Bienvenidos y bienvenidas todos al cuarto capítulo de mi fanfic.

Muchas gracias nuevamente por sus comentarios y, como siempre: Ingrid, ya sabes que te estoy eternamente agradecida y disculpa si a veces olvido que tienes una vida a parte de este fic :D

La Tercera Ley

Capítulo Cuatro

John se despertó a las cuatro de la mañana. Mary estaba aún enredada en sus brazos, sobre los restos desordenados de la enorme cama con dosel. Se levantó sin despertarla y se puso la bata azul con el logo del hotel.

Se sentía inusualmente bien, había comido y había dormido como no lo hacía en semanas, como si algo fuera diferente, como si hubiese pasado algo que le había dado ánimos de nuevo, pero no podía acertar que era.

Se fue a la sala, donde los restos de una cena tardía seguían tapados con la charola, pasó frente al sofá donde su ropa y la de Mary habían caído mezcladas y arrojadas al azar y solo por curiosidad, salió de la habitación.

El pasillo estaba en penumbras, un poco de luz se colaba por las ventanas e iluminaba trozos del camino alfombrado de rojo, John llegó al final del pasillo y subió un pequeño tramo de escalera. Una placa en la pared le indicaba que se encontraba en el ala "Horace Vernet". La luz de la luna entraba directamente sobre la pared con la placa y John se fijó que aquel pasillo estaba lleno de grandes pinturas de batallas.

-"Guerras Napoleónicas", "Batalla de Jena"- iba leyendo John en voz baja, siete pinturas maravillosas decoraban aquella pared y al final del pasillo, en un lugar que obviamente se trataba de un sitio privilegiado estaba la única pintura que no estaba llena de caballos y soldados en campaña.

Era una pintura que parecía muy antigua, pero en realidad no lo era. En ella, una mujer estaba sentada en una silla, flanqueada por dos jóvenes.

Uno de ellos tenía una seria expresión adusta y arrogante, vestía un uniforme de internado ingles con una insignia que el cerebro de John asoció inmediatamente uno de los colegios más exclusivos y costosos del país. Su cabello estaba bien peinado y su contextura era bastante rellena para tener alrededor de 15 o 16 años.

El otro joven, más bien niño, aparentaba unos 6 años, vestía un suéter azul y pantalones negros, tenía las manos tras la espalda y su piel muy pálida, su cabello rizado y negro hacia que sus penetrantes ojos verdeazul, resaltaran como un par de joyas. Era una expresión rara para un niño, incluso en un adulto esa mirada habría resultado incomoda y extraña, pero a John le produjo una sensación inquietante, como si supiera exactamente quién era ese pequeño.

Se acercó más y buscó la placa con la mirada, Se le erizó el vello del cuello cuando dio con ella y leyó: "Violet Vernet y sus nietos Mycroft y Sherlock Holmes"

John sonrió sin si quiera darse cuenta. No se sorprendió, era como si todo el tiempo hubiese sabido que estaba ahí.

Observó de nuevo el rostro sereno de su mejor amigo cuando apenas era un niño. Un rostro redondo e incluso tierno, unos ojos que traspasaban el cerebro. Cualquier persona que lo viera habría pensado que era sólo la imaginación del artista lo que había dotado al joven Sherlock Holmes de la mirada pacífica y profunda, pero John sabía que no era así. Esos eran exactamente los ojos que recordaba: brillantes, increíblemente inteligentes, confiados, solo que la última vez que los había visto parecían estar profundamente tristes.

John se acercó aún más, la pintura estaba demasiado alta como para tocar el lugar donde estaba pigmentada la figura de su amigo, pero aun así estiró su mano. Con ingenua ilusión, esperaba encontrar suavidad, quizás el frío tacto de la piel de Sherlock la última vez que lo había tocado.

¿qué pasaba por la mente de ese niño? John estaba seguro de saberlo. Debía de estar muy aburrido de posar para ese cuadro.

Sus dedos hicieron contacto con el lienzo. Era áspero y estaba cubierto por una delgada capa de polvo. Eso lo llenó de decepción, había sido muy tonto de su parte el pretender que aquella pintura le devolviera el toque.

John retiró la mano y se alejó del cuadro. Aun sonreía.

Buenas noches, Sherlock- Murmuró y regresó a su habitación para tratar de seguir durmiendo.

Les dieron las 9:00 de la mañana en la cama, desayunaron tarde y después se fueron a pasear. John no le dijo nada a Mary acerca del cuadro, ni mucho menos que al ver aquel rostro de nuevo, aunque varios años menor, le había dado una mezcla de alegría y tristeza, pero que ahora se sentía mucho mejor.

