Hola!
Un virus malvado ha anidado en mi pobre PC así que no pude actualizar antes, espero que este capítulo ayude a compensar las molestias.
Pero antes, una pequeña recomendación: si les gusta sufrir plenamente, escuchen mientras leen el track 7 del soundtrack de la segunda temporada de Sherlock que es lo que yo escuchaba (en un interminable loop) mientras escribía este capitulo.
Lo pueden encontrar aquí:
.com/watch?v=9k5N-tXRzbs
Nuevamente gracias por leer y a Ingrid gracias por encontrar el tiempo para corregir aun cuando tu trabajo es tan demandante.
Capitulo Nueve
Dos meses antes.
Sherlock estaba en el penthouse del hotel de su familia, tratando de quitarse la ropa ensangrentada con los dedos fríos, adoloridos y temblorosos.
Todo se había vuelto mucho más peligroso de lo que pensó en un principio.
Se quito la camisa, con alivio vio que la sangre que la empapaba no era suya y con asco la arrojó al piso. Terminó de desnudarse mientras se acercaba a la amplia ventana cubierta por una gruesa cortina.
Maldito Jim, tenia muchas personas en su nomina y Sherlock las había cazado una por una.
Algunos se vendían aunque no barato, un poco del dinero de Mycroft y los secretos dejaban de serlo. "Lealtad" volvía a ser sólo otra palabra en diccionario. Otros, daban la pelea y no solo eso, se volvían terriblemente comprometidos con la causa cuando se enteraban que el buen Jim estaba muerto. Nadie le creía cuando les decía que su deceso no era culpa suya y que el muy lunático se había volado los sesos frente a él. Para todos Sherlock Holmes había presionado el gatillo y Sherlock terminó por pensar ¿Por qué no? ¿Qué más daba si creían eso?
Sherlock tenía solo una herida fresca en el brazo, nada de importancia pero por sus ropas parecía haber presenciado una masacre, o peor, parecía haberla causado.
Levantó el brazo para descorrer las cortinas. Un dolor punzante y agudo lo inmovilizó por un momento, el corte que tenía era profundo y el movimiento repentino causó que la herida se abriera, un poco de sangre brotó de ella. Dejó que bajara hasta su antebrazo.
Afuera, el sol daba la apariencia de una extrema calidez, bañando todo con su luz dorada. Pero Sherlock sabía que era un sol frío. Comenzaba el invierno en Paris y ya no era tiempo de sentarse en la plaza bajo un árbol, en cualquier momento podía caer una nevada sobre él si no se andaba con cuidado.
Pensó en esa metáfora climatológica un poco más, se aplicaba a su situación actual de manera perfecta, pero terminó por desecharla. Durante su tiempo a solas a veces trataba de poner en palabras lo que sucedía a su alrededor y con el mismo, en un intento de mantener la cordura y de llevar un registro de sus andanzas que Mycroft pudiera usar y continuar si a él le pasaba algo. Pero su vocabulario siempre terminaba siendo técnico, horriblemente metálico y sin vida.
Por primera vez le dio al "Blog de John Watson" el merito que merecía. Escribir no era fácil. Pero él no lo hacía para complacer a las masas, si no para llevar un orden dentro de su caos. Eso podía hacerlo sin problemas, sabiendo que, si tenia suerte, a nadie le interesaría la calidad literaria de sus escritos.
Así que alejó la metáfora climatológica de su mente y se detuvo frente a la ventana.
Disfrutar del sol era mucho mejor que pensar acerca de él.
Sherlock se miró las manos, antiguamente blancas y sin mácula alguna. Ahora mostraban los rastros de cada enfrentamiento. Estaban llenas de arañazos, cortaduras y moretones, se habían vuelto ásperas y resecas por más que usaba guantes para protegerlas.
Suspiró pensando en su violín, no habría tenido ni el tiempo ni el ánimo de tocarlo incluso de haberlo tenido con él, de hecho, difícilmente había tenido tiempo de pensar en otra cosa.
Levantó los brazos y los posicionó como si tuviera el violín en las manos, la cabeza ligeramente inclinada hacia la izquierda, los ojos cerrados, la muñeca izquierda girada hacia adentro, sus dedos en Fa, su mente en aquel punto lejano en el que buscaba refugio cada vez que quería pensar o cuando no quería pensar en nada.
