Hola a todos y muchas gracias por sus comentarios. Me ayudan a poder llevar la historia hacia horizontes entretenidos (aunque angustiosos) y que a todos nos gusten.

Nuevamente muchas gracias a Ingrid (aún en vacaciones me ayudas, eres un ángel)

Sin mas preámbulos, aquí les dejo el capitulo tres.

La Tercera Ley

Capítulo Tres

Aquella mañana había comenzado tranquilamente. John ya no hacia turnos de noche y su horario iba de 8:00 a 18:00 horas. Por primera vez en mucho tiempo su vida había tomado un curso normal, con horarios adecuados para las comidas y para dormir, sin tener que salir corriendo detrás de un criminal a las 5 de la mañana y sin estar despierto hasta tarde pensando que cualquier ruido en la puerta era él, regresando.

En cuanto llegó a la consulta colgó su abrigo, se puso la bata y llamó a su primer paciente.

A eso de las 9:00 apareció en la puerta un auto negro que John conocía bien, pero que no había visto en casi tres años.

De él no bajó ninguna misteriosa mujer, ni algún esbirro del gobierno para secuestrarlo, si no el mismísimo Mycroft Holmes en persona y en menos de diez minutos (y para no perder las viejas costumbres) lo había secuestrado y estaban sentados en un café, tomando desayuno.

John tomó el sobre que Mycroft había deslizado hacia él, mientras bebía de su taza de café y miraba con duda los pasteles sobre la mesa y lo abrió con curiosidad.

Durante un par de segundos observó el contenido, lo leyó tres veces para estar seguro y luego miró al hombre frente a él.

Dentro del sobre, había tres trozos de papel. Dos de ellos eran boletos de avión a París, el tercero era una invitación para la "feliz pareja" de seis días y cinco noches en la suite matrimonial del hotel Vernet.

John miró a Mycroft con la boca ligeramente abierta.

- ¿Qué es esto?

- Mi regalo de bodas- Dijo el mayor de los Holmes, decidiéndose finalmente por un croissant relleno de mermelada de frambuesa y dándole una buena mordida.

- Eso fue hace más de cuatro meses, Mycroft, te invitamos.

- Lo sé, Anthea me dijo que fue una ceremonia, ¿cuál fue la palabra que usó? ¡Ah, si! "adorable". Lamento habérmela perdido, pero estaba muy ocupado con el asunto de la carrera armamentista en el pacífico, nada que debas saber, por supuesto.- Añadió ante la mirada del doctor.

- No puedo aceptarlo- Dijo John regresando todo al sobre y dejándolo sobre la mesa.

- ¿Estás rechazando mi regalo de bodas?

- Es demasiado.

- No, en realidad no lo es, el hotel es propiedad de la familia desde hace varias generaciones. ¡Vamos, John!, piensa en tu esposa, al fin podrá tomarse unas vacaciones para descansar de todos esos...niños- Dijo Mycroft haciendo una mueca de disgusto.

- A Mary le gusta su trabajo.

- Entonces piensa en ti, todos esos enfermos- John levantó las cejas, molesto.

-Piensa en esto como tu luna de miel- Rectificó Mycroft limpiándose la comisura de la boca con la servilleta.

- Ya tuvimos una.

- No como esta. Te prometo que será inolvidable- La sonrisa de Mycroft era extraña. -Tienes que tomarte un tiempo lejos, otra gente, otro idioma. El aire de París tiene algo… Quizás es su manera de hablar, hace que sientas como si estuvieras en otro planeta.

John sonrió mirando la servilleta que de pronto parecía muy entretenida.

- No puedo, tengo… cosas que hacer.

- Yo visitaré su tumba si así lo deseas, le dejaré el acostumbrado ramo de flores.

- Yo nunca le dejo flores, nadie nunca le deja flores ¿en verdad has ido a verlo?. Mycroft lo miró fijamente.

- John, han pasado tres años ¿aún piensas en...?- John apretó los dientes. -¿Aún piensas en Sherlock?

Ahí estaba, al fin alguien lo había dicho. Su nombre, EL nombre. Trató de ignorar el comentario y abrió la boca para decir algo, pero en vez de eso, lo primero que salió de entre sus labios fue:

- Sherlock... él hablaba en francés todo el tiempo solo para molestarme…

- ¡Irás!- Dijo Mycroft bruscamente, como si la decisión dependiera de él. -Y no hay más que hablar. Uno de mis empleados te recogerá a las siete el próximo viernes-

Mycroft se levantó dejando a John con la palabra en la boca.