Habían caminado por un par de horas cuando la pierna de John le recordó que no estaba cien por ciento bien.

Ignoró el dolor durante toda la tarde y también durante el resto de su luna de miel.

La tarde en la que regresaban a Londres, Mary preparó cuidadosamente las maletas y cuando estaban en el recibidor John comenzó a sentirse más y más nervioso.

¿Qué pasa?

Tengo la sensación de que se me queda algo

Estoy segura que no quedó nada en la habitación.

No, no es eso...hmm

Debe ser que no tienes deseos de volver, me pasa lo mismo.

Estaban subiendo las maletas en el taxi cuando se dio cuenta que era lo que se le olvidaba.

Subió corriendo las escaleras con su celular en la mano, llegó al pasillo y avanzó lentamente hasta llegar a la pintura. No podía irse de ahí sin llevar, al menos en parte, el recuerdo de ese magnífico trozo de la historia de Sherlock.

Levantó el celular y enfocó la serena figura del niño.

La cámara produjo un ligero sonido al tomar la fotografía y John sonrió, luego bajó las escaleras, se subió al taxi listo para abandonar París.


John estaba teniendo los mismos sueños.

Sueños que en realidad no había dejado de tener, de una u otra manera Sherlock siempre terminaba colándose en su cabeza al menos una vez a la semana, pero hasta la fecha habían sido pocos comparados con los primeros meses después de su muerte.

Por un periodo de tiempo las cosas funcionaron bien. Su matrimonio, la vida nueva e incluso el viaje a París habían sido llevados con relativa felicidad. Había incluso momentos en los que no pensaba en Sherlock. En los que ni si quiera lo recordaba.

Pero luego de que regresaran a Londres, el sueño regresó a él con más lucidez que antes, en parte porque aun lo extrañaba, y por otro lado, cada noche, antes de acostarse, miraba la fotografía del pequeño Sherlock que había tomado en el hotel.

Cuando se mudó de 221B no se llevó casi nada con el, mucho menos la colección de recortes de periódicos que llevaba de su vida pública con Sherlock, así que esa pequeña fotografía oscura tomada a un cuadro antiguo era lo único que realmente poseía de su amigo. Sólo eso y aquel sueño.

En este sueño, John se encontraba de pie en una plaza, escuchando al hombre que hablaba acerca del cielo y el infierno, de Dios y el demonio, de ángeles y diablillos. Entonces ahí estaba él, Sherlock, en medio de la plaza. Estaban rodeados de personas, pero en realidad no había nadie más.

Sherlock no vestía su abrigo largo, ni su bufanda, ni si quiera sus guantes, sino una simple polera azul y pantalones negros, tal y como lo había visto en el cuadro en el hotel.

John se le acercó, lo miró de pies a cabeza, estaba a punto de hablarle cuando Sherlock le puso una mano sobre la boca e indicó al hombre que hablaba.

La tibieza de su piel, que era aquello que estaba buscando cuando tocó el cuadro, le inundó el pecho de felicidad y, ante el tacto de sus dedos contra sus labios, el John del sueño cerró los ojos.

Ambos se quedaban en completo silencio, escuchando al hombre de la plaza. John no se movía, ni si quiera se atrevía a respirar. En el sueño ni si quiera tenía ganas de llorar, solo estar a su lado le bastaba, mirando al viejo que movía la boca y escupía palabras en francés.

John se dio cuenta que el viejo repetía la frase que Sherlock le había dicho alguna vez: "Un plus sot, Un plus sot"

Entonces despertó.

John miró el reloj, eran las 7 de la mañana. Se giró hacia el lado opuesto, de espaldas a Mary y comenzó a llorar en silencio.

No había razón, se estaba sintiendo mejor, estaba seguro que estaba saliendo de la depresión aunque hacia un par de días lo único que quería era saltar en medio del tráfico, a pesar de que había ido a rogarle a su tumba de que lo dejara en paz ¿y ahora esto? ¿Se le aparecía en sueños? ¿Y de esa manera? Como si no hubiese pasado ni un minuto entre ellos en el que estuvieran separados. Manteniendo entre ellos ese mismo silencio cómplice que tantas veces compartían en Baker Street. Sherlock, con la mano en su muñeca, como cuando le explicaba algo que realmente necesitaba que John entendiera. Sherlock con una mano sobre su boca, para que no dijera nada.

Agotado por reprimir el llanto, John se levantó. Pero en cuanto puso un pie en el suelo perdió el equilibrio y cayó de nuevo sobre la cama.

Mary despertó.

¿John? ¿Estás bien?

Si, sigue durmiendo.