Su mano derecha comenzó a subir y a bajar lentamente. Toda su vida había tocado el violín, lo suficiente como para que las notas sonaran en su cerebro a medida que sus dedos iban cambiando de lugar.
Sherlock se inclinó hacia adelante suavemente, el sol lo estaba calentando y sus heridas ya no dolían, la música que sonaba en su cabeza estaba comenzando a adormecer su mente tanto como la calidez adormecía su cuerpo.
La nota siguiente sonó más furiosa en su cabeza a medida que comenzaba a imaginar frente a él una figura lejana y largamente ansiada. Frunció el seño, tratando de recordar lo que estaba casi olvidado.
La figura de un hombre bajo, de cabello como la paja, con las manos suaves y el carácter grave. Aquellos ojos en los que podía fijarse cuando no sabía si algo estaba bien o mal o cuando todo lo demás fallaba, una guía, un amigo.
¿Dónde estaba?
Un nombre comenzó a formarse en sus labios pero antes que pudiera decirlo un sonido lo arrancó de su sueño diurno.
- ¿Vas a estar mucho tiempo desnudo?
Sherlock bajó su violín imaginario. La imagen de John volvió a ser completamente enterrada por su presente. Ya no había tiempo de pensar en él ni en la música ni en nada.
Cerró los puños, pero su voz sonó firme y relajada cuando habló.
- Mycroft, no sabia que podías salir del país, creí que el imperio no soportaría tu ausencia.
- Nadie es indispensable, Sherlock.
- Cierto.
Sherlock fue hacia su escritorio y tomó un paquete de cigarros desde el bolsillo de sus pantalones, lo encendió con movimientos lentos y le dio una calada como si fuera la primera vez que probaba el aire.
Mycroft normalmente era inmune a la desnudez de Sherlock, acostumbrado a soportar sus excentricidades desde su más tierna infancia, sin embargo esta vez no pudo evitar observar cada detalle.
Para sus ojos expertos, el cuerpo de su hermano era un mapa detallado de la clase de vida que había llevado todo ese tiempo. Y los últimos meses habían sido los peores.
Sherlock notó la mirada de Mycroft. Por un momento, sus ojos brillantes captaron la luz del sol que se reflejaba en los espejos de la habitación, los rayos dorados tras él y las columnas de humo saliendo de su nariz y de las comisuras de su boca le dieron un aspecto mágico, como un dragón, un dragón muy herido.
- Espero que los que te hayan hecho eso estén muertos.
Sherlock parpadeó repetidamente ante ese repentino arrebato de amor fraternal.
- Ni si quiera sus madres reconocerían los cadáveres.
- Bien-. Dijo Mycroft aunque no le gustó para nada la sonrisa que se había formado en los labios de su hermano menor después de decirlo.
- ¿Tienes noticias?
- No, te dije que tengo gente vigilándolo, en cuanto se mueva, y si se mueve, lo tendremos.
- Si pudiera regresar a Londres…
- Pero no puedes.
Tres años habían convertido a Sherlock en un hombre paciente y difícilmente dispuesto a discutir. Cuando uno está muerto no puede imponer sus deseos a los vivos.
Lamentablemente para todo ese asunto necesitaba de Mycroft como no lo había hecho jamás.
Se envolvió en una sábana.
- La cena está servida y no te haría daño dormir un poco.
Sherlock hizo una mueca de desagrado, pero no como antes. Lo cierto es que la idea de una buena comida y luego dormir un par de meses hasta que la gente de Mycroft dieran la alerta no parecía tan desagradable como las calorías y la inercia del sueño que antes lo aterraban y aburrían.
Lo cierto es que esos tres años también lo habían convertido en una criatura hambrienta y somnolienta que se mantenía funcionando con menos de lo justo, aunque eso bajo ningún punto desgastaba el filo de su intelecto, en su lugar lo hacia mucho más peligroso.
Pero la maquinaria de su cuerpo estaba agotada.
Mycroft se sentó en el sofá mientras Sherlock, en la silla y envuelto en una de las sabanas de seda del hotel, devoraba la comida. Un suspiro escapó de sus labios y el mayor de los Holmes tuvo que apretar los dientes. Jamás lo había visto en ese estado y lo aterraba. El único pensamiento que se le venia a la mente al verlo era: "Destruido, Sherlock está destruido".
La sábana resbaló de sus hombros revelando un cuerpo mucho más delgado que antes, su cabello estaba más corto y sus manos...