- ¡Mira la hora! Tengo que irme- Dio unos pasos y luego se giró, pero no lo miró, como si no quisiera decir lo que estaba a punto de decir. -John, sé que has pasado por muchas cosas y estoy... feliz de que hayas logrado rehacer tu vida. Solo espero que algún día puedas perdonarlo.

Mycroft lo miró directamente a los ojos, por un momento no parecía él quien estaba hablando. John murmuró un "gracias" y el mayor de los Holmes caminó hasta desaparecer de su vista.

John lo observó alejarse con la sensación horrible de tener algo roto dentro de él. Lo había dicho, había dicho el nombre de Sherlock por primera vez en mucho tiempo.

- ¡Paris!

- Lo sé.

- pero… ¡Paris!, John, ¡una luna de miel en París!

- Lo sé, lo sé.

John había citado a Mary en un restaurante esa misma noche y le había entregado los boletos y la invitación. La mujer no cabía en sí de la felicidad, los ojos le brillaban llenos de expectación. John pensó que su sonrisa era encantadora cuando estaba entusiasmada por algo como una niña pequeña.

- Una luna de miel... ¡en Paris!... ¡Oh John!, No sabía que tenías este tipo de amigos.

- Yo tampoco.

- ¿Pasa algo?

- No, nada. Es solo que, hace tiempo que no lo veía. Fue extraño, apareció de repente y me dio este regalo.

- Es muy generoso de su parte.

- Si, lo es.

- ¿Seguro que está todo bien?

- .

No podía decirle que estaba triste porque esa había sido la primera vez en mucho tiempo que hablaba de Sherlock y que estaba teniendo dificultades para dejar de pensar en él. Decir su nombre fue el detonante de un sentimiento muy extraño y se estaba aguantando las lágrimas desde aquella mañana.

- ¿Que hacemos ahora? Ya ni si quiera sé que hacer. Debemos ir de compras, no tenemos nada que se pueda llevar a París.

- No ahora, Mary. Dijo John. ¿Qué tal una película?

- Suena bien.

Una película, pensó John, la manera perfecta de dejar la mente en blanco por un par de horas.

Buscó en la cartelera la comedia más liviana que pudiera encontrar.

- ¿John?

John se giró para encontrarse con Ella en la fila del cine. La mujer, morena y alta no había cambiado en nada y por un segundo John se encontró de nuevo sentado en aquel sofá, recordó la última vez que había estado ahí, llorando hasta casi perder el sentido.

- ¡E…Ella! - Dijo recuperando el aliento.

- ¿Qué te pasó? No te he visto hace más de un año.

- Bueno, er…- John no sabía por dónde comenzar, sus fallidos intentos de suicidio no eran buen tema de conversación delante de su esposa. -Me casé, esta es mi esposa, Mary. Mary, te presento a Ella, mi terapeuta.

- ¿Terapeuta?

- Ex terapeuta, de hecho, mucho gusto. ¡Vaya!, John, te ves muy bien. Así que te casaste, felicitaciones a ambos- Ella tenía una gran sonrisa y miraba fijamente a John. -Tengo que decir que me alegra mucho no verte, si sabes a lo que me refiero.

- Es todo gracias a Mary- John miró a su esposa y luego sonrió, el brazo en su cintura se movió para atraerla más hacia a él. Ella lo miro de manera extraña ante ese gesto.

- Bueno, tengo que irme, de verdad me alegra verte tan cambiado, John.

Dicho esto, Ella se dio media vuelta y desapareció en la fila de las personas que iban hacia la boletería.

- Amor, ¿por qué nunca me dijiste que tenías una terapeuta?- Le preguntó Mary, aún un poco confundida.

- Eso fue hace mucho tiempo.

- Pero ¿por qué necesitabas una?

- De verdad, Mary, ya no importa.

- Dime ¿fue por lo de la guerra?

- Algo así.

Mary guardó silencio, obviamente inconforme con la respuesta, John podría haberle dicho que sí, que había tenido que ver con la bendita guerra, no le habría estado mintiendo y así se habría quedado tranquila, pero John estaba un poco inquieto y no se sentía con ganas de mentirle a nadie.

