necesitaba de cuidado, de limpieza, de delicadeza diaria. Cuando alguna uña se le rompía era sustituida por una postiza, para no destrozar la armonía, y todas ellas esmaltadas trasparentemente cada mañana, para preservar el color sin muescas. Las manos son un gran indicativo en la vida de una persona, durezas, marcas, cicatrices, hidratación, color de las uñas, estado del esmalte, forma cuadrada o redondeada, entre otras.
Una vez en su traje de tres piezas y tacones medios se encaminó hacia el baño. Siempre se peinaba echando el cabello hacia atrás con un poco de volumen y laca. Lo fijaba con una coleta muy baja y dejaba que su único rizo cállese sobre la frente. Sherlock siempre se burlaba preguntándole si había coincidido con Rita Hayworth en las sesiones de electrólisis capilar. Nunca se molestó en corregir todos los errores que tenía aquella frase. En su lugar recordaba a su padre y aquellas se sesiones de cine clásico que les había obligado a tener aunque a ninguna de ellas les gustase; sonreía porque su hermana no había logrado olvidarlas.
El maquillaje era liviano, base, apenas rímel y labial rosa muy claro, ocasionalmente algo de colorete. Siempre portaba pendientes y nunca collares de ningún tipo (terriblemente incómodos bajo las corbatas). El reloj siempre era de bolsillo; así que tan solo llevaba en la muñeca izquierda una gruesa y ceñida pulsera de plata, para ocultar su error más visible de juventud. Realmente si a alguien le interesase (y ella le permitiese) levantar las mangas de su camisa, encontraría más de aquellas finas líneas blancas. Años atrás había decorado su cuerpo con ellas en brazos, piernas y el bajo abdomen. Cada uno es libre de elegir su forma de autodestrucción favorita y ella descubrió la adecuada, actualmente era algo más sofisticado que un burdo corte.
Una vez enfundada en su abrigo con los teléfonos en cada bolsillo se dirigió al garaje. Mycroft tenía dos coches que deseaba usar más. Un Morgan verde oscuro biplaza, que era su capricho favorito y luego un Aston Martin rapide 2010 gris plomizo, más funcional. Tomó las llaves del gris junto con su paraguas. Iba bien de tiempo, Vauxhall bridge estaba bastante cercano a Kensignton así que no tardaría más de quince minutos en llegar teniendo en cuenta el tráfico de media mañana.
Justo cuando el rugido del motor reverberaba en el garaje, el tono de su móvil para asuntos generales le hizo apagar de nuevo el coche. En la pantalla se podía leer "P.A.", su ayudante era un joven despierto al que había instruido en la eficiencia. El chico era muy diestro en cuanto a organización y aunque en un principio se mostró renuente a introducirle en nómina, había probado de sobra su valía. Cambiaba de nombre cada veintiún días entre una lista de cinco apelativos (Athan, Aetos, Agatone, Anker y Attis), todos ellos empezando por A y denominación griega, a Mycroft le hacía gracia como resultaban un guiño al real.
Descolgó el teléfono con un rápido giro de muñeca.
-Mrs Holmes, debe saber que ha ocurrido como dijo. Le informo de inmediato como deseaba.-