- Sherlock…-. Comenzó a decir, pero sabia que no estaba siendo escuchado, Sherlock estaba concentrado en consumir la mayor cantidad de calorías posibles para seguir funcionando y luego descansar un poco.
- Sherlock seguramente tienes tiempo de sentir el sabor de las cosas y no solo tragar.
Los ojos verde-azulados se fijaron en él por medio segundo y comenzó a mascar más lento.
Mycroft tragó con dificultad, el carácter de Sherlock era explosivo, rebelde, no sumiso ni cansado, aquello lo tenía muy preocupado ¿Y si Sherlock jamás volvía a ser quién era antes? Molesto, arrogante, pero sano y vital ¿Qué sucedía si esos tres años en las sombras y codeándose con lo peor de lo peor habían convertido a Sherlock en una sombra de su glorioso pasado?
Pero el hermano mayor se tragó sus miedos y no dijo nada.
Sherlock no se dio cuenta cuando Mycroft se fue, así como no se dio cuenta de cuando había entrado. Alguien vino durante el día y limpió la habitación, la mente de Sherlock no identificó ningún tipo de amenaza y siguió dormitando sin alcanzar en ningún momento el sueño profundo.
Sin embargo a media tarde, reunió suficiente energía como para levantarse y cerrar la puerta por dentro, poniendo el escritorio en frente. No era miedo, se repetía, era por seguridad, solo un tonto dormiría de espaldas a una puerta sin llave sabiendo que podía ser atacado en cualquier momento.
Fue hacia la mesa y comió un poco más, alguien se había llevado la bandeja y había dejado más comida, seguramente por orden de Mycroft.
Tomó un rápido baño por que ya no estaba acostumbrado a relajarse en ningún lugar, se arrojó de nuevo sobre la cama, envuelto en la misma sábana empapada y siguió durmiendo.
Sherlock nunca se había sentido tan inútil y por primera vez en la vida no le importaba.
Se despertó, comió un poco más y volvió a ducharse para quitarse lo que, él sentía, quedaba de suciedad. Pero no era su cuerpo, era la sensación de haber estado tres años bajo tierra, tres años muerto, perdido y no podía quitársela de su piel.
No era su cerebro, por primera vez no era su cerebro, era su piel (herida, cortada) la que dolía y pedía a gritos algo que Sherlock no sabía donde obtener. Su cuerpo le pedía paz con cada poro y Sherlock estaba tan dispuesto a dársela. Pero había algo más que hacer antes, el último eslabón de la cadena, un último esfuerzo.
El fuerte deseo de su cuerpo de dejar por fin de correr, de esconderse, de emboscar, lo mantenían concentrado y al acecho.
Envuelto en la sábana mojada se arrojó al sofá y siguió durmiendo.
Un mensaje lo despertó.
- John, dame mi teléfono-. Dijo, su cerebro aun medio dormido. Siempre estaba medio dormido cuando llamaba a John, el único momento en el que aceptaba cuanto lo extrañaba, cuanto le hacía falta. La habitación le devolvió el silencio roto solo por la vibración del aparato en el suelo.
Sherlock abrió los ojos.
Tres años de cansancio volvieron a apropiarse de su cerebro mientras tomaba su teléfono móvil.
Los reportes de Molly solían ser precisos y solicitados. La mujer jamás le enviaba mensajes a menos que Sherlock le enviara uno primero y siempre desde diferentes celulares.
En esos tres años, sólo 4 mensajes habían llegado a él, Molly evitaba preguntarle lo que se moría por saber: ¿Cómo estas? ¿Cuándo regresas? ¿Dónde estas? Y se limitaba a remitir la información que Sherlock necesitaba. Jamás recibía respuestas.
Ese mensaje, sin embargo, a pesar de estar escrito en las mismas escuetas palabras tenía un contenido que Sherlock no esperaba. Tampoco esperaba que lo afectara tanto.
"Su cojera regresó"
Solo eran tres palabras.
Se quedó mirándolo, la luz blanca del mensaje iluminaba su rostro. Afuera ya era de noche y Sherlock perdió la noción del tiempo mientras observaba el mensaje.
No le había pedido esa información a Molly pero era, sin duda, el mensaje más importante que había recibido en esos tres años. Recordó lo que había hecho, en que penosas circunstancias había tenido que abandonar su país, su vida y a John, dejando que todos pensaran que era un fraude. Pero él jamás aceptó la verdad que Sherlock le estaba diciendo y ahora su cojera había regresado, Sherlock podía ver los hilos que conectaban todos los hechos. Era su culpa.