Hacía mucho tiempo que no veía ni a Mycroft ni a Ella, dos personas que sabían todo a cerca de su relación con Sherlock y lo difícil que había sido la vida para él después de su muerte. Y el encontrarse con ambos el mismo día trajo a su mente pensamientos que no quería tener.

Ahora, a eso se le sumaba el hecho de que Mary quería saber todo a cerca de su pasado y que él no quería compartir nada de eso con ella.

Había una sola cosa que John jamás le había dicho a Mary durante toda su relación: nunca le había dicho algo a cerca de Sherlock. Ni si quiera él sabía por qué. Esa había sido una de las principales razones que había tenido para comenzar a salir con ella.

Cuando se conocieron, Mary venía llegando de la India luego de la muerte de su padre. La muchacha no había oído hablar de John ni de su blog y lo más importante, jamás había oído el nombre de Sherlock. Lo único que tuvo que hacer John fue guardar silencio, encerrar a Sherlock muy dentro de su cerebro y no dejarlo salir nunca más.

Pero la tarea había resultado ser mucho más difícil de lo que pensó en un principio.

John estaba seguro de haber tenido una vida antes de Sherlock y planes de un futuro, una vida aburrida en la que en verdad su única meta era tener un pasar normal y tranquilo, con una buena mujer, una casita, niños y quizás un perro. Pero la amistad con Sherlock había cambiado rotundamente sus necesidades, su manera de ver las prioridades, su completo concepto del mundo que lo rodeaba.

Ahora John leía los periódicos cada mañana, como lo hacía con Sherlock, buscando alguna tragedia, un misterio, un crimen, cualquier cosa que desafiara sus sentidos, y sentía más que nunca que necesitaba la emoción de la vida con Sherlock como si fuera un tipo de droga.

Le estaba costando mucho trabajo aceptar que ya no pertenecía a ese mundo.

Pero ¿por qué nunca le había dicho a Mary a cerca de Sherlock?

No había podido dormir y se había pasado la mitad de la noche guiando de lado a lado, viendo el perfil de su esposa durmiendo o de cara a la ventana, observando la noche. Esa noche, a eso de las 2 de la mañana, John dio con la respuesta.

No le había dicho nada porque aún tenía ganas de saltar de un edificio cada vez que pensaba en él.

Lo había encerrado muy dentro de si y hasta la fecha, la negación y la represión de recuerdos había funcionado de maravilla, pero el ver a Mycroft y a Ella había sido otro nuevo y poderoso detonante de algo que solo estaba esperando el momento adecuado para salir nuevamente.

Y así había sucedido, John había dicho su nombre por primera vez en ya no recordaba cuanto tiempo y fue como si hubiese roto el hechizo que lo mantenía dentro de su mente, encerrado dentro de su corazón.

La angustia que no había sentido en casi dos años amenazó con regresar con más fuerza que nunca.

La sintió formarse en su estómago y subir por su pecho como el primer día. Las pesadillas, los primeros momentos sin él, la primera vez que regresó al departamento, la culpa, aquella sensación de estar ahí y no poder hacer nada por ayudarlo ni para salvarlo.

John se sentó en la cama, sudando frío y con nauseas. Se levantó en silencio, se fue a la sala de estar y ahí se quedó, mirando al vacío por horas.

No podía comenzar con eso de nuevo, tenía que estar en condiciones para ir a París, no podía dejar que el recuerdo de Sherlock regresara a su vida, no se creía capaz de soportarlo.

La madrugada lo encontró sentado, descalzo y solo.

- ¿John? ¿Estás bien?- La voz de Mary se escuchó lejana y repentinamente insoportable.

- - mintió.

- Son las 7 ¿no vas a ir a trabajar?

- - Mintió de nuevo.

Mary fue en silencio hacia la cocina y John se lo agradeció con el alma.

Se tomó el día y fue al cementerio.

En frente de la lápida, desgastada y opaca, John se quitó la máscara que a duras penas podía mantener todos los días y con los ojos llenos de lágrimas habló desde lo más profundo de lo que le quedaba de corazón.

- Te pedí... hace tres años te pedí que detuvieras esto, que no estuvieras muerto, que... Sherlock, te pedí que te quedaras conmigo y no lo hiciste. Ahora sólo necesito una cosa, una sola cosa, Sherlock y tienes que hacerlo, por favor - Apretó los dientes y cerró los ojos con fuerza. – Déjame…en paz.