¿Es tu pierna de nuevo?

Soportar la reticente depresión era algo que le exigía a John casi toda la energía y paciencia que le quedaba y si a eso le sumaba el fingir frente a Mary para tener que dar explicaciones que no quería dar y decir con cara de enamorado que no le pasaba nada, el asunto se tornaba cada vez más insostenible y complicado.

-¿por qué ahora?- se preguntaba John. -¿por qué no cuando la muerte de Sherlock era una cosa reciente? Habría sido mucho más lógico.

Aunque tenía que aceptar que una cojera psicosomática no se destacaba por su lógica.

Toda la situación había estado en balance por que John usualmente se pasaba la mayor parte del tiempo trabajando, con la mente ocupada en otras cosas, pero durante el resto de sus vacaciones, al regresar de Paris, solo se quedaba en casa, sentado junto a Mary, mirando televisión, jugando estúpidos juegos de mesa y luego de un par de días, cuando Mary regresó a su trabajo y a él aún le quedaba una semana para regresar al suyo, no hacia más que quedarse sentado en silencio, pensando, la mayor parte del tiempo, en Sherlock.

Normalmente solían dar un paseo después de la cena, pero el dolor en su pierna no le permitió salir esa noche. Así que junto al sueño que se repetía la mayoría del tiempo, se le sumaba una completa inhabilidad para mantenerse de pie por varios minutos, sin la ayuda de un soporte. Igual que antes. Vagamente recordó la sensación de depender de un bastón para moverse y las lagrimas amenazaron con salir de nuevo. En vez de ir hacia adelante estaba retrocediendo y le aterraba pensar en que le iba a pasar a continuación.

– ¿Cuándo me vas a decir que es lo que te pasa?- Preguntó Mary.

John la miró un poco sorprendido por escuchar el mismo tono que ponía cuando le hablaba a los niños que no le obedecían en la escuela.

No sé a qué te refieres.

Me refiero a tu pierna y que a duras penas me hablas desde que regresamos de Paris. No sé si has tenido algún golpe o que te pasa, pero ni si quiera has ido a ver a un doctor...

Mary, yo soy doctor, no necesito que nadie me diga nada, yo sé que es lo que le pasa a mi pierna.

¿Entonces?

John la miro a los ojos, deseó poder salir corriendo, pero probablemente si lo intentaba no daría más de dos pasos y caería al suelo como un costal de piedras. Decidió mentirle en parte y en parte decirle la verdad.

Es una antigua lesión de la guerra que a veces me da problemas. Me duele cada cierto tiempo, pero no es nada de qué preocuparse. Eso era mentira.

– Los ojos de Mary se suavizaron.

– ¿Por qué no me lo habías dicho?

Porque no me gusta hablar de eso. Eso era verdad.

Pero John, soy tu esposa, deberíamos ser capaces de hablar de estas cosas, si no hablas de cosas así conmigo entonces ¿con quién?

– ¿Para qué?- Preguntó John ignorando la pregunta.

Bueno, para que podamos buscar ayuda, no sé, quizás una terapia de rehabilitación.

Esto fue hace mucho tiempo Mary, ya no me sirve la rehabilitación, es algo con lo que voy a vivir para siempre.

– ¿Ya lo has intentado?

Todo, no hay nada que hacer- mintió.

No te rindas, John tú no eres así, has estado bien todo este tiempo, debe haber algo que podamos hacer.

Mary...

Tengo una amiga que tenía una lesión en la espalda, tuvo unas sesiones de acupuntura y se sintió mucho mejor.

Mary, escucha...

Tienes que intentarlo de nuevo, estoy segura que podemos hacer algo para que todo vuelva a ser como antes. Solo tenemos que pensar ¿qué hay de diferente? ¿Qué cambió que te hizo volver a cojear?

¡Mary, escúchame!... Nada es diferente ¿está bien? Todo sigue igual, ese es el problema, es por eso. Tu no lo entiendes y no espero que lo hagas, solo... déjame en paz.

– Pero, John...

¡Mary, tú no puedes ayudarme!

Un segundo después de gritar, John se dio cuenta de lo que había hecho.

Mary lo miraba con los ojos muy abiertos, retiró su mano que estaba sobre la de John. Molesta y aterrada en partes iguales por el grito.

No tienes por qué gritarme, solo trato de ayudar.

Gracias, pero no puedes ¿entiendes? Nadie puede ayudarme.

John recordó a Sherlock, que fácil había sido dejar todo atrás cuando estaba con él: ¿cojera psicosomática? Bah, no es ningún problema. Corramos tras un asesino en serie por las calles de Londres, eso te hará sentir mejor. Ven conmigo. Dame la mano. Puede ser peligroso.