Jamás pensó que le afectaría tanto. Marcó rápidamente el número de Molly.
- ¡Por Dios, Sherlock!
- ¿Está cojeando? ¿Cómo lo sabes?
- ¿Qué?
- ¡John!... Molly, concéntrate, está cojeando ¿Cómo lo sabes? ¿Lo viste?
- Bueno… vino a visitar a Mike y… no es una cojera severa, es algo leve, no creo que se haya dado cuenta aun, pero empeorará con el tiempo… se ve muy mal… ¿Sherlock?
Sherlock cortó y marcó el número de Mycroft.
- Necesito que me cuentes acerca de John-. La petición fue clara pero Mycroft tardó un poco en digerirla.
- ¿John? ¿John Watson?
- ¿Hay otro John? Dijo Sherlock con su tono de "¿Todos aquí son idiotas o que les pasa?" Mycroft puso mucha atención a eso.
- No lo he visto desde tu funeral, pero sé que trabaja en un hospital y hace un par de meses recibí una invitación a su boda.
- ¿Boda?
Sherlock se hundió en el sofá. Imaginó a John casado, sabía exactamente el tipo de mujer que habría elegido para compartir su vida y se le formó un nudo en el estómago, aunque lo atribuyó a la rápida comida y la digestión lenta.
No dudaba que John pudiera ser feliz con alguien más y así lo esperaba, pero entonces ¿por qué estaba cojeando?
- Tengo que verlo
- No
- Mycroft…
- No me arriesgaré a ponerte en tierra Inglesa de nuevo hasta que sepamos que está planeando Moran.
- No está planeando nada, es un idiota, la mente maestra detrás de todos los ataques era Moriarty, Sebastian Moran está convertido en un alcohólico…
- El alcohólico con la mejor puntería de Gran Bretaña. Si te preocupa tanto John deberías tomar en cuenta que si Moran sabe que estás vivo le va a poner una bala en el cerebro.
- Entonces tú tienes que verlo, pero quiero que hagas algo.
- Sherlock…
- No quiero ser causal de más sufrimiento para él, necesito que me digas si ese es el caso. Obsérvalo, míralo a los ojos, mide el tono de su voz, tu sabes de lo que estoy hablando, si no ha superado mi muerte tráelo a Paris, si es feliz… déjalo.
- Te vio morir, Sherlock.
- Entonces tráelo, también necesito que me envíes algunas cosas…-. La voz de Sherlock era un susurro que se desvaneció cuando cortó la llamada.
Mycroft obedeció sin decir nada sólo por un pequeño detalle: Su voz.
Ya no sonaba como el herido moribundo que había dejado en el hotel un par de días atrás, algo había cambiado, algo lo había hecho sentirse mejor y ese algo, como siempre, era John.
La tarde en la que Sherlock vio a John por primera vez en tres años no lo hizo con su verdadero rostro.
Había tostado su piel con maquillaje y su espalda estaba encorvada. Había fabricado con detalle cada arruga en su rostro y manos y llevaba una barba. Un traje viejo y el bastón de John que había hecho que Mycroft le enviara desde Baker Street completaban el disfraz.
Lo observó durante un tiempo, con esa mujer rubia que lo había sorprendido, no era para nada el gusto de John, parecía demasiado frágil, demasiado ingenua y demasiado aburrida.
Sherlock lo vio separarse de ella, sentarse en una banca y tocar su pierna. Molly tenía razón, su cojera estaba regresando de manera paulatina. Pensó en John, en el trauma de la guerra y recordó una mañana en la cual había encontrado sentado en el sofá con claros signos de no haber dormido nada en toda la noche, entonces el doctor le había confesado que a veces tenía pesadillas en las que aun estaba combatiendo en Afganistán y que sentía mucho más miedo en sueños que cuando en verdad había estado ahí.
Entonces, durante el día, su mente repetía las imágenes del sueño una y otra vez destrozando sus nervios. Para Sherlock, aquella conversación había sido una gran demostración del poder de la mente sobre el cuerpo y no había pasado de tener un mero interés científico. John extrañaba la guerra y su inconciente trataba de darle aquello que su vida diaria no tenía.
Sherlock lo miró a través de los ojos del anciano y estuvo seguro que ahora su muerte se había apropiado del cerebro de John.
Se le acercó, le habló, lo miró a los ojos, le dio la mano. Era John, era su John Watson que aun se refería a el como su amigo.