La voz de John se quebró y tuvo que esperar a que el dolor en su garganta remitiera un poco para continuar. - Por favor, Sherlock- Dijo con un hilo de voz. -Déjame en paz. Por favor, Sherlock… desaparece.

John se cubrió la boca con las manos mientras las lágrimas comenzaban a caer. Jamás pensó que le diría algo así, pero ante las presentes circunstancias era lo que necesitaba.

-Vete, Sherlock, por favor... déjame seguir, no puedo seguir así...te extraño demasiado, incluso ahora, tengo la sensación de que regresarás en cualquier momento. La lógica me dice que no es así, pero yo sigo esperándote, Sherlock, después de tres años sigo esperándote y te pido, te ruego que si no vas a regresar, me dejes seguir... por favor, Sherlock... desaparece de mi vida.

John se quedó frente a la lápida, llorando por un par de minutos. La frustración y la angustia eran más grandes que él por primera vez en mucho tiempo, sentía deseos de arrancarlas de su cuerpo con sus propias manos por que ciertamente las sentía como algo físico. Como un peso frío y constante, como el fantasma de un dolor que en realidad se había ido hacía bastante tiempo. Todo había estado ahí, durmiendo dentro de él y solo había bastado decir su nombre una vez más para desmoronar la vida sin él que había construido durante esos años.

En ese momento, John fue sólo John, sólo John Watson nuevamente, sin pensar en Mary ni en su trabajo ni en las cosas que dependían de él ni de las que él mismo dependía, ni en su aburrida vida normal.

Era John Watson, de luto otra vez, viviendo un duelo que se negó a tener en su momento y del cual escapó lo mejor que pudo, fingiendo que todas las cosas nuevas que tenía: una esposa, una casa, comidas los sábados con amigos, paseos, aniversarios, podían suplir lo que había perdido. Se había equivocado.

El peso de Sherlock en su vida seguía siendo más grande que cualquier otra cosa y su muerte, la tragedia de la que, ahora temía, no saldría con vida.

Pero eso estaba ahí ese día, por eso se había permitido llorar como no lo había hecho en todo ese tiempo. Estaba desesperado porque no entendía como llevar una vida con la ilógica impresión de que su mejor amigo, a quien había visto chocar y destrozarse la cabeza contra el pavimento, iba a regresar.

John Watson estaba llevando una vida que no entendía y su último recurso era ese, parase frente a la tumba de su mejor amigo y rogarle que lo dejara continuar.

Que todo fuera como si jamás se hubiesen conocido.

Ante ese pensamiento, John se afirmó en el árbol y resbaló hasta quedar de rodillas.

-Te lo ruego, Sherlock, por favor... Sherlock- Ahora que había dicho su nombre, no podía dejar de pronunciarlo, cada vez que abría la boca y pronunciaba aquel nombre, un poco de él se hundía en la tierra y se quedaba ahí. Así, cuando John se iba de ese cementerio, en realidad no iba a ninguna parte.

Casi podía oír la respuesta negativa de Sherlock, pero, aterrado, se dio cuenta que ni si quiera recordaba su tono de voz.

John se tragó las dudas, las penas, la rabia, el enojo, la incertidumbre, la depresión y la frustración y preparó sus maletas para Paris, con la ligera esperanza de que el cambio de aire y una segunda luna de miel hicieran algo por su estado de ánimo.

Mary estaba feliz y su sonrisa lo hacía sentirse mejor, en parte. Solo un poco. Ella le tomaba la mano en todo momento y John estaba seguro que algo no estaba bien y que no decía nada porque, después de todo, John jamás le había guardado ningún secreto (excepto Sherlock).

Aquel día, en el que le rogó a Sherlock que lo dejara en paz, sin ningún tipo de resultado aparente, al regresar a su hogar, Mary tomó su mano, lo besó suavemente y le dijo: Sea lo que sea, me lo dirás cuando estés listo.

John no contestó por que no supo que decir. Luego de eso, se fueron a París y no volvieron a tocar el tema.

El hotel Vernet era un maravilloso edificio y la suite matrimonial una de las habitaciones más bellas y lujosas que la pareja había visto jamás.

Los recibieron como huéspedes de honor, dejando muy claro que durante su estadía no necesitarían más que tocar una campana para que apareciera lo que fuera que quisieran.