Esa noche John se quedó en frente del televisor hasta tarde pero sin prestarle atención realmente y luego se durmió en el sofá.

A las seis de la mañana tomó su chaqueta y salió, Mary, que no había pegado un ojo en toda la noche, tomó su abrigo y salió tras él.

Al primer lugar al que fue, fue el cementerio, pero esta vez no lloró ni rogó nada. Esta vez John fue a darse por vencido.

Tu ganas- Le dijo a la loza negra. - Esto es algo con lo que voy a vivir para siempre... y se va a poner peor ¿no es verdad? no... no espero que la situación cambie, ni que mejore. Solo espero que "para siempre" no dure mucho tiempo.

Traté de soportarlo, ¿sabes? trate de ignorarlo, traté de pretender que nunca pasó pero lo cierto es que te extraño tanto que físicamente me duele. Te necesito, Sherlock, y no porque mi cojera regresó y tú eres el único que la hizo desaparecer, sino porque contigo mi vida era… era una mejor vida. Tenía exactamente lo que quería, nada más ni nada menos. Te necesito, Sherlock. Me siento tan solo y no puedo dejar atrás lo... lo que sea que teníamos y es raro, porque yo sigo siendo el mismo, sigo teniendo los mismos problemas, sólo... sólo me faltas tú.

John se retiró, unos minutos después, más despejado y solo con in ligero temblor en la pierna.

Mary, quien había presenciado toda esa escena desde lejos, con cautela se acercó a la tumba una vez que John se alejó lo suficiente y leyó el nombre inscrito ahí:

Sherlock Holmes, ¿Quién es Sherlock Holmes?


La puerta del 221 de Baker Street se abrió y la señora Hudson abrazó a John con efusividad, como si se tratara de un hijo.

¿cómo estás? Espero que tengas una buena excusa para no venir a verme.- Dijo sirviendo dos tazas de té.

Perdón, pero no la tengo. estoy bien ¿y usted?

Tengo un nuevo inquilino en el departamento C, es un joven que toca el violín, me recuerda a Sher. La mujer se detuvo justo a tiempo - a él.

No importa- John había decidido que iba a sufrir por cada cosa que le recordara a Sherlock lo quisiera o no, así que no había caso en evitarlas. - También yo he estado pensando mucho en Sherlock.

No es alguien fácil de olvidar. La señora Hudson bajó la cabeza ante el nombre.

No, no lo es.- John tomó un sorbo de té.- Bueno, he venido por algo específico. Necesito mi bastón ¿lo ha visto?, ¿estará dentro de alguna de las cajas?

Hmm no lo he visto, debe estar en el B, ese lugar es un caos, siempre lo fue. Es como si el fantasma de Sherlock rondara ese departamento, por más que lo intento no puedo ordenarlo, siempre hay cosas fuera de las cajas y libros por todas partes.- John sonrió, al pensar que no era el único al que el fantasma de Sherlock le causaba problemas.

A pesar de que llevó a cabo una exhaustiva revisión del 221B, tres horas más tarde, John no logró encontrar su bastón.

Metió varias cosas en cajas, tratando de ayudar en un poco a su ex casera, todos los libros desaparecieron de su vista y los movió a la vieja habitación de Sherlock.

Entró muy despacio, como lo hacía cuando Sherlock estaba vivo.

El cerebro del detective, que se mantenía despierto sin descanso mientras estaba en algún caso, se desconectaba totalmente al llegar la solución de este y John siempre había albergado el miedo a que su cuerpo sucumbiera a los esfuerzos debido al cansancio, así que solía abrir la puerta, mirar hacia la cama y solo se retiraba cuando estaba seguro que Sherlock seguía respirando.

Pero esta vez no había nadie sobre la cama, solo las sábanas dobladas y la almohada a un lado. El certificado de judo y la tabla periódica seguían ahí. Su bastón tampoco estaba ahí.

Empujó la caja hasta el escritorio y luego se sentó en la cama. Se recostó y miró el techo, cerró los ojos y a los pocos segundos estaba dormido.


Mary se acercó a la recepcionista:

- Disculpe, quisiera tomar una cita con… Desdobló la pagina donde había anotado el nombre. Ella Thompson, lo más pronto posible, si puede ser hoy mismo, seria grandioso.

La recepcionista presionó un par de teclas.

- esta de suerte, un paciente acaba de cancelar su sesión, y tengo algo disponible para las 14:00 hrs.

- En 40 minutos más. Dijo Mary mirando su reloj. Perfecto, la tomo.

- ¿Su nombre, por favor?

- Mary Morstan.