Cuando John dijo: "No, él... era brillante, era increíble. Yo era el tonto.",Sherlock tuvo que aguantar las ganas de quitarse el disfraz ahí mismo, escuchar una vez más esos elogios de su boca, con esa voz que no había llegado a sus oídos por tres años, con ese cariño con el que John recordaba su vida juntos y se subestimaba, como siempre.
Quiso decirle: "No, tú eres brillante, me salvaste una vez y te necesito de nuevo". Pero no podía hacerlo, poner en riesgo su vida de una manera tan tonta no habría sido bueno para ninguno de los dos.
Después de eso John regresó a Londres y Sherlock a su sofá, a esperar el momento de regresar.
Lo único que pensaba era en la manera en la que los ojos de John habían brillado con lágrimas cuando le mencionó aquella frase en francés. Al menos lo recordaba con cariño, pero su cojera era un tema delicado, él la había causado y él mismo tenía que solucionarla. Si al menos pudiera regresar a Londres y poner todo su tiempo a disposición de la enfermedad de John, Sherlock sabia qué era exactamente lo que necesitaba para recuperarse, pero antes estaba el lío con Moran y las miles de pruebas, documentos y confesiones que Mycroft debía presentar ante la corte para probar su inocencia.
"Si sólo pudiera hacer a John parte de todo esto"- Sherlock lo pensó durante varias horas y decidió que, pasara lo que pasara, John estaría a su lado cuando atrapara a Moran.
Así, Sherlock se dio cuenta que tendría que luchar para recuperar lo que había perdido y para eso no podía ser una sombra de lo que había sido.
Su cerebro y su cuerpo debían funcionar de manera optima, no sólo por él, si no por John, un movimiento en falso y ambos podían morir a manos de Moran.
Durante las siguientes semanas descansó de manera a apropiada y comió en los horarios que correspondía, preparándose para la tormenta que venía.
Era miércoles cuando su teléfono volvió a vibrar en sus manos. Se lo llevó al oído rápidamente.
- ¿Mycroft?
- Moran se mueve.
Sherlock se puso de pie de un salto.
Cuando estuvo duchado y vestido un auto paso por él y en menos de media hora estaba en un avión en dirección a Londres.
Sebastian Moran había cometido la estupidez de matar a uno de sus colegas más conocidos, no solo eso, era un hombre que formaba parte de un selecto grupo de jóvenes de sociedad. El motivo no estaba del todo claro, pero era evidente que estaba perdiendo la cabeza después de la muerte de su jefe.
Su primera parada fue Baker Street, necesitaba ver su antiguo departamento.
La señora Hudson estaba viendo televisión y la puerta, como siempre, no presentó ninguna resistencia a sus manos hábiles.
Subió en silencio y sufrió un mini infarto al ver que casi todas sus cosas habían desaparecido. Sintió ganas de gritar y exigir restitución, pero un ronquido desde la cocina le indicó que no estaba sólo. La cocina estaba vacía y la puerta de su habitación abierta.
Se acercó y lo vio, tendido sobre su cama durmiendo tan profundamente que un hilo de saliva caía por su boca.
- John-. Susurró y lo observó un momento, se agachó a su lado, era el mismo John que recordaba, casi podía oír su voz, ver el color de sus ojos a través de sus parpados.
Entonces Sherlock supo que lo necesitaba más que nunca, pero se obligó a, por una vez, una sola vez, no ser egoísta, John ya había sufrido mucho por su culpa, no podía despertarlo y matarlo del susto, debía esperar hasta que fuera seguro para ambos.
- John, te necesito -.Sus labios se movieron formando esas palabras, pero el sonido no fue más que un quejido.
Abrió cajas, vació muebles y desordenó todo. Cuando tuvo el papel y el sobre que necesitaba se fue tan silenciosamente como había llegado sin volver a dar un vistazo a su habitación.
- ¿Estuviste en Baker Street? -. Mycroft no gritó, pero estaba furioso.
- Si
- Podrían haberte matado
- Podrían, pero no lo hicieron
- Tienes que quedarte en este lugar hasta que sea seguro volver.
- No lo será si no lo enfrento, Mycroft, ¿No entiendes que ahora Moran sabe que estoy
vivo y vendrá a por mi? Lo tengo donde lo necesito.
- Vas a hacer que te maten
- Probablemente, pero no será en vano si termino con todo esto.