- ¡Tu amigo es increíble! - exclamó Mary riendo y poniéndose un gran sombrero blanco. -¡Vamos a pasear!

John dejó que Mary lo arrastrara por calles y callejones y entrando a tiendas pequeñas llenas de libros y antigüedades, a pastelerías y a tiendas de ropa.

Terminaron la tarde sentados en una plaza con una feria de antigüedades al aire libre, escuchando a un hombre anciano hablar a cerca del cielo y del infierno.

- Cuando los ángeles deciden volverse malvados, son peores que cualquiera. Recuerden que Lucifer era un ángel…

- Oh, necesito baterías para la cámara.

- Podemos pedirlas en el hotel - Dijo John cansado, pasándose una mano por la pierna.

- ¡Oh, pobre John!, ¿qué le sucede a tu pierna?

John miró hacia otro lado.

- Nada.

-Tomémonos un café, te sentirás mejor si descansamos un momento.

Se dirigieron al café y se sentaron cerca del hombre que ahora hablaba acerca de los demonios.

Iban en el segundo café cuando Mary se levantó.

-Iré ahora por las baterías, ¡no te escapes! - Le dio un rápido beso y se dirigió hacia una tienda, John la observó por un momento y después se concentró en el dolor en su pierna. No podía estar pasando eso, no a él, no de nuevo, no ahí.

Para comprobar que nada malo le pasaba a su pierna se levantó, pagó la cuenta y siguió a Mary, pero en vez de ir hacia la tienda se acercó al hombre que hablaba acerca del infierno.

Había muchas personas a su alrededor y John podía entender lo que hablaba con sus limitados conocimientos de francés.

Se acercó tanto que llegó frente a él, el anciano parecía completamente convencido de lo que estaba diciendo y agitaba un libro que, posiblemente, era la Biblia.

John retrocedió de repente, para buscar a Mary y chocó con un anciano que estaba detrás de él haciendo que dejara caer los libros que llevaba en los brazos.

- Oh, lo siento, lo siento tanto - John se agachó para recogerlos, y se los devolvió con una sonrisa culpable.

- Está bien, no les pasó nada- Dijo el anciano, recibiendo los volúmenes de manos de John. Estaba hablando en inglés.

- Lo siento, de verdad, no me fijé que estaba detrás de mí, yo... estaba tratando de entender algo de lo que habla él- Dijo indicando al hombre que seguía hablando.

- Igual que todos los demás- Dijo el anciano indicando a la multitud, John sonrió.

- Ojalá la gente pusiera la misma atención cuando yo tengo algo que decir- Dijo riendo.

- Oh, pero eso no quiere decir nada, cualquiera puede reunir una multitud a su alrededor, "un sot trouve toujours un plus sot qui l'admire."

John lo miró con los ojos muy abiertos.

- Un tonto siempre encuentra uno más tonto que lo admira- Dijo con la voz extrañamente afectada.

El anciano sonrió.

- ¿conoce la frase?

- Un amigo solía decirla todo el tiempo, siempre pensé que se refería a nosotros.

- Oh, ¿era su amigo un tonto?

- No, él... era brillante, era increíble. Yo era el tonto.

El anciano lo miró fijamente.- gracias por ayudarme con mis libros - Dijo dándole la mano, arrugada, un poco tostada por el sol. – Adiós.

- De nada- Dijo John viéndolo alejarse, sintiendo la leve impresión de haberlo visto antes, en algún lugar.

Sabía que no era posible, pero aquel viejito arrugado y encorvado le había recordado a Sherlock.

De pronto se dio cuenta que tenía los ojos llenos de lágrimas.

El hombre que hablaba del cielo y del infierno ahora hablaba de los ángeles caídos.

Los ángeles caminan entre nosotros. Decía, por lo que John podía entender. Están los que cayeron para causar caos y desesperación y están aquellos que cayeron para ayudar, para salvar a los humanos que aman, en anonimato y en silencio.

-Ojala fuera todo tan simple - Dijo John limpiándose las lágrimas con la manga de la chaqueta justo a tiempo para ver a Mary salir de la tienda y caminar hacia ella.

Fin del capitulo tres

John no puede exorcizar a Sherlock de su vida y en el próximo capítulo, descubrirá un detalle que debilitará aún más su delicada situación mental. No lo sabe, pero su corazón presiente que Sherlock está cerca y que no tardará en aparecer.