- Bien, tome asiento.

Luego de su visita al cementerio Mary había corrido a casa sin saber que hacer, esperaba encontrar a John, pero cuando vió que no estaba comenzó a revisar sus cosas. En algún lugar tenia que haber algo que le indicara quien era Sherlock Holmes y que significaba para su marido.

Abrió el armario y reparó en la chaqueta negra que John nunca se ponía. Revisó sus bolsillos y encontró un teléfono que no había visto antes, en la parte de atrás decía " Harry Watson de Clara, xxx "

Revisó el celular más por curiosidad que pretendiendo encontrar algo valioso en el. Comenzó a pasar los nombres sin reconocer ninguno.

- Anderson, Algar, Althelney, Baynes, Barrett, Bradstreet, Cook, Donovan, Dimmock, Ella, Evans, Forbes, Greg… Mary se detuvo y regresó. Ella - dijo, recordando a la terapeuta de John, si alguien sabia algo de Sherlock Holmes tenía que ser ella. No le costó mucho dar con la dirección.

- ¿Mary?

- ¿Si?

- Adelante pase, la doctora la está esperando.

Las ventanas de la consulta estaban abiertas y la luz entraba dándole una apariencia apacible y cómoda a la consulta de la terapeuta.

Hola, Ella, ¿me recuerdas? Soy Mary, la esposa de John Watson.

¡Claro! Por supuesto ¿qué te trae por aquí? ¿Sucede algo?

Si, bueno, yo... – se detuvo un momento, tomo una gran cantidad de aire para ir sin rodeos y realizar esa pregunta que le había estado rondando en la cabeza toda la mañana desde leyó aquel nombre en esa loza oscura –Necesito saber… ¿Quién es Sherlock Holmes y que significa para John?

La mujer la miró seriamente por un momento.

- Toma asiento, Mary. Dime ¿Por qué quieres saber de él?

Mary se sentó frente a ella.

- Creo que… no, estoy segura que ese hombre tiene algo que ver con la cojera de John.

- Hmm, así que está cojeando otra vez.

- Sí, él me dijo que tenía que ver con la guerra, pero anoche tuvimos una discusión y hoy en la mañana ni si quiera me dijo adiós y salió. Lo seguí hasta el cementerio y estuvo mucho tiempo frente a una lápida, cuando se fue me acerqué y vi ese nombre. Por favor Ella, necesito saber quién es Sherlock Holmes y por qué John parece tan afectado por el. Estoy muy preocupada, nunca lo había visto así.

Ella se inclinó en la silla.

- Mary, lo primero que debes entender es que John es un hombre muy complicado con un pasado muy difícil y eso tú lo sabes.

Mary asintió.

- Lo segundo es que, a pesar de que eres su esposa no puedo darte información, Mary, escucha…- Agregó rápidamente al ver que la mujer iba a decir algo. -No hay nada que yo te pueda decir que él no te pueda contar, es mucho más sano para su relación, que tú le preguntes y que él te lo cuente todo.

- Pero John no me dice nada, he tratado de que me hable en todos los tonos y no me contesta más que con monosílabos e indirectas, Ella, no sé qué hacer, tú eres la única que puede ayudarme.

- Mary, entiéndeme, solo puedo intervenir si existe la posibilidad de que John se haga daño a sí mismo, a terceros o si tiene problemas con la ley, pero me temo que las dudas de una esposa no es una razón de peso para romper el secreto profesional que me une a John como paciente, tal y como te dije, no es nada que no puedas averiguar preguntándole en el momento y de la manera adecuada.

Mary apretó su cartera contra su cuerpo con una terrible expresión de angustia en el rostro.

Ella suspiró.

- Bueno, no creo que a John le moleste- Dijo garabateando unas palabras en un trozo de papel y se lo tendió a Mary. - Cuando John vino a mi consulta la primera vez, le aconseje que como parte de su terapia, escribiera un blog, al principio no lo tomó muy en serio, pero luego… bueno, tú lo verás.

- ¿Un blog? John nunca me contó nada a cerca de ningún blog- Mary se sentía cada vez más y más tonta y confundida por todas las cosas que parecían haber en el pasado de John y que ella ignoraba.

- Es una cosa antigua, no lo ha actualizado en mucho tiempo y no creo que vuelva a hacerlo. Aun así, Mary, antes de leerlo te sugiero que trates de hablar de nuevo con él. Mi consejo es que le preguntes directamente.

Mary apretó el papel en su mano y le dio las gracias a Ella antes de salir rápidamente de la consulta.

Fin del Capítulo Cuatro

Gracias por leer y ¡espero sus comentarios!

Liz.