Sherlock contó los folios y garabateó una nota para John.
- ¿Está vigilado, verdad? ¿Protegido? Me lo prometiste.
- Si.
Sherlock entró al baño del hotel con un maletín y volvió a ponerse el disfraz de viejito.
- ¿No estarás pensando en salir? Sherlock, esto es demasiado.
Sherlock se sentó y maquilló su rostro y manos, en 10 minutos tenia 70 años más.
- Tengo bastantes disfraces aquí como para que no me descubran. Necesito que llames a Lestrade, cuéntale todo y dile que cierre Baker Street, dile que tendrá a Moran antes de la medianoche… ¿enviaste a tu asistente con el busto al departamento?
- Si, lo hice.
- ¿Y le dijiste que lo pusiera cerca de la ventana?
- Si.
Mycroft no podía hacer nada más que dejarse guiar por el plan de Sherlock. Todo eso era muy estúpido o muy brillante, pero el solo hecho de escucharlo dar ordenes como antes le quitaba un peso de encima.
- ¿Le dijiste que lo girara cada cierto tiempo para que no se viera estático?
- Sherlock…
- Me voy
Sabia que John no estaría en casa, a quien Sherlock quería ver era a Mary.
Era una mujer buena, un poco lenta y llorona por lo que pudo apreciar, pero buena. Sería una buena compañera para John y si él la había elegido para compartir el resto de su vida debía ser alguien muy especial. Aunque Sherlock no veía nada especial en ella.
Habían sido felices durante su ausencia y lo seguirían siendo después de su regreso, sólo necesitaba salir de en medio. Si John sabia que él estaba vivo, la culpa que sentía por no haber podido salvarlo de su "falso suicidio", se desvanecería en la felicidad de la vida marital.
Sherlock entendió que tenía que salir de su vida, pero antes de eso una cosa más, sólo una cosa más, una última aventura con su amigo y entonces su vida volvería a ser como lo era antes de conocerlo.
Cerró los ojos ante ese pensamiento y se preparó para la llegada de John justo frente Baker Street.
En la casa vacía, Sherlock se mostró ante John por primera vez sin disfraz. Aunque no pudo evitar ponerse el ultimo, el de mayordomo francés, sólo para despistar a cualquiera que estuviera vigilando y por que su alma siempre había estado inclinada hacia el dramatismo.
Recordaría esa mirada hasta el día de su muerte, y el hecho de que lo primero que hizo John fue avanzar hacia él y no retroceder como lo habían hecho muchos otros. Pero en ese momento, solo tenía atención para Moran.
Una vez capturado, Sherlock se relajó un poco, la emoción del reencuentro fue algo que no había experimentado nunca y cuando John comenzó a gritarle también sintió algo que jamás había sentido: Culpa.
Una culpa tan grande que ni si quiera fue capaz de defenderse, esperaba que John dijera todo lo que quisiera, y la gran pregunta al final "¿Cómo lo hiciste?" pero no, la pregunta fue "¿Por qué?" y Sherlock le mintió por que John ahora tenía una nueva vida, por que John podía en verdad ser feliz con esa mujer rubia (ni si quiera podía pensar en su nombre) porque la vida con él era peligrosa y John necesitaba una familia, no un compañero de piso solitario que a veces no le hablaba en días. Necesitaba una esposa, no un detective que pusiera trozos de cuerpos en su refrigerador. Necesitaba ese tipo de amor que protege, no por el cual podían dispararle en la cabeza en cualquier momento.
Y como para confirmarlo Moran le disparó. Por un horrible momento Sherlock se encontró rogándole al dios en el que no creía que John no estuviera muerto. Su mundo entero tambaleó cuando pensó que lo había perdido. Ya nada le importaba y gustoso habría puesto una bala en el cerebro de Moran y otra en el suyo si John hubiese muerto esa noche.
Había hecho todo para no verlo morir tres años antes y al hacerlo se había sentido bien. Había solucionado todo de una manera inteligente y elegante, todos seguían vivos y ahora el podría regresar a la vida aunque parte de la sociedad siempre lo considerara un paria. No le importaba nada siempre y cuando John siguiera creyendo en él.
Pero Sebastián Moran resultó ser sólo las ruinas de su pasada fama. Sherlock, sorprendido y aliviado de ver que John seguía con vida, lo envolvió en el primer abrazo que había dado en toda su vida, un gesto espontáneo de alivio, de protección y de amor.
Lo amaba, amaba a John, tanto, que en ese momento, decidió jamás decirle la verdad.
Sherlock tomó la decisión de que John no lo necesitaba y que sólo era cuestión de tiempo para que John también se diera cuenta y pudiera llevar una feliz vida normal.
Soportó sus gritos nuevamente, John estaba furioso por la explicación que Sherlock le estaba dando, a veces era tan inteligente, tan perspicaz, pero fallaba al observar. Si hubiese puesto un poco más de cuidado, John habría notado toda la verdad en los ojos de Sherlock.
John se fue de su lado y Sherlock se enfrentó a la tarea de restituir su imagen frente a las autoridades. Mycroft, como siempre, hizo un excelente trabajo defendiendo a su hermano y Sherlock Holmes fue absuelto de todas las acusaciones formuladas hacia tres años frente a un Lestrade que parecía estar presenciando la segunda venida de Cristo.
La verdad fue reestablecida: Moriarty era real. Richard Brooks era sólo un personaje.
De las 158 personas capturadas de la nomina de Moriarty, más de 100 estaban de acuerdo con decirlo todo si podían ser juzgados en su propio país y no en Inglaterra.
Mycroft sonrió y dijo que no había ningún problema. Obviamente estaba mintiendo.
Mientras firmaba las ordenes de extradición frente a los ex aliados de Moriarty, Mycroft pensaba en esa tarde en el hotel Vernet con Sherlock convertido en un hombre mutilado.
Cuando salieron de la habitación, las arrojó al fuego.
En menos de un día, Sherlock pudo volver a su vida normal.
Llegó a Baker Street y corrió a pedirle el teléfono a la Señora Hudson.
- Lestrade, tengo información a cerca de Víctor Savage… voy hacia Cardiff de inmediato, necesito una habitación en un hotel de pocos pisos…
Luego de hablar con el Detective Inspector, trató de responder con algo del poco cariño que le quedaba a los abrazos de la anciana y de no pensar que lo esperaba un piso vacío en el que tendría que vivir por el resto de su vida, con el fantasma de una amistad maravillosa que fue destruida por un psicópata y su propia ineficacia a la hora de expresar sus emociones.
Sherlock subió a su departamento y se cambió de ropa, algún asistente de Mycroft había dejado en su closet un abrigo igual al viejo que tenía y que ahora estaba complemente destruido y también una bufanda parecida a la que solía usar.
Todas sus otras cosas estaban en cajas, solo había que sacarlas y volver a esparcirlas por todo el departamento. En ese aspecto Sherlock iba a estar bien.
Fue hacia la mesa y sacó su violín del estuche. Estaba en casa, pero no se sentía bien, no se sentía tranquilo ni relajado, toda su vida había sido puesta en cajas, su calavera estaba sobre el closet, abandonada y cubierta de polvo, su abrigo nuevo no se sentía como el antiguo a pesar de ser completamente idéntico, todo estaba mal solo por que faltaba "él".
Las cuerdas del violín estaban desafinadas, trató de arreglarlas, pero sus dedos habían perdido práctica. Trató de hacerlo lo mejor que pudo y se lo llevó al hombro de todas maneras. Cerró los ojos.
La melodía imaginaria que había estado tocando en el hotel regresó a su mente, era algo que había compuesto pensando en John mientras estaba en plena cacería contra los esbirros de Moriarty, en la posibilidad de que jamás lo volviera a ver, en lo mucho que lo necesitaba y en aquella sensación que no podía identificar y que sintió por primera vez cuando lo vio en el suelo, con una bala de Moran en el brazo.
Comenzó a tocar la melodía, lentamente, pero las cuerdas seguían desafinadas y su brazo dolía en el lugar donde tenía aquel corte profundo.
Sherlock se sentó en su sofá con la cabeza entre las manos, aguantándose las ganas de gritar de frustración y luchando contra las lágrimas agolpadas en sus ojos.
Nada era lo mismo, y aunque tenía su reputación y si vida de regreso, lo había perdido todo.
Entonces no pudo evitar recordar las palabras de James Moriarty y pensar que si, tenía razón. El tenía corazón y había sido quemado.
Fin del capitulo nueve
Espero que no hayan llorado tanto como yo con este capitulo lleno de Sherlock y si estaban escuchando Sherlocked mientras leían, por favor comenten y así podemos sufrir todas juntas.
Nos leemos la próxima semana.
Liz
